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domingo, 16 de enero de 2011

LIBRO LAS NOCHES DE MI ALBA- 2DA. EDICIÓN- POEMAS Y CUENTO DE ALEX CASTILLO VENTURA

LAS NOCHES DE MI ALBA
POEMAS Y CUENTOS
2da edición



PRÓLOGO A LA SEGUNDA EDICIÓN



El amor es el más potente combustible flamígero de inspiración y es quizá el detonante y justificación perfecta para iniciar y terminar de morir escribiendo en paz consigo mismo, aunque la correspondencia sea incierta. Y es que por amor doliente o lacerante, por correspondencia o saciedad, surge unas pequeñas filigranas verbales de las que muchos atribuyen al corazón, pero que en realidad brotan de un recorrido centrípeto de las tripas, el cerebro, algún lugar ignoto del alma, y de alguna sustancia no biológica alojada en algún hueso primitivo que nos precede.

El objetivo es escribir, soltar cada alarido silencioso del alma en torno al amor, al silencio, a la duda, la intriga y a la imaginación superlativa de los sentimientos y emociones desbordadas. Y ese canto procesional que tiene como gestor y solitario espectador es el poeta Alex Castillo, quien abre de par en par sus emociones estéticas hasta contagiarnos ese fuego frígido del amor, de la espera, de la correspondencia, de lo lúdico, de lo onírico, de lo pasional y hasta de le vesánico que resulta el amor como ese dulce dolor del recuerdo de la amada ida, pero presente a cada instante en la materia gris.

En esta segunda edición de Las noches de mi alba, Castillo de expresa en las dos formas más comunes de la literatura: el verso y el cuento. En cada uno muestra su afán de trasmitir su poeticidad, su afán de confidenciar con los poemas sus cartas abiertas de amor, pasión y despecho, suerte de complacencia y felicidad.

Pero es en la prosa, en el cuento, donde radica la capacidad descriptiva de Castillo, es allí donde la fábrica de su imaginación y la recreación de las historias orales de los pueblos, de esas que viven en las reuniones y encuentros de fin de semana de los campesinos y obreros. Castillo, tiene la capacidad no sólo de presentarnos un escenario natural, sino crear una atmósfera misteriosa, una historia argumentada con intrigas y finales inesperados. Historias que huelen mucho a una identidad del misterio y duda misma de los personajes. Historias que contagian y mueven a la sonrisa, a la curiosidad, a crear ese tono misterioso de las leyendas rurales que están presentes en las reuniones y en la conversa familiar.

Parte de una identidad en Castillo radica en tomar elemento de la realidad, es un narrador descriptivista que se preocupa primero por pintar el escenario, luego ambienta la historia, construye los personajes y empieza a pergeñar alguna intriga. El darle énfasis al escenario lo convierte en un escritor naturalista-costumbrista, que lleva al descriptivismo a un punto de generar atmósfera, capaz de darle al lector una ubicación de las cosas en una realidad literaria que se asemeja a la realidad real.

Esta segunda edición conserva el tono amoroso en poesía; el descriptivismo en los cuentos. Poesía que nos hace evocar el amor juvenil e ido, pero que nos alcanza. Cuentos, que por tener ese sabor provinciano y de leyendas rurales, constituyen la apoteosis del imaginario que hace de su vida, experiencia y las escuchas de los antiguos, un pretexto para literaturizar de las experiencias propias y ajenas.


Lambayeque, enero de 2011
Nicolás Hidrogo Navarro







POEMAS

 
Flor de otoño

Ahora que ya llegaste, acércate a mí
bésame y no me vayas a dejar
Sé que no confié en ti
cuando fresca te vi venir
pero ahora sé que tienes algo que yo buscaba
ese algo, amor se llama

 
Cuando tú llegaste y me abrazaste
te tuve miedo quise huir
traté de guardarme de ti
para que no me besaras así
para que no me encontraras

Ah, pero tú parece que me conocías
y sabías dónde me encontrarías
Al fin yo sólo me dejé amar
y tú me hacías volar más y más
me hablabas como nadie al oído
me decías: Tú eres mío

Quisiste llevarme a otro mundo
y en poco tiempo lo lograste
yo abrí los ojos y nadie había sólo tú
te miré, te amé y tú me amaste


Ahora ya no quiero que te marches
ahora que me he llenado de esperanza
ahora que me siento amado y he vuelto a amar
tú, flor de otoño, no me vayas ha dejar.




