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jueves, 3 de junio de 2010

PIZARRO EN LAMBAYEQUE- Juan José Vega

Juan José Vega: el gran historiador de la historia de los antiguos Lambayeque.



Juan José Vega, fue uno de los pocos historiadores nacionales que focalizaron sus estudios y sus esfuerzos historiográficos en seguir la ruta de Francisco Pizarro por el Norte del Perú –específicamente Lambayeque-, el conquistador del nuevo Pirú. A diferencia de otros historiadores que realizan sólo un trabajo de gabinete y de fuentes escritas en algún apartado lugar del terreno de los hechos, Juan José vino a husmear por Chiclayo y caminar por tierras muchiks, no sólo al archivo regional, sino a observar el imaginario vestigio de las huellas de los conquistadores y cronistas de esta parte del Perú. En esas visitas alternó con Guillermo Figueroa, Ninfa Idrogo, Pedro Delgado Rosado Pedro Alva Mariñas y trabó honda amistad con don Mario Viteri Fernández, el mecenas de la cultura lambayecana.

En este texto (reeditado por la Logia Masónica de Chiclayo en 1985, prologado por el mismísimo Federico Kauffmann Doig), poco conocido –seguramente hasta para los mismos docentes de historia regional lambayecana- Juan José Vega, esboza un itinerario histórico detallado del paso de los conquistadores con todos sus usos y abusos, así como el trote de su corceles por la gran estepa lambayecana del río La Leche y todos los pueblos del los antiguos lambayecanos. Indudablemente sus cronistas fueron los primeros escritores a caballo que observaron las costumbres y tradiciones, pero también se encargaron de tomar nota de la tradición oral y registrarla para la posteridad.



Nicolás Hidrogo Navarro.



PIZARRO EN LAMBAYEQUE



Por Juan José Vega



DEDICATORIA



Uno de los fines de la Masonería Universal es el mejoramiento espiritual, intelectual y moral de los hombres. Y su deber primordial es mantenerse a la vanguardia de todo movimiento intelectual que propenda al progreso y bienestar de la Humanidad.

La respetable Logia Simbólica “TRADICIÓN Y VERDAD” No. 120 del Valle de Chiclayo, cumple gozosamente su lote de trabajo al ofrecer a la comunidad departamental lambayecana y al país entero, este invalorable aporte a la Cultura y a la Historia , como un homenaje reciente en el 150 aniversario de la creación de la Provincia de Chiclayo.



Nuestro fraternal agradecimiento al Dr. Juan José Vega.



Valle de Chiclayo a 18 de Abril de 1985.



R.:L.:S.: “TRADICIÓN Y VERDAD” 120

R.:E.:A.:A.:

bajo la jurisdicción de la M.:R.:

GRAN LOGIA DEL PERÚ





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PROLOGO



Varios son los cronistas que dan noticias pormenorizadas de la marcha de los españoles por tierras del Tahuantinsuyo. En el presente estudio. Juan José Vega utilizando estas fuentes antiguas, centra su atención en describir la ruta cubierta por los “Viracochas” en 1532 desde el alto Piura hasta Collique, lugar desde el cual siguieron hasta Cajamarca, donde apresaron a Atahualpa.

El hecho de limitar el tema a sólo aquellos acontecimientos que tuvieron lugar cuando se efectuaba el histórico recorrido en su tramo Alto Piura-Collique, ha permitido al autor realizar un análisis minucioso, tanto del itinerario seguido como de los hechos ocurridos en tiempos de estas jornadas. Los datos históricos presentados revisten especial interés; pertenecen a la historia nacional y son de especial importancia para aproximarse a la confrontación inicial que experimentaron culturas tan disimiles como la española y la incaica.

Juan José coteja nombres geográficos actuales con las toponimias registradas por los cronistas de su afán de reconstruir con exactitud el itinerario seguido por las huestes de Pizarro. Reproduce frases que llenos de asombro escribieron aquellos testigos oculares de la “conquista” sobre la naturaleza costeña, y sobre las penurias que acompañaban a los caminantes que hollaban aquellos caminos, que conducían sobre interminables arenales y despoblados interrumpidos ocasionalmente por sólo aquellos salvadores parajes “... donde están unos jagüeyes, de los cuales deben los caminantes...”

Despliegue notable de información caracteriza el estudio que comentamos, especialmente en las muchas y eruditas y anotaciones que se ofrece al final de cada capítulo. Las referencias a toponimias antiguas son, en ocasiones, confrontadas con averiguaciones obtenidas por el propio Juan José, durante sus viajes de estudio por las mismas rutas que transitaron cuatro siglos antes los primeros españoles. También los cotejos relativos a la toponimia, le permiten poner en tela de juicio situaciones que se tenían como definitivas desde la época de Raimondi. Tal es suponer que los españoles se habrían internado por Saña, al dejar la costa para dirigirse a la serrana Cajamarca.

Pero consideramos que no haríamos justicia - todo lo contrario - si nos limitáramos a exaltar el acarreo documental y el cotejo erudito de los datos, presente en el opúsculo que comentamos. En esto Juan José comparte méritos con las fundamentales como precursoras indagaciones de Antonio Raimondi y George Petersen sobre la “ruta de los conquistadores”.

Lo sustantivo de la obra histórica de Vega, y me palpita permanentemente en el estudio, radica primero, en un tratamiento de tendencia equilibrada que desde el inicio de los años sesenta puso en práctica en materia de investigación de la llamada etapa de la “conquista”; en segundo lugar está el hecho que fue el primero en advertir, y señalar de modo concreto, determinados factores internos como determinantes de la súbita caída del estado imperial Inca.

Veamos en estas páginas lambayecanas lo que el autor llama “la desintegración del Estado Imperial a causa de la Rebelión antincaica de los curacas” y el inicio del asentamiento hispánico en estas costas.



Federico Kauffmann Doig

Diciembre de 1984.





PROEMIO



El Perú se incorporó al mundo occidental durante el siglo XVI. En esa época, los cronistas volcaron en sus escritos los conocimientos y las tradiciones que recogieron de labios de amautas, quipucamayos, haravicus y caciques.

También pintaron el paisaje y hablaron de las costumbres: de las que desaparecían con el impacto occidental y de las que surgían como fruto de las más extrañas mezclas y luchas de pueblos y culturas.

Estos cronistas fueron españoles, mestizos o indios; no faltaron, aunque excepcionalmente, gentes de otras partes. A todos les debemos su contribución para la forja del nuevo Perú.

Van aquí los relatos fragmentados de quienes - en ese lejano siglo XVI - escribieron sobre los hombres y la tierra de lo que es hoy el Departamento de Lambayeque.

Para entender la Conquista del Imperio de los Incas es necesario conocer su composición multinacional, con más de cien naciones o etnias aborígenes con características propias, los llampayecs fueron una de ellas. Fue colectividad costeña tardíamente asimilada al Imperio del Cuzco y que jamás tuvo muchos lazos comunes con la gran metrópoli andina.

De hecho los lampayecs tuvieron frente al Cuzco, como frente a las demás colectividades de ese viejo Perú, una cultura y una legua propias; un arte distinto; una economía diferente; costumbres diversas a los demás y especialmente a las surandinas. Tenían los llampayecs una historia propia, más antigua que la cuzqueña y una aristocracia aborigen rencorosa, con ansias de recuperar los privilegios arrebatados primero por el gran Chimú y luego por los Incas.









PIZARRO PARTE DEL ALTO PIURA

Tras ocho días de reposo en Serrán, Francisco Pizarro dio la orden de partir hacia el sur en pos del trono de los Incas. Era el 19 de octubre de 1532.

Las cosas marchaban bien para los españoles. Los incas no actuaban, divididos por sus guerras y confundidos por creencias religiosas. De otro lado, amparados en una supuesta divinidad, Pizarro y sus hombres ejercían un auténtico dominio sobre las naciones indígenas costeñas. Los huancavelicas habían dado pleno respaldo en Tumbes y en Serrán los de Pizarro habían podido comprobar, nuevamente, el apoyo de los tallanes en el Alto Piura.

Eso no era todo. Gratas noticias llegaban al campamento hispánico: el reconocimiento de la guerra entre los hijos de Huiana Capa. Hernando de Soto, que acababa de retornar de su expedición a Casas y Huancabamba había traído frescas informaciones sobre las nuevas tierras y en torno a la guerra fratricida entre el rey legitimado Huáscar Inca y su hermano el príncipe rebelde Atahualpa.

El apoyo ofrecido por los Cañaris al norte y el Chimú Capa al sur también debió alegrar a los españoles, quienes allí confirmarían que tanto los Cañaris como los chimúes eran naciones muy enemigas del Cuzco. Los mensajeros fueron enfáticos en declaraciones de amistad.

Según se afirmaba, los caciques lambayeques también habrían de dar respaldo siempre y cuando los liberasen del leve dominio Chimú y del yugo inca, que simultáneamente sufrían.

Con tan buenos augurios partieron las columnas castellanas. Su meta era la lejana Cajamarca. Fue una marcha difícil desde el principio, a través de los desiertos, de “una tierra seca y sin agua done padeció gran trabajo de sed y caminos”.

Loa aliados Tallanes habían advertido de lo crudo del ambiente, pero el sol calcinante, la arena que se hundía bajo los pies, la falta de agua, resultaron dificultades que superaron todos los cálculos. Sin guías y cargueros aborígenes no habrían conseguido pasar adelante.

Muchos soldados españoles de a pie, seguramente tuvieron que ser llevados en hamacas; en éstas, además, iban los jefes indígenas aliados.

Fue una marcha fatigante a lo largo de arenales jamás vistos. Cuenta la crónica que Francisco Pizarro “se partió y anduvo tres días sin hablar pueblo ni agua, más de una fuente pequeña, de donde con trabajo se proveyó”.

Atrás seguían los negros esclavos y los indios esclavos y aliados, Nicaragua, panamáes y tumbesinos y tallanes. Entre todos por sobre sus ricas andas, destacaba Huaccha Pfuru el gran cacique de la Chira , empeñado en vengarse de su enemigo Atahualpa y quien cada día servía con mayor agrado a los supuestos viracochas.

En la trabajosa marcha los indígenas aliados alentaban a los españoles hablándoles de los cercanos oasis.

Debieron ser estos indios aliados -conocedores de la región- quienes estimularían a los conquistadores a apurar el paso en esos “arenales y pedregales sequísimos... que por ellos no se ve cosa viva ni nacida, hierba ni árbol, sino son algunos pájaros ir volando”. De no llegar pronto -advirtieron a los españoles- podrían morir bajo el sol implacable del desierto.

Más adelante había -así lo contaban indios aliados- riachuelos que se perdían entre los arenales y que aveces corrían muy de año en año. Los españoles Podrían también hablar de ríos grandes invadeables, en los cuales las aguas torrentosas bastaban para regar bastos valles; ríos que en las partes más altas, entre dunas, se deslizaban sin fructificar ni su cause, algo encañonados en vertientes de pura arena.

A los españoles difícil les era entenderse entre gentes de tantos pueblos, cada colectividad tenía su propio idioma. Era un caos lingüístico, aunque comprobaban que en todos los pueblos siempre un grupo superior sabía la lengua del Cuzco, el runa simi.

Algunos mensajeros de los lambayeques llegaban al camino anunciado que sus señores habrían de receocionar a los emisarios del gran Dios Viracocha; afirmaban también que era escaso el poderío del Gran Chimú, que rea rey de ficción ese Cajazinzin. Decían que el único verdadero señor había sido el Inca del Cuzco, hasta la guerra civil.

Pero precisamente por eso, el reyezuelo Chimú también había reiterado su adhesión a los recién llegados, “con ánimo de que destruyesen a Atahualpa, el cual venía devastando el territorio confiante con sus dominios.

Enviados especiales llegaron a los campamentos españoles desde lejos, desde las tierras del Moche, del actual ChanChan, con tan favorables mensajes.

El Imperio de los Incas se deshacía, desintegrado a causa de sus propias contradicciones internas. Por eso Pizarro insistía a cada paso, ante sus rudos soldados, que se esmerasen en el buen trato a los caciques, a fin de estimular sus sentimientos anti-incaicos.

Era necesario que esos régulos aborígenes -que en nada estaban unidos al Cuzco- los viesen como libertadores, como emisarios divinos o, en todo caso, poderosos aliados que venían a soltarlos de la tutela inca.



COPIZ DE OLMOS

Proseguiría la marcha bajo un sol quemante. Habría que exigir el máximo a las cabalgaduras y alentar a los infantes. Los pocos enfermos eran llevados en hamacas por ágiles indios del litoral, que, casi desnudos, corrían con soltura portados todas las cargas.

El 22 de octubre de 1532 Francisco Pizarro arribó al pueblo Tallán Copiz, tras cruzar extensos arenales: “Al cabo de tres días llegó a una gran plaza cercada, en la cual no halló gente: súpose que es de un cacique señor de un pueblo que se dice Copiz”.

La marcha debió hacerse en relativa obscuridad, con luna si la había, y antorchas, pues “para andar estas veinte y dos leguas -desde San Miguel hasta Motupe- es menester salir por la tarde, porque caminando toda la noche se llega a buena hora a donde están unos jagüeyes, de los cuales deben los caminantes, y allí salen sin sentir mucho la calor del sol; y los que pueden llevan sus calabazas de agua y botas de vino para lo de adelante”.

Cerca estaba Olmos, otro pueblo tallán de esa comarca.

Al día siguiente, rumbo a Motupe, partieron los conquistadores: “otro día madrugó el Gobernador con la luna, porque había gran jornada hasta llegar a poblado; a medio día llegó a una casa cercada con muy buenos indios, y allí no había agua ni mantenimiento, se fue dos leguas de allí al pueblo del cacique”.

Eran tierras pertenecientes al cacicazgo de Motupe, muy famoso, que a veces servía para denominar toda esa región. Pero el asiento del curaca aún estaba un poco lejos; hubo de seguir la marcha con las precauciones dadas por los guías lugareños.

Diego de Trujillo, el soldado cronista, dejaría por escrito el testimonio de los padecimientos por los arenales costeños.



HUASCAR INCA Y MOTUPE

La orden de avanzar sobre Motupe fue dada por el propio Francisco Pizarro a su fatigada hueste; seguramente los cargueros aborígenes le trajeron agua desde Tongorope y Chalpón.

Llegaron, más exhaustos que nunca, a una ciudad bastante buena, rodeada de verdor entre enormes arenales, apenas adornados con algunos vichayales.

En la lujosa residencia del cacique lugareño se resarcieron de las penalidades sufridas; hallaron allí “un capitán puesto por Atahualpa”, pero se hizo poco caso de él, pues todos querían reposar. Bebieron agua hasta saciarse; algunos -los jefes- buen vino castellano. Y maldecían las penalidades sufridas en el enorme desierto que cruzaron donde “encontraron con gran necesidad de sed... donde no hay ni agua ni árboles sino toda arena seca y muy calurosa”, a lo largo de más de veinte leguas.

Pronto el comando castellano se informó que el cacique nombrado por Atahualpa para Motupe “estaba en Cajamarca y se había llevado trescientos hombres de guerra”, los cuales debían sumarse al ejército rebelde ant-huascarista.

Seguramente por esta noticia, Francisco Pizarro dispuso -precavido como siempre- “que la gente se aposentase junta en cierta parte” del palacio del curaca Ataohuallpista, a fin de prevenir cualquier posible retorno.

En paso algo en Motupe, los castellanos vieron como había grandes “aposentos para los incas y muchos depósitos, y por los altos y sierras de predegales tenían y tienen sus guacas y enterramientos. “En algunos tiempos -les contaron- contratan con los de la serranía y tienen en este valle grandes algodonales, de que hacen su ropa”.

En Motupe -adonde habían llegado el 23 de octubre- los españoles y sus aliados descansaron cuatro días; observaron allí, mientras acopiaban cargueros y bastimentos, la buena calidad de las residencias señoriales y que los plebeyos vivían “en casas pequeñas”. El número de pobladores parecía regular y eran tributarios del Inca y del Chimú.

