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domingo, 6 de junio de 2010

NARRADORES OCHENTEROS EN LAMBAYEQUE

NARRADORES OCHENTEROS EN LAMBAYEQUE

Por Nicolás Hidrogo Navaro


Dentro el proceso analítico y de revaloración que Conglomerado Cultural tiene con toda la cultura literaria de la región y el país, primero lambayecana luego la nacional, fase a fase, sin saltearse, metodológicamente como todo lo sostenido y cuerdo, antes y después de nosotros se encuentran los estudios de los textos de los autores que hicieron historia y pocos los conocen y valoran. Hay mucho texto disperso y suelto, el trabajo es recogerlos y valorarlos y buscar un análisis de la obra como parte de la inserción y reconocimiento. La década de los 80 parece no tener muchos defensores ni apologéticos, ellos se han adherido al proceso de continuación y siguen publicando pero poco testimonio y vivenciación escrita hay de esta época. Como una manera de entrar en la fase del conocimiento publicamos los textos más representativo de los autores con la esperanza de abrir debate y lectura.



FLOR HERIDA
Por Andrés Díaz Núñez

Sentado en el suelo y con el oído pegado en la quincha, estaba atento a todo lo que sucedía en el dormitorio. Tía Albertina y mi padre, al anochecer no más, me había sacado del brazo para que durmiera en la cocina; pero el sueño no llegaba a pesar de que ya habían transcurrido varias horas.
Casi al amanecer, escuché a tía Albertina que dijo a mi padre_ el muchachito quiere nacer de brazo, parece que es el izquierdo, ¡Ya está afuera!, pero en esa forma no podrá salir. Mi9 madre gritó con todas sus fuerzas. Los cuyes se despertaron asustados. Cadilín, el perro, aulló rascando la puerta. Déjame entrar papacito, rogué desde la cocina,. no, Ruperto, no: allí estarás hasta mañana, y mas buen tal vez amanezca rápido para que vayas a llamar a la señora Rosa Uriarte, ella es buena partera; yo no puedo ir: el reumatismo me amarra a cada rato las piernas.
Rosa Uriarte vivía tras unos cerros azules que se unían con el cielo. Yo no conocía bien el camino; sólo una vez había ido con mi madre a comprar habas y lentejas. De todas maneras cuando los pájaros empezaron a volar de las ramas y nidos, inicié el viaje. Iba corriendo, con un palo en la mano, para defenderme de algún perro o culebra que saliera en mi camino. Cada cierto trecho preguntaba, con la mirada, a los árboles y portachuelos, o leía los rastros de los caballos o de las personas que por allí habían dejado. ¡Ojalá que no esté yéndome por camino diferente!. No, niñito, ese es el camino que va a trajudina donde vive la famosa partera Rosa Uriarte, decían las personas con quienes me cruzaba.
Sorpresivamente salieron dos perros negros de una chacra de maíz en flor. Con el susto, boté el palo y de un solo salto estuve en las ramas de un mashamur; sin embargo uno de los dos canes logró morderme del talón. Los dueños felizmente rápido aparecieron y me llevaron a su choza donde me frotaron con kerosene.
Aunque con cierta dificultad, proseguí la caminata. El sol comenzó a derretir mi espalda y a tostar mis labios. Los pájaros, con las alas abiertas, acezando, contemplaban unos retazos de nube que cual cometas blancas se borraban en el sinfín azulino.
Al cruzar una quebrada, encontré una yegua bebiendo agua; tenía soga larga. Como si fuera mía, lo llevé al lado de una roca y, de un solo salto, monté. La yegua volteando olfateó mi pierna y, seguro al darse cuenta que yo no era su dueño, emprendió carrera levantando la cola. Cruzaba las acequias y las trancas, de un solo brinco. Parece que en su cuerpo tenía un murciélago desgarrándola a cada instante. Relinchaba salvajemente. Los pájaros asustados volaban de una rama a otra. Con manos, dientes y piernas me sujetaba. Pronto ingresó a una pampa. El camino parecía serpentina marrón desenvolviéndose rápidamente entre las hierbas. Ahora la yegua saltaba, saltaba, y a veces volaba en tanto que las crines y la cola crujían con el viento. De repente, ¡Trac! Se hundió en una ciénaga; olfateaba el barro y relinchaba terriblemente; no podía sacar las patas; por mi parte, desmonté sin hacer ningún esfuerzo y empecé a caminar.
Acezando, asustado y herido, llegué a la casa de Uriarte. En la noche anterior había atendido un parto, visiblemente el sueño parpadeaba en sus ojos; sin embargo no se hizo de rogar; en este momento iremos, dijo echando unos pomos, unas píldoras y un cuchillo en su alforja de colores.
Llegamos a casa cuando las luciérnagas estaban comenzando a salpicar con oro la oscuridad. Encontramos a mi padre, en la puerta, llorando: Usted tiene que salvar la vida de mi Paulina y de mi hijo que está por nacer; su bracito está afuera desde anoche…tiene moradita y fría la mano. La partera después de examinar a mi madre que se retorcía de dolor, dijo poniéndose el sombrero, lo único que se puede hacer es cortar el brazo del muchachito, y después meteré la mano para jalarlo de la cabeza, pero si no se puede, lo destrozaré con el cuchillo para sacarlo por pedazos. ¡En ese caso mejor yo moriré y no mi hijo!, exclamó mi madre. ¿T qué dice usted don Tiburcio?. Yo dijo que salve, por favor, la vida de los dos. Haremos el intento. Extrajo el cuchillo de su alforja y lo afiló varias veces en el batán. Y ahora tú no tienes por qué pasar al dormitorio, ordenó sacándome de la oreja hacia la cocina. Rápido perforé la quincha con el clavo de mi trompo e introduje la mirada. Aumentó la mecha del lamparín, depositó agua en un balde, ensartó la aguja; desnudó y vendó a mi madre luego la amarró de los brazos y piernas, con una soga, en los maderos de la barbacoa; rezó un padre nuestro y un Ave María, y se arrodilló cerrando los ojos, con las manos unidas al pecho. Posteriormente se puso de pie. Enseguida agarró el cuchillo, contempló el vientre y, finalmente, ¡zas! Lo rajo con la velocidad de un relámpago. ¡Ay!, grito mi madre retorciéndose en tanto que la herida chisgueteaba sangre, Tía Albertina y mi padre abrieron la boca cerrando los ojos como si el susto se les hubiese atragantado. Los cuyes corrieron de allá para acá y de acá para allá como si hubieran sido perseguidos por el guaiguash. Cadilín ladró desesperado afuera mordiendo de vez en cuando la puerta de costales. Rosa Uriarte pronto extrajo a mi hermanito el que segundo después se desgañitaba, inmediatamente suturó la herida, regó un poco de yodo y la cubrió con una camisa remendada. Sin embargo los hilos grana seguían bordando la cama. Mi madre ululando intentaba arrancar la soga con los dientes.
Esa noche sólo yo fui la única personas que cerró los ojos por algunas horas, claro, la mala noche anterior y el camino agreste me había molido las piernas y brazos.