Ternura, piel y amor

Hoy mis manos siguen halagando tu piel
piel toda, llena de placer
aún mi pecho siente el roce de tu corazón
aún mis labios dibujan en cada lienzo de tu cuerpo
cuerpo mío y tuyo mi cuerpo

 
Pero más: Hoy mi alma rebosa de alegría
y lo cree cada rincón del mundo
mi sonrisa se nota hasta en mis cabellos
en mis uñas, en mis dedos

Esbozar tu piel ha sido palpar eternamente el cielo
sin fin, hasta la eterna vida
Aún acaricia el fuego que hemos creado
aún nuestras llamas están ligadas
y te pienso con la materia y el alma


Flor bella
cada pétalo tuyo ha sido bautizado con mi amor
amor eterno, amor
Hoy miro la tierra desde lo alto
y tú acudes a mí para seguir en este cielo
nuestras palabras de amor se han hecho carnales
hablan de amor nuestros cuerpos
cada facción
cada gota, cada espacio

Nuestro aliento nos baña para siempre
y yo siento lo mismo que tú: te amo
te amo desde mi ayer en la mente
desde nuestro hoy en mi corazón
y en mi alma Te amo… para siempre.



Perdóname
Perdóname
por este corazón
que late más fuerte con sólo verte
Por querer que tu corazón sea mío
y el mío sea tuyo
perdóname
Por haberte besado
por haberte abrazado
y acariciado sólo en sueños
Por quererte, por amarte,
por pensarte y querer que seas mía
perdóname
Por ser el último en llegar
y que en tu corazón
para mí ya no haya lugar
Porque nunca te olvidaré
y por haberme enamorado de ti
te lo ruego, perdóname.





Evidencias
Para que seas mi fuego perpetuo
 he transformado en viento
Para que mires por el universo de mis ojos
yo me he cegado
Para que olvides tu lacio pasado
yo me he vuelto historia
Para que sientas mi piel en tu almohada
mi cuerpo ha enmudecido
Para que estés en todos mis tiempos
mi reloj ha empeñado tus horarios
Para que veas las mentiras divinas
yo he hablado con dios



Para demostrar tu amor

yo muero

mas, por tu llanto al no tenerme

yo aún respiro.









Esperanza





Hoy el sol sigue ardiendo

hoy hay vida

hoy hay dolor,

hoy por el amor

yo seguiré escribiendo



Mientras exista tristeza en el corazón

mientras sean dos los felices

y uno el que sufre

yo seguiré escribiendo



Si existe una ilusión

si no muere la pasión

si aún el corazón quiere amar

yo seguiré escribiendo



Mientras existan labios bellos para besar

mientras lo lindo no se pueda olvidar

¡Mientras viva!

y te siga amando

yo seguiré escribiendo.







Inspiración





Horizonte y cielo

Nubes naranjas alumbrándote

Nubes grises aquí, cubriéndome



Veo tu dorso alejándose en un viento entre dos estaciones

entre nieve lejana de norte y calor cercano de sur

así también eres perfecta, cuando hago poesía de un adiós



No es un adiós perpetuo ¿verdad?

sólo quieres poner la cima de mi pluma en tu figura

mientras tu corazón se alista a volver

y mientras tanto…

lloras un poquito como rocío en un amanecer mío



Hay una lágrima tras de mí al despertarme vacío

y en mis ojos, al dormir envuelto en este cielo invivo



Sí, estoy pintándote unos versos en un libro de corazón

sí, tienes mis manos sosteniendo el aire de tu vestido

sí… letras negras por tu crepúsculo de pétalo azul



Este narciso que riegas por las tardes aún florece

inmenso y hermoso

como la rosa que te di en las notas de un violín



Yo escribo de tu crepúsculo y de mi noche

cuando estamos lejanos

y escribo el punto final más prolongado

por la luz que me brindarás a tu regreso



Una paloma de perlas ha salido de la luna que me dejaste

y va hacia ti

a decirte que eres perfecta al brindarme tu dorso bello

aunque lo eres más cuando me muestras tu pecho y tu vientre

y cuando sonríes y cuando me miras

y cuando besas mi frente en poemas de nuestro divino agosto.