Aprovechando el alto, Francisco de Jerez se dedicó a tomar notas sobre la población lugareña y vecina, recordando de paso cuanto había visto en los pueblos yungas, desde que partieron de San Miguel o Tangarará.

Era gente refinada, pero con sacrificios humanos aún vigentes para ciertas solemnidades y -según mensajeros amigos- los hacían en mayor grado que los que practicaban los incas; eran admirables sus templos; poseían una buena agricultura. Los caciques tenían mucha jerarquía sobre sus vasallos.

Al parecer, en esta ciudadela de Motupe estuvo fijada la residencia del Apu o jefe inca de las comarcas lambayecanas, toda una humanidad, que era el nombre que en quechua se les daba a las provincias.

Sorprendió a los castellanos -gratamente- confirmar allí que toda la zona había sido conquistada por los incas muy poco tiempo atrás; apenas en época de Huaina capa, el padre de Huáscar Inca y Atahualpa, según relataron los caciques del lugar.

Los vínculos con el Cuzco eran pues muy escasos; la incaización leve. Muchos caciques memoraban bien las guerras con los incas y lo sufrido en esas campañas, en las cuales muchos deudos habían perdido.

Los más viejos recordaban el paso triunfal de Tupa Inca Yupamqui; pero el no había conquistado la región; sólo exigió tributos.

Fue por todos estos factores -en especial los escasos vínculos que unían a los Incas con los lambayeques- que Atahualpa envió allí un emisario especial, un hombre de toda su confianza, que querían en las tierras del Imperio que -ufano con las victorias- consideraba ya como propio.

¿Le faltaban razones a Atahuallpa para desconfiar? De ninguna manera, puesto que casi todo el litoral norte había mostrado predisposición mayor hacia los realistas del Cuzco que hacia los sublevados de Tumepampa; habían preferido a Huáscar Inca, pese a las rencillas con el Cuzco y su aristocracia.

Por eso fueron necesarias las acciones punitivas de sus Generales en las tierras lambayecanas; desde entonces -y de esto hacia solo escasos meses- los caciques lambayeques, ante Atahualpa, “se mostraban amigos (por el) temor y no de amor”.

Nadie ni nada podía garantizar a Atahualpa la fidelidad de las provincias costeras del norte y fue por eso que se mantuvo en las serranías septentrionales; para seguir de cerca las andanzas de los seres de barbas -claro- pero también y tal vez esencialmente porque temía que de seguir avanzando hacia el sur al frente de sus tropas, los señoríos del litoral norte, desde los huancahuillcas del guayas hasta “los yungas de los llanos... como le viesen cerca del Cuzco se juntarían todos y darían en él cubriles espaldas con que se vería en trabajo de muerte o de perdición”.

Paralelamente, la irrupción de los barbudos era tan desconcertante para Atahualpa, que allí en las alturas de Huancabamba, Huamachuco y Cajamarca -aún cuando seguro de sus triunfos sobre el hermano y rival Huáscar Inca -no sabía bien qué hacer frente a los que algunos calificaban de emisarios de Viracocha. El se negaba a creerlo pero la verdad era que esos barbudos se mostraban muy poderosos; sabían y hacían muchas cosas inexplicables; así, en la corte, Atahualpa “andaba jugando su fantasía con los pensamientos que le venían, más no se concluyó ninguna determinación”, como lo cuenta Cieza de León.

Entre tanto, en el sur del Imperio se confiaba cada día más en una intervención providencial de los emisarios de Viracocha -así lo creían Huáscar Inca y Manco Inca, entre otros- tras oír a los emisarios cuzqueños que fueron hasta Tangarará a fin de hablar con esos seres. El rival Atahualpa, confundido entre versiones de pontífices, espías, hechiceros, emisarios, magos, embajadores, sacerdotes, guerreros brujos y adivinos, enredado en cien explicaciones distintas, supo que los de la barba -hombre o dioses habían reiniciado la marcha al sur.

En efecto, seguidos de mucha gente nativa de Tumbes y de Piura, irrumpían en las comarcas de los lambayeques.



LOS ESPÍAS DE ATAHUALPA

Por intermedio de sus veloces chasquis, Atahualpa supo de inmediato el nuevo avance hispánico.

Contrariamente a su odiado rival Huáscar Inca, Atahualpa jamás creyó en la divinidad de los españoles, a quienes despectivamente llamaba “sungasapas”, esto es, barbudos. Decía de ellos que eran una partida de ladrones, de merodeadores.

Pero no todos en su corte se hallaban de acuerdo. Especialmente diferían en lo tocante a la potencialidad de los arcabuces, caballos, espadas, que en general menospreciaban.

No eran raras estas confusiones, puesto que los Pizarro habían cuidado no revelar cuán eficaces eran las armas que portaban. Pocos eran los nativos peruanos que habían contemplado el implacable poderío de la pólvora y el acero, o las cargas impetuosas de la caballería.

Como las naciones costeñas (enemigas de los incas andinos) habían dado apoyo a los aparentes enviados de Viracocha, casi no se habían realizado combates en estas etapas iniciales del avance hispánico. Al contrario, los supuestos emisarios de Viracocha - que ofrecían apoyo a los lambayeques y a todas las naciones indígenas vencidas por el Cuzco- venían siendo recibidos con fiestas y alianzas, en casi todas partes.

Mientras los españoles avanzaban por el litoral norte del Imperio, los atahualpistas se hallaban empeñados en la guerra dinástica contra los huascaristas. Tras varios combates, informado Atahualpa del retorno de los supuestos viracochas, ordeno que sus generales continuasen la lucha en el centro y sur del Imperio y él decidió quedarse en el norte para contemplar la imprevista situación que le creaba la irrupción de los raros seres barbudos.

Fue así que llegó con su escolta hasta la ciudad de Cajamarca, “adonde supo lo que ya había oído de las nuevas gentes que habían entrado en el reino y que estaban ya cerca de él. Y teniendo por cierto que le sería muy fácil pretenderlos para obtener por su siervos mandó al capitán Chalco Chima que con grande ejercito fuese al Cuzco y procurase de prender o matar a su enemigo”. Y así ordenado, quedase él en Cajamarca.

En una de las más importantes crónicas de la conquista hallamos un excelente resumen sobre el pensamiento del Inca sublevado en los tiempos en los cuales los españoles avanzaban por comarcas lambayecanas:

“Desde que Atahualpa, supo la entrada en el Perú de los extranjeros -dice Antonio de Herrera; quien sigue la opinión de Cieza de León-, entendió que no convenía permitir, que tomasen pie en la tierra, y trató de ello diversas veces en su consejo; pero como el número de ellos era poco, y la Guerra del Hermano no le daba lugar para tratar de otra cosa, juzgaba que siempre sería tiempo de desembarazarse de aquella nueva gente; y cuando se vio vencedor, luego trató de la forma que se había de tener en limpiarla de aquellos hombres, y sobre ello hubo, entre sus capitanes, diferentes pareceres: porque unos querían, que fuese un capitán a ello con ejército; otros decían, que aunque los extranjeros no eran muchos eran valientes, y que la ferocidad de sus rostros, y personas, la terribilidad de sus armas, la ligereza y bravura de aquellos sus caballos pedían mayor fuerza. Otros más valientes, estimando en poco estas razones aconsejaban que no había para que hacer tanto caso de aquellos hombres, pues fácilmente podrían ser tomados para servirse de ellos como esclavos yanaconas; pero el Inca, que tenía muy en la memoria las relaciones que le habían siempre hecho de la valentía de los castellanos, de su manera de pelear, de sus armas, de sus costumbres, y de sus intentos aunque la guerra del hermano (como se ha dicho) le traía ocupado, nunca dejo de pedir información de sus pasos y proceder estimando, en lo que era justo, su valor. Y así redujo los pareceres de todos a Puno, si convenía irlos a buscar, o ya que se entendían que ellos iban en su demanda, aguardarlos. Y considerando la dificultad que había de llevar lejos tan grande ejército, le pareció que era mejor entretenerse allí porque tampoco le estaba bien apartarse mucho de las cosas del Cuzco. Y con esta solución se detuvo, juzgando que más a su salvo podría hacer lo que pretendía de ellos mientras más adentro los tuviese en la tierra, que en la zona marina, pues que en sus navíos se podrían allí salvar”.

Pero naturalmente, Atahualpa quería saber todo lo que ocurría en sus costas; especialmente debía estar muy irritado porque casi todos los curacas provincianos huancavelicas y tallanes lo habían abandonado, dando pleitesía primero a Huáscar Inca y luego a los supuestos Viracochas. Por todo ello, decidió enviar gente para que observase cuanto hacían los seres de las barbas.

Cuenta en efecto Hernando Pizarro, que tras salir de Serrán del alto río Piura, “pasadas siete o ocho jornadas, vino al gobernador un capitán de Atabaliba diciendo que había sabido de su venida e holgaba mucho de ello y tenía deseo de conocer a los cristianos. Es así como hubo estado dos días con el Gobernador, dijo que quería adelantarse a decir a su señor cómo iba y que el otro venía al camino con presente en señal de paz.



EL PASO POR SALAS

La marcha de los conquistadores continuó, logrando cada vez más apoyo de los príncipes locales que los veían como potenciales aliados para recuperar la autonomía que con los incas habían perdido.

Avanzando desde Motupe, las huestes hispano-afro-yungas llegaron a la desembocadura de la vertiente del cauce del pequeño Sala o Salas, que llegaba hasta arenales perdidos aguas arriba, donde existía un pueblo que -quizá- era famoso ya por sus brujos.

Allí abajo pararon los cristianos sobre algún pequeño tambo, abastecido por las que bajaban en ciertas épocas del año.

Siendo magro el sitio se acordó proseguir la marcha cuanto antes, pues los indios amigos hablaban de buenos valles más al sur.

El comando hispánico, asimismo, fue informado que, al amparo de la guerra civil entre los hijos de Huaina Capa, varios caciques lambayecanos estaban querreando entre sí para conseguir mayor poderío; algunos se habían revelado contra el reyezuelo Chimú, Cajazinzin, súbdito del Cuzco.

Tal anarquía aborigen favorecía extraordinariamente los designios de Pizarro.

Se le diría también que tierra adentro había un pueblo muy fiero, el de los penachíes, al cual mucho se temía.



LA REBELIÓN DE JAYANCA

Informes en torno a la fiereza de las aristocracias dominantes en las comarcas costeñas llegaban a diario a oídos de los Pizarro.

Pero tal bravura quedaba anulada por las guerras entre distintos sectores aborígenes.

A la general rebelión yunga costeña contra el yugo andino incaico, se sumaba, en las nuevas zonas que atravesaban los españoles, otra insurrección; aquella que promovían los curacas lambayecanos contra los aristócratas chimúes.

Era un mar de contradicciones y los españoles, las azuzaban. Fue en tal estado de cosas que llegaron a Jayanca, donde la lucha intestina contra el Gran Chimú -vasallo del Inca del Cuzco- era mucho mayor. Bullía allí un deseo de liberación Anti-cuzqueño y anti-chimú.

Habían venido marchando “dos días por unos valles muy poblados, durmiendo a cada jornada en fuertes cercadas de tapias”. Huiana Capa -según se decía- “posaba en estas casas cuando iba camino por una tierra arenosa y mala”, como era aquella. Llegando a la plaza fuerte de Jayanca vieron las rivalidades en su apogeo.

Corrían los finales octubre de ese año de 1532. En el valle “fueron recibidos con gran contento de su cacique Caxusoli, que era ya viejo y acababa de concluir ciertas guerras con los túcumes, gentes que se habían hecho a la devoción de los Chimú, capitales enemigos de Caxusoli.

El anciano curaca los recibió espléndidamente, como deidades que venían a sostenerlo en su triunfo sobre los de Túcume; triunfo que era en verdad una victoria sobre el Gran Chimú; pequeña guerra inter-tribal librada mientras los hijos de Huaina Capa luchaban a muerte por el trono de los Incas.

Con el respaldo del viejo Caxusoli “en este valle (de Jayanca) descansaron los españoles y se derramó por toda la tierra la nueva de su venida y muchos principales y caciques de los valles acudieron a ellos a saludarlos de paz y amistad”.

Jayanca, al igual que otros curacazgos lambayecanos, se hallaba en rebelión; en sublevación contra la hegemonía doble que habían impuesto chimúes e incas.

Era un confuso momento subversivo de múltiples contradicciones. No sólo por su doble proceso anti-chimú y anti-inca, sino también por el hecho del gran trasfondo de la guerra civil andina. No faltaban en estas comarcas muchos partidarios de la legítima dinastía imperial cuzqueña, esto es, seguidores de Huáscar Inca; ni faltaban tampoco nobles de origen Lambayeque nacidos en el Cuzco.

Era en general una aristocracia de mucho rango; allí en Jayanca los españoles pudieron ver que los curacas eran “estimados y acatados”; que iban “acompañados y muy servidos de mujeres y criados y tenían sus porteros y guardias”. Era una ciudad con “grandes aposentos y depósitos de los señores principales, en los estaban sus mayordomos mayores que tenían los cargos”.

Vistos como emisarios del Dios Viracocha y a veces como eficaces aliados contra los incas, los españoles fueron fortaleciendo sus lazos con todas las aristocracias locales.



LA ADHESIÓN DE LAMBAYEQUE

Entre quienes se presentaron en Jayanca para rendir pleitesía a los supuestos emisarios de Viracocha, estuvo el curaca de un pueblo sumamente importante por sus ricas tradiciones religiosas: el señorío de la ciudad estado de Lambayeque, tributario del Cuzco y subsidiariamente del Gran Chimú.

Era el linajudo Xecfuin Pisan el cacique y señor de Lambayeque, quien quizá representaba la facción huascarista en las anarquizadas comarcas lambayecanas.

El había alcanzado el señorío valiéndose de todo medio.

Debió ser por eso que, “al enterarse algunos de sus émulos que salía de su valle con ánimo de encontrarse con los castellanos, nuevamente unidos, dieron sobre él debajo de cautela y engaño, prosiguió su camino y al cabo le pegaron fuego en el mismo toldo en que dormía, y allí se quemo”.

A tal extremo llegaban las rivalidades entre los caciques lambayecanos. El tal Xecfuin Pisan -ambicioso- había matado a sus hermanos Chalán, Soltanta y Atloc para heredar el cacicazgo sin rivales.

Fue por ello “que lo mataron con esta crueldad, porque iba a recibir de paz y amistad a los cristianos: mas otros dicen que se iba a valer de ellos, por el castigo que se temía de haber muerto (malamente) a tres hermanos suyos por alzarse él con toda la hacienda y herencia de Efquem Pisam su padre; y por muerte desde Xecfuin Pisan herido el señor un hermano suyo que fue engendrado en el Cuzco y nació viviendo a esta tierra, de la hermosa Chestan Xecfuin, y fue llamado este infante Cuzco Chumbi”.

Cuzco Chumbi, un niño que apenas cuatro años de edad, quedaba así por heredero del prestigiado señorío y pueblo de Lambayeque.

Tal sucesión en el señorío favoreció notoriamente la penetración de los castellanos en toda la región, dado que no hubo quien uniese a los diversos émulos y rivales del cacique eliminado; todos siguieron pugnando entre sí.



PACORA, ILLIMO, TÚCUME Y MOCHUMÍ

Dejando atrás Jayanca, la hueste invasora “caminó dos días por unos valles muy poblados, durmiendo a cada jornada en casas fuertes cercadas de tapias”.

En esta zona, “caminando por aquellos frescos valles, donde como estaban enteros, hallaban grandes edificios, muchos depósitos con proveimientos de todas las cosas, el camino hecho..., los yungas serviánles proveyéndoles de lo necesario”.

