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sábado, 22 de mayo de 2010

CUENTOS DE JOAQUIN HUAMAN RINZA (Juan Congona)

CUENTOS DE JOAQUIN HUAMAN RINZA (Juan Congona)

EN LA MADRUGADA

Falta tres horas para el alba. Llueve. Llevo sentado casi una hora masticando cada minuto que pasa. A pesar de la lluvia brota una ligera sudoración en el rostro del hombre que con insistencia mira un viejo reloj que lleva sobre su muñeca.
En este lugar jamás falta una buena taza de café o un buen platillo de caldo humeante. Y los transeúntes lo saben muy bien. Y a cualquier hora es propicio para paladear el sabroso consomé; así que, cada vez que un parroquiano aparece, sale la dueña a atender, presta sujeta a una mariposa de sueño que contagia.
A estas alturas mi taza de café semivacío me hace sentir en el abismo. La miro y la vuelvo a mirar, busco iniciar una conversación que haga huir esta modorra. Afuera la lluvia continúa envolviendo de humedad a la ciudad. Y el parroquiano que me acompaña desde hace un instante, como adivinando mi ansiedad, a boca de jarro me dirige la palabra:
-Mi estimado amigo, regálele un momento de gozo a sus ojos, aunque sea por un momento, viendo a esas bellezas, ¿no es verdad que son verdaderos monumentos que adornan a este huérfano paisaje, a esta carretera solitaria?
En ese momento dos jóvenes mujeres pasaban por el centro de la carretera conversando muy animosamente.
Que hermosas y siempre inseparables van de un lugar a otro. A esta hora esas chicas irán en busca de clientelas. La mayor es una experta, el trabajo lo hace espléndidamente. Lo dijo, torciendo los labios, gesto que me dejó una cortina de neblina entre mis sienes. Con un rostro terso, nariz aguileña, de piel bronceada y estatura mediana, era una auténtica belleza en el esplendor de la juventud la tal Sara, quien había avivado en mí una especial atracción que acababa de ser herida, despertando encontrados sentimientos.
Anteriormente la había visto en uno de los puestos que queda en el puente San Lorenzo, muy cerca de este pueblo, allí tenían un nutrido puesto de venta de frutas. La última vez que la vi la agasajé con unos cuantos piropos, por cierto, ella de buen talante las recibió agradecida. Y hoy no lo podré hacer.
Y el tipo continuaba con su parloteo.
- Sábelo, hace más de cinco años que la conozco, yo vivo en San Antonio, cada vez que necesito satisfacerme acudo a ella. La conozco desde la punta de su cabeza hasta el fin de sus pies. Bien cariñosa, eso sí nadie la iguala.
“Carajo a que hora te callas”, me decía, pues la noticia me tenía perturbado. Y él, sin mucho esfuerzo se había desatado en una inusitada confesión de parte, en el que involucraba a las dos jóvenes, pero ésta estaba llena de vacíos y suspicaces reseñas de vida; frente a esto había perdido interés en todo lo que podía referirse de ella, gracias, a su buena voluntad. Mi monosilábica respuesta era recibida como una rutinaria conversación entre dos extraños que sólo buscan matar el tiempo. Al final de cuenta eso éramos.
Mi taza vacía lanza un sordo grito que me hace temblar. En el paladar se pasea apresurado el sabor dulzón y amargo del café. Y la conversación, también, se ha teñido de nubarrones de la que hace un buen rato quiero salir. Lidio contra mí mismo para no responderle mal, a pesar de todo hace soportable esta espera.
Aún la lluvia es leve. Hacia ella conduzco la conversación. El hombre como temiendo perder la atención, inmediatamente me responde:
-las chacras pedían a gritos el agua. En Taurana, En Yambolón, como en Huacapampa, Cañaris; la gente empezaba a preocuparse por sus sembríos. Al fin está allí dándoles gusto a los campesinos, ojala se levanten las plantitas. Algunas empezaban a secarse. Estaban tristes las pobres. Debería llover toda una semana para que las tierras se mojen.
Como si escuchara, la lluvia arrecia, la música metálica del techo del restaurante ya no dejan oír su voz. Pasa un ómnibus repleto de pasajeros, cortando el hilo de la conversación; suspira, y luego me dice que es el último que pasa en dirección a Chiclayo. No sé por qué me lo dice, creo que piensa que he bajado de las alturas de Cañaris, y para desengañarle de esa impresión errada, le digo:
-En Huacapampa me esperan esta mañana. Espero que esta lluvia no impida la salida de los carros.
-¡Ah, a Huacapampa!, si la lluvia continua, lo veo difícil. ¿Y se puede saber a qué se va hacia la tierra de los provincianos?
Me quedo perplejo por la pregunta. Dándose cuenta de ello, se disculpa.
-No, no importa; no es nada importante, sencillamente voy a visitar a un amigo- le respondo.
Los gallos en turno concertados dejan oír sus melódicos cantos celebrando la cercanía del amanecer. Nuevamente reinicia la conversación suspendida.
-Tiene una hermosa familia, son amables y cariñosos.
- Debe ser cierto, usted ha de conocerlos mejor. Yo apenas un par de veces he tenido oportunidad de tratarlos, le digo.
A esta hora la lluvia ha descendido, eso me preocupa, es rala, fina. Esta es la que penetra la tierra, perjudica el camino, lo vuelve lodazal, haciendo pesado el caminar del transeúnte. Espero que la providencia me acompañe, prefiero a la lluvia gruesa, fuerte, que limpie. Así avanzo sin molestias, basta que me cubra con un plástico. Se hace fresco el viaje.
Casi ha desaparecido la lluvia, va apareciendo el albo vestido de la mañana bañada de una finísima garúa. Las gentes venidas de Mollepampa, Pandachi, La Laguna comienzan a dar el colorido al rostro barroso de las calles del pueblo. Nuevamente mi taza de café humea sobre la mesa. No es la primera vez que amanezco en este pueblo. Se me está haciendo una costumbre amanecer en este restaurante, es muy cómodo, la dueña es amable y generosa.
A esta hora me entero que el tipo se llama Toribio, él muy amablemente me invita a la casa de las muchachas para un exquisito desayuno. Cuánto lamento no poder ir, tendría que retroceder varios kilómetros y perder un bueno tiempo de la mañana. Como despedida, me dice que es una buena moza, muy fina en sus tratos, es una joya y no tiene pretendiente conocido. Ante esta declaración declino mi cabeza, buscando donde sostenerme.
Joaquín Huamán Rinza.(03/09/2002).