En la mañana mi padre puso, por nombre, Teobaldino a mi hermanito y se ue a don Arturo Pereira a pedirle que condujera a mi madre en su camioneta hacia el hospital de Concochinan. Se manchará con la sangre, y además hoy celebraré el cumpleaños de mi perro Grifón, había contestado. Entonces mi padre pidió auxilio a Belisario Guíbar, Estanislao Chamaya y Eleodoro Fernández. Hicieron una parihuela de magueyes y, empezó el viaje aunque con mucha dificultad porque mi madre pesaba mucho, y por otra parte mi padre caminaba arrancando el reumatismo que le enredaba las piernas.
Arriba, al cruzar la cordillera, nos asaltó una nube de gallinazos; menos mal, Belisario Guíbar y Estanislao Chamaya, que siempre andaban con su honda a la cintura, ahuyentaron a los rapaces como a sombras malas…
Cuando las siluetas de las casa estuvieron borrándose, con una nube oxidadas, ingresamos a Concochinan. Las luces ya estaban despiertas. Directamente fuimos al hospital Alcadán. El jefe del nosocomio preguntó a mi padre ¿Está asegurada la paciente?. Sí, está asegurada con mantas y fajas, contestó con mirada lluviosa. No seas chistoso, indio bruto; yo te pregunto si la señora está inscrita en el Seguro Social del Empleado y si es así, tienes que presentar su carnet, aclaró el Doctor. No, ella tiene sólo partida de bautizo y un carnet de cuando había estudiado transición; hace más o menos treinta años. Entonces tendrás que pagar por todos los gastos que demande la atención médica. Como no tenemos plata, esperaré aquí hasta que venga la muerte, dijo mi madre dejando escapar un rayo tenue de sus ojos. La cara del jefe se transformé en un carbón encendido. Veo que todos ustedes son una sarta de chistosos e insolentes, ¡ ya fuera de aquí!.
Con la parihuela goteando sangre abandonamos el hospital. Las paredes quedaron mirándonos fijamente, pronto ingresamos en el parque principal. Los fluorescentes derramaban su pena mientras los transeúnte se arremolinaban a nuestro alrededor.
¿Pobre señora, se está muriendo?, llévenla a mi casa, dijo un señor, más tarde supe que se llamaba Ricardo Soto y que era maestro en el colegio Pedro Verano; nos dio comida y medicina.
Al día siguiente retornamos a nuestra choza. Tía Albertina había estado dándole agua de toronjil, en biberón, a mi hermanito recién nacido. Cadilín daba una o dos volteretas en el aire y se acercaba ladrando suavemente a lamernos las manos.
Mi madre no miraba ni se movía, recién ala siguiente día encendió sus ojos y pidió que lo trajeran a Teobaldino.
Mi hermanito ayudándose con sus manecitas trataba de introducir el pezón en la boca, pero no podía hacerlo. Los seños parecían globos inflados. De manera que ese día no pudo lactar; tampoco en los días venideros. Agua de toronjil o de yerba luisa era su alimento diario. Posteriormente comenzó a amamantarse en la oveja Paca. En días anteriores el zorro había comido a su cordero. En un comienzo Paca saltaba, mordía, pateaba o sacudía la barriga o la ubre; pero con el transcurrir el tiempo se acostumbró tanto que solita venía balando desde la pradera y se echaba en la barbacoa. Algunos vecinos, que conocían estas cosas, aseguraban que tarde o temprano mi hermanito se convertiría en cordero; por eso a la hora que mi padre lo bañaba le revisaba desde la cabeza hasta los pies. Mi madre no podía hacerlo lactar porque –según ella- sus seños continuaban hinchados, adoloridos y si leche; y así hubiera tenido leche quizá no lo hubiera acercado a su pecho, “se puede engusanar”, había dicho. La herida su hubo convertido en un hervidero de gusanos a pesar que mi padre la curaba todos los días con los remedios que nos regaló el maestro Soto y también con los de la partera Uriarte. Igual que mi tía Angelina morirá engusanada mi mamita, pensaba cubriéndome el rostro, con el cuaderno, en la escuela; lloras tan solo de ganas y gusto, de puro malcriado, aseguraba la maestra. Cadilín también tenía pena, subía al roble y aullaba leguas enteras hasta quedarse dormido; varias veces el viento lo traía abajo como a pelota. Se despertaba diciendo: huahuauuuu, huahuauuuu.
Cuesta mucho vivir en este mundo, dijo un día mi padre agrietando su rostro y nublando la mirada; de nada sirve que existan hospitales, médicos, farmacias, cuando nosotros somos pobres; pero hoy, iré a Concochinan, entraré en una farmacia, pediré medicina y saldré sin pagar; si me cobran, con el filo de este machete les pegaré. Mi lengua se amarró con la emoción mientras el corazón se balanceaba como péndulo asustado.
Voy a Rosa Uriarte a pedirle algunas medicinas más buenas de las que nos ha dejado, la engaño a mi madre, amarrándose el machete en la cintura. Pero Tiburcio, andas mal con el reumatismo, lo hizo recordar ella. No importa, aunque sea en ocho días llegaré, manifestó. Echó al hombro su alforja y con su hasta luego, partió silbando una canción que parecía un lamento nacido del fondo de las quebradas o de las oscuras cuevas. El gallo le hizo adiós con las alas y cantó muy atribulado cerrando los ojos. A partir de ese día, mi madre gateando gateando se acercaba a Teobaldino para cambiarle los pañales mientras yo iba a la escuela o al monte a traer leña o a cazar palomas para el sustento diario.
En las tardes subía al roble y preguntaba por mi padre a los hombres, a las neblinas y a los pájaros que pasaban por el camino en tanto que mi madre o Teobaldino taladraban la choza con su llanto.
Mis ojos de tanto mirar el crepúsculo aprendieron a descifrar no solo el modo de caminar de los hombres errantes sino también el de los que habían perdido a sus seres queridos.
Tal vez llegue más tarde mi padre, pensaba a la hora de acordarme mientras mi madre con su quejido hacía más lúgubre la noche.
El desmayo y la soledad aleteando nos envolvían día y noche.
Una mañana, Armando Rumiche, hijo del vecino Polidoro, el cual recién había llegado del Servicio Militar Obligatorio, lloró abrazando a mi madre; pero yo le curaré, le dijo secándose la lágrimas, sólo quiero que a cambio de mi trabajo, usted les dé pasto a la yunta de toros de mi padre hasta que crezcan las hierbas que algún mal nacido las ha quemado. Los dos toros eran negros, altos, retozones y tenían los ojos como luceros. Ese mismo día comenzó a curarla; él pues había alcanzado el grado de cabo sanitario en el Servicio Militar Obligatorio. Le aplicaba una inyección diaria después de desinfectar la herida. Los gusanos morían en fugaz batalla; y la hediondez paulatinamente se desvanecía.
Al cabo de cuatro semanas, mi madre unció la yunta de toros, aseguró el arado al yugo, y cantando empezó a rajar la tierra. Por el cerro Huasmín apareció una lluvia azul transparente.