Pero otro conquistador, el capitán Cristóbal de Mena, refiere que Pizarro “hallaba por el camino destruidos los más de los pueblos y los caciques ausentados: que todos estaban con su señor”. Precisaría además que “yendo por aquel camino que era la mayor parte tapiado de las dos partes y árboles que hacían sombra, de dos en dos leguas hallaban aposento” en cada uno de los pueblos de la comarca.

Las noticias sobre batallas decisivas en la guerra civil inca avanzaba al sur “y se admiraron nuestros españoles de ver los altos y artificiosos edificios que en él se hallaban hechos por los señores Chimocapas”.

En esos días de marcha llamaría la atención Túcume, poblado de muchos templos y palacetes que rodeaban una colina, todo medio abandonado; y Pacora, entonces en lugar más alto, que muchos todavía denominaban Apurle.

En todos aquellos lugares, los nativos lambayeques salían a “hospedar y tratar muy bien a los españoles que pasaban por sus aposentos, y a recibirlos honradamente”.

Al igual que en el resto de costa imperial recorrida, enormes masas indígenas favorecieron a los españoles. Ellas querían librarse a cualquier precio de Incas y Chimúes, enemigos que los juzgaban. Y muchos indios amigos resultaron de una fidelidad a toda prueba: “ningún daño mandaban hacer los españoles que estos indios de servicio no ejecutaban, como si fuera contra enemigos capitales.

No se imaginaban esos indios lambayeques cuán errados estaban al brindar ese apoyo. No podían pensar que al reverenciar así a los raros seres, que parecían dioses Viracochas o auxiliares de Huáscar Inca, Estaban yendo a un suicidio étnico y a su propia perdición.







POR TIERRAS DE CHICLAYO

Así continuo avanzando la expedición de españoles, indios y negros, en pos del camino de las sierras que conduciría hacia el lugar en donde se suponía que se hallaba Atahualpa. Llegaron a los comarcas bañadas por las muchas acequias del Río Chancay.

Francisco Pizarro iba satisfecho con lo visto; la anarquía política favorecía sus designios y parecía compensar los sufrimientos pesados. De tal suerte iban para él las cosas en la conquista de la costa norte del Tahuantinsuyo. Así, “llegó a otro valle bien poblado, por el cual pasa un río furioso y grande; y porque iba crecido, el Gobernador durmió de aquella parte, y mando a un capitán que lo pasase a nado con algunos que sabían nadar; que fuese a los pueblos de la otra parte, porque no viniese gente a estorbar el paso. El capitán Hernando Pizarro, pasó, y aposentándose en una fortaleza cercada; y como viese que estaban alzados los indios de los pueblos, que aunque algunos indios salieron a él de paz, todos los pueblos estaban yermos y la tropa alzada, él les preguntó por Atahualpa, si sabían que esperaba de paz o de guerra a los cristianos; y ninguno le quiso decir verdad, por temor que tenían de Atahualpa, hasta que tomado aparte un principal y atormentado, dijo que Atahualpa esperaba de guerra con su gente en tres partes, la una al pie de la sierra, y otra en Cajamarca, con mucha soberbia, diciendo que ha de matar a los cristianos; lo cual dijo este principal que él lo había oído. Otro día por la mañana lo hizo saber el capitán al Gobernador”.

Tal cuenta Jerez, el secretario de Francisco Pizarro. Otro de los expedicionarios, el Capitán Cristóbal de Mena, añadiría que “Hernando Pizarro y Hernando de Soto se adelantaron con alguna gente; y pasaron un río grande nadando: porque nos habían dicho que en un pueblo adelante había mucha riqueza: llegando al pueblo cerca de la noche hallamos la mayor parte de la gente escondida: y enviamoslo a decir al Gobernador”. Era el 29 de octubre de 1532.

Asegurado el avance, Francisco Pizarro decidió seguir a sus capitanes de vanguardia, rumbo al sur, hacia ese Cinto del cual tanto se hablaba, sitio célebre que algunos denominaban Centu, otros Sintú y también Xintu.

Para llegar a él debía cruzar un río caudaloso y debía pasar cerca de varios poblezuelos, alguno de los cuales ya se llamaba seguramente Chiclayo.



FRANCISCO PIZARRO VADEA EL RÍO CHANCAY

Cruzar el río no parecía cosa fácil. Entre los conquistadores venía gente experta en varios oficios y hasta carpinteros, que con habilidad hacían pontones. Pero estas aguas del Chancay eran torrentosas. Las técnicas europeas resultando insuficientes se complementaron con las de los indios, eximios nadadores y hombres jugados en el cruce de los ríos en muchas formas diversas y sobre todo en balsas de mates. Así cruzaron muchos de los indios aliados para construir los pasos.

“Luego mando el Gobernador cortar árboles de la una parte y de la otra del río, con que la gente y fardaje pasase; y fueron hechos tres pontones, por donde en todo aquel día pasó la hueste y los caballos a nado; en todo esto trabajó el Gobernador mucho hasta ser pasada la gente; y como hubo pasado, se fue a aposentar a la fortaleza donde el capitán estaba”.

Es este el río que recuerda también el conquistador Diego de Trujillo: “...topamos un río grande y era grande porque los indios echaron todas las acequias por él.

Ese fue un intento -seguramente- de los incas atahualpistas que, aguas arriba controlaban las bocatomas; pero se frustró. Cuenta la crónica que “pasaron el río en balsas de calabazos los que no sabían nadar y las sillas de los caballos y el hato que había”.

Al otro día por la mañana pasó el río el Gobernador con toda la gente según relata otro de los actores de la conquista, el capitán Cristóbal de Mena.

A nado debieron cruzar los más de los indios aliados y los atléticos negros esclavos, prontos siempre a diversión y aventura.

Este río, sobre el cual tantos rastros han quedado, no es otro que el actual Chancay cuyos otros nombres son: por zonas o por leguas nativas diversas, Cinto, Centú, Yampayec, Collique y Faquisllanga. Sus varios nombres, varias ciudades antiguas, numerosos canales y difluentes constituían un verdadero acertijo.



EL DESPRECIO DE ATAHUALPA

Mientras Francisco Pizarro cruzaba trabajosamente el Chancay con lo más de la gente y la rezaga, Hernando Pizarro y Hernando de Soto, seguidos del puñado de jinetes de la vanguardia incursionaron seguramente en áreas cercanas a las fortalezas de Cinto.

Eran seguidos -como fue usual- por los más ágiles de los negros y gente indígena costeña escogida por su bravura y fidelidad.

Ese día se cogió y se torturó a dos quechuas, en el propósito de obtener datos sobre Atahualpa. El capitán Cristóbal de Mena -que venía con el Gobernador- refiere al respecto: “... tomamos dos indios por saber nuevas del cacique Atahualpa: el capitán los mandó atar a dos palos, porque tuviesen temor, el uno dijo que sabía de Atahualpa más que hacía pocos días que había dejado con el Atahualpa cacique señor de aquel pueblo... del otro supimos que Atahualpa estaba en el llano de Cajamarca con mucha gente esperando a los cristianos y que muchos indios guardaban dos malos pasos que habían en la sierra”.

Debió irritar a los españoles saber que despectivamente los soldados incaicos “tenían por bandera la camisa que el Gobernador había enviado al cacique Atahualpa”, datos que añadió uno de los torturados, quien pese a que fue sometido a mayores procedimientos nada más revelo”, “él no sabía otra cosa más de lo dicho y con fuego ni con otra cosa nunca dijo más de esto”.

Hernando Pizarro, principal torturador, contó que queriendo “informarse de algunos indios que habían venido de Cajamarca, atormentáronse y dijeron que habían oído que Atahualpa esperaba al Gobernador en la sierra, para darle guerra”.

Aquella vez, Hernando Pizarro -igual que en otras ocasiones- se valió de sus feroces perros de guerra para amedrentar a los torturados; esos dogos llegaron a poner sus fauces junto al rostro de los caciques supliciados.



LA GRAN CIUDAD DE CINTO

Francisco Pizarro fue informado inmediatamente de las revelaciones así obtenidas, las cuales, aunque pocas, resultaban esenciales para evaluar la situación.

En los riesgos por venir iría pensando el Gobernador cuando hizo su ingreso triunfal al Cinto, afamada urbe lambayecana de cual tanto había oído hablar.

En su cortejo figuraban numerosos caciques costeños tumbesinos, tallanes y lambayecanos, enemigos todos de los Incas del Cuzco. Era el más imponente de todos, en sus regias andas, el temido Huacchua Pfuru, principal de los Tallan. También rodeaban a Pizarro sus españoles, los más fieles de los negros esclavos, los numerosos auxiliares Nicaragua y algunos moriscos.

Cinto, la gran cuidad de los lambayeques, ubicada en un valle de muchos nombres, donde se hallaban varias lenguas, “era una población grande y de mucha comida y ropa de la tierra, que había grandes silos llenos de ella”.

Para colmo de sorpresas, se hallaron en Cinto “gallinas de Castilla, pocas, y todas blancas”.

Allí los Pizarro pudieron observar que las cosas seguían presentándoseles bien: estos indios costeños yungas, al igual que los demás al norte, también acudían a servirlos, “proveyéndoles de todo lo necesario”.

Como “tierra bella” definieron el lugar, y sólo lamentaban lo escaso de los tesoros, nada concordante con la fama que corría por el sitio; dijese que recogieron “oro, más no mucho”.

Pero era un buen valle ese de Cinto; constituía un lugar ideal para el reposo y allí se descansó unos días, antes de seguir la marcha en pos del trono de los incas.



LA MASACRE DE LOS LAMBAYEQUES

Una vez dueño de la fortaleza de Cinto, Francisco Pizarro decidió informarse en forma completa de cuanto ocurría en el enorme y rico valle de Collique, nombre este que comúnmente se daba a toda la región.

El mismo día de su llegada -4 de noviembre de 1532- invito al curaca principal del valle, a fin de lograr un conocimiento más preciso de las muchas rencillas aborígenes locales y sobre la marcha de la guerra civil entre Atahualpa y Huáscar Inca.

Más que nada le interesaría conocer la verdad sobre lo oído en torno a la masacre que Atahualpa realizó entre los lambayeques, poco tiempo atrás, a raíz de la guerra civil.

Francisco de Jerez cuenta que Francisco Pizarro “mandó llamar a un cacique, del cual supo que Atahualpa estuvo adelante de Cajamarca, en Huamachuco, con mucha gente de guerra, que serían cincuenta mil hombres; como el Gobernador oyó tanto número de gente, creyendo que erraba el cacique en la cuenta, informase de su manera de contar, y supo que cuenta de uno hasta diez, y de diez hasta ciento, y de diez cientos, hacen mil, y cinco dieses de millares era la gente que Atahualpa tenía. Este cacique de quien el Gobernador se informó es el principal de los de aquel río; el cual dijo que al tiempo que vino Atahualpa por aquella tierra, él se había escondido por temor; y como no lo halló en sus pueblos, de cinco mil indios que tenía, le mató los cuatro mil, y le tomó seiscientas mujeres y seiscientos muchachos para repartir entre su gente de guerra; y dijo que el cacique señor de aquel pueblo y fortaleza donde estaba se llamaba Cinto, y estaba con Atahualpa”.

El Gobernador Pizarro otra vez debió alegrarse en sumo agrado, puesto que curacas lambayecanos del valle continuaban divididos, combatiendo en distintos bandos, en el tráfago de la guerra civil inca. Los caciques lambayeques, al igual que los de otras zonas, estaban escindidos en luchas intestinas; anarquizados en contiendas internas que convenía azuzar. Algunos hasta eran partidarios de Atahualpa, lo cual confundía a todos los nativos, especialmente a los pequeños curacas y a los plebeyos.

Tras escuchar la versión del curaca Lambayeque de Cinto, Francisco Pizarro pensó -probablemente- en adoptar mayores medidas de seguridad, fortaleciendo su alianza con los diversos curacazgos yungas que venían a ofrecer pleitesía o adhesión, según los juzgasen dioses Viracochas u hombres poderosos. Las cosas en general se le presentaban muy bien.



LA DECISIÓN

En Cinto Pizarro debió tomar una decisión fundamental. Podía continuar a lo largo del litoral rumbo a la Chincha del sur tan mentada por su esplendor, o adentrarse en las cordilleras donde se sabía que acampaba Atahualpa en un lugar todavía lejano.

La marcha hacia el sur ofrecía la ventaja de consolidar los límites de su Gobernación, bastante borrosos; entrar a los Andes significaba un mayor riesgo pero también la posibilidad de acabar con el enemigo principal. Para esta segunda opción contaba con el respaldo y aliento de todos los príncipes yungas costeños sublevados contra los incas del norte y del sur, especialmente contra los de Tumibamba con cuya rama se había identificado Atahualpa, en su rebelión contra Huáscar.

Pizarro tomó la decisión de subir a las cordilleras, gesto verdaderamente audaz al extremo de resultar casi inexplicable; muy probablemente no creía en las versiones sobre el enorme poderío bélico de los incas.

En Cinto, asimismo, se informaría de que en ese lugar fue víctima cuatro años atrás, uno de los Trece de la Isla del Gallo, uno de sus compañeros de 1528 en la empresa del Descubrimiento de las tierras del Perú.

Ese español se había quedado osadamente en la costa a fin de aprender alguno de los idiomas que se hablaban para poder servir de interprete.



EL EMBAJADOR TALLAN

Para tan delicada misión ante la corte de Atahualpa Francisco Pizarro pensó en el cacique tallan Huaccha Pfuru, quien tan excelentes servicios le venía prestando desde hacía meses: “Reposó el Gobernador y su gente cuatro días; y un día antes que se hubiese de partir hablo con un indio principal de la provincia de San Miguel, y le dijo si se atrevía a ir a Cajamarca por espía y traer aviso de lo que viese en la tierra. El indio respondió: “No osaré ir por espía; más iré por tu mensajero a hablar con Atahualpa, y sabré si hay gente de guerra en la sierra, y el propósito que tiene Atahualpa”. El Gobernador le dijo que fuese como quisiese; y que si en la sierra hubiese gente, como allí había sabido, que le enviase aviso con un indio de los que consigo llevaba, y que hablase con Atahualpa y su gente, y les dijese verdad, según lo que había visto; y que si Atahualpa quisiese ser bueno, que él sería su amigo y hermano, y le favorecería y ayudaría en su guerra. Con esta embajada se partió aquel indio”.

Entre tanto, los Pizarro fueron aprestando la salida de Cinto rumbo al interior. Habían descansado cuatro días en total.

La región a todos parecía buena: Había “muchos pueblos grandes y señalados de muchas florestas y arboladas, donde se vieron innumerables gentes y templos del sol”.

Eso sí, que imposible conocer el paradero del marinero Bocanegra, uno de los que en 1528 se quedó en el Imperio de los Incas.



LA ADHESIÓN DEL CACIQUE DE REQUE

El último día de su permanencia en Cinto, los españoles y sus aliados huancahuillcas y tallanes recibieron nuevas muestras de adhesión por parte de diversos caciques de la comarca lambayecana.

Fue seguramente en esa ocasión cuando los Pizarro recibieron visita del poderoso régulo de Reque, Xancoll Chumbi, así como la de su hermano, el jefe de Jayanca, Quicu Chumbi, hijos ambos de quien había sido el temido curaca Cuncun Chumbi, el antiguo señor de Reque, Jayanca, Monsefú y otras comarcas. Era gente de mucho arraigo la que llegaba al campamento hispánico para prestar adhesión, por múltiples razones.

Al avanzar Francisco Pizarro sobre Reque, Xancoll Chumbi “dio la obediencia a los españoles... y les dio de comer y beber... y bastimentos... y las demás cosas necesarias y así los españoles dejaron en la dicha su posesión de cacique al dicho Xancoll Chumbi”.

Xancoll Chumbi -guiado por su ambición y por su odio hacia el inca y el Gran Chimo- acabó dando una adhesión tan absoluta a los jefes hispánicos que aumentaría los tributos, mucho más allá de lo exigido por el rey cuzqueño y el señor Chimú.