JUNTO A NADIE

En el momento de cruzar el puente su cabeza era como esas agitadas aguas invadidas por grandes remolinos: la jaqueca estaba en su cúspide. Las zumbas y un concierto de agravios disfrazados de ironías lo habían llevado hacia aquel estado. Ahora las fauces de la impotencia era el corolario de su existencia, gracias a aquellos seres insensibles en quienes había sembrado sus más altas esperanzas. Pero lo resistía gracias a esa férrea voluntad de sobrevivencia que en él era innata.

Indalecio, era un hombre que en su duro trajinar había construido un sentido de férrea defensa a sus más elementales sentimientos, afortunadamente en muchas oportunidades tuvo la capacidad de vencer aquellas dificultades que la vida le entregara como un verdadero laurel por su constancia en derrotar a las situaciones imprevisibles, pero en esta oportunidad era diferente, en esta ocasión sentía que parte de su existencia se le iba a sorbos amargos.

Para sortear este inevitable desgarro se había despojado de sus acostumbrados pudores para acudir a familiares y amigos, aquellos que, en los tiempos de tranquilidad y cierta comodidad, había compartido los instantes de mayores deleite que les ofrecía la vida, casi olvidándose de su madre, aquella mujer pertinaz en la entrega filial, aquel sentimiento que para ella, siempre había sido inquebrantable para con su hijo, perdonando todo sus indiferencias y caprichos.

Su soltería era otra de su preciada medalla. Rosa, Mélani, y Aura, fueron quienes sembraron la fuerza de la duda en sus sentimientos. Luego, Indalecio fue forjando con el paso de los años su indeclinable amor hacia la libertad incondicional.
Había tenido oportunidad para sentar cabeza, pero ésta se le presentó cuando estaba profundamente enraizado este pensamiento, en el más íntimo recodo de su ser. A la menor insinuación, siempre respondía que el varón en cualquier momento podría procrear un descendiente. La edad no era un obstáculo para ver realizado el sueño de dejar un heredero. Quien debería preocuparse, efectivamente, era la mujer, porque ella a diferencia del varón tenía que luchar contra su ciclo de fertilidad, que por cierto, era corta. Y a la mitad de esa carrera ponía en riesgo su vida. Era muy clara su idea de libertad individual. Pero no había previsto que la libertad y la soledad eran dos hermanas que juegan a voluntad con el ser humano.

A él no le inquietaba que sus amigos, la vecindad, los familiares, coincidentemente, en son de broma o en serio le subrayaran que era necesario que el hombre formara su familia, su hogar. Es más, la firmeza de su idea de morir soltero se basaba en su propia experiencia. Desde que tenía uso de razón había vivido sólo, haciendo todo tipo de trabajo, viviendo de su propio esfuerzo. En su niñez se había recurseado haciendo de trabajos de los más difíciles e inauditos, en todos los espacios y lugares que se lo permitieron, por eso conocía palmo a palmo la gran ciudad. Para él, su verdadero domicilio era la gran urbe y así lo repetía con orgullo cuando sus amistades del campo le insinuaban que regresara a su pueblo.

Su pueblo natal, de donde había salido a sus tiernos cinco años, le era extraño y no le quedaba ni siquiera un leve recuerdo que lo atrajera a su seno.

En una ocasión, su padre deseándolo tener cerca le ofreció un pequeño capital para que Indalecio iniciara un pequeño negocio, pero éste se negó rotundamente, aduciendo que aquel lugar no era el indicado por ser muy pequeño, de escasa actividad comercial y muy especialmente, iba a ser para él un medio asfixiante para sus costumbres. El consideraba que la verdadera etapa de la vida para acostumbrarse a un pueblo era la adolescencia, en ella se cultivaba una gran amistad o un gran amor, luego eran sólo repeticiones o reflejos de ella.

