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domingo, 31 de octubre de 2010

Leyendo... leyendo... La casa verde de Mario Vargas Llosa

Leyendo... leyendo... La casa verde de Mario Vargas Llosa
Por NaranjaPlátano
La sección de cultura de ese domingo venía destinada a la literatura, debido a dos hechos ocurridos en la semana: El más importante era el otorgamiento del premio Nobel de literatura a Mario Vargas Llosa. El otro: la Feria del Libro de Frankfurt. Sobre esta última había un extenso artículo que lanzaba la mirada sobre el futuro del libro, asumiendo que esta feria era más una de negocios que de literatura, como otras. La preocupación principal era el futuro del libro de papel y la entrada del libro digital electrónico. Leí con interés el artículo que enfrentaba al libro con el libro, suponiendo que sólo habría dos libros como clase, el tradicional y el del supuesto futuro. Terminé de leer las interesantes disquisiciones del artículo donde se consideraba opiniones como las de Humberto Eco, Eoin Purcell, o el propio novel Nobel Vargas Llosa y otros, entre futuristas, editores, escritores y más, y quedé con una sensación de parcialidad en la mirada que se deja caer sobre el tema, que sólo ve al libro como producto editorial. De esa sensación nace una reflexión posterior, casi matemática, en el sentido de la matemática moderna: ¿Cuántos libros hay en el espacio de los libros? y ¿Cuál es el operador que los determina?; por último: ¿Es distinto el libro de papel del libro digital? ¿Determina dos libros distintos, o es un mismo producto que se envasa en una caja diferente?

El Nobel de literatura me había llevado a leer de nuevo La casa verde de Vargas Llosa. Lo había leído por primera vez para un taller literario, por lo que había preferido un formato digital, que me permitía un mejor análisis. Volví a echar mano de esa versión, para poder esbozar un comentario y mientras leo, recuerdo las preocupaciones de los editores y me digo que me siento igual de cómodo leyendo en mi pequeño netbook que en un volumen de papel. Más aun, pienso que no es otro libro el electrónico que el análogo pero esta pregunta persiste: ¿Puede un mismo libro ser dos o más libros? Quizás La casa verde de Vargas Llosa sea un buen caso para responder la pregunta.

Entro a una librería tradicional, cualquiera, llena de anaqueles, llenos de libros. Todos clasificados de diversos modos: Científicos, de arte, literatura, filosofía, mucho y mucho más. En literatura latinoamericana, en cierta editorial, en la portada una mujer desnuda con una mariposa posada en la espalda, también una casa verde sin puertas ni ventanas, está nuestro libro. Tiene quinientas veintitantas páginas, tapas blandas, terminado rústico, algo más de veinte centímetros de alto y quince a diez y ocho de ancho, esto si mi ojo y cálculo no me falla. Como sea, al verlo, esta novela y todas las otras, de este u otro sello editorial, tienen una peculiaridad común: Son un producto. Todo libro, aquí, lo es. Esta hecho así. Su tamaño, color, peso, quizás hasta el aroma de sus páginas de un amarillo tan especial, tienen una planificación determinada por una idea de mercado. Por eso son un producto. Podría ser una edición elegante de tapas de cuero de Eugenia Grandet de Balzac, u otra en papel couche, de tapas duras de Santuario de Faulkner, o una pequeña, de bolsillo de Madame Bovary de Flaubert, pero todos serían un producto. Quizás uno diseñado para el ejecutivo elegante, que viste de casimir inglés y usa corbata de seda, otro para la joven que lee en el metro, camino al trabajo, o para el intelectual que busca la reflexión del autor o critica su estilo, en fin, podría ser una finísima edición para coleccionistas, pero serían todos un producto. Este es el libro del editor, cuyo afán es comercial cuyo objeto es el producto. Su formato es un recurso de venta que deriva de la misma obra, del mismo autor, varios productos diferentes. ¿Cuántas veces no vemos a alguien que regala hermosos libros de los que nada sabe? ¿Por qué regala un libro específico? Es muy probable que esté regalando la decoración, que hace del libro de la editorial un producto.