Grande fue entonces el gozo de Xancoll Chumbi, creyendo perdurable su dominio merced a la adhesión prestada a los extranjeros, seres que parecían ser los Viracochas de las viejas leyendas.

Sin duda, él, como tantos otros caciques costeños, debió pensar también que -atañó- sus dioses vinieron del mar.



HACIA COLLIQUE

Tras cuatro días de reposo en la ciudad lambayecana de Cinto, partieron las columnas de Francisco Pizarro, remontando el valle.

Narra Jerez que “el Gobernador prosiguió su viaje por aquellos valles, hallando cada pueblo con su casa cercada como fortaleza y en tres jornadas llegó a un pueblo que esta al pie de la sierra”.

Hernando Pizarro llamó La Ramada a este Pueblo, “población grande y de mucha comida”, seguramente por las vastas salas cubiertas de caña y paja que los guarecerían del sol; Oviedo informante minucioso de las cosas del Perú afirmará que el pueblo La Ramada es Collique, refiriéndose a la gran ciudad de este nombre que dio denominación al río y a toda una provincia de los incas.

Allí las cosas no habrían de ser simples: la decisión de ir a meterse entre los Andes, en pos del más poderoso rey de las indias iba a ser resistida por buena parte de las fuerzas castellanas y, seguramente por no pocos de los caciques costeños que acompañaban a los Pizarro.

Pensaba en eso Pizarro cuanto tuvo una sorpresa interesante; la presencia de cuatro aristócratas incaicos.



LOS OREJONES INCAICOS DE COLLIQUE

Las huestes españolas y sus indios aliados habían acordado un alto de un día para preparar la ascensión a los Andes.

Ese día fue fructífero en acontecimientos. Por un lado la resistencia de muchos españoles a subir a las cordilleras, lo cual se entendía como meterse en boca del lobo. El otro hecho fue la inusitada presencia de los cuatro orígenes quechuas a los cuales debieron ver con muy malos ojos los príncipes costeños indígenas que iban en el cortejo de los Pizarro.

Respecto a la visita de estos orejones, indicó Cieza que: “en el valle de Collique hallaron cuatro orejones criados de Atahualpa, que quisieron aguardar a los cristianos para verlos y así aparecieron delante de Pizarro, sin ningún pavor; recibiólos bien, Tratándolos como hombres preeminentes, rogóles que no tuviesen miedo ni se asustasen, prometió no los enojar ni detener, antes recibir, con su visita y avisos, contentamiento. (Ellos) loaron la mansedumbre de Pizarro, más era cautela porque no andaban por más que ver y oler lo que había, para que con brevedad subir a dar aviso a Atahualpa, su señor”.

Más dijeron a Pizarro que ellos eran criados de Atahualpa y que estaban allí recogiendo los tributos a él debidos, de donde no quisieron salir hasta que llegase, para servir en lo que mandase”.

Le hicieron brevisima historia de la guerra civil, indicándole que Atahualpa llevaba mucha tropa; luego “les dieron licencia para que se fuesen a reposar a sus casas”.

Aquellos aristocráticos quechuas se habían quedado en el valle Chiclayano con otras intensiones: las de informar a su rey en torno al número de los barbudos, sus armas, condiciones y las cosas que tanto intrigaban a la corte de Atahualpa en Cajamarca.

Al respecto, refiere Cieza, que esos orejones “como eran agudos habían entendido de las lenguas lo que allí pudieron e sabido cuantos caballos e cristianos eran los que allí estaban y habían quedado en Tangarará y fingiendo que se iban a sus posadas, se pusieron en camino y anduvieron hasta llegar a Cajamarca, donde contaron por extremo a Atahualpa lo que les había pasado con los cristianos”.



HACIA CAJAMARCA

Viendo cuan engañados andaban unos indios y otros, Pizarro confirmó su decisión de apartarse del litoral y subir a las cordilleras en pos de Atahualpa.

Esta orden seguramente se vio enmarcada con el apoyo discreto que dio Cajazinzin a los extraños seres de las barbas. El régulo de los chimúes, yunga decaído que ejercía aun cierto control sobre la región, aunque bajo dominio incaico, ninguna simpatía sintió jamás por Atahualpa, el príncipe incaico rebelado; en todo caso, entre los dos, era partidario de Huáscar, el rey legítimo. Principalmente era un aristócrata que anhelaba restablecer para si los privilegios de sus antepasados, que los cuzqueños les habían arrebatado. Al igual que muchos cacique tallanes, tumbis y lampayecs dudaba si los extraños intrusos serían o no emisarios del dios Viracocha. Pizarro le había dado a conocer, con mensajes, su deseo de ayudarlo.

Con una retaguardia absolutamente asegurada mediante una subversión generalizada (de la de La Puna hasta el actual Chan-Chan), contra Atahualpa, el jefe español dio las disposiciones finales a su pequeño ejército de ciento sesentisiete españoles, reforzados con gruesos cortejos de indios aliados y auxiliares y un número no establecido de esclavos negros, posiblemente unos diez. Fue en La Ramada donde, según cuenta Jerez, “con personas experimentadas determinó de dejar la retaguardia y fardaje y tomó consigo cuarenta de a caballo y sesenta de a pie y los demás dejó con un capitán, y mandole que fuese en su seguimiento muy concertadamente, y que él le avisaría de lo que hubiese de hacer”.

Tal las últimas palabras del secretario de Pizarro sobre las tierras lambayecanas.

Lo que vino después es más conocido: la confianza ilusa del Inca, la caída del Cuzco en manos Atahualpistas, la doble celada de Cajamarca y las largas luchas por la conquista del Imperio ejecutados y a Huáscar y Atahualpa.



BIBLIOGRAFÍA Y NOTAS

(POR CAPÍTULOS)

Pizarro parte del Alto Piura.



Francisco López, “Verdadera Relación de la Conquista del Perú”, pág. 213, ETA. Lima, 1968. Ver también Gonzalo Fernández de Oviedo, III, 8, IV y Antonio de Herrera, V, Y, 2do.

Diego de Trujillo, “Relación del Descubrimiento del Reino del Perú”, Sevilla, 1948.

Jerez, ob. citada, pág. 213. La zona mencionada es seguramente la reseca cuenca de Cascajal y Palo Blanco.

Pedro Cieza de León, “Primera Parte de la Crónica del Perú”, cap. 67, Madrid, 1945.

Fray Diego de Ocoña, “Viaje por América” pág. 37 a 43. Madrid, 1969. Este fraile aventurero nos trasmite vivos recuerdos en torno a las dificultades de una travesía por esas zonas durante el siglo XVI.

“En los montes son tan pelados y tan secos, que no nace en ellos hierba... tantos y todos de aquella arena menuda, que un día están allí y otro día los pasa el viento a otras partes, que es una de las cosas notables que hay en estos llanos: que a la noche está un cerro de arena junto a donde nos alojamos”.

Duras jornadas eran esas, a pie o a caballo y con mucha suerte en hamacas o en andas y de noche en lo posible por huir del sol:

“Y de esta manera se pasan estos arenales caminando desde las tres de la tarde hasta las ocho de la noche; y después desde las dos de la madrugada hasta las ocho del día; porque si no es de esta manera, se abrazan los hombres por los arenales, que es tanto el calor, que parece que arde la arena... “por aquellos aquellos arenales que si no se camina de noche, se abrazan de calor las personas. Y hay tanta falta de agua en este despoblado de tres días, que para todos ellos se lleva el agua en unos calabozos”.

La muerte aguardaba a quienes se descuidasen en las columnas:

“Ciega el viento la huella y no quedad vestigio por donde se puede saber por dónde va el camino. Y así los que han caminado sin guía, muchos de ellos se han perdido y por aquellos arenales perecido de hambre y sed; y aún no perdiéndose, se pasa con mucha necesidad de agua este camino porque en estas cuarenta leguas no hay agua que poder beber sino la del arroyo que pasa por Piura. Y así se lleva el agua en muchos calabozos grandes”.

6. Muchas lenguas y dialectos hubo en el Incario. Los sabios coloniales más eruditos, como a costa y Cobo, contaron más de seiscientas, casi todas en proceso de extinción. EL litoral norte del Tahuantinsuyo fue un caso lingüístico, apenas superado por los incas al imponer el runa-simi como lengua oficial de uso obligatorio para las diversas aristocracias aborígenes. Ese runa-simi fue bautizado después como quechua por los españoles. Se sabe, además, que su uso fue muy limitado en comarcas de Lambayeque.

7. Ruiz Naharro, “Crónica del Descubrimiento y Conquista del Perú, Parte litoral norte”.



Olmos de Copiz.

1. Jerez pág. 213.

2. Cieza, ob. Cit. Capitulo 67.

3. Jerez, pág. 213.

4. Antonio del Busto estima que Copiz es Olmos. En la obra de Rafael loredo, “Los Repartos, basada toda en viejisima documentación, vemos en cambio que Olmos quedaba en el Valle de Dopez (aunque del mismo valle), puede concluirse de los pueblos que aún llevan esos nombres; la subsistencia colonial de esos pueblos pueden verse documentos redactados hacia 1620, donde figura un creciente pueblo Olmos de más de trescientos tributarios, dedicados sobre todo al arrieraje y, un decaído Copiz con apenas trece indios de tributo.

Había allí dos lagunas, Copiz Grande y Copiz Chica; así lo cuentan todavía los pobladores del lugar. Quizá Copiz significó laguna en extinta lengua, milagro de agua en el desierto que dio nombre al sitio.

Es muy posible que el lugar Copiz fuese el Cascajal de hoy donde aún mana bastante agua (1976) y cerca existe un gran río seco, un cauce vacío.

5. Trujillo, Diego de, “Relación del descubrimiento y Conquista del Perú, pág. 43.



Huáscar Inca y Motupe.

1. El nombre de Motupe defiere en los textos antiguos, seguramente a causa de las variadas lenguas habladas en el litoral norte. Mutupí, escribe Garcilaso Motrip decían los informantes de Oviedo. Hotepe registró Cieza en su crónica. Jerez, secretario de Francisco Pizarro, anotó Motux. Estas confusiones idiomáticas son una constante en el estudio de la historia nativa del Perú.

2. Jerez, pág. 212.

3. Agustín de Zárate, “Relación del Descubrimiento y Conquista del Perú”, Libro II, capitulo 3. Lima, 1944.

4. Jerez, 213.

5. Francisco Pizarro tuvo dotes de jefe. Una de sus más altas condiciones fue la constante cautela, la precaución permanente. Siempre desconfió, aun cuando sus enemigos abiertos o velados, indios o españoles lo halagasen con palabras o presentes.

6. Jerez, 213.

7. Cieza, Y, 67.

8. Jerez, 213.

9. Garcilaso Inca de la Vega , “Comentarios Reales”, Libro 9, cap. II.

10. Martín de Murúa, “Historia General del Perú”, Tomo I, cap. 37, Madrid. 1964.

11. Pedro Cieza de León, “Tercera Parte de la Crónica del Perú”, cap. 39.

12. Idem.



Los espías de Atahualpa.

1. Cieza, III.

2. Antonio de Herrera, “Décadas de los hechos de los castellanos”, V, Y, 2do.

3. Hernando Pizarro, “Carta Relación a los Oidores de la audiencia de santo Domingo”, pág. 48. Edición Espasa calpe, Madrid...



El paso por Salas.

1. Del busto pasa por alto esta quebradita, ubicada al norte de Jayanca y a la cual menciona Diego de Trujillo con el nombre de Eala, tal vez error de transcripción del manuscrito al texto impreso. Raúl Porras confunde la quebrada que baja a veces con agua desde el famoso pueblo de Salas con otros lugares que nada tienen ver; menciona Cala, Tala, Tabal y Ala. Así figura en la nota 74 a la -por otra parte- brillante edición de la crónica del conquistador Trujillo. Hemos visto sin agua esa quebrada hasta febrero, mes de lluvias.

2. Trujillo, 129.



La Rebelión de Jayanca.

1. Jerez 214-215.

2. Miguel Cabello de Balboa, “ Miscelánea antartica”, capitulo 32, pág. 468. Lima, 1951.

3. Idem.

4. Cieza, Y, 67. 5. Ver también Los Mochicas y el Cacicazgo de Lambayeque de Rubén Vargas Ugarte.



La adhesión de Lambayeque.

1. Cabello Balboa, cap. 32, pág. 468.

2. Cabello Balboa, cap. 27, pág. 417.



Pacora Illimo Túcume, Mochumí

1. Jerez, pág. 214. Jerez, al igual que otros informantes de ese tiempo, llama Cuzco viejo a Huaina Capa; Cuzco joven es Huáscar Inca. Fue más tarde que se aclararon varios de los nombres incaicos. Oviedo fue tal vez el primero en apuntar con certeza algunas alaraciones, como el verdadero nombre del padre de Atahualpa y Huáscar Inca.

2. Cieza, III.

3. Mena, pág. 81.

4. Cabello Balboa, cap. 32.

5. Cieza, Y, cap. 61.

6. Cristóbal de Molina el Almagrista, “Destrucción del Perú”,. Pág. 83, Biblioteca Autores españoles, Madrid, 1968.



Por Chiclayo.

1. Jerez, pág. 214.

2. Mena, pág. 81.

3. Como no figura en antiguas relaciones, debemos suponer que era una aldea sin mayor significación de los tiempos de la conquista española. Bien ubicada en zona plana y rica, creció al empuje de la nueva economía Recién en 1567 resultó fundado como “pueblo de indígenas” por Gregorio Gonzáles de Cuenca, tal como consta en el archivo de indias de Sevilla (Justicia, 457). Hacia 1572 ya vivían allí algo menos de dos mil quinientas personas. Para entonces Cinto , muy decaído, conservaba una cantidad similar de habitantes. Lambayeque mantenía su ancestral prestancia, creciendo con lentitud, al principio; y luego con rapidez.

Así se desarrollo Chiclayo, con gente venida esencialmente de Cinto (el actual Pátapo, cuyas grandes ruinas son aun visibles pese a la agresión popular y feudal sobre los monumentos arqueológicos) y del pueblo de Collique, ubicado más arriba del valle. Las masa nativas fueron usadas como mano de obra por los conventos de San Francisco de Chiclayo y de San Miguel de Tumán. Collique incluso se llamó el barrio del cercado de Chiclayo cuando la reducción de la década de 1570. Buen impulso habría de recibir mucho después de la destrucción de zaña. Vásquez de Espinosa, el año de 1620, ubica en una misma circunscripción de Chiclayo y Cinto, reuniendo ambos el cuarto puesto número de tributarios en la región. Resulta curioso observar el rápido crecimiento de Chiclayo pues era considerado como el pueblo principal del repartimiento de Collique -todo el valle- en 1572. Lambayeque es visto ya en 1628 como pueblo “el mayor que hay en todos los llanos del Perú”, esto es en toda la costa peruana.

En este mismo año -según la relación de Vásquez de Espinosa- Cinto y Chiclayo, juntos sumaban 348 indios tributarios; ocupando un modesto puesto en toda la comarca.

Sobre Lambayeque, Chiclayo y zaña, cabe consultar los trabajos de Lecuanda, Delavaud y Vargas Ugarte, entre otros. Son muy buenos las múltiples referencias de Camino Calderón.



Pizarro Vadea el Chancay.

1. Jerez, pág. 215.

2. Mena, pág. 81.

3. Trujillo, pág. 134.



El desprecio de Atahualpa.

1. Mena, pág. 81.

2. Hernando Pizarro, pág. 48. No se excluye sin embargo que estos indios que menciona Hernando Pizarro fuesen otros, supliciados algunos días más tarde. Era común dar tormento a los indios, con fuego, perros, amarras y otros medios.

3. La historia del rol desempeñado por los grandes perros bravos en la conquista del Perú aún no ha sido escrita. Cuando ello ocurra, ocupará muchísimas páginas. Actuaron en casi todas las batallas y con frecuencia en los tormentos. El dato a que incluido se recoge del importante libro “Francisco Pizarro, el Marqués Gobernador”, de José Antonio del Busto, pág. 144, Madrid, 1966.