Desprecio





Hoy como loco corrí para darte alcance

Lleno de esperanzas, yo te pude encontrar

Manifesté: “No puedo dejar de amarte”

He hiciste tú, que mi alma llorara sin parar



Como castillo de naipes, mi ilusión derrumbaste

No te importó lastimar mi corazón

Si sabes que este ser no puede olvidarte

Por qué desangras mi pasión



Todo se apagó para mí este día

El astro rey ha caído junto conmigo

Me pregunto cómo sacarte de mi vida

Si escribiendo estas letras tu rostro miro



Ahora lucharé por borrarte de mis pensamientos

Lucharé porque ésta sea la última pena

Y haré este día mil y un intentos

Porque para ti, este sea el último poema.










Allá, en tu olvido





Ahora que he retornado a este camino indeseado

veo que el mundo sigue en su usanza

gira, gira sin saber, la mayoría, a dónde anda



mis ojos han visto una luz antónima

alumbró la luz de los hombres

no vino la luz de tus ojos bellos



Son tan diferentes las orillas del mundo

y yo sigo llamándote, sin que vengas

oyendo tus palabras de caricias

tus palabras, sin verdad pero lindas, mi felicidad



En la orilla izquierda todos ríen

y llego allá por mi soledad cansada



Yo necesito tu aliento para quedarme acá

y ser feliz con tu sonrisa de poema



¿Recuerdas mi sonrisa después de la tuya?

¿Recuerdas mi llanto en tu tristeza?

Recuerda, quizá así vengas



No quiero ir al otro lado

quiero quedarme aquí, pero contigo

¡Deja lo de allá! y ven a danzar conmigo



Si yo voy a esa orilla me perderé

caminaré y seré feliz con el alma hincada

¡ay! ni cuenta me daré

y estaré en la felicidad que no quiero

en la felicidad que no he buscado

en la felicidad a la que tú me estás arrojando



Allá voy, está lloviendo en mis mejillas

después reirás dicen los hombres

después ni te acordarás, hablan millones



Allá voy, allá no serás lo que ahora en mi dolor

voy sin quererlo, voy a untar mi cuerpo

a besar labios cansados, a sentir lo humano

lo normal, lo indivino, lo oscuro (terrenal)



Allá voy, a olvidarte en esos desiertos

en esos cerros, en esos montes



Esto es un adiós duradero

duradero como pudo ser nuestro amor

amor que no cuidaste

que no cuidaste por falta de valor



Voy a donde no quiero, aún te pienso

pero allá con la gente

me olvidaré de tu cielo

allá insensible seré feliz sin ver mi esencia

allá olvidaré tus labios y tus ojos

…llorará mi alma mientras yo río.







Señor poema





Un día, cuando la soledad embargaba mi ser

tocaste tú las puertas de mi alma

influiste en mí para no caer

con sabiduría y amor, señor poema



Doy gracias al cielo por tu búsqueda hacía mí

por ser mi consuelo en días de lágrimas

por ser esperanza en esta ilusión sin fin

porque tú como yo, a ella amas



En mi mente y corazón nació el amor

ahora mi vida es una inmensa flama

arrojaste de mí las cenizas del rencor

por siempre ¡gracias!, señor poema



Tú, base de mi nueva vida

con lápiz y papel defendemos el amor

venceremos siempre con armonía

aunque ella venga nunca, señor



Pero un día, esta lucha no será en vano

y aunque tenga que sufrir más de una pena

tú le dirás al fin que yo la amo

y conquistaré su amor por ti, señor poema.










Voz de luna





En el menguante de mis pasos está tu mirar

en las noches que ilumino está mi búsqueda



Cuando admiras el cielo,

me acaricias con tu esperanza

y empiezo a brillar

quiero ser hombre para poder tocarte

para calmar tu soledad

y también mi desierto



En las miles noches que me has mirado

yo he sonreído más



Yo he sido tuyo atrás del sol

yo he sido tuyo en el fondo del mar

yo he deseado estar en tus ojos

para hacerte soñar



He lanzado muchos ruegos

hacia la tierra y el cielo

seré tu hombre en el universo

estaré en tu próxima estrella

Poesía mía, tu espera ya no es eterna.









