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martes, 1 de junio de 2010

EL FARISEÍSMO AMORAL DE LOS ARTISTAS SULLANEROS

EL FARISEÍSMO AMORAL DE LOS ARTISTAS SULLANEROS

Ricardo Musse Carrasco.

El Dios de mi misericordia irá delante de mí;
Dios hará que vea en mis enemigos mi deseo.
Salmo 59, 10.

Albergo ya sobre mis laceradas subjetividades, veinte años de devoción escritural. Y durante ese desventurado despliegue temporal he constatado, con infinita amargura -hay que admitirlo- y con renovadas decepciones, que los que se hacen llamar artistas en Sullana, se comportan como cualquier hijo de vecino. Pero en esto no reside el contenido de mi repelente disposición contra estos aviesos artistas, sino en que cuando se les interpela el por qué hacen lo que hacen; premunidos de un detestable fingimiento, transidos por inefables desgarramientos, arguyen que (aparte de sacar hacia el mundo su humanizado mundo interno) se entregan a su oficio porque procuran sensibilizar y contristar, esto es, identificar su obra con nuestra existencia atribulada por las imperecederas elegías y las estructurales injusticias y, también –qué duda cabe-, para ennoblecer la malevolencia infundida dentro de la infamante alma humana.
Eso suena muy bonito a los oídos; prorrumpe entonces, admirado, el ingenuo interlocutor: ¡Qué virtuosa sensibilidad artística!; pero da la impresión que verbalizan aquello sólo para tener el gozo, después, de traicionarse cuando las circunstancias les exijan hacer carne esas imperativas abstracciones. Ciertamente, las más de las veces, esto último –de ninguna manera- acontece. Muy por el contrario, se comportan como personas comunes y corrientes; y al que le caiga el guante que se lo chante: Indolentes ante el padecimiento del ser humano concreto, refocilándose y escarneciéndose ante los colapsos familiares, avalando inmoralidades de sus amigas, donde junto a ellas despilfarran –en actos inmundos y cómplices- el dinero de hijos abandonados, indiferentes a las injusticias que se cometen contra los que no tienen la influencia ni el dinero para sobornar autoridades judiciales; no pronunciándose, siquiera, ante los conflictos más vitalmente inmediatos, llegándoles altamente que las personas sigan hundiéndose dentro de sus suciedades y depresiones, no preocupándose –en lo absoluto- por los que están en desgracia (enfermos, dentro de su infernal soledad o con carencias materiales); entonces que no se llenen la boca con los sublimes ideales de la filantropía humanista.
Pero qué se puede esperar de estos artistas si la mayoría de ellos lleva una pútrida vida licenciosa, privada de lealtades y principios, consuetudinarios abortistas, con un anquilosado encallecimiento dentro de su pervertido corazón, traicionando con depravados adulterios a sus indolentes esposas, con un trastornado metabolismo regido por el alcohol y las drogas, esclavizados por sus cromáticas fornicaciones, amurallando sus mezquindades narcisistas y esperando, con ansias, que se derruyan –por el oprobioso ensañamiento de sus enemigos- los auténticos artistas que han hecho de la obra y de la vida, una indisoluble unidad moralmente biográfica.
Definitivamente, estos especimenes no van a cambiar. A no ser que les pase aquello que ahora avalan con alevosía y premeditación, esto es, cuando sufran, en su abominable piel –y ésta les arda como las bíblicas llagas de Job- las promiscuas secuelas de su aborrecible comportamiento manchando, por toda la eternidad, su degenerada conciencia.

Sullana, 13 de setiembre 2 009.

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