La Gran Ciudad de Cinto.

1. Los negros están presentes desde las etapas iniciales de la conquista española; incluso desde el descubrimiento del Perú. El tema será tratado en un trabajo especial.

2. Los Nicaragua fueron muy numerosos en la primera etapa de la conquista del Imperio de los Incas. Su número puede estimarse en varios cientos y quizá más. Guatemalas vendrían muchos más con Pedro de Alvarado. Hubo también aztecas, panamáes y perlas en escasa cifra.

3. Diego de Trujillo, “Relación del Descubrimiento del Reino del Perú”, pág. 54 de la edición Raúl Porras. (Sevilla, 1948). Conviene aclarar que Trujillo -que escribió muy viejo en Arequipa sus juveniles recuerdos como conquistador del Perú- pudo bien confundir los nombres de Saña y Cinto. Todo indica que sus referencias aluden a Cinto, especialmente al cruce del río, la ubicación del camino y la majestad del sitio.

4. Estas gallinas no nos sorprenden. Cuando el viaje del descubrimiento del Perú, Francisco Pizarro dejó como regalo un gallo (que mucho llamó la atención) y cuatro gallinas. Desde luego estos animales se produjeron entre 1528 y 1532, año éste de los sucesos que narramos. Más bien ignoramos lo que ocurrió con la pareja de cerdos que también dejaron en obsequio a un orejón quechua. También dejaron un hacha y cuentecillas de vidrio. Sobre todo esto Cieza de León (III, 20) posee datos inestimables en la menos difundida de sus obras.

5. Para unos Cinto es Pátapo; otros creen que fue Lambayeque en su antigua ubicación, que Raimondi alcanzó a ver. No faltan quienes consideran que los tres son uno. Frente a las confusiones se hace indispensable un trabajo esclarecedor de arqueólogos y especialistas en crónicas y otros documentos del siglo XVI, en forma conjunta.

6. Garcilaso Inca de la Vega , “Comentarios Reales”, IX, cap. 2do. Afirmaba que en la zona existían los valles de Zaña, Collique, Cintu, Túcmi, Sayanca y Mutupi. Por otra parte, se sabe que otro Cinto existe en la costa de Moquegua.



La Masacre de los Lambayeques

1. En “ La Guerra de los Viracochas”, el autor ha desarrollado el tema de la trascendencia axial de las guerras libradas por las etnias provincianas -verdaderas naciones aborígenes, sus aristocracias marcadamente, vieron en la presencia de los españoles juzgados divinos a menudo la esperanza de su liberación frente al yugo incaico. Los antiguos curacas de las comarcas que conforman hoy el Departamento de Lambayeque actuaron en forma similar, guerreando contra los Incas, los conquistadores de ayer. No sabían que al hacerlo respaldaban a nuevos conquistadores, que serían mucho más opresivos.

2. Jerez, pág. 215.



La Decisión.

1. Cieza, III, cap. 35, 39, 40.

2. Pedro Pizarro, “Relación del Descubrimiento y Conquista del Perú”, pág. 33, Buenos Aires, 1944. Paginas de Pedro Gutiérrez de Santa Clara.

3. Trujillo pág. 125.



El Embajador Tallán.

1. Jerez, 215. Es digna de remarcarse la dobles de Pizarro. No sólo negociaba con todos los caciques provincianos, sino que ofrecía amistad a los dos jefes incaicos en guerra. A Atahualpa se le ofrece como “amigo y hermano”. Las biografías de Pizarro no mencionan este hecho.

2. Miguel de Estete, “Relación de la Conquista ”, pág. 24, Lima, 1924.



La Adhesión de Reque.

1. María Rostworoswsky, “Curacas y Sucesiones en la Costa Norte del Perú”, págs. 14, 79, 87, 89, 92 y 93, Lima, 1961.



Hacia Collique.

1. Oviedo, III, VIII. Este cronista nos indica con precisión que la ruta tomada fue hacia el interior del valle de Cinto o Collique. De Jerez (pág. 216), podemos deducir claramente lo mismo. Esto significa excluir a Zaña como lugar de paso de la expedición de Francisco Pizarro.

Raúl Porras y Antonio del Busto aceptan a Zaña como punto de paso de los Pizarro en 1552, antes de subir a los Andes, pero tal aseveración no resulta muy aceptable. Primero porque según Jerez, el secretario de Francisco Pizarro, el pueblo en debate se hallaba situado al pie de la sierra; y sabemos que zaña no lo está. Luego porque el río del cronista Trujillo menciona no es de fuerte caudal y menos el mes de noviembre, en sus principios, aún más -y esto es clave- su caudal no es regulable por compuertas de acequias, tal como ocurrió, pues ciertos nativos ¿Atahualpistas? Las abrieron para formar un torrente que al principio pareció invadeable. Porras también confunde el Zaña con el río la Leche , tal como se aprecia en su nota 10 a la crónica de Mena.

Otro argumento contra Zaña es que las crónicas de la conquista no registran ningún crecer de arenales tras la estancia en Cinto; aunque es cierto que esto pudo escapar a las narraciones.

Cieza de León habla con claridad de Collique, como punto de partida y Collique se halla en el río del mismo nombre que, como hemos visto, posee varios más. El nunca habla de zaña en su tercera parte, tan minuciosa. En cuanto a Oviedo, que siguió bien de cerca la marcha de los conquistadores, habla del pueblo de la Ramada (nombre español) como sitio de donde empezó el ascenso a los Andes. Pero cabe remarcar que Oviedo, páginas adelante, aclara que la Ramada es Collique; y se basa para sostenerlo en la afirmación del conquistador Diego Molina, a quien Hernando Pizarro autorizó para que aclarase todo lo que fuese necesario en torno a su famosa Carta a los Oidores de Santo Domingo, de fines de 1533. (Tomo V de la crónica de Oviedo, III, V, 16. Pág. 91).

A favor de la tesis del cruce por Zaña está la mención del cronista presencial Trujillo, pero se trata del recuerdo de un anciano en 1572. También cabe anotar que el cronista Sancho de la Hoz afirma que el camino de la sierra empezaba en Cenu, nombre que puede ser una confusión de Zaña; aunque puede no tener nada que ver. Por último, existe un trozo de camino inca que asciende desde zaña (un arqueólogo norteamericano lo trazó en su mapa de la región).

Raimondi quizá conoció también ese camino pues lo dibujó en su plano de rutas incas. Igual hace Von Hagen.

Asunto pendiente es el de saber si Zaña cambió o no de ubicación en el periodo colonial temprano; pudo hasta haber cambiado de valle. No faltan quienes creen que la antigua Saña-Inca pasó a su actual ubicación hacia 1570.

Por último ignoramos desde que tiempo el río Zaña tiene esta denominación.

Conocemos, sí, que jefes indios lugareños del valle eran Mocupe, Saltrapón, Olluctum y Chum. Zaña fue entregada en encomienda a un español llamado Morales, a fines de 1536. El cacique de Zaña era Mocupe, según leemos en un informe publicado en la Revista Histórica Nª 2, pág. 512.

Por otro lado, el nombre de Collique, escrito de variadas maneras, consta repetidas veces en los documentos del antiguo Perú. Era el n nombre más usado para el río y valle que también se denominaría Fasquillanga, La Leche , Lareche, Cinto y Chancay. En mapas y documentos se lee Collique también como Cóshque, Collque (así lo da Garcilaso), Colliquen, Cullique (Oviedo lo anota así) y Colineque. El valle abarcaría los pueblos de Collique, Polulu, Cinto, Reque, el pequeño Chiclayo y Lambayeque. Mitimaes de Collique fueron llevados a Cajamarca, como lo ha estudiado Espinosa S. Y quizá también al norte de Lima, donde existe otro Collique.



2. Jerez, pág. 217. Ver también las Décadas de Antonio de Herrera, V, Y, III.



Los Orejones de Collique.

1. Jerez, 217

2. Cieza, III, capitulo 41.



La Decisión en Tierra Lambayecana.

1. Jerez, 218.

2. Jerez, 218.

3. Jerez, 218.

4. Vega: “ La Guerra de los Viracochas”, pág. 32.

5. Jerez, 218.



LA ANTIGUA ETNIA DE LOS LAMBAYEQUES

El Perú se incorporó al mundo occidental durante el siglo XVI. En esa época, los cronistas volcaron en sus escritos los conocimientos y las tradiciones que recogieron los labios de amautas, quipucamayos, haravicus y caciques.

También pintaron el paisaje y hablaron de las costumbres: de las que desaparecían con el impacto occidental y de las que surgían como fruto de las más extrañas mezclas y luchas de pueblos y culturas.

Estos cronistas fueron españoles, mestizos o indios: no faltaron, aunque excepcionalmente, gentes de otras partes. A todos les debemos su contribución para la forja del nuevo Perú.

Van aquí los relatos fragmentados de quienes en ese lejano siglo XIV escribieron sobre los hombres y la tierra de lo que es hoy el Departamento de Lambayeque.

Para entender la Conquista del Imperio de los Incas es necesario conocer su composición multinacional, con más de cien naciones o etnias aborígenes con características propias: los lambayeques fueron una de ellas. Fue colectividad costeña tardíamente asimilada al Imperio del Cuzco y que jamás tuvo muchos lazos comunes con la gran metrópoli andina. De hecho los lambayeques tuvieron frente al Cuzco, como frente a las demás colectividades de ese viejo Perú: una cultura y una lenguas propias; un arte distinto; una economía diferente; costumbres diversas a las de los demás y especialmente a las surandinas. Tenían los lambayeques una historia propia, más antigua que la cuzqueña y una aristocracia aborigen rencorosa, con ansias de recuperar los privilegios arrebatados primero por el Gran Chimú y luego por los Incas.



LAMBAYEQUE A TRAVÉS DEL GRAN CRONISTA DE INDIAS, GONZALO FERNÁNDEZ DE OVIEDO

Para reconstruir la historia de los antiguos lambayeques y aun el pasado del viejo Perú en su conjunto, son de suma importancia las afirmaciones que proporciona el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo, quien trató a muchos de los conquistadores del Imperio de los Incas; algunos de los cuales dejaron relatos íntegros sobre las cosas del Perú al momento de la conquista.

Aquí irán precisamente las noticias dadas a Oviedo sobre los lambayeques, por hombres del conquistador Diego de Molina, el Piloto Pedro Corzo, y sobre todo, el piloto Joan Cabezas, a quien veremos por separado. Se trata en verdad de datos de los más antiguos recogidos en relación a Lambayeque y comarcas vecinas también calificadas como “yungas”. Se trata, además, de referencias escasamente divulgadas en nuestro país.

La causa por la cual poco o nada se supo en el Perú de estos escritos deriva de la antipatía marcada que Raúl Porras Barrenechea sintió por la enorme obra de Oviedo. Porras sepultó al cronista Oviedo en el Olvido, cuando no en el desprestigio; pizarrista como absurdamente lo era Porras cuatro siglos después de la muerte del Marqués Gobernador, nunca perdonó a Oviedo su marcada simpatía por Almagro, el vencido socio de la conquista de Imperio de los Incas. Y como Porras manejó mucho tiempo asuntos como los de las crónicas de la Conquista , el cronista Oviedo y su inmensa obra -Historia General y Natural de las Indias- apenas si son conocidas en el Perú.

En primer lugar, Oviedo recogió largas narraciones orales de pilotos descubridores del Perú y de marinos que posteriormente llegaron a nuestras tierras; asimismo, transcribió cartas y otros documentos; materiales todos que -sobre todo las versiones entonces orales- estarían definitivamente perdidas para nuestra Historia.

Los caciques aparecen en su obra viviendo en lujosas residencias, pero los yungas pobres, los plebeyos: ...”en toda la tierra de los llanos no tienen casa y viven en corrales de carrizos”.

Luego cuenta de que en las zonas chimúes y lambayeques el Inca se valió de sagaces medidas políticas para impedir sublevaciones.

“Venido en tiempo de un Inca que se llamaba Guainacaba, éste fue el mayor señor y más querido que ha habido en aquellas partes y éste mandó e instituyó en los llanos todos que no tuviesen armas ni usasen de ellas, e los hizo tributarios, así a ésos como a los de las sierras”.

Datos sueltos que diversos informantes dieron a Oviedo, le permitieron estructurar una información general de primer orden. En lo tocante a los yungas podemos citar también las siguientes referencias:

“Andan las mujeres cubiertas que nos se les ve de las personas la punta del pie y cubiertas de mandas delgadas y sus camisetas fajadas y los cabellos cortados por delante y lo demás luengo y los brazos desde los codos descubiertos y son blancas y de buenos gestos y mejor tratadas”.

“Los hombres traen el cabello cortado por delante sobre la frente... y andan cubiertos de unas mantas y aún sobre las cabezas como Arabes y sus camisetas”... “y muy hermosas camisetas...muy finas de algodón”.

El siguiente párrafo también parece referirse a los lambayeques y al río hoy llamado Chancay.

“Desde la fortaleza de Palmonga hasta la Sierra Morena , que está más acá, hay ciento y treinta leguas, pocas más o menos, y en la mitad del camino está Puerto Bermejo, donde hay un pueblo pero ochenta leguas de la fortaleza de Palmonga, hacia Puerto Bermejo, hay un río grande, que no sale a la mar sino muy poca agua de él, porque lo demás se pierden en la tierra de otro gran señor de cuarenta mil indios o más. El aqueste río se llama Guayas, e la tierra por donde pasa la llaman Sanoa”:

En cualquier forma lo mejor de Oviedo fue recogido por Joan Cabezas, a quien citó extensamente.



PEDRO CORZO EN LAMBAYEQUE

Fue uno de los más afamados pilotos de las Indias y sus noticias en torno al Perú tienen la frescura de las primeras novedades. Sus informes datan en las primeras semanas de 1535; y fueron recogidos directamente por el Cronista Mayor Gonzalo Fernández de Oviedo.

Es rico en detalles sobre las acequias de los lambayeques, sus casas y también sobre la flora y la fauna del litoral incaico en su conjunto. Se deduce de la narración de Corzo que fue también “marinero en tierra”, por la agudeza de sus palabras sobre asuntos ajenos por lo común a un hombre de mar; es probable que subiera un tanto los Andes.

Veamos lo relató al precitado Oviedo sobre la costa norte del viejo Perú:

“Como estas cosas de la nueva Castilla son en sí tan grandes, y tan apartadas y tan nuevas, y tan importantes, y tan desviadas y peregrinas, así no he cesado de inquirir todo lo que he podido escudriñar, para informar que todo lo que se permite a la presente historia, y en especial de aquellos hombres que saben mejor que otros entender y examinar lo que ven. Y así por su buen juicio como por su edad y experiencia larga que el piloto Pedro Corzo tiene en estas cosas de las Indias, donde muchos años a que navega y anda por la mar y en la tierra, algunas veces que ha venido a esta ciudad, después de nuestro largo conocimiento de tierra firme, ha dicho lo que ahora diré, preguntándole yo por las cosas de la tierra y mares australes.

Este me ha dicho que el pueblo de San Miguel está veinte y cinco leguas, dentro en tierra, apartado de la mar, y que las doce de ellas es todo arenales y aún casi todo lo demás; y que se aparto aquella población por llegarse a la sierra al fresco y donde hay verduras; pero que comúnmente toda la tierra es estéril, aunque se puede regar lo de los llanos, y que se riega, porque en ellos nunca llueve. Y por lo alto de las sierras vienen las aguas por acequias hechas a mano, de uno y dos estados de hondo, y más y menos, y de ocho y diez pies de ancho, y algo más o menos en partes y por lugares o puertas señaladas, abren el agua para regar lo bajo a los consejos o comunidades en tiempos diputados, y repártelas según tienen heredadas, y después, entre el año cada uno toma el agua que quiere y a menester, y no más, y en este caso muchos testigos de vista he visto conformes; y aún algunos dicen que la labor de estas acequias, considerando donde están, es un edificio para un muy poderoso y rico príncipe.