Ahora que lo necesitaba, esto le había llegado como una revelación. Nadie, absolutamente nadie quedaba en la ciudad de todos aquellos amigos que habían sabido compartir aquella etapa de la vida; algunos se encontraban en Europa, Norteamérica y en algunas provincias del Perú. Ahora que lo advertía, era el pago que tenía que hacer por haber sido muy ingrato: cartas. Fax y un sin número de comunicación le habían enviado y el había sido como un témpano a las muestras de estima. Y no faltó que comenzarán a ausentarse hasta desaparecer por completo. Ahora eran lejanos y extraños personajes frente a quienes sentía pudor y vergüenza.

En su interior esto se tornaba como las aguas de una alta marea: rebelde e imprevisible. Ahí estaba desafiándole, en él estaba decidir entre lo que le agobiaba como una necesidad apremiante y sus propias convicciones.

Lamentablemente era tiempo de las vacas flacas. Hacia buen tiempo que no conseguía un trabajo decoroso, sólo abundaban trabajos remunerados como para niños de leche. “me falta un cartón que acredite un estudio”, están demás tanto certificados de trabajo o de estudio, “un título”, eso me falta. Aquello se batía enfebrecidamente en su cerebro. Mientras, así, absorto en sus propios angustiantes laberintos avanzaba por la ancha avenida, la noche se había posesionado de ella, lucía sus sombras juveniles retando a una mirada que se paseaba al borde del vacío, casi ausente de la fiesta nocturna bañada por la luz de neón.

A esas horas, con aquella presión sobre su existencia, no sabía a donde dirigirse. Era cuerpo y alma conducida por una invisible fuerza que lo sacudía, a pesar de ello se dejaba llevar por sus instintos, con la única esperanza de seguir existiendo en medio de esta selva de cemento por demás fría e indolente.

En aquel instante, como una lucecita acudió un último recurso, acudir a la farmacia del chino Wong, quien conducía una de las mejores farmacias del lugar; tal vez él se apiadara y le completara la receta que tanto le urgía. Fue con esa lucecita de esperanza que se tiene en esos casos. Encontró al chino en uno de esos días negros; de mal humor, escupiendo a todos con su lenguaje soez y endemoniado. Al verlo parado frente al mostrador, “¿Qué quieres?” fue lo primero que soltó, casi enfureciéndose. Esto a Indalecio, le removió como un viento huracanado, pero ni modo, temblando le entregó la receta. El chino Wong desconfiado, después de escrutar varias veces la hoja de papel y por fin le dijo:”sólo puedo darte lo que cubre la deuda”, era muy poco lo que ofrecía. Las medicinas que realmente eran necesarias quedaban fuera de su alcance, la deuda sólo alcanzaba para unos cuantos analgésicos y calmantes. Con su orgullo por los suelos, Indalecio marchó hacia su casa en busca de su madre, que agonizante esperaba su llegada.

En el camino iba pensando en aquel padre que por más de veinte años brillaba por su ausencia, pero la esperanza era mínima; su padre antes de marcharse le había anticipado que para nada acudiese a él, porque a partir de ese momento los había enterrado. Ese instante para él había sido el inicio de una nueva manera de ver las cosas con relación a su padre y ese obstáculo colisionaba con sus convicciones. Ahora luchaba férreamente, en el afán de salvar a su madre, de los brazos de la fatídica muerte que de a pocos se lo iba llevando, inevitablemente.

Al fin, estaba frente a la puerta, luchando nerviosamente para abrir aquella hoja de madera. Al fin cedió. Desesperado corrió hacia el dormitorio, la anciana al verlo llegar hizo el último intento de hablar. El silencio, en ese mismo instante dibujo su petrificado rostro.




EL CIRCO

Como una revelación espontánea los vieron ahí. Quietos. Mudos. Solitarios: uno con las manos a la altura del pecho, con la vista perdida hacia el cielo, en un vuelo diáfano y celeste, evadiendo todo acontecer cotidiano; mientras el otro con la mano extendida, estaba arrodillado frente a él como invocando algún favor.

Todos creyeron –al menos eso creí- que estaban representando alguna escena teatral. Ya cuántos había visto a lo largo de esta avenida. Habían escogido un excelente escenario la entrada del cine Le Paris, sobre el frontis se extendía una inmensa carpa que cubría hasta las orillas de la pista. Los vidrios de la entrada eran inmensos ecranes que retrataban los cientos de rostros allí presentes. Este en su parte superior se encontraba cubierto de afiches que anunciaban las películas de estreno. La vereda se había convertido en una platea al aire libre, al que continuaban llegando los espectadores. En el borde de la pista, sobre el asfalto se encontraban ubicadas casetas, carretillas de golosinas, gaseosas y otras baratijas que impedían el paso a los automóviles que invadían con su ruido ensordecedor la concentración de los asistentes.

Parece un loco, grito uno de los presentes.

