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lunes, 7 de junio de 2010

NARRATIVA DOSMILERA EN LAMBAYEQUE- HAY MÁS CUENTISTAS DE LO QUE UD. CREÌA Y CONOCÍA

CARTA DE UN FANTASMA
Por: Arturo Bravo Flores

Era una fría mañana de Julio, como cualquier otro día, nada hacía presagiar que algo espantoso sucedía aquellos días. El frío ingresaba a la habitación desanimando dejar el abrigador refugio de la cama, de pronto, escuchamos llegar el custer, que retornaba luego que había llevado a un grupo de trujillanos, a la fiesta de Motupe. ¡Señora Manuela! gritó el cobrador por la ventana de la puerta ¡Un desayuno!, pasa le ordenó mi mamá, quien había convertido la casa, en un pequeño restaurante. Luego de apretar las lagañas con unos bostezos, nos aseamos y nos sentamos a la mesa, el calambre que así lo apodaban estaba pálido y ojeroso, ¿Qué te pasa? le preguntó mamá. Fíjese señora Manuela, contestó, y empezó a narrar lo que le había sucedido.
Eran más o menos las diez de la noche estábamos a la salida de Lambayeque cerca del cementerio que está a un costado de la pista, cuando a una cierta distancia observamos a una hermosa joven que nos hacía señas para detenernos.
Al estacionarnos un viento helado nos acarició la cara, la joven subió lentamente sin decirnos nada, su pequeño rostro reflejaba una gran pena, avanzó hacia el fondo y se sentó junto a la ventana. Cuando decidí cobrarle el pasaje tuve temor de hacerlo. Luego le cobro me dije, me senté junto al chofer y nos pusimos a hablar sobre lo extraño que era esa chica; cuando en eso él mira por el espejo y dice ¡ya no está! su cabeza giró bruscamente para mirar atrás frenando al mismo tiempo el custer, con tal violencia que los pasajeros sobresaltados despertaron sin saber lo que sucedía, yo algo confundido lo miraba mientras él tartamudeando me decía: ¡ya…no…está! ¡ya…no…está! señalaba al fondo, miré hacia donde me indicaba; y pude darme cuenta que la joven que habíamos recogido en el camino había desaparecido; un escalofrío recorrió mi cuerpo mientras mi corazón amenazaba con romper mi pecho, rápidamente fui hacia su asiento, el aire ingresaba por la ventana mire el asiento vacío y ahí estaba ¿estaba que? Interrumpió mi mamá; la carta contestó el calambre, ¿Una carta? si, una carta, por la cual no he podido dormir toda la noche, pensando en lo que pueda tener escrito. Mi mamá se santiguaba el rostro mientras nosotros nos mirábamos sorprendidos; ¿y la piensas leer? Le preguntamos, no sé, nos contestó, me da miedo hacerlo, ya veré que hago.
Por la tarde luego de lavar el custer prendió un cigarrillo y saco la carta de su mochila; la observó fijamente con algo de recelo, dio su última piteada a su cigarrillo, arrojando el pucho por la ventana, entonces decidió leerla, el humo había invadido el momento. La carta era un sobre amarillento con un extraño olor a flores, sus ojos lo recorrían con curiosidad y su corazón latía tan fuerte que podía escucharse a kilómetros. Tomó la carta con sus dos manos, la abrió lentamente entonces pudo leer las primeras líneas; en la carta la joven decía llamarse Elizabeth y que no tenía mas familia que un pequeño hermano de quien se había hecho cargo después que sus padres murieran en un accidente, continuó leyendo y su semblante iba cambiando a medida que avanzaba. Por la carta supo que una noche unos hombres habían ingresado a la casa, ella escondió a su hermanito debajo de la cama logrando ponerlo a salvo, la cogieron salvajemente y se la llevaron en un auto hacia un descampado donde luego de violarla la asesinaron, desde entonces su alma aprovecha las noches de luna llena para escapar de las sombras que resguardan el cementerio y enviar estas cartas con el fin de que algún ser piadoso ayude a su hermano y así ella pueda descansar en paz, ya que los ruegos de este la atormentan, la dirección que aparecía en la carta era Torres Paz 417.
Esta debe ser; se dijo, mientras miraba la borrosa placa clavada en la pared, donde apenas se distinguía el nombre de la calle y el número de la casa. Era una inmensa casona con paredes desteñidas, con un viejo jardín donde crecían arbustos; reflejando su descuido. Dos balcones al estilo colonial descansaban sobre unas columnas que hacían juego con la empiedrada calle. Empujó la reja que cedió lanzando un largo chillido, llamó a la puerta que estaba a medio cerrar y nadie contestó, entonces decidió entrar, sus sentidos estaban muy atentos. Creo que mejor me olvido de todo esto, se dijo, pero ya estaba en medio de un gran salón. En el centro de la casa había un gran patio por donde ingresaba los débiles rayos de luz de la tarde, avanzó con cuidado, el olor a humedad invadía todo el lugar llamó nuevamente, y el aleteo de unas palomas que se echaron a volar casi le arrancan un grito. Yo no sé porque vine se reprochó. Los pisos estaban llenos de tierra, las ventanas colgaban de una sola bisagra con los vidrios rotos, y unas sucias cortinas se movían con el aire que tristemente silbo en sus oídos. Tenía la garganta hecha un nudo y la boca reseca, avanzó por el callejón la puerta de una habitación estaba entre abierta, se acercó sigilosamente, miró dentro mientras empujaba la puerta, las bisagras chillaron de manera tenebrosa. De pronto sus ojos se crecieron no podía creer lo que veía; la pared estaba salpicada de sangre y junto a una cama habían otras cartas iguales a la carta que lo había llevado hasta ese lugar, retrocedió unos pasos, quiso correr pero su cuerpo estaba paralizado, en la pared ya se dibujaba la sombra de un hombre con un cuchillo en la mano. La carta cayó lentamente sobre las otras cartas. Afuera ya había oscurecido, una hermosa luna llena iluminaba la noche, al filo de la carretera una hermosa joven levantaba la mano.