Amarga distancia





Esta tarde triste, nublada, llorosa

empuño lápiz y un papel después de tanto tiempo

para plasmar suspirando lo que hoy siento



Porque puntiagudas piedras hoy han llovido

puntiagudas piedras que han entrado en mi pecho

puntiagudas piedras que han destrozado mi alma,

me han dejado sin nada, solo tengo materia; sólo cuerpo



Brotan lágrimas amargas de mis ojos tristes

lágrimas que no obedecen al deseo:

Llorar ya no quiero, llorar ya no quiero



Mi inspiración se ha perdido, ¿Dónde está? No lo sé

ella sufre dicen, ¿Cómo encontrarla? No lo sé

cielo triste dame alas, dame alas. Para qué?

para ir hacia ella, para encontrarla; para amarla



Porque mi corazón desangrado nunca la olvidó,

a refugiar mi amor en otro cuerpo nunca se aferró

porque yo la amo, es cierto, yo la amo



Está sufriendo dicen, sola y acongojada está sufriendo

como encontrarla, como verla

como decirle: Ven aquí, descansa tu dolor en mi regazo

¡Te amo! Cómo decirle



Si estoy aquí tan distante, tan lejos

porque hoy que a su lado me necesita

su rostro, sus ojos, sus labios, su pelo; sólo son ensueños.









Cuando tú no estás





Mis días han olvidado al sol desde tu ausencia

se han hecho fríos y sombríos

me han cubierto de hielo, han creado una hoja seca



Siento tus pasos en mis ojos y no vienes

siento tu voz cantándome y no existes

te presiento, te respiro, te veo

y estás tan lejana como estrella codiciada



Ha llegado el otoño triste, el verdadero

me ha dejado el calor que conociste

el que sonrió en nuestros inviernos



Si acaso duermo juegas en mis sueños

si acaso estoy despierto

lloran en la cima los sentidos

por mis vencidos anhelos



Te llamo con el último viento que respiro

te acarició con la última lluvia que creamos

te beso con el último pétalo que me diste

te abrazo con el agonizante fuego

ese que va muriendo en mi pecho



Extraño tu canto de gaviota enamorada

ese con el que reías y danzabas



Llueve en mis sombras y tú no sabes

no sabes de mis lágrimas



Hago cantos sin mar ni cielo

y tú no sabes de este otoño verdadero

Te extraño rosa mía y en tus huellas no hay pasos

no oyes mi agónico trinar

no vuelas gaviota a mi costado



No sé de tus pasos ni suspiros

no sé si has vestido mis armonías con bruma infinita

no sé si en vano te espero, bonita



Sólo sé que te siento y acaricio en la ficción

y que eres espejismo y quimera en la realidad

sólo sé que envidio los días de ayer

sólo sé que perdono a este amargo hoy

si mañana tu presencia es mi verdad.









Moribundo corazón





Oh amarga noche, ya llegaste con tu manto cruel

me cubres con tu negra hiel y he quedado paralizado

viendo mi corazón llorando, porque el muy necio ha vuelto a caer



¡Ya no llores corazón! Levántate, levántate por favor

mírate como has quedado…sufrido, roto;

en mil pedazos destrozado



¿Por qué tienes que ser así corazón? Tan enamorado

si en días como hoy sufres, sangras lloras

un mar grande y amargo obras

y a tu alrededor la muerte triste y burlona ronda



¡Levántate! corazón tonto, cándido, débil, has vuelto a caer

¡Levántate imbécil! Levántate

¿Por que lloras?, porqué sangras y te acongojas

si no sirve de nada, de nada sirve

si tú corazón iluso, para nadie existes



¡Ay! que cuita siento corazón mío, tú eres mi único amigo

de mis extravagantes locuras mi fiel testigo

se me parte el alma verte así, tirado sin piedad ahí

en pedazos esparcidos por el suelo

mientras la lluvia rabiosa cae sobre ti



Somos así ¿verdad?, así hemos nacido, así moriremos

solos, suspirando por el amor; así viviremos



¡Ven! Ven corazón mío, cogeré despacio tus pedazos

los uniré con paciencia y cariño

y seguiremos una vez más, nos levantaremos de este pesar

y seguiremos los dos juntitos y rogaremos al cielo infinito

que nunca, nunca más nos vuelvan a maltratar.