El aspecto que presentaba el de más elevada estatura sugería pensar de ese modo: cabellos sucios, largos y desordenados; la piel trigueña había sido cubierta por una mezcla de mugre que le servía como máscara, ésta le había cambiado el color su piel, ahora era de un color indeterminado. Su indumentaria era toda una representación de pintura surrealista: pantalón y camisa de tela raída de indefinible color que a la menor fricción caía hecho pedazos.
El otro personaje era más pequeño y menudo, con unos ojitos vidriosos que a duras penas se dejaban notar y un rostro marcado por profundos surcos que decían lo duro que había sido la vida para él. Como indumentaria, cubría a su cuerpo unas telas que denunciaban una larga existencia colgadas a esa piel cetrina, en la otra mano sostenía un morral en las mismas condiciones de sus vestidos y su calzado por la puntas dejaba ver unos dedos casi arruinados por el salitre del tiempo, el desgastado cuero del calzado mostraba el saturado polvo impregnado por largo tiempo.

La gente apilada en la improvisada tribuna empezaba a impacientarse por la falta de acción y diálogo entre los protagonistas.

El orate comenzó a gestar una oración apenas audible:
“Ave María purísima
madre redentora del Dios altísimo
perdona mis pecados, alimenta mi espíritu
otórgale resistencia a mi cuerpo…”

Con una mirada honda y sincera, y un rostro que mostraba veneración a una imagen que tal vez, sólo en el cielo de su pensamiento existía, de pronto fue silenciándose como el viento que vuelve a la calma después de una breve tormenta, momento que fue aprovechado por la gente, quienes empezaron a aplaudir y murmurar:
-Este me resultó creyente-, dijo, el que estaba más cerca de los actores.
-Deja, cállate, vamos viendo con que otra cosa nos sale-, dijo, otro que se ubicaba detrás.
Otro, desde la última fila de los espectadores, terció:
-Que mala costumbre de esta gente de interrumpir, un poco de silencio, todos queremos ver y oír.
Otra vez se dejó oír, como un susurro:
“… Madrecita linda,
tú que no te olvidas de tus hijos
socórreme, socórreme…”.

Terminó como angustiándose esta última frase.
-Qué te va hacer caso tu simplonada-, dejó saltar su lengua inopinada, el que estaba más próximo.
-¡Que buena, estupendo, magnífico!, esto es mejor de lo esperado-, y una serie más de adjetivos fuera de lugar se alcanzó a oír a lo ancho del escenario.
Mientras el otro sujeto continuaba con las manos suspendidas en el aire como liado a un invisible sujetador y con los labios que solo modulaba un sordo murmullo hacia el vientre de la tarde, que empezaba a vestirse de gris, avizorando una ligera llovizna, el otoño por fin ofrecía su áurea brisa. Allí, el mendigo, como perplejo ante la actitud del orate. Mientras este nuevamente reinició su oración, siempre con la mirada elevada al infinito:
“Por tus divinos ángeles
Envíame a un trueno de monedas
Para llenar mis tripas vacías…”

Soslayaba inmutable las muestras de asombro que mostraban los espectadores, estos al verse ignorados, desilusionados, cabizbajos iniciaron la retirada.

El loco y el mendigo quedaron nuevamente solos, como estatuas esculpidas bajo la brumosa tarde de abril, grabándose en las retinas de los transeúntes que hormigueaban a esas horas en la avenida Colmena.

El orate miró el vidrio del cine Le Paris y se encontró con un inesperado acompañante, con la imagen de un mendigo arrodillado, que con una de sus manos casi le tocaba su ropa, dio un giro y se miraron frente a frente, fijamente, como dos gladiadores y, mecánicamente introdujo la mano izquierda a su bolsillo, extrajo lo poco de su caudal que lo guardaba con esmero para su más elemental necesidad; lo observó reiteradamente, luego, puso en la mano del mendigo e inicio una marcha pausada.





NO TIENE IMPORTA

Esos ojitos de gata, titilantes entre la negrura de la noche, suspendidos como dos racimos de uva en el oscuro vientre del cielo; así te encontré aquel día, contenida en medio de esa montaña de rumores que cabalgaba sobre encabritados lomos que, te agredían con su bullicioso sorna de voces que habían herido tu más íntimos sentimientos. En el lugar menos esperado te habías refugiado. Aquel hogar que era de plena confianza para tus hermanos y por su puesto nadie podía sospechar que pudieras estar allí, mucho menos que allí permanecieras la mitad del tiempo de tu embarazo.

Al menos sobrellevaste con cierta tranquilidad por algunas semanas aquella carga, aquella vergüenza, como la habían calificado tus hermanos, en un momento de ira, cuando supieron de tu embarazo.

Cuando vieron alargarse tu ausencia y ver a tu pobre madre, a toda hora con un húmedo pañuelo, que como mariposa salía volando de esos ojos rojizos de tanto bañarse de lágrimas, iniciaron su laboriosa búsqueda de aquella hermanita que había sido deshonrada y había pasado a ser la vergüenza de la familia. Olvidaron de aquella gresca descomunal que se armó cuando se dejó notar tu vientre y al enterarse que el culpable había echado el vuelo hacia otras tierras.