Decíame este piloto que el Gobernador Francisco Pizarro hacía un asiento en ciudad de los Reyes, que los indios llamaban Lima, y que se les dio ese nombre porque en día de la Epifanía o de los Reyes se principió su vecindad de los en ella. Y que los naturales de la tierra van los hombres vestidos con camisetas sin mangas y hasta medio muslo, y las mujeres con camisas largas hasta en pie, y muy anchas, y sin mangas, y a manera de alba se las ciñen, y así andan. Y traen los cabellos cortados, comúnmente, ellos y ellas en general, excepto los señores y hombres principales y mujeres de los tales, que traen lenguas los cabellos.

Dice este piloto que en aquella ciudad de Lima está a diez grados de la otra parte de la línea equinoccial, a la parte del polo antártico.

Los heredamientos de sus haciendas cércanlos de tapias muy buenas, y las arenas, en montes que hay de ellas, están a cuatro o cinco leguas de la mar; desde San Miguel adelante.

Hay una hierba que enrama las paredes y huertos, fresca y de muy lindas flores, y tienen en los huertos, y las hojas de ella saben y son el gusto y olor como verdaderas alcaparras; pero la tierra es tal que no hay hierva donde no hay agua.

Hay raposos grandes o zorros, como en España, y bien armados de dientes, y de la misma color y pelo.

Hay unos animales del tamaño de ciervos de uña hendida, y en todo y por todo son como ciervos, salvo que el pelo es áspero y espeso mucho, y no tienen cuernos, ni los comen los indios; y son a la manera de los animales que llaman en Italia mufros, y andan en grandes manadas de cinco a seis mil y más o menos juntos.

Hay anones muy buenos como los de Nicaragua y de estas islas.

Hay un árbol que hace una fruta de dos y de tres palmas de luengo, y gruesa como poco menos que la muñeca, y tiene dentro el comer de ella, a manera de una pasta muy dulce y zumosa; y tiene cuescos a trechos, que quieren parecer a habas verdes, y entre cuesco y cuesco hay un buen bocado de manjar o fruto. Llamase este árbol caoba y es árbol grande y grueso, y de recia madera, y la hoja de él es casi como de serbal.

Hay unos árboles grandes que llevan ciruelas, todas de cada dos cuescos, y cómense aunque no son de muy buen sabor, y la carnosidad de ellas se pega a los dientes, y el vino sabe muy mal si lo deben tras esta fruta.

Hay perales grandes de aquellas peras de la Tierra Firme que nunca maduran en el árbol, sino después de cogidas.

Hay guayabos muy buenos y de muy buenas guayabas y grandes.

Hay así mucho y de muchas maneras, así colorado como verde y amarillo, y redondo y luengo y menudo, y de todas las otras maneras que se halla en estas partes.

Hay cerrajas, verdolagas, maní, apio, y muy bueno, mucha yuca de la que no mata, que llaman boniata, y no hay de esto otra que mata; ajíes, maíz, y aquella hierba que llaman lingua canina o lengua de perro; artemisa muy buena verbena, y muchas otras.

Unas raíces hay tan gruesas como el brazo, y más o menos, muy semejantes en el sabor y olor y color a las zanahorias, salvo que no tienen aquella médula o tallo de en medio duro, como la zanahoria, sino todo es fruto o raíz, se come muy bien.

Hay unos árboles que son grandes y hermosos, y llevan un a fruta que quiere parecer mucho a los que en Tierra Firme llamaban membrillos, y así el cuesco dividido en tres y en cuatro partes y de buen sabor; y lo que se come de esta fruta, es muy bueno es sano manjar, y el árbol se llama hicomas.

Hay otra fruta que es como nabos, grandes y gruesos como la pantorrilla, menos y más algunos, y son como agua, dulces, y la carnosidad como los nabos; pero luego se deshacen en la boca. Es como agua, y llamase chicomas; de fuera, sobre la haz de la tierra, echa ramas tendidas como hiervas, y quiere parecer esta planta a la de los ajíes.

Para coger la plata, que hay mucha, hacen en la sierra, cinco o seis leguas de San Miguel, unas cavas; y dizque han hecho un trecho de cava, hacen un hoyo ancho al cabo, y pegan fuego a la cava (o tranchea) y derrítese el metal y va a parar en el hoyo, en donde se recoge en mucha cantidad la plata, y después se refina, y sacan de un quintal de aquel metal, cuatro marcos y más de muy buena plata. Pero es muy dificultoso de sacar, porque no hay leña en la sierra y se ha de llevar a cuestas allá desde lo llano; y la leña que llevan es de aquellos garrobos que se dijo de suso, la cual es muy buena y recia madera.

Todo lo que está dicho en este capítulo hasta aquí, es del dicho piloto Pedro Corzo, y de otros que en muchas cosas de las susodichas me dijeron lo mismo.



GONZALO FERNÁNDEZ DE OVIEDO Y JOAN CABEZAS

El piloto Joan Cabezas resulta de excepcional trascendencia como principal informante inicial sobre las cosas del Perú, ante Gonzalo Fernández de Oviedo, Cronista de Indias de Carlos V y Alcaide, en esos años de la conquista, en la Fortaleza de Santo Domingo.

¿Y quién fue ese Joan Cabezas? Poco es lo que sabemos de él; y todo por la crónica de Oviedo, quien lo califica de “buen marinero” y de “hombre muy cursado de Indias”. Era asturiano, llamado también Pedro de Grado, quizá de borroso origen hebreo. Navegó mucho por la costa de América y fue compañero de Pizarro y de Almagro desde los momentos primeros de Conquista del Imperio de los Incas. Cabezas además descubrió una buena parte de la costa peruana, desde Chincha (lugar extremo al cual llegó el piloto Bartolomé Ruiz) hasta una región litoral entonces llamada Cashas, unas veinticinco leguas al sur, donde vivía un gran señor de quince mil vasallos, sujeto al imperio . Fue el principal informante inicial de Oviedo en lo tocante a las cosas de la costa del Perú y concretamente -en nuestro caso- sobre lo que se conoce hoy como Lambayeque. Cabezas cruzó “muchas veces” la línea equinoccial y sabía medir los grados geográficos. En Santo Domingo. Pacientemente, Oviedo anotó en los borradores de su crónica cuando escuchaba al experimentado piloto y más tarde lo incluyó en su obra, hacia 1537.

Veamos todo lo que Cabezas contó sobre Lambayeque y las tierras al sur de la Isla de la Puna.

“Los indios tienen el traje que en la isla de la Puna : el cabello cortado; camisetas y pañicos. Y las mujeres unos hábitos hasta los pies, ceñidos que parecen frailes, casi como si tomasen una saca grande y le abriesen los cogujones para sacar los brazos, y por medio sacasen la cabeza; y afuera de esta tierra de Tumbes visiten y andan en treinta leguas alrededor, hacia la parte de la sierra.

En quinientas leguas adelante, hacia el sur, no llueve, ni truena, ni relampaguea, ni hay frío ni calor demasiado, y esto se extiende toda la costa de la mar y veinte leguas en ancho hacia la sierra. Y va la tierra poblada de esta manera. Que a jornada y a dos jornadas hay ríos que descienden de la sierra, y todos esos ríos están muy poblados, que los valles de ellos son muchos y muy viciosos, y producen muchas frutas de las ya dichas. Con el agua de esos ríos riegan las tierras, y coben muchos maíces, ajos yuca, habas, fésoles, y unos pepinos buenos mucho y de suave gusto. Todos los árboles que nacen en aquellos valles de estos ríos son por la mayor parte, espinos y producen una fruta que los españoles lo llamaban garroba, porque tiene aquel sabor, y son de hechura de unas vainas de fésoles. Fuera de estos valles hay ríos, es toda la tierra arenales; y lo que es sierra, son peñas con desnudos de hierba, que como nunca llueve, no produce la tierra cosa viva allí.

Las monterías y caza y aves salvajes que hay son venados, leones, gatos, zorras, perdices, tórtolas en los valles; todo esto al propio como lo de Castilla. Hay gallinas de aquellas grandes negras y bellacas de las de Castilla del Oro. Hay unas grandes aves, que las llaman los españoles buitres, que tienen catorce palmos de vuelo, abiertas y tendida las alas, de punta a punta del ala; y aquesta andan a la costa, y se mantienen de lobos marinos, que hay muchos en toda la costa, y mantanlos cuando salen en tierra, que cargan cuatro o cinco buitres de un lobo, por grande que sea, y quiebran los ojos a picadas, y así lo matan. Hay otras aves en la mar tan grandes como patos, que tienen las alas de cuero, sin pluma ninguna, y vuelan poquito. En toda la tierra hay patos, corís, y muchos ganados de ovejas; porque desde Tumbes hacia el Sur para adelante, se hallan las ovejas: que allí para atrás ni debajo de la línea no las hay en toda aquella tierra o quinientas leguas que es dicho. Hay en cada provincia, una lengua y casi un traje; esto, por los llanos y costa de la mar.

“Porque se ha dicho que en aquella tierra de los llanos no tienen casas, entiéndese donde no llueve, que en las sierras, muy hermosas casas tienen, cubiertas con esparto, que es la mejor manera del mundo para cubrir (código para hierba), porque nunca se pudre. La razón que echan en la sierra o las casas, son unas varas muy derechas que crían y siembran para este efecto (como en Vizcaya los frenos para astas de lanzas); y aunque se diga esa generalidad de sierra, no se ha de entender que es todo de tierra áspera, porque en ella hay muy buenos llanos y valles.

Las balsas que usan en aquellas partes, en lugar de navíos, desde el río de la Chira hacia la parte austral, son de juncos.

La gente de la sierra comen muchas veces la carne cruda; especialmente cuando se hallan en parte donde no puede haber fuego, no se dan mucho por él. Y también la comen muchas veces cruda en los llanos en la costa de la mar. Y el pescado lo comen así mismo crudo muchas veces.

En toda la tierra, desde que pasan de la línea equinoccial hacia el Sur, hay grandes salinas, en algunas partes, que duran una legua, que es toda la sierra y las piedras salinas.

Desde que pasan de Puerto Viejo adelante al Sur, no comen pan en toda la tierra, sino maíz cocido o pescado”.

“En otras ochenta o noventa leguas que hay desde aquel río hasta la villa de Trujillo, hay otras lenguas que llaman Mochicas, y las mujeres se visten como las de Tumbes, y los indios camisetas y pañicos, y en las cabezas unas madejas de lana hilada colorada y muy fina, una vuelta dada a la cabeza, y echado su barbiquejo; y traen todos unas mantas por capas, porque tienen por afrenta andar sin ellas, y los señores se sirven de mucho arte. Tienen sus pajes y sus oficiales y cocineros, todos hombres, no mujeres; andan en hamacas. Si no es la lengua, todo lo demás, en traje, en servicio, en sacrificios y ceremonias todos acuerdan en una cosa.

En aquellos llanos, como es dicho, en quinientas leguas, tienen los templos en alto puestos, y los ídolos que tienen de piedra; llamaban Guatan y lo mismo llaman a un remolino que ven de viento en polvo, aunque otros ídolos tienen en sus templos, de palo, hechos a manera o figura con sus mitras. A estos templos ofrecen oro, plata y ropa. Los sacerdotes de ellos andan vestidos de blanco, y no se echan con mujer, y viven castos (según ellos dicen); no comen ají ni sal. Cuando se juntan a hacer sacrificios de ganados o de indios, todos los que suben al templo, van vestidos de blanco, con muchos atabales y bocinas de caracoles grandes. Tienen trompetas de mala gracia y doloroso oír, y de grandes alaridos de mucho dolor. Sacan el corazón en vida a aquellos que sacrifican, que casi vivo el corazón o palpitando lo ofrecen al ídolo con la sangre.

Cuando se entierran, en especial los señores, es en unas bóvedas muy grandes, revueltos en toda su ropa y colchones y cuanto tienen, y todo su oro y plata meten allí con ellos, y a sus mujeres y pajes, y a los criados que más quisieron en su vida, vivos. Y poneles encima de la sepultura su imagen (ya dicha) de palo. (Después los españoles han desenterrado muchos para sacarles el oro). Y en aquel tiempo acuden allí los sacerdotes de los tiempos y más ancianos de los pueblos a estorbar que no aparten hueso de hueso, porque dicen que han de tornar a juntarse, y que han de vivir (y en esto dicen verdad, y será cuando el final juicio). Echanles sobre la sepultura chicha, y dicen que les dan a beber; en fin ellos tienen claramente que aunque muere el cuerpo, que no muere el ánima.

Aunque de algunos de estos animales y aves y pescados y otras cosas se ha hecho relación en otras partes de esta historia y tierras, de quien este libro XLVI trata, quiero decir aquí lo que oí a un hidalgo, hombre de crédito, y al mismo piloto Joan Cabezas juntamente, que lo habían visto. Ciervos hay muchos; ovejas muchas de aquellas grandes, salvajes y domesticas; conejos perfectos como los de España, excepto en las colas, que son lenguas como de ratón; adives, que son ciertos animales tan grandes como perros gozques, y aun como podencos, y de la color son son como raposos; raposos como los de España; muchos perros mudos como los xulos de Nicaragua; tigres, alias ochíes; leones bermejos y rasos; como los de España en las casas, y tenenlos en muchos los indios. Pescados muchos en muchas maneras que no los hay en España; pero como los de allá, hay muchas sardinas y más que en Castilla, cazones, corvinas, lenguados, acedías, pargos, mero, cabras, atunes, muchos dorados, toninas, bogas, salmonetes, rayas, calamares, xaibas, cangrejos, mujillones, percebes, otras; y algunas perlas, pero pocas se han visto y no dejo de creer que las hay. Lobos marinos, innumerables tiburones, camarones muchos y buenos, de mar y de río, caballas en mucha abundancia. Perdices, tórtolas, palomas torcaces y zoritas, gorriones naturales, patos muchos, papagayos de muchas suertes y de los pardos, garzas reales, muchas garzotas, cercetas, pajaritos moscas de muchos y muy lindos y diversos plumajes. Alcarabanes, y creían en cuevas sobre la tierra, aviones, golondrinas, cencejos, milanos, muchos halcones, y aves de rapiña muchas y diversas maneras y ralcas, y esmerejones muchos, y gavilanes azores. Maíz mucho; ajíes; yuca hay poca, pero esa que hay es de la boniata, que se come asada y cocida; melones sestoris de los grandes y medianos. Guayabas, guabas, que es una fruta tan gruesa como bellotas, y pasambas y es buena fruta, y los árboles en que nace son grandes; hobos, amero, los cristianos pepinos, puesto que son así prolongados, y tienen unos trechos o división y tres o cuatro rayas entre hueco y hueco, y las pepitas menudas y ponenlos de rama; y la hoja es como de berenjena, algo menor, y huelen tan bien o mejor que las piñas de aliso, cedro de lo de estas Indias, nabos naturales de la sierra. Las que llaman aquetas partes, y el sabor es muy suave y delicado, y no hace daño aunque coman muchos; chicoria, berros, cerras, ají mucho, bixa, xagua.

En aquella tierra, en especial en los llanos de la costa, hay hombres muy viejos, de más de cien años muchos de ellos, y no se acuerdan de haber visto llover.

El vino que tienen es de maíz, y se sostiene un año y dos y más en tinajas de veinte arrobas y de treinta, de allí para abajo, y enterradas y borradas; pero comenzándola, hánla de beber y acabar; si hacese vinagre”.