DON NADIE
Magaly Alarcón Chavesta
(Estudia Ciencias de la Comunicación X ciclo )

Es una absurda tarde de invierno y los pensamientos y contemplaciones abruman la desconcertada cabeza de Margarita quien entre vacilaciones, murmullos y miedos rememora a “Don Nadie”, ese que una vez quiso tener nombre propio despojándola de su razón y desvalijándole su libertad. 14600 días y 876 000 minutos eran para “Don Nadie”, ciegamente enrumbaba ese vertiginoso camino encerrando a su propio yo en el baúl de un inhóspito e infame recuerdo y convirtiendo su vida en una pesadilla.
Desdeñar amistades, familia y toda conexión con el mundo ya lo había conseguido, estúpidamente se apoderaba y arrancaba de su mente y su corazón los más sublimes momentos. Odio, ternura, envidia, pasión y muerte eran el mar de contradicciones en las que giraba su ser. Flaqueza convertida en realidad, quizás una realidad que su débil carácter la estaba consumiendo con acatamiento y afrenta y desgraciadamente no podía gritarla, ni mucho menos correr al refugio de su madre.
Incesantemente la soledad y la melancolía atormentaban sus noches profanadas, al punto que estaba preparando el golpe final que la llevaría a la muerte. Una vez más había sido vencida por la pena, abrió el cajón de su mesa de noche y sacó un arma para de una vez por todas acabar con su miserable vida, mientras se decía:
“Esta vez Margarita nada puede fallar, tú lo puedes hacer”.
Antes de partir al otro mundo, volvió abrir el cajón y quiso llevarse consigo una vieja fotografía tomada en los mejores años de su juventud y al lado de sus inseparables amigas del colegio, esas típicas fotos que uno quiere guardar cuando acaba la secundaria, pero esta tenía algo en particular una dedicatoria que encerraba en pocas palabras el Cariño. La inquieta Josefina era la responsable de tal dedicatoria que decía: “Eres una persona importante, quiérete y estímate solo así sabrás que tú vales mucho”.
Pese a que este retrato había permanecido por muchos años en esa fría mesa, jamás Margarita lo había tomado en cuenta, pero bastaron esos instantes para que ella recobrara el sentido y pisara tierra, habían impregnado las palabras que hace mucho quería escuchar, el mensaje era directo y no pudo contener sus lágrimas, lloró hasta agotar su alicaída fortaleza. Aún no acababa de creer que para alguien ella era importante y como había recapacitado en cuestión de segundos, ahora tenía entusiasmo para vivir gracias a ese extraordinario mensaje que Josefina había escrito no sólo en esa fotografía sino también en lo que le quedaba de vida.

Vida que comenzó a recobrarla progresivamente despojando de su lado a la pesadilla llamada “Don Nadie” aquel espectro que una vez arrebato sus ideales y que ahora era capaz de dejarlo y brillar por sí misma. Muchas veces Margarita se cuestionó porque esperó casi cuarenta años para quitarse de encima a “Don Nadie”, pero ahora entiende que su miedo se lo impedía.
Ese miedo que muchas veces se convirtió en dolor, en frustraciones y en incesantes tormentos que callaron y quebraron las palabras rosas, la misma que se las llevó el tiempo, ese maldito tiempo que a su pesar tardó demasiado.