Nada





Este tiempo es diferente al de ayer

ayer viste mis palabras, mis miradas, mis deseos

ayer tuviste mis labios, mis ojos, mis anhelos

hoy las hojas han caído

mas, aún manas en mis sueños



Buscas mis poemas en tu almohada

buscas lo que tuviste y perdiste sin tus palabras

sin imaginarlo

erigiendo nada, sólo na-da



Hoy marchas hacia mi y yo

yo, en otra estación lejana a ti

sin intención

porque nunca pinté otros ojos

sólo los tuyos en todos los cielos



Pero tus palabras nunca expresaron a tu corazón

y hoy tu corazón por fin estalló

habló en esta insalvable distancia



Hoy en el camino sólo hay mañanas,

rojos cambios y más mañanas

y veo el ayer sin esperanza



Tus deseos son mis letras pasadas

tus lágrimas

son mis deseos de ayer



Hoy no puedes encontrarme



¿Ves? El destino se cumplió

¿Ves? Me perdiste sin querer.









Sentimiento Mudo





Del suelo levanté la mirada

y dos hermosos luceros me estaban alumbrando

era pues mi hermosa amada

que me estaba mirando



Quedé deslumbrado, nervioso, impresionado

pero que va, yo por ella no podría ser amado

porque, ¿qué soy?, quizás nada

quizás para mí no era su mirada



¿O quizás sí? ¿Será posible

que esta flor norteña hermosa

esté enamorada de mí?



Yo no sé que sentía, que siente su corazón

sólo sé que se me iba la vida

por decirle que la amo con pasión



Qué hacer ahora, no lo sé, quisiera salir de aquí

quisiera no pensar en amar

porque mi corazón está a punto de llorar



Porque esos hermosos luceros seguían ahí

y de vez en cuando me miraban

mas llegó el ocaso de la noche

y por más que lo deseaba

yo, tonto hombre, jamás le dije nada.









Vaivén





Cuando mi camino no siente tus pasos

yo vago con el alma ciega

Mi corazón corre o se detiene

inseguro por no saber qué hacer

y diciendo siempre un por qué



Él riñe conmigo

me ataca con rayos fríos,

cenizas que nublan lo que veo

La luna en las noches quema

quema quitándome el sueño



Las voces que me rodean

parlotean sin sentido

yo río en la hoja y lloro en la rama

Los libros muestran historias diferentes a sus letras

no es uniforme lo que veo y lo que leo



Y busco hallarte y te me escondes

quizá sin querer, quizá queriendo

Pero yo no lo sé

y me atormento



Derrumbas con delicadeza

lo que con pasión construyo

Atrapas mi ilusión de arena

derrumbas todo

quizá queriendo, quizá sin querer



Y lloro en el día hacia el alma

y lloro en la noche hacia la piel

Río ante los días por el miedo

lloro en la soledad por mi espera



MAS LUEGO VIENES

y me traes tu sonrisa

tus ojos, tus labios, tu pelo

y me alivio de los dolores que tú me causas

quizá sin querer, quizá queriendo.







El poema inútil





Caminando bajo la lluvia he estado yo esta noche

con la mirada turbada, melancólica, triste

porque una pena larga y onda no ha querido irse



Mis pasos me llevaron a un oscuro rincón

encontré ahí un poema que suspiraba con aflicción

al verme, lágrimas de sangre lloró

y con voz entrecortada así me habló:



Yo joven señor, soy inútil, soy nada

a mí un alma soñadora me creó

puso en mí toda su esperanza

mas la flor que debía conquistar me rechazó



Yo el rostro de ella pude ver

es de verdad bella como dice mi papel

no obstante también vi su corazón impío

y noté que para el autor mío nunca hubo cariño



¡Te amo con pasión! me encargó decirle

el hombre que es mi creador

mas yo, poema inútil, he conseguido que rechace su amor



Esa cruel mujer en sus manos me tomó

me estrujó, maltrató y con rabia por el suelo me tiró



Ahora el viento frío por aquí me ha traído

es de noche y los truenos suenan

yo, poema inútil, me estoy quedando vacío

porque la lluvia y el olvido mis penas no se llevan



Pero… ¿Quién es usted señor?