LOS ANTIGUOS LAMBAYEQUES EN FRANCISCO DE JEREZ

Uno de los más importantes testimonios sobre los antiguos lambayeques es el que dejó Francisco López de Jerez, cronista y secretario de Francisco Pizarro. En el alto efectuado en Motupe, por varios días, este conquistador se dedicó a observar el medio que lo rodeaba; y en ese lapso: “vio alguna parte de la población desde cacique, que pareció tener mucha en un valle abundoso. Todos los pueblos, que hay de allí hasta el pueblo de San Miguel están en valles, y asimismo todos aquellos de que se tienen noticia que hay hasta el pie de la sierra y que está cerca de Cajamarca. Por este camino toda la gente tiene una misma manera de vivir: las mujeres visten una ropa larga que se arrastra por el suelo, como habito de mujeres de Castilla; los hombres traen unas camisas cortadas; es gente sucia, comen carne y pescado, todo crudo; el maíz comen cocido y tostado; tienen otras suciedades de sacrificios y mezquitas, a las cuales tienen en veneración; todo lo mejor de sus haciendas ofrecen en ellas. Sacrifican cada mes a sus propios hijos, y con la sangre de ellos, untan las caras a los ídolos y las puertas a las mezquitas, y echan de ella encima de las sepulturas de los muertos; y los mismos de quien hacen sacrificio se dan de voluntad a la muerte, riendo y bailando y cantando, y ellos la piden después que están hartos de beber, antes que les corten las cabezas; también sacrifican ovejas. Las mezquitas son diferenciadas de las otras casas, cercadas de piedra y de tapia, muy bien labradas, asentadas en lo más alto de los pueblos; en Tumbes y estas poblaciones usan un traje y tienen los mismos sacrificios. Siembran de regadío en las vegas de los ríos repartiendo las aguas en acequias; cogen mucho maíz y otras semillas y raíces, que comen; en esta tierra llueve poco”.

Otras referencias nos hablan de la mucha bravura de los Puchius, pueblo situado al interior de Lambayeque.

En general, la nota de Jerez es valiosa porque permite apreciar la diversidad de costumbres que existía en el Imperio de los Incas y como aún subsistían -sobre todo en el rito de la sati- cierta forma de sacrificios humanos. Jerez, quien fue secretario de Francisco Pizarro, trasunta en toda su obra escasa simpatía por los indios pero su obra escrita es importante por ser uno de los pocos testigos presenciales de la agonía del Imperio del Cuzco.



LOS LAMBAYECANOS EN RUIZ DE ARCE

Uno de los compañeros de Francisco Pizarro en los primeros días de la conquista Española fue Juan Ruiz de Arce. Joven y Señor muy inquieto, Ruiz no sólo fue soldado de vanguardia en todas las batallas contra los incas, sino un buen escritor. Regresó a España muy pronto -mediados de 1534- y allá escribió un sabroso relato sobre sus peripecias en las Indias. Van aquí los párrafos sobre la tierra de los lambayeques y destacamos la prohibición formulada contra ellos por Huiana Capa para que no se portasen nunca armas; y también el mandato de suprimir los sacrificios humanos, por lo menos -así se cree- en sus formas más rudas; petición que no siempre habría sido aceptada por los bravíos aristócratas de estas comarcas costeñas tardíamente asimiladas al Imperio Incaico.

“Será de esta gente doscientas cincuenta leguas de largo de travesía, por lo más ancho será diez leguas desde la mar hasta la sierra. En toda esta tierra no llueve; viven de riego. Tratan mucho por la mar. Y, la tierra adentro, sirvense de las ovejas; echanles cargas hasta peso de dos arrobas. En toda aquella tierra no traen armas; son defendidas por mandato del Señor que manda la tierra. Solían en tiempo antiguo hacer sus sacrificios de personas; viviendo conquistando aquella tierra Guainacaba, después que los conquisto, los mando que no sacrificasen ovejas, y así las sacrificaban.

Esta tierra es de mucha fruta. Hay oro y plata en cantidad. Es gente que se huelga mucho; hay truhanes que viven de ello”.



LAS COSTUMBRES YUNGAS EN CIEZA LEÓN

En su señorío de los Incas Yupamquis, Cieza de León nos expresa lo siguiente:

“Estos Yungas son muy regalados y los señores viciosos y amigos de regocijos, andaban a hombros de sus vasallos, tenían muchas mujeres, eran ricos de oro y plata, piedras, ropa y ganados. En aquellos tiempos servianse con pompa; delante de ellos iban truhanes y decidores; en sus casas tenían porteros; usaban de muchas religiones. De ellos de voluntad se ofrecieron al Inca y otros se pusieron en armas contra él, más al fin, él quedó por soberano Señor de ellos todos y monarca. No les quito sus libertades ni costumbres viejas, con que usasen de las suyas, que de fuerza o de grado se habían de guardar. Quedaron indios dietros que les impusieran en lo que el rey quería que supiesen, y en aprender la lengua general tuvieran cuidado grande. Pusieronse mitimaes y, por los caminos, postas; cada valle tributaba moderadamente lo que dar de tributo podían”. (Señorío, II, 590).

En su primera parte o Crónica General había ya relatado que “los señores naturales de ellos fueron muy temidos antiguamente y obedecidos por sus súbditos, y se servían con gran aparato, según su usanza, trayendo consigo indios truhanes y bailadores, que siempre los estaban festejando y otros con tino, tañían y cantaban. Tenían muchas mujeres, procurando que fuesen las más hermosas que se pudiesen hallar y cada señor, en su valle, tenía sus aposentos grandes, con muchos pilares de adobes y grandes terrados y otros portales, cubiertos con esteras, y en el circuito de esta casa había una plaza grande donde se hacían sus bailes y areitos; y cuando el señor comía se juntaba con gran número de gente, los cuales bebían de su brebaje, hecho de maíz o de otras raíces. En estos aposentos estaban porteros que tenían cargo de guardar las puertas y ver quién entraba o salía por ellas, todos andaban vestidos con sus camisetas de algodón y mantas largas, y las mujeres lo mismo, salvo que la vestimenta de la mujer era grande y ancha a manera de capuz abierta por los lados, por donde sacaban los brazos. Algunos de ellos tenías guerra unos con otros, y en partes nunca pudieron los más de ellos aprender la lengua del Cuzco. Aunque hubo tres o cuatro linajes de generaciones de estos yungas, todos ellos tenían unos ritos y usaban unas costumbres gastaban muchos días y noches en sus banquetes y bebidas; y cierta cosa es grande la cantidad de vino o chicha que estos indios beben, pues nunca dejan de tener el vaso en la mano. Solían hospedar y tratar muy bien a los españoles que pasaban por sus aposentos, y recibirlos honradamente.

En alguna otra parte de sus obras, Cieza nos cuenta igualmente que eran muy veloces los cargueros yungas “y cuando llevan cargas encima de sus hombros se desnudan en carnes sin dejar en sus cuerpos si no es una pequeña manta del largo de un palmo y de menos ancho con que cubren sus vergüenzas...y van corriendo con las cargas”. Elogia asimismo la laboriosidad agrícola de los lambayeques y dirá del pueblo costeño lo que sigue “todos estos indios yungas son grandes trabajadores” (Parte de la Crónica General del Perú).



LA AGRICULTURA SEGÚN CRISTÓBAL DE MOLINA

Uno de los mejores informantes sobre el Antiguo Perú es Cristóbal de Molina, apelado tradicionalmente “el Almagrista”, sólo para diferenciarlo de su homónimo el llamado Cusqueño. Pues bien, ese sacerdote, que recorrió gran parte del Perú en los tiempos iniciales de la conquista, nos dejo, entre mil otros datos, una breve descripción de la agricultura costeña, con clara alusión a las magnificas obras de ingeniería de los antiguos lambayeques.

Así mientras acompañaba a Almagro en sus andanzas por el imperio de los incas Molina tuvo tiempo para decir que en el litoral de los valles tenían “grandes, abundosos de riquezas de oro, plata, ropa y ganados, algodonales y hermosas labranzas, todas por sus acequias hechas a mano, que cada valle parecía un jardín muy hermoso y muy bien trazado, donde jamás, a dicho de los naturales, el agua del cielo mojó porque no llueve en esta tierra de los llanos ni la de la tierra le faltó, porque en cada valle hay un río perennal que nunca le falta agua; y a donde no le hay sus manantiales con que riegan sus tierras y huertas y otras maneras, nunca oídas, con que siembran sus semillas y maíz, como es en algunas partes de esta costa, donde porque no tiene agua ni les llueve, pescan una sardinilla como anchoas, hechas sus labranzas, en cada sardina que entierran en la heredada, echan dos o tres granos de maíz, y nace muy gentil maíz y hacen muchas sementeras y buenas, tres o cuatro veces al año”.

LOA CAMINOS DEL INCA EN LAMBAYEQUE

La mejor versión sobre los espléndidos caminos en el litoral norte nos la da Cieza de León, el incomparable descritor de todas las cosas del viejo Perú:

“Huainacapa y Tupainca Yupamqui, su padre, fueron a lo que los indios dicen, los que bajaron por toda la costa, visitando los valles y provincias de los yungas, aunque también cuentan algunos de ellos que el Inca Yupamqui, abuelo de Huainacapa y padre de Tupainca, fue el, primero que vio la costa y anduvo por llanos de ella; y en estos valles y la costa los caciques y principales, por su mandado hicieron un camino tan ancho como quince pies, por una parte de él iba pared mayor que un estado bien fuerte; todo el espacio de este camino iba limpio y echado por debajo de arboledas, y estos árboles por muchas partes caían sobre el camino ramos de ellos llenos de frutas, y por todas las florestas andaban en las arboledas muchos géneros de pájaros y papagayos y otras aves; en cada uno de estos valles había para los incas aposentos grandes y muy principales, y depósitos para proveimientos de la gente de guerra, porque fueron tan temidos que osaban dejar de tener proveimiento; y si faltaba alguna cosa se hacía castigo grande, y por el consiguiente, si algunos de los que con él iban de una parte a otra era osado de entrar en las sementeras o casas de los indios, aunque el daño que hiciese no fuese mucho, mandaba que fuese muerto. Por ese camino duraban las paredes que iban por una y otra de él hasta que los indios, con la muchedumbre de arena, no podían armar cimientos; desde donde para que no errase y se conociese la grandeza del que aquello mandaba, hincaban largos y cumplidos palos, a la manera de vigas, de trecho a trecho; y así como se tenía cuidado de limpiar los valles, el camino de renovar las paredes si se arruinaban y gastaban, lo tenían en mira si algún horcón o palo largo de los que estaban en los arenales se caía con el viento, de tornarlo a poner; de manera que este camino cierto fue gran cosa, aun que no tan trabajoso como el de la sierra. Algunas fortalezas y templos del sol había en estos valles, como iré declarando en su lugar; y porque en muchas partes de esta obra he de nombrar incas y también yungas”.



LA INGENIERIA HIDRÁULICA

El famoso piloto español Pedro Corzo. Hombre de los tiempos de Pizarros y Almagros, fue tal vez el primero en reparar en las excelencias de los canales de los lambayeques. El cronista Oviedo, recogiendo el testimonio de sus labios, habría de escribir:

“...Vienen las aguas por acequias hechas a mano, de uno o dos estados os de hondo más o menos y de ocho y diez pies en ancho y algo más y menos en partes; y por lugares o puertas señaladas abren el agua para regarlo bajo a los de los consejos o comunidades en tiempos diputados o repartenlas según tienen las heredades y después entre el año cada uno toma el agua que quiere y ha menester y no más... estas acequias considerando donde están es un edificio para un muy poderoso y rico príncipe”.

Un estado era la medida de un metro sesenta más o menos; un pie tiene 28cms. Diputado equivale a señalado en el lenguaje de la época; y el edificio está aquí en su antiguo sentido de construcción, obra. En tal sentido, las acequias son edificios.

Cieza de León, al pasar por esas comarcas hacia 1547; habría de darnos una magnifica reseña de las obras hidráulicas yungas de esta comarca.

“Y como los ríos bajan de la sierra por estos llanos, y algunos de los valles son anchos, y todos se siembran o solían sembrarse cuando estaban más poblados, sacaban acequias en cabos y por partes, que es cosa extraña afirmarlo, porque las echaban por lugares altos y bajos, y por laderas de los cabezos y faldas de sierras que están en los valles, y por ellos mismos atraviesan muchas, unas por una parte y otras por otra, que es gran delectación caminar por aquellos valles, porque parece que se anda entre huertas y florestas llenas de frescuras. Tenían los indios, y aún tienen, muy gran cuenta de esto de sacar el agua y echarla por estas acequias; y algunas veces me ha acaecido a mí para junto a una acequia, y sin haber acabado de poner la tienda, estar la acequia seca y haber echado el agua por otra parte. Porque como los ríos no se sequen, es en manos de estos indios echar el agua por los lugares que quiere. Y están siempre estas acequias muy verdes, y hay en ellas mucha hierba de grama para caballos, y por los árboles y florestas andan muchos pájaros de diversas maneras, y gran cantidad de palomas, tórtolas, pavas, faisanes, algunas perdices y muchos venados.

Costa mala, ni serpientes, culebras, lobos, no los hay; y lo que más se ve es algunas raposas, tan engañosas, que aunque haya gran cuidado en guardar las cosas, a donde quiera que se aposenten españoles o indios han de hurtar, y cuando no hallan qué, se llevan los látigos de los cinchas de los caballos o las riendas de los frenos”.

Narra asimismo el príncipe de los cronistas que el “hermoso y fresco valle de Jayanca tiene de ancho casi cuatro leguas; pasa por él un lindo río Collique “los naturales de él se dan tan buena maña a sacar acequias, que aunque sea invierno en la sierra, algunas veces dejan la madre y corriente descubierta”; esto es secas, sin agua.



LA ASOMBROSA FERTILIDAD DE LOS VALLES LAMBAYECANOS

Al los españoles extraño mucho el que floreciesen tantas plantas en medio de los desiertos; atrajo su inetrés el que, desafiando la arena, los “lambayeques” consiguieran tan óptimos frutos.

Un español que alcanzó a conocer a Atahualpa, narraría al cronista Oviedo, allá por 1533, varias cosas del Perú y en especial de la costa norte. Diego de Molina dijo que en este litoral incaico había ajíes, guayabas, pepinos, pescados, patos, ciervos, aves de mar, pacaes, paltas, llamas, etc. Otros informantes, los pilotos Pedro Corzo y Joan Cabezas, por esos años, contarán también que había cóndores hasta en el mar y también cuyes, tigres, raposas y otros animales más.

Joan Cabezas no sólo brinda ese dato de los cóndores (confirmado después en otras relaciones) sino que -como vimos anteriormente- nos indica asimismo la existencia de perros en la costa norte, “mundos como los xulos de Nicaragua”.

Por su lado, Cieza de León, recorriendo las zonas de la costas norte peruana, anotó los siguientes datos recogidos en la mitad de la década de 1540:

“Digo, que toda la tierra de los valles a donde no llega la arena hasta donde toman las arboledas de ellos, es una de las más fértiles tierras y abundantes del mundo, y la más gruesa para sembrar todo lo que quisieren, y a donde con poco trabajo se puede cultivar y aderezar. Ya he dicho como no llueve en ellos y como el agua que tienen es de riego de los ríos que bajan de las sierras, hasta ir a dar a la mar del sur. Por estos valles siembran los indios el maíz, y lo cogen en el año dos veces, y se da en abundancia; y en algunas partes ponen raíces de yuca que son provechosas para hacer pan y brebaje a falta de maíz, y crianse muchas batatas dulces, que el sabor de ellas es casi como de castañas; y así mismo hay algunas papas y muchos frijoles y otras raíces gustosas. Por todos los valles de estos llanos hay también una de las singulares flores que yo he visto, a la cual llaman papas de muy buen sabor y muy olorosos algunos de ellos. Nacen asimismo gran cantidad de árboles de guayabas, de muchas guabas y paltas, que son a manera de peras, guanábanas carmitos y piñas de las de aquellas partes”.