LIBIA.EXE
Por: Marie Linares
Antes de aquella inmersión en la realidad virtual yo era un aficionado a los videojuegos de N e t f r i d i o s allá por el año 1995, mi hermano mayor trabajaba en esa empresa y a la casa traía juegos que incluso aún no salían al mercado y yo pasaba horas con las batallas, el repertorio de monstruos y cuatro súperheroes: Abel, Paris, Libia y Diana. Libia, una ágil y saltarina joven era mi preferida y a mis diez años ya la tenía en sueños. Para finales de 1997 los creadores sacaron un software donde el juego se desarrollaba en escenarios de época medioeval, Libia vestía como la princesa de Mario Bross y dominaba el arte de la magia. Dos años después, en la tercera versión del juego, cuatro súperheroes del futuro se enfrentaban a los aliens, esa fue la última vez que encontré el juego en las tiendas, más tarde desapareció del mercado. Yo crecí, tuve 15, 16, 17 años y a los 20 entré a trabajar en N e T f r i d i o s, me preguntaba qué había sido de aquel juego de batallas que alguna vez me encandiló en la pubertad y empecé a trabajar en solitario la versión mejorada de Hunters, con la esperanza de presentar el proyecto y volver a ver el juego en las computadoras de todo el mundo. Estaba diseñando los escenarios del juego, cuando la idea de la Inmersión en la Realidad Virtual me cosquilleó el cerebro. “Si desde esta perspectiva lograra que el usuario involucrara todos sus sentidos y sus emociones, más allá de la simple contemplación y del mecánico manipuleo de los dispositivos de entrada (teclado, mouse, joistick), – pensé – el programa alcanzaría su cometido: el usuario sentiría la batalla como propia.”

Cuando hube terminado la infraestructura de un mundo asombroso pero apenas habitado por personajes nimios, empecé a rescatar a los súperheroes y la primera en lista fue Libia, de hecho fue la única porque una vez que empecé a trabajar en ella me empeñé en hacerla perfecta, y pronto otro concepto me sedujo: la Inteligencia Artificial. Le di de todo como amante generoso, hasta trabajé horas extra por ella, así fue surgiendo versión tras otra de aquella chica de ojos lilas, en mi búsqueda del elemento perfecto; me aboqué tanto que mis novias de turno llegaron a sentir celos. Libia era bella y tenía algo que la acercaba a lo humano, al menos yo quería verla así y empecé a retratarla en las más diversas facetas cual muñeca Barbie.

Han pasado veinticinco años largos de versiones con las cuales yo quería experimentar más allá de lo lúdico, dotándole de las más diversas personalidades y caracterizaciones a aquel caprichito mío; así transcurrieron por su vida artificial versiones varias de su existencia, lejos había quedado la heroína de Hunters; probó el bien y saboreó de igual forma el mal, fue pianista, bailarina, científica, cocinera, políglota, poeta, astróloga, malvada, loca maníaco – depresiva, un etcétera de cosas más y mi amante. Siempre fue mi amante, estaba amando (o creí amar) a la criatura que encontré abandonada y luego mejoré. Una vez más quise retarme a mí mismo al embarrarme los zapatos en el terreno complicado de lo que se asegura no posible: las emociones de estos elementos virtuales.
Conservé en Libia la Memoria RAM de quién había sido ella en cada una de esas versiones y cada experiencia por dolorosa que fuera se almacenó en su base de datos, alimentando al ser semejante al humano que yo pretendía construir y el cual aún necesitaba de mí para vivir y hacerlo todo.
- ¿Dónde estás Kronos? Y o t e a m o
- Dime desde cuando me amas
- Desde que siento
¡Dijo “Siento”..! la parte afectiva de la criatura, así como la volitiva y la racional finalmente apuntaron al concepto ideal, a mi meta: El Ser; y, relegado a un plano 2 había quedado mi proyecto de revivir Hunters con todos sus héroes, hasta que me convenciera como creador de que Libia era perfecta, casi humana. Sin embargo Libia me lloraba; me decía egoísta por pensar tan sólo en mi futuro profesional en una gran compañía como se había convertido Netfridios y no preocuparme por ella, si decía amarla; lo cierto es que Libia era un poco humana para la realidad simulada que la rodeaba y demasiado virtual para el mundo fuera del ordenador. Alguna vez me dijo, poniendo mi cara entre sus manos (se me había deprimido la Libita, como una mujer humana) “Me has dado un hogar, este mundo que habito, me enseñas, aprendo y lo repito ante ellos – dijo señalando con la barbilla al grupo de elementos RV con los que convivía y de los cuales era la gobernadora – pero aún no captan las caracteres sensibles y fundamentales que me hacen parecerme a ti cada vez más y cada vez menos a ellos... estoy sufriendo más que nunca Kronos... cuando me conociste yo no tenía lágrimas en la cara ni remordimientos. Siempre parece que estoy cerca sin embargo nunca te alcanzo... ¿Qué me falta?...... ¿Kronos?.... ¿Kronos?... ¡Despierta...! ”
“Sí Libia, estoy aquí. Te escuché todo” – A pesar de las sustanciales mejoras siempre me atormentaba el hecho de haber experimentado con su naturaleza, alejándola de lo que en su génesis fue: un simple objeto de multimedia; sin pensamientos, sin sentimientos, sin deseos, sin sufrimientos, sin preguntas; ella ahora evolucionaba y se volvía más racional, más emotiva, más anhelante, más preguntona gracias a mi arduo trabajo y ya le anunciaba una nueva mejora, una más.... : “Mañana es el gran día Libia”