DE ENTIERROS Y DESENTIERROS
Por Julio Carmona


Cantarito Chanamé jamás ha sentido vergüenza por sus rasgos fisonómicos de ascendencia Mochica, a pesar del intricado entrecruzamiento de sangre o de razas que al parecer dio pábulo a su fama de “enrazao”, a propósito de su contumacia o de sus empecinamientos o (como mejor lo grafica su mujer) sus terquedades de piajeno. Su mismo color moreno trae a la memoria la pátina arcillosa de sus ceramios. La nariz entre chata y encorvada con las aletas un tanto oblicuas como alas de gavilán, los ojos igualmente rasgados de cernícalo, los labios gruesos detenidos en perpetua sonrisa o irónica desconfianza. Y distribuido todo en una cara ancha, casi cuadrada, a la que sirven de marco, por arriba, la rebeldía brillosa de unos mechones hirsutos que el peine se empeña en aventar hacia atrás con esfuerzo de arado; hacia los costados, las enormes orejas que recuerdan las lapas para la merienda de sus antepasados y, por abajo, una línea muy marcada que divide el pecho y el mentón haciendo la función de cuello y que remeda un poco el gesto conformista de los gallinazos con frío.
Con la misma parsimonia de sus abuelos y sus padres, es decir, con el sombrero pendiendo de las dos manos cruzadas hacia delante, Cantarito Chanamé en la misma posición pero sosteniendo un maletín por el asa, y ya dentro del Ministerio de Cultura al que ha sido citado con una notificación lacónica que le informa o recuerda el interés del nuevo Estado por el patrimonio residual de las manifestaciones culturales precolombinas, y su fama de huaquero viejo o, en todo caso, por la riquísima colección de piezas arqueológicas que se supone tiene en su poder, Cantarito Chanamé refiere el motivo de su presencia a una joven seria pero no desatenta, de grandes ojos, pelo corto y camisa “comando!; ella con gesto enérgico llama a otra que está atenta entre un grupo de tres a la espera de entrar en acción y que al acercarse luciendo el mismo uniforme de la recepcionista saluda con ligero movimiento de cabeza a Cantarito Chanamé y se dispone a conducirlo hasta la oficina correspondiente a través de pasadizos trajinados vivamente por un hormigueo de inquietudes múltiples; su espigada figura luce pantalón, botas y pistolas de combate que n o sorprende a Cantarito porque esa indumentaria es ya casi familiar en lo que va del tiempo. Pero tiene que apurar el paso para no rezagarse del tranco vivaz que lo precede, sin descuidarlo. Ella abre una puerta y ambos son rescatados del tráfago del pasadizo. En esta oficina, sin embargo, hay otros ajetreos de hombres y mujeres trajeados como su guía y, sin mirar a nadie, mueven libros, cosas o papeles como si se les escapara un tiempo precioso o como si tratase de rescatar otro, ya perdido.
Luego de una corta pausa y aturdido, por tanto movimiento febril, Cantarito Chanamé retorna a la tranquila lucidez de los ojos grandes y claros que ahora le sonríen desde la puerta opuesta invitándolo a pasar. Y es recibido por otra persona un tanto mas reposada pero igualmente vestida, quienes, muy amables y hasta afectuosas, aunque sin afectación, lo recibe dándole confianza y reiterándole el aprecio que reservan para sus actividades ancestrales de huaquero. Y uno del grupo, tratando de profundizar la confianza, le pregunta si es verdad “aquello de los cuyes de oro”. Y realmente Cantarito Chanamé se siente halagado y, aunque trata de evitarlo, no puede impedir que el pecho se le hinche de orgullo tras un profundo suspiro que procura disimular arrellanándose mejor en el sofá de cuero verde que como otros varios rodea una mesita con ceniceros y papeles desordenados, mientras el maletín descansa en sus rodillas y sobre él sus manos gruesas de lampero. Y en la sonrisa que ilumina su cara hay, al mismo tiempo que en sus ojos, un repentino y nostalgioso brillo. Claro que era cierto, señor.
-Lo único falso es que no me ocurrió a mí –aclara Cantarito-. Fue a un tío mío que ya no está pa´ contar el cuento porque ahí no más quedó en el hueco de la huaca. Recién al día siguiente que volvimos un poco despercudidos del miedo ahí lo descubrimos atorado de tierra, su boca abiertaza era un solo grito de tierra. Si hasta tuvimos que zarandearlo boca abajo pa´ desatorarle el gañote. Y los ojos ni se diga. Que cómo fue. Bueno, pues, lo cierto es que estábamos con mi papá, ánima bendita que Dios lo tenga a su loa, yo con mi papá cavando en el sitio que ya habíamos tanteado; mientras que mi tío, el pobre, ahí no más tantito se puso a palanear. Oye, Higinio, lo escuché decir a mi papá, mejor te vienes pa¨acá, pa¨hacer un solo hueco, no sea que la ambigüencia nos resulte mala. Que va, Fernando, respondió él. Y agregó: Burra huacaza que tenemos adelante va a ser ambigüencia. Y ahí mismito comenzó a gastar su palana. Y ya no lo volvimos a escuchar hablar nada. Sólo sus bufidos y los palanazos se