Y cuando lograron ubicarte ya estabas con tu muñeco entre tus brazos. Parecías una niñita con su muñequito de navidad jugando a las escondidas. Ahí, recuerdas que quisieron separarte del fruto de tu vientre para dárselo a los padres del imberbe padre, del que ni sus progenitores sabían o no querían enterarse a donde se había ido a esconder, en ese momento te conocieron tu verdadero genio y otra fuga más para que supieran de tu temple, así aprendieron que estabas decidida a dar tu misma vida para defender a tu hijo y a construir tu propia existencia, cual fuere las dificultades que se te presentara.

Nadie, ahora, puede negarte, esa virtud de mujer integra. Algunos, de esos que no faltan, pensaron que después de todo era el inicio de su jarana y muchos lo pretendieron, y se encontraron con un muro férreo e indomable. Fabio ya es todo un hombrecito e igualito a su taita. Mejor ni recordar a aquel pájaro de mala fe, seguramente está muerto y sepultado en lo más profundo de tu ser. No, no te sorprendas, con este pequeño florilegio, es aun pequeño para reconocer todo tu esfuerzo para vencer todas las vicisitudes que se te presentaron en tu camino, y quien no lo reconoce es un verdadero patán. Fabio es el mejor ejemplo, un muchacho bondadoso, humilde, pero de un temple admirable, que no conoce de claudicaciones, él está allí donde las mayores dificultades se presentan y dedicado con toda su entereza a las cosas que emprende.

Vivir como tú lo has hecho, rodeado de los constructores de las tentaciones más perversas, no es nada fácil; es justo que después de veinte años abrazando sólo frías almohadas y frígidas sábanas te des tu oportunidad, mira que Fabio, anda muy inquieto con la tal Viviana, y no seria nada extraño que pronto el muchacho decidiera casarse.

Mujer, nadie puede culparte de casquivana. La vida da oportunidades y éste es la tuya, Elio es un buen tipo. Está loquito por ti, a sus edades, mi amiga, es poco frecuente estas situaciones. El pobre hombre anda diciendo que toda la vida ha estado esperándote. Mira, renunciar a Liliana, o mejor dicho, osar a liberarse de esa fuerza ominosa, es mucho decir. Da la vuelta a la moneda y ve. Ella jugando al lado de una virgen con una muñequita más pesada que su voluntad y, tú, en ese balcón desde el cual, privilegiadamente, gozabas haciéndoles rabiar a quien osara molestarte, y muy en especial a ella que era una endeble mariposita que sólo en intentos quedaba. Tú te fuiste lejos, ahí fue la jodienda, cuando pasó años y años, y no había cuando vuelvas. Ellos pensaron, ayudados por su mala sangre, que ya no volverías, que ya eras una difunta, el campo iba estar llano para siempre y que el muchacho aquel que andaba con su mirada iluminada haciendo cuanta pirueta que su inventiva le ocurriera, con tal de alagarte, había sepultado bajo cimientos todo ese fuego que abrasado casi se lo lleva a tocar la puerta de San Pedro, se equivocaron de parte a parte. Y, ella bien mandada se fue detrás y lo tomó hasta tenerlo menos que un juguete. Este fue su oportunidad, te vio un día bien conservadita, fresca, lozana flor primaveral aromando este parque, a esta vida de pocilga como decía él de su propia existencia. Ahí nació la luna para él. Esa noche, ella como presintiendo que estaba cerca la partida de su palomo no pudo conciliar el sueño. Él se escapaba como el gorrión, estaba en el cielo surcando el viento, atrapado de tus melódicos cantos que le llegaban desde aquellos tiempos pretéritos a su alma ensoñadora, y tú como una alondra, ingenua, estabas sentada sobre el poyo de tu casa tejiendo a la vida que volvía a mostrar su horizonte más grato; nadie, sospechó que la mañana habría su puerta para entregarte sus aromas sutiles.

¿Mentiras? No. Ya ves, no intentes negarte a ti misma, el destino es caprichoso. En el momento menos pensado esta cediendo para entregarte lo negado. Ya sé que tú sigues siendo la misma, a pesar de todo, tú no has cambiado, nada ni nadie se impone a tu voluntad. Ahí está la vida sonriéndote, danzando sobre si misma. Este bosque de cemento nunca te venció, menos ahora. Ella ya es un pasado para él. La atadura que pudiera sujetarlo, no existe; toda esa convivencia de años era una farsa que sólo servía para tapar la boca a la sociedad, y, acaso, adivinando que tú volverías, él nada quiso con los chamacos. Renunció en todas las formas a engendrar críos. Después se tejieron tantas conjeturas de su virilidad que la reputación del pobre Elio se vino por los suelos. Fue considerado un caso extraordinario para la medicina y, él impávido lo recibía como una broma más de su infeliz destino. Ahora está pletórico de felicidad, hasta rejuvenecido se le ve, ¡cuanto cambia el amor al hombre! Debes sentirte complacida de haber retornado a la vida a Elio. Ahora anda tejiendo auroras, desovillando cielos, construyendo paraísos.