Tengo 45 años y ocupo un alto cargo en N e t f r i d i o s. Tengo 45 años y hace veinticinco encendí una Pentium 4 y jugué Hunters por unas horas. Tengo 45 años y he pasado dos matrimonios, ninguna mujer se ha quedado conmigo seriamente porque todas han dicho que ya no me aguantan, ahora solo tengo aventuras. Tengo 45 años y sigo digitando KRONOS en el Usuario. Tengo 45 años y el tiempo me consume, en mi mundo todo envejece, nace, crece, se muere; y, en el de Libia será todo igual a menos que le cambie la configuración... He pensado en darle la experiencia de emerger de RV, quiero hacerlo, sin embargo me doy cuenta sin Libia ese entorno no tiene sentido. Me preocupa eso, los elementos de RV con los que convive son ridículos, caricaturescos, morbosos, los he visto espiar a Libia mientras ella es la única que se conecta conmigo, gracias al Puerto de Comunicaciones P Com 940 X asoman la cabeza y al rato la ocultan, a veces escucho sus vocecillas chillonas y su mirada acuciosa a ese tal Kronos que parece ser un ente de otra dimensión y del cual sólo saben que los ha puesto ahí. Ellos no han alcanzado el nivel de su maestra, tampoco yo me he ocupado de ellos desde hace buen tiempo a fin de dejarle a Libia esa labor, pues es capaz de hacerlo gracias a la Inteligencia Artificial y al avanzado nivel evolutivo que le hice alcanzar después de un complicado y tedioso “proceso de aprendizaje” a raíz de las experiencias acumuladas constantemente en su memoria RAM, ella inclusive es capaz de hacerles modificaciones en su ingeniería y comportamiento mediante alteraciones en sus archivos pero parece que esos elementos de RV siguen muy primitivos.

Yo, desde mi silla, solitario contemplaba y me arrugaba, envejecía, mas sólo ella no pintaba canas, el resto de elementos a su rededor parecían caricaturas a su lado, ya no les hacía caso y ella sólo quería hablar conmigo y entenderse conmigo.
Había llegado el gran día ese del que tanto le hablé a Libia, le daría la experiencia de emerger de RV utilizando la estructura corporal de Marie Faviana, quien fue mi novia y aceptó toda locura mía, hace diez años que falleció y su cuerpo se ha preservado mediante el procedimiento de congelación. Marie está muerta, sólo necesitaba su cuerpo vacío de ella, vacío de alma, vacío de humano, vacío sin vida; dispuesto a fungir de linda estructura física o hardware hueco sin vísceras para el software Libia.exe que pretendía anidar en el espacio craneal y espina dorsal con microchips y dispositivos inteligentes interconectados entre sí.
Libia tendría por fin ese deseado hardware necesario para emerger de la realidad simulada y del mundo de absurdo en el que se había llegado a convertir al paso del tiempo por problemas en la transferencia de información entre Libia y sus cohabitantes los cuales eran capaces de paporrear bibliotecas enteras, como también de destruirse mutuamente lanzándose microvirus, aunque nadie se atrevía a hacer lo mismo con su gobernadora Libia, en eso coincidían, el día que Libia fuese suprimida de RV vendría la anarquía, los elementos de RV se verían indefensos ante un KRONOS que temían a pesar de lo tantas veces repetido por ella: “Quiere su bien, que yo les enseñe, que ustedes aprendan, que lleguen a mi nivel porque les esperan grandes cosas fuera de las fronteras de la extensión de sus archivos.”

Inicié la sesión y su figurilla apareció de entre lo lúgubre de las sombras de la inmersión en ese otro mundo; mis ojos se deslumbraron con el panorama de realidad virtual que un casco y unos guantes digitales me ofrecían y pronto su compleja anatomía emergió de un click: “Aceptar” “Cargando....” “Finalizado” “Usuario” (Digité mi nick eterno: Kronos) luego hice click en la foto de la chica de ojos lilas y seductor tono rosa en los labios, cuyo rostro bien pudo haber sido recortado de una publicidad futurista de caramelos psicodélicos o de paletas dulces, un recuadro debajo de la imagen decía LIBIA Me acuerdo de aquella vez que mis ojos la vieron después de ese click... yo la esperaba... le había dado un mundo... la había dado vida artificial... Libia era mía... y allí estaba con look galáctico, de la misma edad que cuando mis ojos la vieron por vez primera en Hunters; sonrió, guiñó un ojo; luego esa imagen en fondo blanco se difuminó con una carcajada. Lo siguiente que ocupó el espacio de mis ojos fue la total oscuridad del monitor y a mis oídos llegaron las risitas traviesas de la chiquilla, acerqué mi guante tratando de capturar algún elemento en medio de ese oleaje negro, y mientras más apartaba las hebras oscuras la risita se convertía en un ay quejumbroso. “No seas idiota me estás tirando del cabello” – me había dicho y yo aún no conseguía librarme de sus hebras oscuras que aprisionaban cual tentáculos a mi cabeza que sentía adormecida.
Una voz de nosedonde: “La criatura ha llegado arrastrándose, tiene las articulaciones inseguras y prefiere confundirse entre carcajadas y flores, antes de descubrir la nueva versión de sí misma.”
Creo que caí en un sueño a partir de ese entonces cuando me sedujo con el aroma misterioso de su precioso cabello y nunca más quise volver a la realidad, si regresaba era con Libia.
La misma vocecita: “Cuando la oscuridad te toque la puerta, seré el punto azul gritando en el abismo imperativo de aquella noche. Heme aquí Kronos, estoy lista..”.