¿Escribió, Vargas Llosa, cuatro o cinco La casa verde diferentes?, ¿Uno para regalo?, ¿Otro para jóvenes estudiantes?, ¿Alguno para académicos o intelectuales? ¿y así?. El autor escribió una sola novela La casa verde, que además de relatar la historia de la primera casa de putas de Piura, sea o no una ficción, que puede ser una forma de discurso o una manera de reflexión política, o también una compulsión narrativa nacida de una aventura o experiencia personal, o una conjugación de varias o todas; pero es una obra, entera, única y precisa que el autor construyó de acuerdo a alguna circunstancia íntima, que quizás, hoy, ni el mismo tenga completamente clara o puede que nunca haya sabido por qué la escribía. Pienso que el autor, cualquier autor, escribe por motivos más o menos vagos cada obra específica. Quizás el impulso primero sea la leyenda de aquella primera casa de putas en una ciudad aún pequeña en el norte del Perú. Es posible que parte de la leyenda fuera la selvática que ejerce de prostituta, explotada por su marido, que la trajo de alguna localización que le tocó servir en el ejército, o puede que sea sólo parte de la ficción construida por el autor, pero ese hecho de la trama habrá inducido una parte muy gruesa de la historia, que transcurre en la selva amazónica. Esa es la manera en que nacen las obras narrativas. Algunas pueden nacer de un discurso específico, que el autor teje entre la trama de la historia, no obstante que en esta obra de Vargas Llosa no hay un discurso preciso, aun cuando hay, sin duda ninguna, desarrollo de ideas que implican reflexiones de autor. Pero son varias, quizás momentáneas dentro de la trama y diversas. No hay un solo hilo coherente discursivo. De cualquier modo, sólo el autor, y es posible que sólo en el trance de la escritura de esa obra precisa, tuviera claridad del objetivo y motivos para escribir La casa verde y no otra novela diferente. En todo caso, así se determinó una obra única de autor: El libro del autor.

Una vez traspasados estos dos libros, como clase de libro, el mismo ente libro llega a su destino final: El lector. ¿Acaso hay, para la entidad libro uno que corresponde al lector? ¿No es el libro del lector el mismo que el del autor? Es que el autor escribe con precisión lo que lee el lector ¿o no es así?. Habrá quienes defiendan que sí; que el lector es un ente pasivo frente al autor, como el niño que se sienta junto a la chimenea, a los pies del gran anciano, iluminado no sólo por el fuego que entibia el ambiente, sino por su gran sabiduría esencial, para escucharle relatar historias fascinantes y maravillosas. En fin; un niño a los pies del gran anciano puede fascinarse mientras otro, idéntico, bosteza aburrido e incrédulo. Lo mismo sucede al lector. Es que el lector no es único, sino innumerable y multivariado. Bastará un solo matiz, para que su La casa verde sea una distinta novela que la de aquel otro lector que lee en el asiento junto a la ventanilla del ferrocarril metropolitano. Más aún; quizás si leo La casa verde junto a aquella ventanilla, en un ferrocarril de largo aliento, que me obliga a leerla completa ahí, en esa instancia, resulte una novela del todo diferente que si la leo en primavera, bajo las acacias del jardín. En mi primera lectura, si mal no recuerdo, durante una semana persistentemente lluviosa, junto a una ventana que mostraba edificios y cerros grises, copas de árboles altos, de ramas desnudas, en la tristeza de un invierno incesante, del todo diferente de la exuberancia amazónica que leía, La casa verde fue más una cuestión de estilo que de relato, de estructura que de discurso. Fue una novela fragmentaria, empeñada en esconder en el desorden temporal y toponímico del relato, que iba y venía, no sólo en la geografía, sino en el tiempo del relato, estructurando, entonces, una difícil hilación de los sucesos cuya trama estaba demasiado llena de nudos, de modo que en un relato más lineal habría planteado enormes dificultades al autor. No sólo habría sido más dificultosa en términos de coherencia, sino que quizás se hubiera transformado en una especie de serie culebrón, de las que vemos hoy en la televisión de cualquier lugar. Recuerdo haber visto, en algún momento, una entrevista de Isabel Allende que imaginaba a Vargas Llosa escribiendo en orden absolutamente cronológico las historias de sus novelas, para luego recortarlas y colgarlas de unos cordeles, de modo desordenado, según el cual se edita finalmente la obra [1]. El propio Vargas Llosa ríe, junto al mismo entrevistador, una semana después y asegura: «Nunca he hecho eso. Nunca he escrito cronológicamente y después he cortado para hacer una especie de recomposición. No. No, no, no. Edición hago mucha pero la primera estructura es la que aparece al final» [2]. ¿Por qué habría, yo, de dudar del escritor?