A estas alturas tus hermanos, también, deben estar felices. Cuánto lo hubiera celebrado tu madre y desde donde esté debe estar bendiciéndote. Ya es hora, mi querida Amalia que por todo lo que la vida te ha negado, te la descobres con creces, el resto no tiene importa.

Diciembre 2009






Una sombra agitada irrumpió entre las luciérnagas de luz neón, cuando apenas se marcaba en los relojes las ocho de la noche más quince minutos. No hacía mucho que la hora rígida había iniciado su danza de color verde olivo.

Germán y Luís iniciaban a convocar a todos los infantes como de costumbre. Al primer toque del pito o de un silbido, todos los chiquillos entre los ocho y catorce años hicieron acto de presencia, listos, ansiosos de quemar un poco de energías que les emergía a borbotones por todos los poros, adormecer un poco a esa inquietud que les palpitaba en sus corazones de nenes. Ahora a hurtadillas deberían disfrutar de sus acostumbrados juegos antes de acudir a la cita con Morfeo.

Hoy nos toca jugar a la guerrita, dice con emoción Percy; Raúl sobresaltado reclama “no, no, juguemos a la botellita borracha, mira que también están por salir las nenas, los más pequeños que jueguen canicas”, Germán con su reconocida calma habla pausadamente para dar, también, su impresión “van a quedar de lado los más pequeños y nuestras hermanas, deberíamos jugar a las escondidas” todos sueltan una leve carcajada que terminan con un coro de voces diciendo “tu siempre pensando en las nenas”; por su parte, Ricardo a viva voz reclama, “hoy es el día de los varones, hoy nos toca jugar a la guerrita y el que no esté de acuerdo que se vayan con los pequeñines y las chicas, chicas”, es la voz que quiere imponer; pero la mayoría quiere compartir con todos. Nuevamente, Germán ataca diciendo: “como eres hijo único y no tienes la suerte gozar de una hermana, que te importa ellas”. “Hoy debemos jugar todos”, dice alguien por ahí, como impidiendo que se alargue la discusión. Todos callan, miran el cielo raso, en ella se dibujan una constelación de estrellas; más abajo un solitario fluorescente bailotea en medio de la penumbra con esa parsimonia que da una leve exhalación del aire; esto nada determina, la disputa iniciada hace un buen momento se adormece ahí…

La vida no queda en una simple palabra para los niños, ellos siempre vencen, la noche es joven; hasta las paredes guardan en su recodo algún pequeño secreto librado sin aspavientos por alguno de ellos. Todos se ponen de acuerdo y se agrupan en dos para sus juegos.

Todos, como inocentes pajarillos abren sus alas y salen abrazando al viento apenas perceptible. La avenida los espera solitaria y taciturna, hacia ella salen ágiles, vibrátiles y regresan a la quinta que con piel de tigre los mira en silencio, en apresuradas volteretas o en violentas carreras esquivando los peligros que en esos instantes tan sólo son expresados por improvisados balines de minúsculos terrones, de doblados cartoncillos, o de un ovillado papel. Como huyendo del riesgo corren a ocultarse en el fondo oscuro y maloliente de la quinta, que además se visten con telas de arañas que cuelgan como cadenetas en aquellas paredes por demás olvidadas por largo tiempo.

Ricardo, oculto detrás de la última pared sonríe al ver entrar a José con el miedo dibujado en su rostro. “Sólo eres un piel de cabrito que simulas ser valiente, ¡ve, que tenerle miedo a un rincón como este!”, quien más que él para estar soltando sus hirientes y burlescas frases. Y la virgen del Carmen mira imperturbable hacia aquel cielo penumbroso dentro de aquel rincón último de la quinta. También, ahí a su alrededor juegan los nenes; la noche es joven todavía, nadie tiene porque mirar al cielo lejano. A veces, aquellas frases espinosas, soltados sin aspaviento por Ricardo son las espadas que levantan encono, éstas calientan la cabeza, exasperan los ánimos, otras veces, despiertan el enojo que pueden terminar en una gresca entre los chiquillos. Pero, esta vez, todos están concentrados en el juego de la guerrita que no hay tiempo para las sulfuraciones ni enfados.

El campo de combate, es apenas una angosta quinta que es alumbrada por algunas ventanas que desde su interior dejan escapar una tímida luz, y este campo de combate va ha terminar en la berma central de la avenida Manco Cápac, donde varios chiquillos estratégicamente se han buscado su barricada para que el bando contrario no les afecte con sus balines. Los pequeños objetos disparados cruzan el espacio sobre la pista y van a toparse con el cuerpo de los vehículos estacionados o el tronco de los viejos árboles que airean el ambiente de la noche. Algunos alcanzan ciertos cuerpos indefensos que se han atrevido cruzar de un vehículo a otro. Unos caen heridos y otros muertos, sus compañeros al verlos derribados en medio del campo de combate piden tregua para recoger y auxiliarlos, los que son concedidos, para luego reiniciar con más ahínco la lid. Se dan tregua, nuevamente, para calmar su sed o cualquier otra necesidad. Cuando se encuentran en lo más interesante de sus beligerancias; a lo lejos se dejan oír las sirenas de las camionetas militares o tanquetas que probablemente pasan por las calles cercanas despertando sobresaltos a los niños que juegan en sus quintas o en los jirones sorteando los riesgos que implican bajo estas circunstancias. Los fluorescentes de la quinta parpadean contagiados por la zozobra que les ha llegado repentinamente a todos los bulliciosos adolescentes.