oían. Mientras mi papá, quien le dice a usté, ahí no más encimita fue encontrando cada preciosura de piezas que daba gusto. Ya con las manos no más sacábamos todas esas linduras. Y ahí fue entonces cuando mi papá volvió a decirle: Ya, Higinio, deja eso y vente pa´acá que hay pa´todos. Y recién lo volvimos a escuchar: Fernando, Fernando, ¡son cuyes de oro! Y así fue que nos enteramos de los famosos cuyes de oro. Nos i9ncorporamos ante sus gritos, porque chillaba el hombre. Mi papá avanzó en mi delante con la linterna. Y allí estaba el tremendo morro de tierra como los labios hinchados de una bocaza ante el fungir de la linterna del tío Higinio. Y ya asisito nos faltaba para asomarnos cuando todavía alcanzamos a oír, Fernando, se están moviendo, Fernando. Y después un grito bravo, bien bravo, oiga. Y no se cómo pero la tierra se cerró en una oscuridad completa ahí donde antes la linterna del tío Higinio había estado gritando su resplandor.
Y Cantarito Chanamé termina su relato transpirando. Los otros lo han escuchado entre incrédulos y admirados. Y todavía le preguntan sobre ciertos pormenores de aquel accidente ya remoto y un tanto borroso en su recuerdo, pero, con todo, les aclara la curiosidad, y los dimes y diretes (como después habría de referirle a su mujer) se fueron enfilando hacia el destino seguido por la huaquería. Y claro, ellos sabían que era largo de contar y recontar, tan extenso como el terreno que ahí espera desde siglos, desde vaya usted a saber que recónditas profundidades del tiempo guardando tantas sorpresas,
Lo que nadie debe ignorar, señor, es que todo eso no fue guardado por el puro gusto de guardar. ¿Acaso a los abuelos les iba a gustar dejar de ver todo lo que habían hecho para admirar o para alegrar su vivir? Con que cariñosa pena no habrán abierto los ojos de la tierra para volver a cerrarlos en un sueño infinito. Y todo por las ambigüencias, señor. Pero si bien los abuelos lograron librar de esa voracidad parte de su querencia y enseñaron a sus hijos a ocultar el lugar, ellos mismo no pudieron guardarse de aquella maldad. Y hasta los padres la tuvieron que pagar. Luego los hi9jos un poco al tanteo le fuimos quitando los velos a tanta oscuridad. Pero nunca por ambigüencia. Siempre por necesidad. Y bien, le dijimos, quieren oro, quieren plata, pues ahí los tienen: pero déjennos vivir. Y no más mortandad. Y así lo hemos ido pasando. Sacando una cosita de aquí y otro poquito de allá, para parar la olla. Para llenar la casa, para poder respirar. Y no se vaya a creer que fue fácil ni que lo hicimos todo muy alegremente. No señor. Tuvimos que hacer de tripas, corazón. Llenarnos de coraje y paciencia, esa mezcla tan fregada que hay que amasar bien bonito para calmar el dolor. Y eso, como a ustedes les consta, hasta casi nada. Para poder vivir en ese pasado teníamos que desenterrar aquellas prendas y poder así enfrentar la adversidad. Y claro que nos reventaba el orgullo de ver como la admiración le abría tamaños ojazos al mundo. Y sin dárnoslo de vanidosos siempre diji9mos la verdad: esa es solo una muestra. De haber más, hay más. Y lo seguiríamos sacando, con la venia de los viejos porque ellos no habrían de querernos ver morir más y más; pero sólo si la necesidad nos urgiera. Ahora que ustedes me preguntan que a dónde está. Yo le respondo: lo que cambiamos por vida anda por ahí. Claro que algunas reliquias tenía hasta hace poco. Pero como ya no las requiero las he vuelto a su lugar. Y ya para que más: al pasado, compañeros, ya hay que dejarlo descansar. Y más si el ordeño ha sido para bien.
Así concluye Cantarito Chanamé. Y todavía sigue con atención la conversa sobre algunos asuntos técnicos que él no entiende o entiende a medias. Lo único que sabe es que tiene en las manos unos papeles que le dan la facultad para coordinar los esfuerzos de todos los como él han hecho del huaquear –con la pedagogía del hábito- una aci9vidad hereditaria que el nuevo empeño por la cultura tiene que saber canalizar.
Y Cantarito Chanamé se pone de pie. Los otros lo emitan. Él está llorando. Pero no de tristeza, sino de emoción. Los otros lo rodean, le dan la mano, le sonríen y lo dejan salir. Uno de ellos lo va precediendo, abriéndole las puertas que lo conducen al ajetreo de las oficinas y los pasadizos, hasta despedirlo en las anchas puertas del edi9ficio del nuevo Ministerio de Cultura. Ya en la calle, se detiene –con su almidonada y blanca camisa de tocuyo y su pantalón cakí de dril, y otra vez con las manos cruzadas delante sosteniendo el maletín. La joven que lo recibió y lo ha visto pasar y ha contestado a su adiós con una sonrisa, sigue mirándolo9. y Cantarito Chanamé, desde la acera, se vuelve para mirar la entrada del edificio y logra distinguir al fondo, los grandes ojos claros que todavía le sonríen. Y entonces piensa que el pasado y el futuro no son sino las puertas del mar.