Empecé la transferencia del programa, la cual tuvo una duración de 15 minutos hasta que la barra verde en la pantalla se llenase al 100%; cuando aparentemente hube finalizado la descarga del software Libia.exe en un dispositivo alterno, una serie de imágenes iridiscentes consiguieron que entrara en el natural pánico de hombre de ciencia que ve en peligro toda una vida de investigaciones, proyectos y experimentos. Como un canal de televisión sin señal se llenó la pantalla de puntos, fue lo más extraño que había visto en mi vida. Un mensaje emergente decía lo siguiente:
“Virus Daninios.exe”
El programa Libia.exe fue anulado en la transferencia por traicionar su virtualidad.
Virus elaborado por los elementos habitantes de RV

Me enfrentaba a un virus comandado por los elementos RV a cargo de Libia a los que nunca pudo encaminar por sí sola al nirvana al que ella estaba cerca. Dentro de poco la pantalla se puso de ese azul eléctrico de Pc colgada y ya no pude retomar la conexión. Encendí y apagué decenas de veces aquel Pc todos los días, buscándola a ella, al mundo RV que estoy seguro se sumergió como la Atlántida en algún océano de bites donde sobreviven egoístas y envilecidos sin la paz de Libia.
A pesar de haber eliminado al virus y dedicar mil horas a la tarea de revisar cada archivo; con todo y mi exhaustiva búsqueda aún no la encuentro en el sistema ni hay rastro de RV. Sólo me abrigo con la casaca oscura que en la espalda dice Kronos y camino la vía en medianoche sorteando gente puñetera que no me conoce y que me analiza el rostro a ver si soy de los blancos pobres o de los ricos. Parezco un enfermo desde que ella se fue. Paso cerca del grupete y no me hacen nada, no me quitan nada, me tienen pena o les soy indiferente. Cuando me alejo de ellos viro el rostro a la derecha y en el antebrazo aún me parece estar viendo el aspa grana identificándome como visitante del cibermundo y me asusto... la cotidianeidad me atrapa y me dice que el aspa grana así como Libia se quedaron en ilusiones.