Fernando es el primero que ha oído aquellas sirenas, y avisa a sus compañeros a replegarse hacia el interior de la quinta. Juan después de un buen rato en acción riesgosa salen a avistar el panorama desde el centro del negro asfalto de la pista, a los pocos segundos éste en loca carrera regresa gritando, “¡ahí vienen, ahí vienen!”. Dos tanquetas asoman por la esquina de la avenida Grau y Manco Cápac, y vuelve a oírse la voz de Fernando, sobresaltado, “¡Todos a sus casas! ¡Apaguen las luces de sus salas!”; todos corren atropelladamente, se oyen un resonar de puertas cerrándose y las luces van apagándose en desfile asonantada.

Los susodichos no se dejan esperar, a los pocos instantes, se oyen el paso de las botas militares por las losetas de la quinta, y unas frases que hieren el oído inocente de los niños. Luego se escucha el llanto desesperado de Enrique, quien aun no admite la interrupción del juego. Se queja, “todavía es temprano, mamá, ¿por qué estos no nos dejan terminar nuestro juego?”, “ni sirve quejarse hijito” es la respuesta de doña Teresita, quien ya ha perdido a un hijo en edad adolescente por atreverse a retar a los milicos, con su juego intrépido, que no fue entendido por los jóvenes soldados que esa noche patrullaban la avenida.

Las luces de las primeras habitaciones se mantienen apagadas hasta la total desaparición de aquella torpe música de los verde olivos que van dejando a su paso, frustración y desconsuelo en el corazón de las inocentes criaturas.

Enero 2010



´



Ella aparecía al entrar la noche con una amplia sonrisa semejante a su voluminoso cuerpo. Caminaba tanteando la anchura que separaba su puerta de la nuestra. Ya ubicada en uno de los muebles, seguía con mucho detenimiento el programa de la televisión, era de poco hablar, si abría sus labios sólo lo hacía para opinar lo necesario y a todos nos ofrecía una blanca sonrisa y en especial a los más pequeños que nos encontrábamos ahí, a quienes, en algunas oportunidades nos entregaba una pequeña moneda para nuestras golosinas.
Cuando recién la conocí vivía sola en su casa. Por cierto una casa tan antigua como su memoria, revestida de barro y yeso; con una puerta que casi besaba el cielo raso de su techo que se levantaba hasta más allá de la estatura de cuatro personas de mediana altura, topándose al cóncavo cielo que terminaba allí donde la miradas quedaban colgadas como la telas de araña. Linda la viejecita, de una amplia sonrisa que contagiaba a todos los niños que vivíamos en la quinta. Todas las tardes se sentaba bajo el umbral de su puerta para distraer sus tardes vacías, moviendo sus temblorosas manos sobre la mar de sus sueños.
Los días domingos, a las primeras horas del día acudía con premura a la iglesia más cercana. Cruzaba las calles y el parque Manco Cápac con ansiedad de devota atribulada. No sé de donde sacaba tanta entereza, cuando sus piernas al caminar bailaban al compás del viento silente. Tenía una roja coloración que tan sólo con un reposo más o menos prolongado, desaparecía. Creo que era la primera devota en llegar a la primera misa dominical. Su devoción cristiana era única y peculiar. Con casi nadie departía esta creencia. Tenía un pequeño altar con sus pequeñas imágenes en un rincón de su dormitorio, a donde acudía cuando le agobiaba algún problema circunstancial. Cuando estas eran mayores cualquier día de la semana era bueno para que ella acudiera a la iglesia.
A todos los niños que en la quinta vivíamos nos acariñaba, diciéndonos “compórtense bonitos ñaños, Dios algún día los premiará”, y al terminar su frase, volvía a brillar su sonrisa blanca, opacando al intenso rayo de sol que sólo quedaba bailando sobre nuestras imberbes pieles.