¿Por qué me escucha con tanta atención?

¿Acaso conoce a mi creador?



¡Ay poema!, le contesté, has hecho llorar mi corazón

entiendo muy bien lo que dices

porque a ti triste poema, te creé yo.









Antes de TODO





El día en que te apartaron de mí

el cielo lloraba pétalos fríos en nuestra tierra

todos buscaban su guarida instintiva

yo sólo corrí hacia ti para rescatarte

para rescatarte y no me dejaron

mis fuerzas eran escasas como un inválido

y te vi caminar con los que te llevaban



Tu ternura y amor me dieron valor

yo salí de mi tierra

recibí el coraje para buscarte

el largo tiempo, los muchos soles y las muchas lunas

me dieron la fuerza y energía que me faltaban

y seguí buscándote, seguí buscándote y te encontré



Te vi esclavizada

mirabas al suelo, respirando un polvo denso

te vi rogando por mí

comprobé que me esperabas



Luché con tus tiranos y sus villanos

luché con la ayuda de unos míos

de unos que como yo piensan libres



Perseguí a un cobarde que huía y que soltarte no quería

tú luchabas y llegué en tu ayuda, le di muerte

le di muerte y casi muero al verte herida

tu sangre tibia bañaba mis manos y te me ibas

te me fuiste… tal vez



Había llegado hasta allí por ti, porque te amo

te amo y tú te me ibas



Te di mis lágrimas y mi calor

te di mis palabras, mis versos

te di mi grito hacia el cielo

te di mi plegaria hacia tu dios



Mi corazón sintió tu nuevo latir

me miraste, me sonreíste

tú iluminaste esa tarde casi gris



Te cargué en mis brazos, mi sueño eterno

y mientras caminaba me cantabas tu amor

te llevé a mi tierra, a mi casa de barro y algarrobo

aún estamos juntos, no hemos vuelto a separarnos.









Un sueño





Un sueño extraño he tenido esta noche

un sueño lindo, agradable y maravilloso

he soñado que me querías

que por fin eras mía



– No te vayas, no me dejes –te he escuchado decir–;

yo sin ti no podría vivir



Tu voz me susurraba al oído

sentí tu cabello pasar por el rostro mío

los luceros de tu faz me encantaban

y tus labios me sacaban de la nada



¡Oh cuánto te amo!, cuánto te amo

tú me has cogido de las manos,

me has llevado a las estrellas,

has despedido mis quimeras



Estoy feliz ahora, estoy volando

siento ganas de sonreír

porque aún hay motivo para vivir

hay motivo para existir



Aunque la realidad ahora haya vuelto

y la fantasía haya muerto

aunque todo lo dicho sólo sea ilusión

sólo sea un sueño.









Amanecer





Suspiro tranquilo: temperatura primaveral

yo te sigo con mi olfato y mis labios cantantes

Duerme



Las figuras de este humo contemplan

mientras mi cigarrillo se hace verbo,

dios poderoso de tinta suelta

Duerme



Allí también estoy yo

como diamante de cascada azul

y repito cada vista y cada aliento

y cada…

Duerme



Cabello vigilante: agua tranquila

y tu mejor vestido. Sí. Divina

respiras quedo. Bella

flor de bosque y de mar y de cielo

piel de mi alba nueva

Duerme



Seno palpitante y ya pronto

alba en mi bosque, lluvia en la colina

colilla de tiempo, laguna lista

agua fresca, ya entra el sol

Duerme



Cielo perfecto, cielo rojo y pared

aliento y visión: poesía

tinta suelta y me amas:

Duerme.