Hablando luego de Motupe, el mismo Cieza de León nos dice: “Este valle es ancho y muy fértil, y no embargante que también baja de la sierra un río razonable a dar en él, se esconde antes de llegar a la mar. Los algarrobos y otros árboles se extienden gran trecho, causado de la humedad que hallan bajo sus raíces”. Y aunque en lo más bajo del valle hay pueblos de indios, se mantienen del agua que sacan de pozos hondos que hacen, y unos y otros tienen su contratación dando unas cosas por otras, porque no usan de monedas ni se ha hallado cuño de ella en estas partes”.

Otra referencia útil para conocer el grado de la agricultura lambayecana del siglo XVI pre-hispánico la de el Cronista Mayor de los Incas Antonio de Herrera; dice que era “muy buen tierra” (Década V, Libro Y, cap. 3ero.



LA VISIÓN DE LAMBAYEQUE EN LIZARRAGA

Fray Reginaldo de Lizárraga, dominico, fue uno de los mejores descriptores del Perú del primer siglo colonial. Aunque nacido en España, vino casi niño a las Indias; y cerca de 1570 pasó por tierras lambayecanas, a las cuales quizá volvió más de una vez por radicar su familia en Quito. De su paso por diversos lugares de América dejó su “Descripción Breve del Perú”, donde se percibe su cultura criolla más que española, con prejuicios propios del nuevo grupo asentado en el país. Frente a los indios es más despectivo que otros informantes de aquel tiempo, aunque a su favor cabría remarcar la postración en que se hallaban los nativos a causa de la operación colonial y también el españolamiento descarado de muchos de ellos sobre todo de los caciques; y deja también de lado por completo la casi criminal explotación a la cual fueron sujetos por parte de españoles, criollos, negros y hasta por los propios caciques; y deja también de lado las enfermedades europeas que arrasaron con buena parte de la población aborigen. Pero esto a parte, su relación es de la más rica en torno a ese Lambayeque inscrito ya en la vida colonial peruana.



CAPITULO XI

(Del valle de Jayanca)

De aquí se camina la tierra adentro a 12, 10 y menos leguas de la costa del mar hasta la ciudad de Trujillo, que son 80 leguas tiradas, en cuyo camino hay un despoblado de 12 leguas y más sin agua hasta el valle de Jayanca; éste es muy fértil y de muchos indios, y el señor de él, indio muy españolador; vístese como nosotros; sírvese de españoles, con su vasija de plata; es rico y de buenas costumbres.

El valle es tan abundante de mosquitos, zancudos, cantores, y de los rodadores, que es como milagro poderlos sufrir los indios ni los españoles; yo he caminado veces por los llanos y aunque en todos los valles hay mosquitos, no tantos como en éste.

CAPITULO XII

(De los Llanos)

Y para que entienda qué llamamos Llanos y Sierra, adviértase que desde este valle Jayanca, y aún más abajo, desde Tumbes, aunque allí alcanzan (como dijimos) algunos aguaceros hasta Copiapo, que es el primer valle del distrito del reino de Chile, a lo menos desde el valle de Santa hasta Copiapo no llueve jamás, ni se acuerdan los habitantes de ellos haber llovido. Todo el camino, 10 leguas en algunas partes, en otras ocho en otras seis y cuatro leguas en otras, hasta la costa del mar, es arena muerta, aunque hay pedazos de arena o tierra fija en algunas partes y a trechos. Entre estos arenales proveyó Dios Valles anchos, unos más que otros, por los cuales corren ríos mayores o menores, conforme a como tienen más cercana, o vienen de más adentro de la sierra, su nacimiento, la tierra de todos estos valles es de buen migajón, la cual regada con las acequias que los naturales tienen sacadas para regalarlos, es abundantísima de todo género de comidas, así suya como nuestra; cógese mucho maíz, trigo, cebada, frijoles, pepinos, etcétera, tienen muchas huertas con mucho membrillo, manzana, camuesa, naranjas, limas, olivos que llevan mucha y muy buena aceituna, la grande mejor que la Córdoba , porque tiene más que comer; en muchos de ellos da vino muy bueno, y la caña dulce se cría mucha y gruesa, por lo cual son cómodas para ingenios de azúcar, en muchos de los cuales los hay, como en su lugar diremos. Extendiese estos Llanos que llamamos (aunque hay grandes médanos de arena) desde el Puerto de Paita hasta el valle que dijimos de Copiapo, por más de 700 leguas o poco menos, siguiendo la costa, sin que en ellas llueva; pero desde mayo comienza unas garúas, llamadas así por los marineros, que duran hasta octubre; son unas nieblas espesas, que mojan un poco la tierra, más no son poderosas a hacerla fructificar son con todo eso necesarias para las sementeras, porque las defiende de cuando está en berza de los grandes calores del; con estas garúas en los cerros y médanos de arena se creía mucha hierba y flores olorosas, las cuales son admirable pasto para el ganado vacuno y yeguas; pero tiene un contrapeso grande, porque no falta cada cosa su alguacil cuando estas garúas son muchas criase gran cantidad de ratones entre estas hierbas, y venido el verano, como se sequen y no tengan qué comer, descienden ejércitos de ellos a buscar comida a los valles, viñas y heredades, comense hasta las cáscaras de árboles; esta plaga es irremediable.

El aire que corre por estos arenales es sur, algunas temporadas muy recio, y es cosa de ver que remolina en estos cerros de arena y levantando la arena la transporta a otro lugar, y ha sucedido estar durmiendo en estos arenales (porque por ellos va el camino) el pasajero, y viniendo un remolino de éstos caer sobre el pobre viajante y quedarse allí enterrado en la arena. Fuera de la abundancia que los valles tienen de mieses, son abundantes de árboles frutales, como son guayabas; paltas, plátanos, melones, ciruelas de la tierra y otras frutas, mucho algarrobal; con la fruta de los árboles engorden los ganados abundantísimamente, haciendo la carne muy sabrosa; pero hay en algunas partes unos algarrobos parados por el suelo, que llevan una algarrobilla, la cual, comida de los caballos o yeguas luego dan con la crin y cerdas de la cola en el suelo, porque en el valle de Santa hay más que en otros valles, se llama la algarrobilla de Santa, de donde, cuando algún hombre por enfermedad se pela, le dicen haber comido la algarrobilla de Santa. El rey de esta tierra, a quién comúnmente llamamos Inca, para que estos arenales se perdiesen los caminantes y se atinase con el camino, tenía puestas de trecho unas vigas grandes hincadas muy adentro en la arena, por las cuales se gobernaban los pasajeros. Ya esto se ha perdido por el descuido de corregidores de los distritos, por lo cual es necesaria guía.

Entrando en el valle, por una parte barro de mampuesto, de un estado y por otra iba el camino Real entre dos paredes, a manera de tapias hechas de alto, derecho como una vira, porque los caminantes no entrasen a hacer daño a las sementeras, ni cogiesen una mazorca de maíz ni una guayaba, so pena de la vida, que luego se ejecutaba.

Estas paredes están por muchas partes ya derribadas, y los caminos no en pocas partes van por detrás de las paredes; en tiempo del Inca no se consintiera. Por los arenales ya dijimos no se puede caminar sin guía, y lo más del año se ha de caminar de noche por los grandes calores del sol; los guías indios son tan diestros en no perder el camino, de día ni de noche, que parece cosa increíble.

Lo que llamamos y es sierra son cerros muy altos, muchos de los cuales, por su altura, aunque están en la misma línea equinoccial, como es Quito y mucha parte de aquel distrito, y desde allí a Potosí, que son 600 leguas, incluidas entre el trópico de Capricornio, porque Potosí está en 20 grados, es muy frío siempre y no pocas las sierras llenas de nieve todo el año, y otros lugares, por el frío, inhabitables; lo cual los antiguos filósofos tuvieron por inhabitable, respecto del mucho calor, por andar el sol entre estos dos trópicos, de Cáncer a la parte del Norte y de Capricornio a la parte del Sur, 22 grados y medio apartado cada uno de la línea.

En esta sierra hay muchas y muy grandes poblaciones en valles que hay y en llanos muy espaciosos, como son los de Collao; corre esta cordillera comúnmente de 17 a 20 leguas del mar, y lo bueno de este Perú es esta tierra que dista de la cordillera al mar, y aún de Chile, como en su lugar diremos.



CAPITULO XIII

(Del camino de la costa)

Volviendo a nuestro propósito, desde Jayanca a Trujillo, ahora cuarenta y tres años, poco más o menos, se caminaba a la tierra adentro ocho leguas y diez de la costa del mar, o se declinaba a la costa; yo vine por la costa, donde las bocas de los ríos eran pobladas de muchos pueblos de indios, muy abundantes de comida y pescado, aquí hallamos gallinas, cabritos y puercos, de balde, porque los mayordomos de los encomenderos que estos pueblos vivían no nos pedían más precio que tomar las aves y pelarlas, y los cabritos desollarlos, y el maíz desgranarlo, Todos estos indios se han acabado, por lo cual ya no se camina por la costa, que era camino más fresco y no menos abundante que el otro. Los indios que quedaban, porque totalmente no faltasen, los han reducido al valle arriba, donde los demás vivían. Era realmente para dar gracias a Nuestro Señor ver unos pueblos llenos de indios y de todo mantenimiento, el cual se daba a todos de gracia. La causa de la destrucción de tanto indio diré cuando trataré de sus costumbres, y para aquí sea suficiente decir las borracheras. Bajando, pues de Jayanca a la costa y caminando por ella se venía a salir a siete leguas de Trujillo, a un valle llamado Licapa.



CAPITULO XIV

(De los demás valles)

Volviendo, pues a Jayanca y continuando el camino la tierra adentro, a pocas leguas unos de otros, se va de valle en valle, lo cual si bien se considera, no parece sino que desde Jayanca a Trujillo es todo un valle con diversos ríos empero todos de muy buena agua, que los fertiliza en gran manera. Entre ellos hay uno, llamado Zaña, abundantísimo, adonde de pocos años a esta parte se ha poblado un pueblo de españoles de no poca contratación, por los ingenieros de azúcar y corambres de cordobanes y por las muchas harinas que de él se sacan para el reino de la Tierra Firme ; el puerto no es muy bueno; dista del pueblo algunas leguas; ni en toda esta costa, desde Paita a Chile, que es lo último poblado de Chile, los hay buenos; los más son playas. Con el que tienen embarcan sus mercaderías para la ciudad de los Reyes de la Tierra Firme. Esta población de Zaña destruye a la ciudad de Trujillo, porque dejando sus casas los vecinos de Trujillo se fueron a vivir a Zaña.



LA VERSIÓN DE FRAY DIEGO DE OCAÑA

Escritor muy andariego fraile español paso por tierras lambayecanas hacia 1599. Hombre de sensibilidad, dado a las artes, a las mujeres y en general a los goces de la vida, no careció de ojos para captar al hombre y al paisaje del Perú.

Pero su versión es tardía; nos entrega ya el cuadro de los indios costeños en total decadencia tras la conquista; por otro lado. Ocaña no estaba exento de prejuicios.

De todos modos, su testimonio es muy valioso, porque no abundan fuentes directas sobre esta etapa de la historia lambayecana, en lo que a los indios se refiere:

“Los indios traen el cabello que les cubre todo el cuello por la parte detrás, y por la frente le cortan dedo y medio por encima de las cejas. Traen sobre la cabeza sombrero conforme los españoles lo usan. Usan en el cuerpo, en lugar de ropilla, una camiseta de algodón sin mangas, porque si no son los caciques, que usan de jubón y andan calzados y con medias y cuellos de lechuguilla y con traje españolado, todos los demás traen los brazos y las piernas de fuera. La camiseta les llega por encima de las rodillas, cuatro dedos. Unos zaragüelles muy cortos como pañetes de lienzo, hasta las corvas debajo de la rodilla de ordinario descalzos, y algunas veces ponen unas ojotas en los pies, como sandalias de frailes franciscanos, que no tienen sino suela, que andan por el suelo con unas cuerdas atadas por encima del empeine del pie. Y muchos indios de los oficiales y de los que viven en los pueblos de españoles usan de zapatos sin medias, sino que continuo las piernas de fuera.

El escritor español, Fray Diego de Ocaña, señala asimismo que: “cúbrese por encima de los hombros con una manta cuadrada, sin ningún pliegue sino de algodón y lana, con sus cuatro esquinas como una sobremesa. Y en los mismos indios hacen alguaciles y fiscales. Los alcaldes tienen cuenta de dar en los tambos a los pasajeros mitayos, que son unos indios que sirven se traer todo lo que es menester para el servicio de la gente española que camina, pagándoles todo lo que traen por su cuenta y razón. Y en no acudiendo tan presto a dar recaudo, como traen aquellas melenas y coletas de cabellos, cogen al alcalde los españoles de los cabellos y danle cuatro torniscones y bofetones; y por una parte va el indio rodando y por otra vara del rey. Y de esta suerte dan recaudo en los tambos. Y de ordinario tienen mala inclinación de no hacer cosa ninguna por bien sino es aporreándolos; y luego van ligeros y traen todo cuanto los españoles les piden, dándoles primero la plata. Y de todo lo que se les entrega dan cuenta.

El traje de las mujeres es naturalmente como está pintado y aquel traje de vestido es una ropa como capuz, que no tiene más abertura que por dónde sacan la cabeza y los brazos; y de ordinario son de algodón y de lana negra; y algunas los traen de colores la mitad y la otra mitad de otro color, como está pintada la india que queda atrás; pero lo común y más ordinario es de ser negros”.

Continúa Ocaña “y en todo su cuerpo no traen adorno ninguno ni otra vestidura sino aquel capuz, de suerte que quitado aquel quedan desnudas como sus madres las parieron. Y el cabello siempre suelto y tendido sobre los hombros, largos y negros; y tienen una falda larga de suerte que siempre arrastran, y el cabello negro y suelto y ellas negras y tostadas del sol, no parecen por aquellos arenales sino demonios y brujas. Y como tienen más de la abertura del cuello y de los brazos, por allí, cuando van andando, va saliendo el polvo. Ellas no se lavan sino cuando van a la mar, que de ordinario está muy cerca de los pueblos en todos estos llanos; y tienen tanta costumbre de lavarse en la mar, que la india acaba de parir se lava y a la criatura también; y desde que nacen se crían con esto, y con todo eso son puercas, porque sino es cuando se ven junto a la mar, no se lavan; y en casa aunque tienen las manos y las caras puercas, nunca se las lavan.

Asiéntanse de continuo en el suelo sobre la arena a tejer el algodón, de que se visten; y hacen unas mantas cuadradas para los hombres, y para ellas aquellos capuces. A los niños los traen cuando van a alguna parte, no en los brazos, sino a las espaldas, envueltos en aquellos sacos como costales pequeños, los bracitos y las piernas de fuera. En toda la vida no usan de lienzo, sino de aquellas camisetas que son ásperas como silicio. Duermen de continuo en el suelo sobre la arena, las Indias revueltas en sus capuces y los indios en sus mantas con algunos pellejos. Su comida es hierbas que llaman yuyos, con un poco de maíz tostado o cocido; al tostado llaman anca y al cocido mote. Andan siempre descalzos y con aquella camiseta áspera, los brazos de fuera. Que bien considerado todo, es vida de mucha penitencia y que en el desierto los monjes no podían vivir con más pereza que ellos viven, porque andan con perpetuo silicio, desnudos y descalzos, duermen en el suelo, comen hiervas”.

Continúa narrando Ocaña:

“Esto si lo hicieron por amor de Dios merecieron mucho; pero no lo hacen sino porque ya es natural y se han criado con aquello, y no merecen nada porque no lo ofrecen a Dios y se emborrachan mucho con la chicha que hacen de Maíz. Y de ordinario se acuestan borrachos y duermen como puercos, todos juntos en el suelo; y así la hija no está segura del padre ni la hermana del hermano; porque en sí ellos como ellas todos están borrachos porque comen poco y beben mucho. Y cuando algún español les da alguna carne, la comen y muchos; pero ellos nunca la compran ni comerán una gallina en toda la vida aunque están enfermos; por venderla, ni un huevo; todo lo guardan para vender a los españoles que caminan por estos arenales hasta Lima”.

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