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viernes, 14 de mayo de 2010

ENTRE LA TERTULIA Y LA BOHEMIA

ENTRE LA TERTULIA Y LA BOHEMIA
(Caso Chiclayo- Para comprender el lado oculto del quehacer literario)

Por Rubén Mesías Cornejo

Durante sus cuatro años de existencia formal (1994 - 1998) “Arboleda” exhibió el primer momento, una serie de incongruencias en cuanto al cariz de sus intenciones. Como era de esperar esta permanente indecisión se tradujo en intempestivos cambios de rumbo que terminaron desvirtuando la naturaleza de su propuesta primigenia.
En sus inicios “Arboleda” pretendía convertirse en la publicación abanderada de la creatividad juvenil de entonces (la generación de creadores que Juan Montenegro apellidó “Noventino”). Bajo estos auspicios tuvo lugar la concurrida reunión que colmó de gente la pequeña sala de recibo de Stanley una lejana tarde sabatina de marzo de 1994; sin embargo el entusiasmo inicial fue menguando ante las dificultades que se presentaron ante aquel novel equipo de edición nucleado en torno a la bonachona figura de Stanley Vega Requejo. Tal declinación se produjo, a nuestro juicio, debido a la irrupción de una tríada de razones poderosas:
a) la ausencia de un interés real en la literatura de parte de algunos colaboradores primigenios (y aludo a personas que tenían vínculos de amistad con Stanley pero ninguna inquietud de participar en la tertulia ni en los recitales que se producirían más tarde), b) la endémica escasez de material que resultara “potable” para el peculiar gusto de Stanley c) la sempiterna apatía y el aparejado aburrimiento que acompaña a Stanley en todas las empresas que realiza. De todas estas razones nos quedamos la segunda y la tercera por considerarlas decisivas en el proceso de decadencia de “Arboleda”, pero nos explayaremos en la segunda pues nos lleva al tema que nos impele a escribir estas líneas.
Como decíamos la consabida falencia de material impidió que fuera posible una publicación más regular de los números de la revista. Esta falta de periodicidad motivó que “Arboleda” viera la luz con una frecuencia casi anual. El colmo de este desfase se dio en el verano de 1999 cuando salió a la calle el último número de la revista conteniendo material íntegramente reciclado de una edición reparada mucho antes. La aparición de este número “póstumo”, en tiempo en las que la tertulia ya no comparecía ante él, se lo puede considerarse como un gesto de nostalgia, de parte de Stanley, hacia el permanente clima de bohemia que impregnaban las reuniones sabatinas que, en el fondo, terminaron usurpando, la identidad de un nombre que nació para ser aplicado a un fenómeno distinto: la revista “Arboleda”.
Y afirmamos esto porque en aquel número, que consideramos el más logrado de todos los que Stanley produjo en su faceta de editor, se encuentra un artículo titulado “Humo de madrugada” que nos ofrece, de pasada un vistazo de la filosofía de vida del “Baby”. En aquel texto, que también circula en Internet, Stanley traza un ferviente apología de su propensión a la bohemia desmedida, y no era para menos pues las condiciones que se dieron en la casa de Carlos Becerra aquella madrugada de setiembre de 1996 fueron ciertamente especiales si las comparamos con las habituales sesiones en las que Stanley departía con sus amigos creadores: la presencia de David Novoa premunido de una generosa provisión de marihuana que repartió sin mezquindad entre los presentes, y un cierto grado de euforia que embargaba a los asistentes funcionaron como los elementos reactivo de una combinación química. Resultado de este pequeño “viaje” fue una intrincada sucesión de palabras, símbolos y garabatos que cubrieron, casi en su totalidad, la alba superficie de una pizarra acrílica que colgaba indolentemente de una de las paredes de aquel aposento. Un vistazo hacia aquella superficie sólo podía indicar la presencia del pensamiento desencadenado expresado con una vehemencia demasiado frenética, ante el presunto destierro de las inhibiciones. Poco después un nuevo ritual se inició, las luces se apagaron y la estancia quedó a oscuras para recibir, en su seno, la tenue invasión de un rayo de luna, que penetró limpiamente la oscuridad para refractarse sobre la vítrea superficie de una damajuana vacía que parecía esperar, ansiosamente, ser traspasada por la luz. Al mismo tiempo aquella damajuana tiernamente iluminada se convertía en el espejo reflector de los fenómenos que aparecían ante la imaginación de cada uno. Un momento como este no se había dado nunca antes y dado su carácter extraordinario marcó la sensibilidad de Stanley, tan apegado a este tipo de expansiones.
Esta anécdota nos sirve para entender la atracción que la apertura sensorial ejerce sobre el espíritu de Stanley. Es algo que definitivamente el ejerció de la palabra simplemente enuncia sin concretar (y aquí recordamos el franco escepticismo de Stanley hacia el buen resultado de los “Cantos de Ahora Mismo” como propuesta estética). En este sentido la tertulia no le servia para mostrarse tal cual era, pues Stanley no es un buen conversador y su naturaleza es más bien de índole parca, hermética. Pero la bohemia, y su rutina lúdica, le parece un espacio más adecuado para manifestar su interior, previo trago desde luego. Como tantas veces lo ha dicho en conversaciones privadas, se trata de una especie de retorno a los fundamentos de alguien que se siente auténtico cuando se despoja de las inhibiciones impuestas por una intelectualidad árida y pacata. Dentro del contexto de una sociedad que castra espiritualmente a sus miembros convirtiéndolos en siervo de un sistema viciado Stanley asume, a través de su ingenua irreverencia, la ficción de creerse diferente, original, abandonando el condicionamiento social, por un instante. Así nuestro iconoclasta amigo permite que el hereje que lleva dentro brote a la luz cuando pueda, sin interesarle realmente el asunto que lleve entre manos. Algo que sucedió muchas veces durante las reuniones, y en algunas ocasiones en la presente, y que continuará acompañando a Stanley mientras tenga vida, pues forma la parte más relevante de su acervo interior.

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