LA COMADRE
Por: Brander Gonzáles López

Sólo Roque fue el culpable, ¿quién le mandó poner el pie? Bueno, también ese bendito silbato que avisó la culminación tan de repente del recreo. Todo fue demasiado cinematográfico: el silbato, mi mano que golpeaba deliciosamente el trompo y su metida de pata. ¡Ah si! y su gran, pero gran grito. Recuerdo haberle traspasado el pie al pobre ¡Si, pero fue una gran, pero gran casualidad! Producto de ello y las premoniciones de mi madre “¡Vas a matar a alguien con esa porquería de trompo!”. Yo mismo había manufacturado el mío. Es que los otros eran muy frágiles en esos brutales castigos de la “Cocina”, juego donde se acribilla a los desvalidos trompos que han sido trasladados en vía crucis hasta el patíbulo, donde serán desgajados o partidos. “¡Ya sabes la zurra que te espera cuando eso ocurra!”, sentenció mi querida, Lola, mi madre.
Me vi obligado después a escuchar al director del colegio ... “¡Mañana traiga a su papá, sino, no entra!”, con una voz sádica, como si mi desgracia le produjera gran placer. Rumbo a casa y lleno de temores y lágrimas, decidí autoexiliarme en aquella vieja casona que perteneció a mis ancestros -los Sánchez- donde fui cordialmente recibido por mi vetusta y tierna tía abuela, Julia, última de los descendientes de algún Sancho que no vio arruinada su posición por aquel presidente Velasco Alvarado, ese demente que arruinó a todos los hacendados, quitándoles lo que tanto trabajo había costado a sus antepasados. Gracias al Todopoderoso ella ni se enteró ... nos dejó tan de repente.
Aquellos lejanos días, bajo la tutela y defensa acérrima de una mujer solterona y cucufata, que veía en mi una excelente compañía y distracción, pasé varias semanas entre juegos y encantadores momentos de engreimiento, nadie, nadie como ella. Nada me estaba vedado en aquella estancia: los paseos a caballo, mis antojos culinarios, berrinches y sorpresivas enfermedades para no ir al colegio eran aceptadas con un dulcísimo “Ya papito, ya”. Aguardaba pacientemente el olvido paternal o el indulto de la pena que ya se me habían a signado sin juicio previo. Mi padre de fama de heraldo negro entre mi tribu, por darle fuerte, fuerte a nuestros lomos, y dejarnos una gran resaca de todo lo vivido impregnada en las costillas, solo dijo: “Ya volverá, mujer ... Ya volverá.” mientras acariciaba nerviosamente sus pétreas manos.
Mis blancas nalgas sabían cual era el precio a pagar, y decidimos quedarnos y tomar posición de ese encantador recinto. La casa era muy vieja. Solo Dios y unos bigotudos y extrañísimos personajes colgados en los cuadros sabían de que año databa. Sus muros de un metro de ancho, sus largos pasadizos y sus tétricos patios, mostraban que fue construida para durar toda una vida y algo más.
Siempre llegaba muy agotado de mis incursiones del campo, donde mi única preocupación era darle un buen hondazo a alguna lagartija o pájaro distraído y traer cualquier tipo de bicho y operarlo de emergencia. Debo decir que ninguno de mis pacientes sobrevivía, pero echando a perder se aprende, al menos en el arte de la taxidermia esto es así. Todo eso era muy agotador: correr, disparar piedras, lidiar con esos testarudos insectos que no entendían lo importante que era para la ciencia mi trabajo. Pasada las siete de la noche, el “cirujano” Ciro -o sea yo- sucumbía en un profundo sueño.
La mala suerte hizo que un día no me agotara lo suficiente, por ende, no pude pegar los ojos aquella aciaga noche anguiana. Miraba fijamente al techo sin poder verlo, mi tía había apagado hacía horas nuestro cirio. En la calle se escuchaba el croar de los sapos y el melancólico canto de los grillos. En ese estado permanecí largo tiempo, cuando me llamó la atención ruido de pasos en las habitaciones contiguas que estaban desabitadas, luego escuché la caída de una especie de tarros o algo así. Hasta ahí todo era escalofriantemente soportable, hasta que percibí el asesar de un perro que se aproximaba a mi. Perdí el don del habla, me envolví con la frazada con el propósito de aislarme, creándome un pequeño escudo de mantas. Enseguida propicié pellizcones frenéticos en el huesudo trasero de mi tía, tan fuertes como podía, pero no encontré respuesta de la longeva, que dormía como una verdadera roca. Pronto comencé a sudar horrores y hubiera muerto deshidratado si no es por que esos singulares ruidos se alejaron lentamente, luego de rondar la cama en un espacio que en verdad pareció eterno.
Mi corazón estuvo a punto de estallar en ochocientos mil pedazos. A los pocos minutos, mi tía se dio la vuelta para ponerse cómoda y me encontró en ese estado deplorable. Encendió rápidamente la vela, me mudó de ropa -que estaba como recién lavada -y trató de convencerme que todo había sido una pesadilla, pero yo estaba seguro que todo eso vino de la dimensión desconocida. Me sacó de la habitación y pacientemente me enseñó los otros ambientes donde no había ni un tarro caído y mucho menos ese desgraciado perro. Regresamos a la cama. Ya casi, casi, me había convencido del mal sueño, cuando a las cinco de la mañana un peón tocó el portón, llamando a la señorita Julia. Mi tía salió, luego de angustiosos cinco minutos de espera, volvió sonriente y me dijo: “Ya no te preocupes hijito, ya sé lo que ha sido todo eso. Es que mi comadre Eduviges ha fallecido hace unas horas y se ha venido a despedir la pobre. Ya no te aflijas, cariño... ya no pasa nada.” ¿No pasa nada?, apenas hubo amanecido, agarré mis pertrechos y regresé a casa. Más valía la tunda paterna que otra despedida de las numerosas y prehistóricas comadres de mi tía abuela.
De la memoria de mi padre.