Enero 2010



EL MUNDO DE JACK


UN DIA, LA LUZ

Fue toda una sorpresa para mi frágil entendimiento, encontrarme con una luz intensa, y en medio de ella, una sonrisa radiante, con el abrazo de una mujer de mirada penetrante y angelical, de infinita ternura, que me envolvía con su aliento semejante a una cálida brisa.
Ahora, más que nunca ansío el calor de su cuerpo, de su alma, que me envuelva con su mirada celeste semejante a un río cristalino ¿Qué es el viento, la noche, sin ella?,
Ella, es la que me entrega el líquido fuego de este instante eterno. Ella, es el río de la vida, el espejo que vislumbra el mañana; es la luna que en las auras me entrega el canto más hermoso, la melodía celestial, que a pesar de la lluvia me viste de un intenso rayo de luz, me protege de la tormenta como una orquídea embelleciendo este parque de mis andares, por ello mi existencia es una gracia para el que me conoce. Es admirable que ella me tenga entre sus motivos especiales, que haya construido todo un paraíso bajo este parque de uranio, entregándome parte de su vida.
Ya no importa que haya llegado al mundo en El Gran Hospital de Florida, donde todo olía a perfume, -según me cuentan mis padres- los ambiente semejaban a un gran espejo, pero en donde se respiraba un aire enrarecido, frío.
Melisa y Jean son los nombres de mis creadores, digo, de mis padres. Ellos están felices. Buscaron con ansiedad un nombre apropiado para este cuerpo endeble. De pronto, creo que intuyeron mis gustos, seguramente saltaron de emoción cuando lograron hallarlo. Jack, Jack, Jack, los escucho pronunciar alborozadamente cada vez que quieren llamar mi atención. ¿En definitiva ese será mi nombre?, Ya empieza a gustarme, esperaré un tiempo más para saber si ese nombre en definitivamente he de llevar.


A pasado un buen tiempo, mis padres cada vez con mayor intensidad me llaman Jack, Jack. Ayer los escuche decir que no había otro nombre mejor que éste, era el apropiado. A mi también me encanta. Tintinea en mis oídos como las notas de una música venida desde las estrellas.



Estoy con la cabeza atiborrado de estrellitas en medio del bullicio, extraviado como en un callejón desconocido, perdido en la mar de este alboroto.
He tratado de congeniarme con todos en medio de este remolino de voces, pero me es imposible. Todos saltan, brinca; sonríen, alborotados se hincan sobre la grama del jardín o sobre la alfombra de la sala. Dentro de todo esto reconozco a algunos, a otros sencillamente no los encuentro ni en los más pequeños resquicios de mis más caros sueños, sin embargo, estos últimos pronuncian mi nombre con tal efervescencia que mi corazón se llena de algarabía.
Estoy a punto de dejar mí acostumbrado aislamiento para otro instante. Ellos tejen aureolas, crían mariposas, ruiseñores, y un sinfín de estelas que dan ganas de abrazarlas, en suma, se fundan su propio mundo; ¿cómo quisiera ser como ellos?
No todos hemos nacido con la misma estrella. Yo vivo como en una selva, siempre aturdido por las situaciones más inverosímiles que no sé como se me presentan. Ahora mismo me estoy casi ahogando en un vaso de agua, cuando todos a esta edad dejan de lado cualquier sobresalto y de lo único que se preocupan es en compartir el instante que sus padres le ofrecen por su cumpleaños o mejor, una excursión por un sin fin de parque donde abundan juegos sólo para niños.
Todos, en este instante, están prestos a pasarla bien; a bañarse en gelatinas y golosinas que sonríen desde la mesa a los niños que por allí merodean, mirando con unos ojos chispeantes que no ocultan sus ganas, más esta voluntad arisca que siempre han preocupado a mis padres, se resiste a salir de su caparazón.
Mis padres, atentos a todo acontecimiento, desde su escaño de papa Noel, me sonríen, tratando de infundirme un poco de ganas. Seguramente, mis ojos alumbran una luz apática, desganada.
¡Cinco años, cinco años!, un año más que se cierra en un abrir y cerrar de ojos, ¿será por eso que estoy sin entender todo este movimiento que me envuelve como un rumor acuoso?


¡Urra, Urra, hoy sólo veo azul los astros!


No debería preocuparme de lo que sucede a mis alrededores. A mis once años no me compete, dirían muchos. Aun cuando no entiendo, estoy presto en colaborar con un granito de arena. El carácter frío del nórdico de mi padre y el temperamento emotivo y franco de mi madre me han de ayudar.
Ver como maltratan el alimento que muchas veces por falta de algún ingrediente o saborizante lo eliminan en este mi país de primer mundo, me preocupa, donde también existen seres necesitados. Leyes absurdas se oponen a que se compartan con los más necesitados. La insensibilidad de los señores representantes del parlamento debe ser vencidos por una terca voluntad de solidaridad con el ser humano. Eso he visto y he vivido en el país de origen de mi madre, una nación de tercer mundo según los entendidos, donde aún existe el don de compartir lo poco que se tiene. He aprendido que es hermoso tender la mano al hermano que lo necesita.
Aun cuando soy muy pequeño, mi corazón y mi voluntad es muy grande, mis padres se encuentran estupefactos, asombrados, sin reacción posible. Mis compañeros de estudio a pesar de su ignorancia, se hallan identificados con mi causa, eso me incentiva a enfrentarme a los más grandes obstáculos.
Ya casi lo he logrado, efectivamente, siempre existe alguien que está dispuesto a correr el riesgo a favor de nuestra iniciativa. Yo encontré a uno, quien directamente hizo todo lo posible, en medio de esa maraña de voluntades aletargadas, para que mis sueños se vean cumplidos. Logró que deroguen la ley y promulguen una nueva, facilitando que por fin aquellos alimentos sean destinados a quienes verdaderamente lo necesitan.


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