Tu ausencia





Se mostraba en mí siempre una sonrisa

porque a mi lado tú estabas

mas cierto día caminé dándote la espalda

y cuando me volví hacia atrás

tu presencia se había hecho nada



El verbo sabe que traté de volver a sonreír

traté de engañarme que tu ausencia no me importaba

mas al llegar a mis ángulos

verme solo y sin ti, se desbordó mi sufrir



Hermosa y linda trigueña

con tu fresco rostro de acuarela

pintabas de cielo mi cansada vida



Iluminabas mi amanecer más que el sol

todos los días era igual

contigo ningún despertar era mal



Ahora sé que debí hablar menos

y expresar más

pero esta sombra mía aún sigue acá

y no sé si tú algún día volverás



Te has ido allá lejos

a donde el dinero camina mucho

y mi vida se ha hecho un suspiro nulo



Tú no sientes, tal vez, lo que pienso y expreso ahora, lo sé

quizá estés pensando en alguien más

pero también sé que jamás

nadie escribirá como yo, tu ausencia en un papel

lo sé por mi fe.










Recuerdo que vendrás





Yo extraño el canela de tu piel

tus labios de verano y primavera

extraño la luna que me trajiste una noche nublada

extraño el pétalo rojo que me diste

y que te llevaste hace horas



Extraño escribir mi libro en tu pecho

las letras de tu vientre, extraño las líneas de tus cabellos



Extraño el tatuaje que pinté en tu espalda

el que marcamos con agua de mar, agua de nuestras miradas

extraño el refugio que le dabas a mi esencia

de la que hiciste sonrisa y suspiro



Extraño tus vestiduras bronceadas

esas que acaricié con fuego y agua



Extraño y recuerdo que vendrás

aunque sea a poner el punto a mi historia exótica

esa que extrañamos y encerraste en la oscuridad.









Por qué te espero





Yo no sé que hago aquí sentado

mirando los días, mirando el reloj

preguntando si te han visto venir

si has preguntado por mí



Si nuestro encuentro fue sólo de una noche

una noche que murió pronto

porque la mató el amanecer

y yo me quedé solo



Quedé aquí pensando en ti

soñándote, deseándote, amándote

esperando que una noche igual volviera a llegar

pero esa no ha vuelto a pasar



Aquella noche tuvo luna y estrellas

ahora todas las noches sólo me muestran

opacidad y nubes negras



Yo no sé por qué aún te espero

por qué aún te amo y te deseo

si tú nunca dijiste que me querías

si nunca realmente fuiste mía



Si yo sólo fui tu consuelo

en una noche que se fue corriendo

si yo sólo cambié tu llanto por placer

si yo sólo fui tu amor de un anochecer.









Bésame ahora





Bésame, hoy puedes

bésame, hoy es nuestro presente

en el ayer sin este hoy se esfumará tu esperanza



Mis labios son tuyos

y de hoy depende el sol de mañana

hoy mis labios siguen a mi corazón

mis besos sólo son para ti, enamorada



No desaires la prueba del destino

y bésame mucho ante la gente

como lo haces rodeada por las nubes

nubes cómplices y solitarias



Bésame amor mío

bésame que soy tuyo en tu mirada

bésame, cultiva la cercana alborada



Después quizá ya no tengas mis labios

y los tuyos sólo buscarán este oasis

en un desierto sin morada.





Mis Motivos





Me preguntan por qué te quiero

y yo voy a tratar de encontrar

palabras que te hagan amarme mucho más:



Te quiero porque eres bella

te quiero porque eres linda

te quiero porque eres mi vida



Te quiero por tus bellos ojos

por tus rosados labios

por tu bello rostro



Te quiero por tu grácil cabello

que cae como salto de selva



Te quiero por tu hermoso cuerpo

que es fascinador y hechicero

que es una hermosa figura

que hace que mi habla se quede muda



Te quiero por tus tiernas manos

cuando acarician mi rostro

y me dices palabras al oído, que oír es grato



Te quiero porque me quieres

te quiero porque llegaste cuando te quería



Te quiero porque eres buena

porque logras con tu presencia y sonrisa

que tiempo cualquiera sea delicia



Te quiero y no te miento

te quiero ahora y en mi nueva vida

tú me quieres y yo soy tuyo

yo te quiero y tú eres mía, sólo mía.