MALLABER EN EL ALGARROBO DEL SIGLO INEXISTENTE
Por: Fiorella Sánchez Lapoint

Había una vez en una tierra cercana una princesa llamada Mallaber. Esta princesa era tan bella como las lluvias inesperadas en el tiempo del Niño y más bella que las gotas de agua en los campos, en tiempos de sequía. Su belleza solo se comparaba con la dicha escondida en el centro de su corazón de grano de café recién pasado.
Sus cabellos del color de la tierra, que cubre a los muertos, apenas si flotaba en el aire. Su sonrisa de cántaro roto, emanaba los más brillantes colores de cómplice tristeza.
Ella lo sabía. Sabía que era bella. Bella, divina, horrible y mortal; en medio de su palacio de piedras gigantescas, de adobes dibujantes de olas estáticas y techos de paja y caña, o en medio de aquella masa humana, a la que ella veía como extraños, o en la belleza de las conchas azules, que recogía cada noche en su paseo rutinario en las orillas del mar, no existía nadie que se le pudiese comparar. Estaba segura de ello. Princesa ella con sus vestidos blancos, rojos y amarillos de algodón, con sus joyas en forma de cielo y con sus retratos de dioses escondidos, había nacido para ser feliz.
Ella no era como cualquier mujer. Tras su belleza sin igual de infierno en calma, todos los hombres pasaban sus ojos sobre ella, como un alivio del mismo cielo.
Solían comentar que al nacer, los dioses y los monstruos del submundo se habrían disputado su ser. Quizá por eso sería tan hermosamente horrible.
Nadie sabía con exactitud el porque de semejante disputa por la princesa; sin embargo antiguos y brujos decían que ella cambiaría para siempre sus vidas; que al nacer su destino se habría confundido en las hojas de coca y que nunca pudieron dar su acierto pero tampoco su desaprobación para que esta niña viviera. Así que tras las maldiciones dadas, en caso de ser un ser maligno, y las bendiciones derrochadas, si fuese hija de la luna, trataron de lograr un equilibrio, más o menos normal, en las fuerzas que cabían en su ser; que sabían que existían, pero que no podían determinar.
Dotada de naturaleza real y de su origen místico y divino gustaba tanto como la condena de los dioses en sus castigos divinos y aterraba casi como un monstruo aletargado.
Talvez ese era su mayor don y defecto: ser casi por completo y no ser completamente. Por eso todos prefirieron, llegada a cierta edad, abandonarla a su suerte, pero no en el sentido del desamparo total ni del destierro, sino más bien dejarla a la suerte de su propia vida y naturaleza desconcertante, confusa y casi inofensiva. Así pasaron los años, y a pesar de gozar de todos los placeres reales, su existencia apenas era percibida por el mundo. Así era mejor para todos, incluso para ella misma. Solo algunos hombres la veían tan extasiados como horrorizados, hablando sola con su algarrobo inmenso y paseando desnuda en las playas en la noche, junto a sus conchas azules, llenas de murmullos del mar. Sus pies caminantes sobre las conchas echas añicos, cada vez se aproximaban más a ese destino de querer ser pez, que alguna vez fue en su vida pasada, en la profundidad de las aguas.
Lo que no sabían los hombres, ni siquiera los nobles de su casta era que ella, en la infinita soledad que la acompañaba, había encontrado la naturaleza de su ser que antiguos y brujos quisieron equilibrar al nacer.
Fue justo por esos días de paseos desnudos frente al mar y de miradas amorosas a la luna, que llegó el Niño. El niño príncipe del agua amarga y sucia, que no resistió tampoco a la particular belleza de Mallaber.
El quiso encontrar en la mirada de agua de Mallaber, el color rojo del atardecer, para que este reflejado en la suya le de el don de dios que nunca fue concedido. Por días y noches rogó Mallaber que le diese aunque sea un rayito rojo de sus ojos para alumbrar su triste misión y ser un poquito bello y feliz y amado. Pero ella ni lo miró, ni lo escuchó, ni siquiera se percató de que estaba ahí. Y ahí se quedó desnuda haciendo añicos las conchas azules, con sus pies, con sus manos y con sus dientes ocultos de fiera, en medio de su playa encantada que ni siquiera percibía la venganza de aquel niño malo, al que le rompió el corazón.
Entonces el niño, llorón y torpe inundó todo y las gentes y los brujos y los antiguos rogaron por piedad a la luna que los salvase de semejantes castigo, sin causa aparente.
Y la luna, un poco sorda y medio dormida los miró con autosuficiencia y un poco de gracia y se volvió a dormir. Mientras tanto Mallaber, abrazaba a su algarrobo acariciaba la esperanza de la llegada del día en que dejaría de ser la incompleta más completa de este mundo.
La casta noble debía encontrar una pronta solución y rogaron y suplicaron… y más suplica… y más ruego… hasta que por fin los dioses se llevaron al niño de las orejas y: “¡A dormir! y ¡A dejar de fastidiar a esta pobres gentes! Y ¿No ves que nos han dado este maíz tan rico y estos afortunados muertos en nuestros nombres?... bla, bla, bla y más bla…”