EL LUNAR

Por Rully Falla Failoc

A medida que la fui conociendo me revelaba sus cosas más íntimas. En cada ocasión que me contaba algo importante de su vida, lo hacía mirándome a los ojos profundamente, y por más que trataba de esquivar sus miradas irresistibles, me era imposible, porque a donde dirigía las mías, ahí estaba sus ojos encantadores como dos luceros y dispuestos siempre, a lanzarme la rutilancia de su ternura. Lo confieso, que empezaron a gustarme, por la rara nostalgia que guardaban y por la extraña dulzura que destilaban. Sus ojos tan hermosos, y que al mirarme, me producían un cierto temor sin que encuentre razón a tan raro presentimiento. Un día, entusiasmada me contó uno de sus tantos extraños sueños. Soñé, dijo, que se me había perdido en un hotel, en un viaje que no tenía por qué hacer, y en un pueblo desconocido, una truza roja de encaje que recién había comprado. A los pocos días, cuando regresaba del trabajo, encontré que un perrito de la vecindad, jugaba con mi prenda íntima, que efectivamente se me había extraviado, esperé que nadie me viera y se lo quité.
Cuando paseábamos, mirando entretenidos el vuelo de las golondrinas, de súbito se detuvo, me buscó los ojos, sus pupilas brillaron con intensidad y me miró, de tal manera que enmudecí temeroso, y comenzó a contarme otra de sus raras historias. Ayer subí a un microbús, con una vocecita de confesión, prosiguió, sin apartar sus ojos de los míos, estaban tan repletos de pasajeros, que entre tanto empujón, después de estar junto al chofer, resulté casi al final, de pronto, comencé a sentir un bultito en las posaderas. Intenté quitarme pero la cantidad de gente apretujada me lo impidieron; mayor presión sentí, cuando el chofer realizó una brusca maniobra y llena de cólera, giré con violencia, abriendo espacio con los codos, para descargar una bofetada en el procaz aprovechador. ¡Oh sorpresa! Encontré una carita asustada que sudaba copiosamente, era un hombrecito de unos noventa centímetros de estatura, de ojos vivaces color carbón y una nariz grande y puntiaguda, exagerada por el tamaño y la forma. Esa extraña nariz fue la causante del infortunado momento. El hombrecito asustado trató protegerse, pero como no pudo, de vergüenza tornábase colorado como una manzana encaramelada. Pobrecito le sonreí cariñosamente.
Una noche estuvimos en una fiesta, era un encanto tenerla junto a mí, sentirme su confidente me llenaba de orgullo. Bailábamos, aprisionaba su cintura y escondía mi cara entre sus ondulados cabellos y me llenaba como un loco enamorado, del exquisito perfume de cu cuello blanco. Recitaba en sus oídos, al compás de la música los versos que me brotaba tembloroso, como0 si temiera que fueran a herirla: cuando dulce sonríes/ el alma se me hace un río/ en él desnudas tus sueños/ y mojas las rosas de tu cuerpo. De pronto violentando mi tierna confesión, se apartó de mí, y apurada trató de encontrar mis ojos, que evitaba que fuera fácil presa de su extraño mirar, pero no pude, sentí que su mirada que penetró tan en mí, hasta hacerme sentir una persona que obedece a una fuerza sobrenatural, sus labios apurpurados se abrieron como una flor en primavera y dijo: sabes Carlos, tengo un lunar donde tú ni te imaginas y calló. Los ojos le brillaban con intensidad, y en ese lapso, la angustia me crispó los nervios, más su vocecita dulce me devolvió la calma; no te diré donde está, porque lo tengo en un sitio, que estoy segura que si lo ves, puede causarte una brusca emoción o una repentina carcajada. Terminó la pieza y nos fuimos a sentarnos, vinieron unos amigos y en mis labios enmudecieron mil preguntas. Esa noche lo juro, no pude dormir pensando en el lunar de Raquel. Mi imaginación, excitada por la curiosidad comenzó a recorrer su hermoso cuerpo. Inicié la exploración por su cara bonita, pero la verdad, nunca le había observado un lunar; baje por el nacarado cuello, me acordé que tenía unos vellitos dorados como las espigas maduras; pero, ¿lunar? Era imposible, estaba que no se encontraba ahí. Seguí el descenso y me detuve en la turgencia de sus seños y aproveché para gastarme un suspiro; pero declaro a fe de hombre que jamás se los había visto, entonces era una zona desconocida, e imaginariamente la señalé con una cruz. Para indicar que era una zona inexplorada. Seguí bajando, y llegué al ombligo, recordé que se lo había visto cuando estuvimos en la playa, tenía puesto un bikini púrpura tentación más no tenía ningún lunar. Continué el delicioso recorrido, la ansiedad me hizo cambiar de posición, y me senté en la cama cuando llegué a la zona más bella, tragué un poco de saliva, me toqué la frente y noté que estaba frío y sudorosa, luego la señalé con dos cruces, que significaba en mi exploración mágica, zona de embriagadoras delicias. Persistí en el descenso y llegué a los torneaos muslos, los había observado detenidamente, las venitas que las cruzaban intricadas, formaban caminitos rosados, pero no había un solo lunar; en los pies menos, preocupado di la vuelta y me detuve en las rollizas posaderas, marqué otra cruz, en la espalda nada, llegué en el ascenso hasta el cuello otra vez. Mi exploración estaba seguro que fue minuciosa, recorrí su cuerpo palmo a palmo, pero todo resultó un rotundo fracaso.
Obsesionado, irremediablemente sólo pensaba en el lunar de Raquel, tanto que concebí una posible solución. Supuse que estaba en uno de sus senos; pero, ¿en cual?, en el izquierdo tal vez, ¿en qué parte?, me imaginé que debajo del pezón; pero acaso no podría estar en el derecho, ¿quién lo aseguraba?; de repente estaba en la zona pelviana, porque entonces tanto misterio por un lunar, si, allí estaba, cerca del pubis, claro que ahí estaba, por eso Raquel lo dijo, que nunca lo diría por temor a que le pidiera que me lo enseñara.
El lunar de Raquel se convirtió en mi vida, en una especie de locura pertinaz, no podía estar frente a ella, que de inmediato la observaba con descaro y justo en el sitio donde me había imaginado que podía estar. Más un día, al notar mi ansiedad decidió enseñármelo, sin que yo se lo proponga, me busco los ojos, su mirada se llenó de inmensa ternura como cubriéndome de esperanza y dijo: te espero en mi casa, estoy sola, anda por la tarde que te mostraré mi lunar, y se marchó muy feliz. Lo juro que cuando almorzaba casi me atraganto por la emoción, pues parecía un autómata. Al llegar la hora en que creía oportuna, salí corriendo. Raquel me esperaba en la puerta de su casa, vestida con lo mejor del ropero, semejaba una delicada reina con un vestido color rosa, lucía grandes aretes de plata y un lazo rojo sujetaba sus cabellos. Frente a ella enmudecí emocionado, sonrió y me invitó a pasar. El lunar bailaba en mis retinas, la ansiedad aceleró mi pulso. Ceremoniosa dijo: te lo mostraré porque eres mi mejor amigo, y entró a su recámara. Los minutos de espera se alargaban, intensificando mi ansiedad, de pronto salió, y sentada junto a mí, tan cerca que recibí toda la fragancia de su tez, hasta percibí los latidos de su corazón como las cadencias de un tic tac celestial, me miro a los ojos, y los suyos como dos brasas los sentí, me cogió de la mano y dijo:¡Míralo, puedes observarlo hasta que te canses! Quedé atontado, era diminuto como la cabeza de un alfiler, negrito como un tostado grano de café.
Al verme atónito sugirió: ¡Tócalo, no temas! Lo toqué varias veces, era increíble descubrirlo tan abultadito, al fin mi curiosidad era satisfecha, y grandes ráfagas de alegría inundaron todo mi ser, y al verme así, me besó en la mejilla, y con ingenuidad de niña amorosa musitó: tontuelo no tuviste ojos para mi rareza. Una mágica sonrisa pobló su cara bonita, a la vez que blandía el índice derecho.