Aceptando que es así, y recogiendo otras opiniones de Vargas Llosa en la misma entrevista donde hace las declaraciones, hoy, después de leer por segunda vez su La casa Verde, con un espíritu mucho más analítico, se me ocurre que la historia lo va superando. ¿Cuántas veces le ocurre a cualquier autor que la obra es tanto más monumental, en tanto se construye, que el proyecto casi preciso que se inicia, por ejemplo, con una mítica casa verde en medio de un arenal? En algún momento del armado de la comprensión de la novela, que se deberá leer como quien arma un rompecabezas, con pequeñas fichas dispersas en el mesón que constituye el libro; se me antoja que Anselmo, el músico arpista, es como una especie de Bugsy Siegel, que elige la mitad de la nada, de un arenal, en Piura, así como el otro lo escogió en Nevada, para levantar su gran centro: del pecado para unos, de la diversión para otros y del libertinaje para, quizás, todos. Cuando tomo aquella ficha, que parece contener esa imagen, para calzarla en la gran imagen que propone el autor, imagino a la casa verde como una alegoría del sistema americano del país sin nombre, puritano, que esconde sus pecados en un arenal que todos conocen, pero que está apropiadamente oculto según los conceptos sociales de moral, en Ningunaparte, cuyo verdadero nombre y ubicación todos conocen. Ahí cantan los mejores, bailan y hacen magia y cabaret las más grandes estrellas. Esta ficha de la imagen que la lectura quiere componer, calza bien con una posible alegoría del poder que representa el gobernador Reátegui, para quien el poder político es apenas un recurso económico. También calza bien con el resto de imágenes del enjambre de personajes que parecen dividir a la sociedad entre dos mundos: El primero y el tercero, en medio de los cuales luchan un sinnúmero de ambiciones y ambiciosos cuyo segundo mundo jamás amerita un nombre, sino una lucha sorda y absurda que sólo conduce al aprovechamiento del poder económico, de ambiciones y necesidades. ¿Hay quizás, en el momento en que se llega a ese entramado de la novela, una develación del primer discurso de autor? ¿Iba, Vargas Llosa por ese camino? ¿Se desvió después a otros temas del discurso?. Me parece ver, también, un doble juicio al papel de la iglesia, moralizante en la casa verde, con una moral castigadora y vengativa, donde el peso del pecado puede llegar a cualquier extremo, entre quemar la casa verde, hasta incluso el del despectivo perdón, cuando al fin accede a dirigir la liturgia fúnebre de Anselmo: «Sabe fútbol pero no sabe español -gruñe afónicamente-: El padre Doménico, qué disparate. Vendré yo -el padre García hace un ademán impaciente-. ¿No ha pedido ese marimacho que yo venga? Para qué tanta habladuría entonces». Mientras en Santa María de Nieva es una iglesia brutalmente evangelizadora, que sale a cazar, comandada por las monjas del convento y secundada por el ejército y las fuerzas sociales, a las jovencitas indígenas, para civilizarlas de un modo completamente colonial. Es también un tratamiento tercermundista que muestra un reflejo de la Iglesia Católica en sus diferentes roles, con ambas alegorías. También van cayendo temas de reflexión que parecen surgir de las escenas y que no necesariamente estuvieron planificados, como parte de la estructura narrativa, sino que son encuentros en el camino, como la posición social de la mujer, la propiedad de hecho del hombre sobre ella, la explotación típica de la mujer en las clases bajas latinas. También el uso abusivo de las clases dominantes sobre las menos cultas y en especial las originarias, en servidumbres cercanas al esclavismo disfrazado y más.