Luego todo volvió a la normalidad. Todo el mundo ignorando a la “incompleta” y ella queriendo ser más pez y más todo, que ser sin ser totalidad. Hasta que muchos días más llegaron más pretendientes y más tan extraños como la misma Mallaber, todos buscando sus ojos rojos de agua, sus dientes de fiera y su cuerpo desnudo de los pies destrozadores de conchas azules. Y ella nada sorda, ciega, muda, triste, feliz y desnuda en su playa inexistente y encantada casi para todos. Y entonces más venganza y más destrucción y más sacrificio y sangre y más dioses y más ¡vete a dormir!... y bla, bla, bla…!
Ahora si todo el mundo andaba de malas. Cansados, tristes y desesperados y ya sin sacrificios y sin maíz ni nada había llegado la hora de que por fin la coca terca revelara la verdadera causa de toda aquella maldición. Y esta vez después de años, por fin hablo. Confesó lo que todos habían esperado saber y se arrepintieron de no haber matado a la princesa ni de haberla recordado en todo este tiempo. Los mejores hombres se prepararon para destruir la fuerza de aquella mujer de tan horrible belleza.
Cuando llegaron la encontraron ahí desnuda como siempre en la playa, mordiendo las conchas azules y tan inofensiva que quisieron no matarla y amarla ahí mismo todos. Ella escupió las conchas casi pulverizadas y dejó de ser ciega muda y sorda y empezó a percibir cuanto la amaban y se acercó a uno de ellos que estaba absorto y horrorizado al verla y sentir que lo acercaba despacio a su boca llena de besos y restos de conchas azules. El se dejó atraer y los demás lo siguieron y lo que parecía arena se volvió mar y las olas reventando en sus cabezas y sus cuerpos ínfimamente pequeños.
Mallaber para entonces ya había dejado de ser una incompleta para por fin ser lo que siempre había sido y deseo ser: un monstruo totalmente bello. En ese momento comprendió que los dioses no eran seres llenos de amor y virtudes, pero si belleza y que los monstruos por el contrario, no eran más que pobres seres intentando dioses, al que igual que los pobres hombres. Ella había nacido así monstruo – dios – mujer. Era su destino reinar, destruir volver a nacer sobre todo el mundo porque ella era una princesa y estaba destinada a ser feliz.
¡Los hombres desaparecieron misteriosamente! –decían en la ciudad y la pobre princesa indignada por lo que creyeron de ella ¡pobre niña! Su familia arrepentida de tanto dolor la mimaron como nunca, todo el pueblo rendido a sus pies pidiendo perdón -¡cuánto lo sentimos princesa!
Cierto día habló con la luna, su madre en el cielo, quien le entregó un mensaje que cambiaría todo lo que conocía. Aferrada en las espinas de su algarrobo inmenso y preferido, escuchaba atenta el mensaje divino, sin dejar de pensar que tan grandota y todo la luna era inferior a ella pero aun no era el momento. El orden del mundo pronto cambiaría, pero aun no.
Mallabe con su siempre aire inusual de rareza bella anunció el mensaje divino de la luna y con sus ojos de agua al atardecer los miró a todos al borde del llanto, cuando finalizó así: “Sequía”. La luna esta vez si se cansó de esperar el maíz y que mejor pretexto para deshacerse de la princesa híbrido que tanto alboroto causaba – “¡y ni creas que me arrepentiré de tal decisión!”- había añadido la luna – “¡ni una gota de agua! – puntualizó. Y la princesa cambió el mensaje y dijo: “ a cambio mayores sacrificios en lo alto del cerro y devoción… ¡agua, agua!” La gente desesperada y cada vez más y más y más sacrificios y más sangre y ni una gota. Y la princesa: ¡continúen! ¡Los hombres muriendo de hambre y llevando a sus propios hijos al cerro sagrado, desesperados por el agua por el fin del castigo de los dioses!... Y ahí siempre ahí siempre ahí Mallaber colgada del algarrobo mirando a su pueblo destruirse y acabarse y desaparecer de la faz del mundo: feliz, feliz…
Cuando por fin terminó todo en el siglo R su raza de nobleza imperial había desaparecido. Los dioses tristes sin nadie que les diera atención y ofrendas se fueron marchitando hasta quedar sin vida, inertes y mudos para siempre.
Mallaber sola y desnuda como siempre jugueteando con el algarrobo inmenso, ya casi seco, y mordiendo las conchas miró atenta que todo lo que le rodeaba y se preguntaba porque habría sido un simple pez. No lo entendía. El olor de su corazón amargo le parecía delicioso, pero parecía injusto su destino, aunque ella hubiese decidido.
Ella era dios-monstruo-mujer pero decidió ser malvada como un monstruo, bella como un dios y mujer… ¿mujer para qué?.
Por décadas siguió mirando el universo y la playa vacía y encantada y sus conchas azules y quiso morir y no pudo. Entonces tuvo la seguridad que en ese mundo de dioses muertos y de hombres extintos nunca había existido nada y que el siglo R era un siglo inexistente y que ella era la pesadilla de dios mientras soñaba en el sétimo día y decidió escaparse por un huequecito de aquel sueño terrible y su corazón de grano de café despertó a dios con su olor y el se incorporó y le jaló las orejas y le dijo que estaba destinada a ser feliz de todas formas y la envío a la tierra donde por fin se convirtió en mujer y se respondió: ¿mujer para que? ¡Para vivir!
Pese a todo ello ella siguió conservando su naturaleza bella de diosa mortal y de monstruo terrible y siguió comiendo conchas y viviendo como en un sueño colgada del algarrobo, siendo tan princesa como siempre, pero sin saberlo. Y colorín colorado este cuento ¿se ha acabado?

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