PUERTO CERRADO

Por Rolando González Sandoval

Nicasio Paiva se levantó ese día muy de madrugada. Salió descalzo como la mayoría de los que se dedican a las faenas de mar, y se dirigió con dirección al muelle. Caminó nomás, obedeciendo casi a desgana su cuerpo, como una actitud que parecía prolongación del sueño, o como si sus pies se dispararan solos y fueran dueños de su propia voluntad.
La cerrazón estaba tan cargada ese amanecer, que le invadía una soledad húmeda por todo su ser, y al buscar a tientas y posar sus codos sobre la áspera baranda del malecón, fría por el persistente sereno de la víspera, no estaba muy seguro de encontrarse allí, pues no alcanzaba a ver más allá de su nariz achatada.
Estaba densa la neblina, igual que un muro de mantequilla gris, que apostaría con cualquiera, que utilizando un cuchillo de carnicero conseguiría abrir una ventana y descubrir a través de ella el horizonte, fantasmagórico, intemporal.
Dominando el golpeteo del mar en la orilla, regular y monótono, se escuchaba el pito del winche avisando el cierre de la bahía por mal tiempo., era un ulular sordo y desesperado que penetraba apenas ese tul ceniciento. Se diría que la niebla de todos los puertos, rodeado y haciendo ausentes rodas las cosas.
¿Sería este un buen comienzo para el cuento que tenía en proyecto escribir? No estaba seguro ni estaba entusiasmado. Le parecía más bien algo ridículo, pedante y hasta huachafo.
¡Cómo admiraba la fluida y desconcertante naturalidad de los autores consagrados para dar inicio a sus narraciones! Kafka, Heminguay, Faulkner o Gabriel García Márquez, por ejemplo. Sobre todo este último. Inventor de ensueños, que facilidad para armar su angular mundo fantástico y dar con la palabra precisa aunque apetitiva; la frase exacta, racionalmente paradojal.
El, sin embargo, se embarullaba en un torbellino de dudas y vacilaciones, buscaba la palabra, las ideas, pero éstas no aparecían; se mostraba esquiva y huraña al llamado urgente de su voluntad.
De noche, ya acostado, que era donde se le ocurrían cosas, forzaba su cerebro, quería concentrarse, no en superficialidades, sino en algo ingenioso y original, pero por más animoso que se mostrara no brotaba nada que valiera tener en cuenta. Se distraía, por el contrario, con los ruidos y las voces anónimas que en la profundidad de la medianoche llegaban a captar las antenas de su sensibilidad, ávidas siempre de cosas inéditas, atenta a la menor sospecha de imaginación.
Algunas veces, aparte de espantar los zancudos que con su sapiensa ancestral buscaban las partes carnosa de su piel, se entretenía escuchando el engañoso e inquietante gemido de una gata en trance amoroso; grito desgarrador en el punto muerto del descanso, nocturno; aullido angustiado y de pesadilla que penetraba en el cerebro con su punta acerada, desarticulando todos los sentidos hasta bien entrado el amanecer.
Daba la casualidad de que algunas noches también oía el llanto de una criatura no lejos de allí, y apostaba consigo mismo para adivinar cuál era el quejido que en aquel momento escuchaba, si el de la gata en reclamos pasionales, o el de recién nacido. Pocas veces acertó.
Siempre había escuchado decir que todo el que tenía pretensiones de narrador debe de leer mucho, principalmente a los maestros de la literatura universal. Y él ¿qué no había hecho para devorar cuanto libro había caído en sus manos? Y como tenía serias dificultades para encontrar la palabra apropiada, hasta llegó a comprarse un diccionario de sinónimos e ideas afines. Y aún así, por los resultaos, temía que este recurso no lo ayudase gran cosa. Además, era displicente e indisciplinado. Quería tomar un papel, sentarse frente a la máquina y ver que de inmediato las ideas, como un tropel de ovejas, resbalaran por su mente; y que la palabra buscada, a su solo deseo, se abriera paso sin mayor dificultad. Así imaginaba que escribiría los autores de nota. Casi como apilar un poco de ropa sucia, meterla en una lavadora con un poco de detergente y luego de unos minutos de espera, ver salir por un costado de la máquina la ropa completamente limpia y seca.
De esa forma hubiera deseado fuera la creación literaria. Nada de malgastar esfuerzos. Encontrar el éxito y la fama la vuelta de la esquina. No tener más trabajo que ejercer el cómodo y plancetero hábito de la lectura. Alimentarse como una computadora con las ideas de los mejores autores y luego obtener la propia producción, fácil y depurada. Que la jornada de exprimir el magín la padecieran otros.
Nicasio Paiva, entre tanto, pieza por pieza, fatigosamente, siguió desmontando ese muro gelatinoso que pugnaba por volverse tangible, y pudo el sol, al fin, encontrar un resquicio por donde filtrarse, derritiendo los bloques de niebla que aquel fue amontonado en la orilla. Formaron éstos, al final, una laguna de hollín que, volatizándose, egresó a las chimeneas de los barcos.
El muelle pudo entonces patente contra el contorno azul esqui9vo del firmamento. Y desfilaron los hombres, sacudiendo el aserrín plateado de la brisa, presurosos y felices, con su costalillos colgantes del bolsillo posterior del pantalón. Bajo u sol que entibiaba, iba acariciando la idea que el sábado de esa semana, por la tarde, ya estarían cobrando su salario en el local de los marítimos, y que pagarían esa larga cuenta anotada en la libreta de la pulpera.
Pero esas imágenes eran un poco falsas y desfiguradas; no por la imprecisión que les daba la niebla en retirada, sino porque quien las describía no tenía la convicción ni el talento suficiente para darles vida. Eran postizas esas imágenes, un tanto grotescas, un remedio burdo de la realidad.