En este entramado, se me ocurre ver el germen de la revolución en Fushía, que viene de afuera, de un ambiente distinto, a sublevar a las tribus indígenas, en busca de otro provecho, de otra influencia, que quiere disputar el poder y la riqueza, desde la desposesión, desde lo clandestino. Esta instancia diferente, que actúa desde fuera del poder, está persistentemente destinada al fracaso, muchas veces vencida por sus propias intrigas y errores, o la incapacidad de sujetarse a una regulación que la redima del pillaje y la convierta en una fuerza social válida. Tal vez, en definitiva, fracasa envuelta y revuelta en su propia utopía. Fushía es un caudillo egoísta, en busca de provecho propio. Quizás sea lo que lo lleva finalmente al fracaso rotundo, no sólo en sus afanes sino en su vida personal.

La novela tiene dos tramados narrativos casi completamente independientes, que a mi ver nunca se integran. Ya quedan más o menos esbozados más arriba: La casa verde y la historia en Piura es una, y la otra está en Santa María de Nieva, en el amazonas. Su único hilo conductor es Bonifacia, la selvática, que nace narrativamente en el Amazonas y termina de prostituta en Piura, en uno de los lupanares del lugar, el de la hija del dueño de la primera casa verde y sucesora de éste. Junto a la selvática, sostiene este hilvan Lituma, que se percibe casi escindido en un lugar y otro. Lo siento tan débil como personaje, que me costó visualizarlo en Piura, como el mismo que en el Amazonas viste de sargento. Aquí, en Piura, aparece como parte de los inconquistables, grupo de juerga, de vida paria y disipada, con su himno: «eran los inconquistables, no sabían trabajar, sólo chupar, sólo timbear, eran los inconquistables y ahora iban a culear». Contrasta éste, con el sargento tímido que necesita del impulso de la mujer que ampara a Bonifacia, para acceder a ella. Hay, también, alguna debilidad en el uso del tiempo cronológico de la historia, que descuadra, para un lector agudo, los sucesos que quedan escondidos en el estilo narrativo fragmentario. Desde luego los tiempos de Anselmo, el arpista, constructor de la primera casa verde, por lo tanto el más detallado de los personajes de una de las tramas narrativas, como conductor cronológico desarma al doctor Zevallos y al cura García, que en una revisión delicada, parecen perder un par de decenios en relación a él. No obstante, esta situación queda también enredada en la fragmentación narrativa, ocultándola quizás, o al menos haciéndola caer sólo en sospechas. En la otra trama de la novela, siento que Vargas quiso entregar el peso narrativo a Fushía. Pregunto a otros lectores: ¿Cuanto peso narrativo tiene realmente este personaje? ¿No es, quizás, demasiado tenue? Es posible que por eso termine diluyendo ese peso en el práctico Nieves, en Aquilino, en Reátegui, Lalita y más, para sostener la otra mitad de la obra.

Todo este último es el libro del lector; de un lector. Habrá, como ya dije, innumerables libros de lector. Sin embargo, como sea, estos no están sujetos al medio en que el lector los lea, o al lujo o rusticidad de una u otra edición, sino a la conversación que logre, al momento de leer, el autor, cuya parte del diálogo está predeterminada, con el lector que sin importar si es la misma u otra persona, en dos lecturas diferentes, siempre será otro lector, en tanto que el autor sólo puede cambiar de una obra a otra.

Para terminar, como corolario de la lectura, diría que el estilo fragmentario, donde los límites de los fragmentos juegan, muchas veces de manera equívoca, sin más mérito que intentar facilitar la transferencia entre partes de la estructura narrativa, puede permitir ocultar ciertos ripios, pero terminan por desorientar o, peor aún, por perder al lector. Un autor que no tenga el pulso narrativo demasiado firme, se arriesga al vacío de elementos del relato que pueden ser fundamentales y de todos modos añade dificultad, quizás inútil, a la obra.

Kepa Uriberri

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[1] Entrevista con Cristián Warnken, programa Una belleza nueva, emitido en algún domingo del año 2003 por Televisión Nacional de Chile.

[2] Entrevista con Cristián Warnken, una semana después, respondiendo a Isabel Allende.

"Entré a la literatura como un rayo; saldré de ella como un trueno"- Maupassant

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