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domingo, 23 de mayo de 2010

UNA MIRADA DE REOJO AL AVERNO LITERARIO LIMEÑO

UNA MIRADA DE REOJO AL AVERNO LITERARIO LIMEÑO

Por: Nicolás Hidrogo Navarro

Lima no sólo es una cárcel inmensa y un atracadero mundano, mugrienta, tiznada, cachonda, arrabalienta, bulliciosa y peligrosa: es un imán humano que atrae a la gente provinciana ilusionada por el sueño capitalino y sólo encuentran espacio en los arenales y en la punta de los cerros como trogloditas. Yo no sé de dónde sacan inspiración los poetas –obviamente los neorrománticos- para escribir edenes urbanos. Es imposible que una mariposa revolotee en el centro de Lima: una pátina de anhídrido carbónico la petrificaría así como viven sus edificios impertérritos, fosilizados y sopleteados día y noche de una película carbonífera. Creo que deberían pintar a Lima de negro, para disimular sus hollinadas fachadas.
“El Averno”, a unos metros del Boulevard Cultural Quilca Nº 238-Lima, es una cueva sicodélica con colores fosforescentes donde se fusiona la cultura urbana de los poetas marginales –los no apitucados o los que tiene apoyo oficial, padrinos benefactores- el rock, pintores, escultores y todo extraño de crenchas largas, miradas petrificadas y visos de no haber pagado el agua hace meses.
La entrada a “El Averno” está decorada con libros, CD de música y algunos souvenir. Desde la fachada hasta el podium que funge de mesa de honor de los Viernes Literarios, todo está pintarrajeado de colores chillones y con trazos geométricos que recuerdan las culturas Paracas, Recuay, Chimú, Moche y un neoprehispanismo, neopaganismo punk; bajo la atenta fusión de protesta y un trasfondo político que socarronea contra el alcalde de turno. A la derecha se encuentra el bar en caleta atendido por Leyla, una chica de unos treinta y tres años, con cara de provinciana, ancha nariz y un lunar que, como fresa de postre, adorna su mejilla derecha; ella es la que prepara el “calientito”, bebida espirituosa y gratífera para los reunidos allí en este cortante frío acuoso que entra como culebrillas por los pies y llega a los párpados.
Una mesa con mantel verde y con la siglas de VL “Viernes Literarios” se yergue solitaria ante una luz mortecina y violácea de discoteca y que hace recordar a lupanar
Es el viernes Nº 575 y en el frontis de El Averno se anuncia que José Antonio Palacios (Lima-poesía), Nicolás Hidrogo (Lambayeque-poesía), Baldomero Hernández (Lima-poesía), Marcoantonio Paredes (Lambayeque-poesía), Frank Turlis (San Juan de Lurigancho – Poesía ), leerán a las 7.00 p.m. Al ingresar lo primero que vemos es a un chiquito, regordete, con bigotes a la mexicana, mirada provinciana, vestir huanuqueño y con los movimientos de un Mario Bross que da la impresión de ser el mozo, sencillo de caminar, simple de mirar, apaciguado y sonrisa ancha: es el artífice de toda la movida literaria limeña: es Juan Benavente, respetado, adulado y reconocido por todos, por su inquebrantable brega en el quehacer literario, en la promoción y difusión de la literatura en 574 viernes, casi insuperable e inalcanzable.
Entramos –Marcoantonio Paredes y yo, gente del Conglomerado Cultural-Lambayeque-Perú- y tratamos de buscar con la mirada alguien que se pareciera a Juan Benavente –nos imaginábamos, alguien enternado y con pose de intelectual- nos recibe con un “Hola, Conglomerado Cultural de Chiclayo”, le quedo mirando los bigotes de charro guasteco, este parecía un amigo de Juan Benavente, no, era él, el mismo Juan Benavente.
Eran las 7.17 p.m. y aún no había más que dos chicas provincianas que estaban dejándose retratar por un pintor que despuntaba un lápiz y le quedaba mirando los pechos, como si eso fuera lo que quisiera en realidad pintar y no el rostro de la chica.
Había unas diez sillas plegables estilo circo, unas bancas hechas para enanos, fabricadas rústicamente color caoba, al fondo una mesa, un atril y un micro estilo comprafierrero. El ambiente, semiiluminado, lúgubre, con sabor a madera envejecida de una casona antiguacha, todo pintarrajeado por alguien que le tiene terror al vacío: era un local multipropósito, es cantina de lunes a martes y de sábado a domingo, discoteca el miércoles y tertulia el viernes: es una casona que a simple vista parece un reducto de raros, pero cómo los viernes se concentra y se habla de literatura.
El esquema de desarrollo metodológico de los Viernes Literarios es simple: palabras de saludo y bienvenida de Juan Benavente, alusiones a algún evento hecho o por hacer en la semana, saludos a los presentes y se procede a leer uno por uno, sin interrupción ni comentario crítico a intervalos, sino al final dos preguntas del público a la mesa de los que leyeron de manera general. A cada invitado se le lee su currículo breve, se le da para leer tres a cuatro poemas, la gente aplaude y el que quiere preguntar debe esperar al final. El local está semilleno ocupando las sillas, unas veintitrés personas y habría lugar para que hasta parados quepan unas cincuenta personas en total.
Entre el público hay de todo: curiosos, borrachitos, metaleros, poetas, pintores, escultores, homosexuales, narradores, políticos decadentes y hasta intelectuales serios y respetados.
El Viernes Literario empezó a las 8.33 p.m. y terminó a las 9.36 p.m. Sin embargo, logro ver dos fases: la primera es el evento formal que parece muy frío por la ausencias de participación del público y la carencia del comentario o análisis crítico, a esta etapa la llamaría Espacio Lectura; sin embargo, lo más rico sería el postespacio Lectura, que es propiamente La Tertulia, que entremezcla la lectura de poemas redactados aún a manuscrito y con la tinta todavía chorreándose, el comentario de nuevas publicaciones, proyectos de salidas a provincias, anécdotas literarias, recitales improvisados, todos acompañados de jarras plásticas de “calientito”. A diferencia de una simple borrachera, donde se combina los asuntos caseros, personales, triviales y chismoverborrágicos, la tertulia de los Viernes Literarios es quizá el elemento más interesante del que quiere aprender a hacer literatura y del que necesita un estímulo: allí hay la posibilidad de sorprender, de ser halagado o vapuleado, es el momento exacto de la prueba del creador: seguir o retirarse. La Tertulia se prolonga hasta las once o doce de la noche, según reporte la chanchita o el posito. Allí destacan las figuras de Juan Benavente, el artífice y pertinaz promotor; Luis Yánez, el respetado maestro y antologador y gran adoctrinante de la causa socialista; Wilmer Villarreal Zavaleta, el circunspecto doctor; Ulises Valencia el aedosmil veterano y de la mirada triste y baudelariana; Frank Turlis Martínez Roca , el joven novato y educadito; Guido Eugenio Anaya Cortez, el pelucón rebelde sanchopancista, Eva Velásquez, la musa solitaria y deseada; Marcoantonio Paredes, el guadañero inquieto; Mario Espinoza Anicama, el peladito veterano de leer carrasposo y aguadientoso; Joan Vives, el web master de la casa del poeta peruano, silencioso y de nervioso mirar; Raúl Sulca, el lente, el perennizador fotógrafo del Viernes Literario, de ojos bailarines, avispado y limeñizado otear; Jaime Mora, el barboncito lujurioso y huidor de los flashes; Ameth, el escultor, preguntón y hablantín escamoteador; y Nicolás Hidrogo Navarro, hacedor y escrutador detallista.

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