TARROS DE LECHE EVAPORADA

Por José González Sandoval


Me despertaron los golpecitos que daba mi madre: “son tarros para el café”. Sabía cómo daba esos golpecitos. Con una pequeña plancha de acero, sobre el batán. Iba perdiendo los filos de las latas, los que quedaban después que cortaba completamente la tapa por donde se había vaciado su contenido:”seguro que se lo ha obsequiado doña Rosa. En su calle casi todos toman leche”. De esa manera los dejaba en condiciones para que no nos lastimara la boca.
Era una mañana con neblina. Me di cuenta de ello por el tragaluz que no había sido cerrado:”Hoy tenemos que jugarles a los de Comanche”. Ya debía abandonar la cama. Un aire fino hizo sacudirme. Jalé la sábana, puse los brazos debajo de ella, me encogí, con la cabeza descubierta. Pero ya no pude dormir.
Era sábado y no había clases:”Hoy tenemos que jugar y ganas”. Fui el ultimo en levantarme. Era en verdad una mañana con neblina. Cuando entré a orinar en el corral, la distinguí plenamente: “Un día feo para un buen partido de fútbol”.
-¿Y papá? –pregunté.
Él había ido a cobrar de un terno que retiraron semanas atrás. Se quejaba que últimamente sólo le caía compostura: parecía que en la ciudad se habían olvidado de mandarse a hacer pantalones: “No me dará para la serial. Si ganamos a los de Comanche, los muchachos me la invitarán de la apuesta”.
-A tomar café –dijo mamá.
Todos nos posesionamos de la mesa. Faltaba papá y Tulo. Este dormía en la tienda del chino Ricardo, donde trabajaba hacia menos de un año. Algunas veces traía galletas o caramelos: “Si no ganamos a los de Comanche, le pediré plata a Tulo”. Gran parte de lo que el chi9no le pagaba servía para algunos gastos de la casa.
Mamá distribuyó el café en los tarros nuevos, y dos panes a cada uno. Desee la mesita, cercana a la nuestra, en la que comía con papá, ella tomaba desayuno contemplando nuestros movimientos. Yo me detuve para pasar el índice por el borde de mi recipiente: “A pesar que no hemos entrenado mucho, ganaremos, y por dos a cero”.
Papá volvió, molesto. A él le temíamos cuando estaba así. Ya nos habíamos retirado de la mesa.
-Oye tú, Martín –me dijo-, ¿Por qué no vas al mercado a ayudar para que te den una propina?
Salí.
Los hermanos Max y Ramón, con quienes teníamos que ver lo del partido, todavía tomaban desayuno. Para no embarrarme los pies en la tierra mojada de la parte exterior de su puerta, me pegué a la pared. Penetré hasta la cocina: “Ellos toman en tazas, pero café como nosotros”.
El encuentro fue muy difícil y accidentado. En la cancha, arenosa, se encontraban a veces desperdicios que causaban lesiones. Ese día me introduje un clavo en el pie derecho, al arrastrarlo con fuerza para patear la pelota. Me senté, lo saqué, y dos de mi equipo me auxiliaron con nuna tira que la amarraron sobre el empeine: “Parece que no ganamos y la solución va a ser Tulo”. Me instalé como espectador. Vino la discusión por un gol dudoso. Se armó el plieto y Comanche le pegó a Max, el único que podía dar la cara por nosotros. Perdimos: “Es el capítulo final de la Isla Misteriosa. Tulo tiene que dame plata”.
Llegué a casa cojeando. Papá me llamó la atención enérgicamente. Después, valiéndose de una ruda práctica curativa, cogió el martillo y me golpeó la heri9da. Sentí un gran alivio y pude asentar el pie casi sin molestia: “Mi papá no me dará para la serial. Anda fregado”.
-Esto te pasa por no escucharme –me dijo.
Percibí en sus palabras que la actitud con que regresó de la calle había desaparecido.
En la tarde fui a ver a Tulo y me regaló un sol: “Mi hermano es buena gente. Parece el dueño de la tienda. El chino ni está”. En casa me lavé la cara y me peiné. Al salir, ya Max y Ramón me esperaban, igualmente lavados y peinados.
La música del cine, antes de la función, se difundía en sus cercanías.
Tulo con sus amigos estaban en la boletería. MI hermano no permitió que pagara mi entrada: “siempre ha sido buena gente Tulo” con el sol que me había regalado, compré ciruelas y un pedazo de guanábana. También estaba Comanche con algunos de los que jugaron para su equipo, haciendo lo mismo que nosotros, pero no nos dijeron nada.
Después de la función, el murmullo del público y el golpeteo de sus pisadas invadieron las calles solitarias, resonando, para ser tragados poco a poco por la noche.
Al día siguiente me recordó la cuchara con que mi madre removía el café para que no se queme: “hoy es domingo. Sólo jugaremos un partido aquí cerca”. Siempre hubo un sonido, producido por ella a esa hora, que me despertaba. El aroma del café que se tostaba llegaba hasta el cuarto: “Tulo se quedará hoy toda la tarde. Fijo que me dará un sol”. Ya Faustino, el hermano menor con quien dormía, como de costumbre, se había levantado.
Al ingresar al comedor me sorprendí con las tazas para el desayuno. Miré a papá y papá mi miró a mí. Mi inquietud fue creciente.
-Tu hermano Tulo las trajo temprano –me dijo-. No quiere que tu mamá use tarros.
La prosperidad entró en mi casa. Tulo, además, Empezó a traer leche evaporada de la tienda. Las latas, vacías, eran amontonadas por mi madre en el corral: “Guarda unas, bota otras, sin precisar el motivo”. Una vez me puse a leer las etiquetas y a mirar sus figuras. Me llené de regocijo: “Somos como doña Rosa, y hemos ganado a Max y a su familia”.
La prosperidad creció con los días.
Un sábado, antes de salir a ver a Max y Ramón, me situé en la sala a revisar mis cuadernos de clase: “Hoy comienza La Calavera del Terror. Iré a ver a Tulo”. Mi papá adivinando lo que había pensado, me recomendó que no le molestara en la tienda. Y extendió su mano con una moneda,
-Un sol –sonrió-, para la serial.
La situación de papá también había mejorado.
Pero una mañana, por coincidencia con neblina, escuché nuevamente golpecitos sobre el batán. Era muy temprano. Me destapé y destapé, sin querer, a Faustino. No. No estaba soñando: “Otra vez tarros para el café”. Me levanté inmediatamente.
-¿Qué pasó?
Mamá no me respondió. Conocía el significado de ese silencio. Papá me informó que habían despedido a Tulo del trabajo: “Me había ofrecido plata para la apuesta de partido contra los de araña”. El chino irritado, con un policía, se había metido en la casa para reclamar cosas que le pertenecía entre ellas las tazas, en la noche, mientras estuve en el parque.
-¿Y Tulo?
Tulo había dormido con nosotros. Lo hizo con Alejandro, el hermano que no le gustaba el fútbol. El hecho de quedarse donde el chino Ricardo no me permitió reparar en él. O tal vez permaneció en la cama de tal manera que no le pudiera ver. Ese día estuvimos a la mesa los nueve hermanos para tomar desayuno: “Por eso mamá guardaba los tarros en el corral. Seguro que doña Rosa le regalará después”. Papá y mamá, desde su pequeña mesa, orientaban sus miradas al vacío. Cuando Tulo levantó la cara, le pregunté sin entender cabalmente el sentido.
-¿Y por qué no me lo contaste?


