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miércoles, 1 de diciembre de 2010

EL PINTOR PANCHITO- Por Dagoberto Oejada Barturén

En homenaje a este peculiar personaje lambayecano ya fallecido y qué recién nos enteramos todos los habitantes de la plazuela Elías Aguirre de Chiclayo, don Iturregui, como le llamábamos respetuosamente, caballero de las formas, donaire, elegancia y respeto.


EL PINTOR PANCHITO

Por: Dagoberto Ojeda Barturén

Caminaba con su escalera sobre el hombro, cuando se dirigía a pintar una casa de la ciudad. Nunca había tenido una mujer, sus escasos recursos y su peculiar manera de ser no le permitieron. Vestía, siempre, pantalones cortos, sobre su cabeza una gorra de cuerina color marrón que le cubría el pelo ensortijado, su tez pareciera quemada por el sol, corto de talla, alto de cuello, frágil de cuerpo, andaba erguido; su silueta lo asemeja al famoso músico cubano Dámaso Pérez Prado, y así, lo llamaban algunos amigos.



Después de su diaria faena de pintor de brocha gorda, se transformaba en otra persona, otra identidad: decía ser periodista, sin haber escrito nunca un artículo en su vida, ni siquiera en la escuela para el periódico mural, cuando estudiaba. Tenía tercer grado de primaria; pero la naturaleza lo había dotado de una labia admirable y exquisita, que la gente que no lo conocía, creía lo que él expresaba. En realidad, padecía de mitomanía.


Le gustaba reunirse con artistas de la localidad, especialmente con pintores de las bellas artes, marcando una gran diferencia entre el pincel y su brocha que usaba. Siempre se le veía en la Casa de la Cultura; era el primero en llegar al auditorio cuando se realizaba algún evento: presentación de libros, declamaciones, teatro, etc., pues, era un amante de la cultura.



Una vez, la Institución Mesa Redonda Panamericana celebraba su aniversario de fundación, y habían preparado una actuación en aquel recinto cultural; como Panchito había llegado temprano, como de costumbre, al verlo una dama de la institución que en esos momentos estaba haciendo arreglos, quedó sorprendida creyendo que se trataba de un loco, por la forma como vestía este personaje. En esta ocasión, vestía un sacón azul marino que le llegaba hasta las rodillas y con botones dorados, no se le veía el pantalón corto; calzaba zapatillas viejas y rojas, y no le faltaba su gorrita. La dama salió del auditorio en busca de ayuda, en esos instantes, se encontró con el fotógrafo Farroñay que llegaba para realizar su trabajo en esa ceremonia de aniversario.

-Señor, allí en el auditorio hay un loquito que ha entrado y se ha sentado en primera fila, podría tener la amabilidad de sacarlo -. Le habló preocupada por este incidente.

En seguida el fotógrafo fue a verlo y regresó, al instante, sonriendo y dijo:

-Señora, ese señor no es un loquito, es un poeta, sino que le gusta vestir extravagante, converse con él y se convencerá.

Convencida la panamericanista, regresó tranquila a continuar con sus arreglos de bocaditos y aprovechó la ocasión:

-Disculpe, caballero, ha venido a ver la celebración de nuestro aniversario institucional.

Panchito se paró e inclinó su talle rígido con un saludo y expresó:

-A sus órdenes gentil dama, permítame presentarme, soy Francisco de los Reyes. Soy periodista, y he venido a tomar nota de lo que va acontecer esta noche.

-¿Y, para que medio de comunicación trabaja usted?

-Yo trabajo en muchos medios de comunicación, especialmente para el extranjero como la agencia France Express de París, la BBC de Londres, CNN de Estados Unidos…

-Pero… ¿es usted poeta?

-He publicado muchos libros de poesía, que ya se han agotado aquí en Chiclayo. Estoy haciendo arreglos con la Editora Seix Barral de España para que me saque un tiraje de un millón de ejemplares de mi último libro.

-¿Cómo se llama ese último libro, señor Francisco?

-El Edén que yo conocí, donde retrato, poéticamente, a muchas bellas damas como usted, como si fueran Evas, y, yo cuidándolas y amándolas como si fuera Adán-. Su voz agradablemente suave y modulada, aumentó un efecto conmovedor en la señor Rosa del Castillo que le dio gusto escucharlo y sonriéndole se retiró a sus quehaceres diciéndole antes:

-Le agradezco su presencia, y que haya sido el primero en llegar, y espero que le agrade lo que va a ver esta noche.



Una tarde caminaban dos señoritas por la calle María Ízaga y, de pronto, vieron a un hombre que cayó al suelo; ellas corrieron a auxiliarlo.

-¡Hay que llevarlo al hospital Las Mercedes –dijo una de ellas.

Panchito abrió los ojazos e implorando, dijo:

-¡No! ¡Lléveme a un restaurante, estoy sin comer varios días!

-¡No tenemos dinero, señor, somos estudiantes!

Y, Panchito, muy disgustado, les dijo:

-Entonces, sigan su camino, y déjenme aquí!

Había días en que Panchito no tenía trabajo, y no tenía dinero ni siquiera para comer; pues, su hermana con la cual compartía una casucha, se ganaba la vida lavando ropa, su esposo que fue albañil había fallecido.

Panchito, que seguía tirado en la vereda, al ver que ninguna persona que pasaba por su lado le hacía caso, se dio cuenta que había fallado su estrategia; se paró solo y se fue caminado, tranquilamente, como si nada le hubiera pasado.

Una mañana, iba yo en un auto de colectivo, viajaba en el asiento trasero. A la altura del Gran Hotel Chiclayo, el auto atropella a un hombrecillo que intentaba cruzar, rápidamente, la avenida, lo lanza en el aire, cae en el parabrisas y rebota a la pista. Se detuvo el auto, bajamos los pasajeros, me acerqué a verlo, era el pintor Panchito, sangraba de una pierna, el chofer y yo lo levantamos, lo metimos al auto, y, lo llevamos al hospital Las Mercedes. Allí lo dejé, el conductor me dijo que se iba a ser cargo de los gastos para su curación.

 
Cuando volví a ver a don Panchito, caminaba lento, apoyándose en un báculo de caoba y puño de plata con cabeza de león, que le había regalado Mario Viteri, filántropo chiclayano, el cual le tenía mucho aprecio.

Aún así, se reunía con sus amigos artistas, a veces, pedía dinero para comprar algunas medicinas para aliviar el dolor de sus extremidades inferiores.

 
Un día, sentado en la plazuela Elías Aguirre, se quedó dormido, cuando despertó le habían robado el fino bastón, se deprimió mucho. Sin mucha espera, pasó por su lado un conocido que se acercó a saludarlo y después de contarle lo ocurrido, este buen amigo le dio una propina para que se vaya en taxi a su casa. Su hermana le hizo un bastón de palo de escoba.

Panchito cuando quería distraerse, lo hacía en una plazoleta cerca de su casa. Allí se sentaba en una banca, saludaba, muy cortésmente, a sus vecinos y conocidos. A veces, se le encontraba leyendo un viejo periódico o un libro; pero, la última vez que lo vi, en la plazoleta, había salido en las primeras horas del domingo de ramos, empezó a caer una incesante llovizna que le salpicaba en la cara, Panchito miro al cielo, sonrió, en esos momentos, le inundó una inmensa alegría de continuar viviendo, a sus setenta y tres años, en este mundo.

"Entré a la literatura como un rayo; saldré de ella como un trueno"- Maupassant

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