LUCHÍN Y SUS AMIGOS

Por: Dagoberto Ojeda Barturén
Tomaba fotos en toda clase de eventos, a los cuales asistía sin que lo invitaran; luego de tanto fotografiar, sacaba del bolsillo de su saco plomo una libreta en la que hacía anotaciones; los que lo conocían ignoraban porque hacía todo esto, ya que él no era periodista ni fotógrafo, ni nada que motivara adoptar esa actitud.
-¿Por qué tomas fotos y apuntes, Luchín? -le dijo Nicolás teniendo curiosidad para saber parte de su vida.
-Para publicar algún día lo que he aprendido y observado de todas las reuniones que asisto –contestó un poco receloso con la pregunta.
Un amigo de él, Carlos, lo encontró, una tarde, por la calle 7 de enero y lo abordó para saber si estaba leyendo algunos libros que le había regalado. Luchín le aseguró que sí los estaba leyendo, y que ya no se reunía en la plazuela –lugar de tertulias- con los amigos porque se daba cuenta que no estaban a su altura en conocimientos, y los veía minúsculos y eso lo incomodaba. Antes que se despidieran, Luchín le regaló a Carlos una tarjeta en la cual se leía:
“Luchín Piscoya: Promotor de Cultura”. A continuación un número telefónico que correspondía a un negocio fotográfico.
A Luchín le gustaba, también, tocar guitarra, a menudo, refería que había estado un tiempo recibiendo clases en la Escuela Regional de Música, y cuando lo hacía en una reunión de amigos, al entonar un bolero, a intervalos cerraba los ojos y movía la cabeza como si estuviera inspirándose. Y, cuando agarraba la guitarra, que no era de él, ya no quería soltarla para que otro la tocara: tenía un repertorio, que todo el círculo de amigos ya lo conocía.
A veces, entrevistaba a personas notables del lugar y lo hacía escribiendo en una libreta que siempre portaba; pues, no tenía una grabadora por falta de recursos ya que no tenía trabajo alguno, y, nadie de los amigos sabía donde vivía y quién lo mantenía. Si en las reuniones formales se presentaba con una cámara digital, se preguntaban si era de él o prestada; pero el hecho es que se daba el lujo de usarla públicamente y, para que lo miraran levantaba bien alto los brazos para mirar la pantallita y ubicar bien la escena.
En una exposición de pintura, en la Biblioteca Municipal, una noche se presentó Luchín y comenzó a tomar fotos a los cuadros, después de un rato se acerca a un grupo de pintores que lo conocían:
-Hay dos cuadros iguales, y el que los ha pintado los ha puesto en diferentes lugares para que no se den cuenta - manifestó Luchín, queriendo impresionar con su sentido crítico.
Aquellos pintores se sorprendieron con la afirmación de este profano en el campo de las bellas artes; uno de ellos, Walter, le preguntó cuáles eran esos cuadros, y se dio cuenta que se trataba de sus pinturas.
- Luchín, no pueden ser iguales porque uno, es un tejido precolombino y el otro, un torero -le dijo Walter un poco disgustado.
-Sabes por qué son iguales, Walter, aunque te calientes. ¡En los marcos! ¡Los marcos son igualitos y de la misma color! –gritó Luchín- queriendo persuadirlo.
Algunos se rieron con la respuesta, y Walter se apartó refunfuñando, y los demás lo siguieron, quedándose Luchín solo en el sitio donde se encontraba.
Había días en que a este hombre que rebasaba los cincuenta años, con voz aflautada, bigote ralo, pelo corto y lacio, y, que caminaba como un pingüino; le gustaba deambular portando un maletín, y sin que sus conocidos le pregunten, declaraba que vendía libros y que era promotor de cultura. Un día, en el restaurante “El Tambo Real”, Jorge aprovechando un descuido de Luchín porque se había ido al baño, le abrió el maletín para humear; lo que vio fue periódicos viejos y retazos doblados de papel higiénico.
Una noche llegó a la plazuela y les comunicó a los amigos que había llegado el momento de dejar su celibato y que muy pronto los invitaría a su boda; pero nadie le creía porque no era la primera vez que decía esto, y además nunca lo habían visto acompañado de una dama.
¡Luchín! , siempre dices así y nunca te casas; primero tienes que trabajar –le dijo Fernando, sonriendo.
-Esta vez, es cierto -aseguró, seriamente.
-¿Y quién es la agraciada? –inquirió Fernando.
-¡Es un secreto! – le respondió, con exclamación.
Y, no estaba mintiendo. Llegó el momento en que se casaba en su pueblo natal. La escogida era una madre soltera con media docena de hijos menores, la cual tenía un puesto de frutas y verduras en el mercadillo de Jayanca, y él le prometió ayudarla en sus ventas en aquel puesto, jurándole amor eterno.
Algunos de sus amigos de Chiclayo fueron a su casamiento, en el cual hubo poca concurrencia.
Pasado un tiempo, nadie de sus amigos de Chiclayo supo cómo le fue a Luchín en su vida matrimonial, porque nunca más lo volvieron a ver por la ciudad.

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