Bailemos





Ven… volemos

volemos con la música de las aves

con el silbar del viento

con la brisa de nuestro aliento



Ven que nos miran

ven, un hilo de sol nos guía

ven, volemos querida



Ven, tú en mi hombro y yo en tu cintura

ven a hacer mejor al mundo

ven a llenarlo de alegría



Mira, se regocijan en nuestro vuelo

mira las aves, los peces, las liebres

bailan con nosotros

ven más cerca amada mía



Ven, el mundo ya no tiembla, sólo gira

mira las hojas de mi bosque

mira las dunas de mi tierra

ven y vuela conmigo,

ven, entonemos esta nota mía



Ven y mira, el mundo ya no llora

ven, tomemos de la mano al costado

hagamos bailar a la tierra, al mar, al cielo



Ven y vuela, bonita

ven que las hojas son como lluvia

y la brisa es nuestra ayuda



Ven que el infinito se anima

ven, el mundo abre hoy en flor

ven, el sol ahora brilla

ven, bailemos amor.





Iluminado





No puedo negar que hoy el sol me ha iluminado más a mí

no puedo negar que hoy estoy feliz

que siento mi corazón latir con más emoción

que mi alma de hombre niño suspira de ilusión



Si hoy su hermosa presencia se me acercó

si hoy su hermosa voz dulcemente me habló

si hoy me ha sonreído como nunca

si hoy mi inspiración me ha mirado con ternura



¡Oh! yo no quiero que se acabe este día

porque gracias a éste me visitará hoy la poesía

me hará escribir cosas bellas, tiernas, buenas



Y escribiré en un papel que yo la amo

y escribiré en un papel que yo no la he olvidado



Porque este día que es la mitad del octavo mes

porque este mes que es de este año bisiesto

yo la he vuelto a ver



Porque se me ha acercado, me ha sonreído, me ha mirado

y mi corazón me ha dicho que la he querido

y mi corazón me ha dicho que la quiero

y mi corazón me ha dicho que aún la seguiré queriendo



Porque ella fue quien me hizo vivir

porque clavando su desdén y matándome

me hacía escribir palabras diferentes y vivir



Hoy puedo gritar al mundo que no he sido rechazado

que ella se me ha acercado y me ha hablado



Y que ya no importa lo que venga mañana

si este día de mi mente nunca se irá

si este día siempre será recordado

porque letras para Paola siempre habrá

porque hoy ha estado a mi lado

y por ello el sol me ha iluminado.









Mi final divino





No arrojes tus pétalos al mar

bonita mía

no llores pensando en mi final

y ven que mi corazón huye aprisa



No hagas llover en este cielo

y trae tus ojos, mi esperanza.

El final de mi camino

no es amargo si escucho tus versos



Contigo las flores abrirán

alegrarán mi puerta

y los pájaros silbarán nuestra tonada



Enjuga tus lágrimas amor

yo no temo con tu calor

tu calor que es mi calma



Ven niña mía

mi corazón agotado te llama

te llama, preciosa



Ven, acaricia mi costado

ven a nuestra almohada

mañana me llevaré tus suspiros

me llevaré, sobre todo, el sabor de tu mirada

esa que expulsó mi temor

y calmó mi alma



Duerme en mis ojos bonita

…duerme

que temprano seré feliz

en la eterna mañana.









Sombría espera.





En esta noche lluviosa, yo sigo aquí

parece que en este lugar voy a morir

pues hoy volví a buscar

y sólo nada pude encontrar



He salido a la oscuridad

para tratar de oír algo para mí

para oír una dulce voz que me llame

y yo a su lado ir



Como quisiera que mi amada

esta noche esté pensando en mí

y que mañana al amanecer

venga a verme aquí



Que me diga que ahora sabe que me ama

que al leer mis letras

sólo a mí necesita



Que me abrace quisiera

que bese con mucha ternura

que me haga llorar de alegría quisiera

y amarla y llevarla a las alturas



¡Que me saque de este hueco!

de este hueco en el que hasta hoy estoy metido

y por más que trato, la salida no encuentro

y yo siento cada vez más

que mi especial ser se ha perdido



Ya la lluvia de hoy se ha puesto ha escucharme

y me mira seriamente pensativa

ya ni ella sabe si alguien vendrá a calmarme

si vendrá al fin el alivio de mi vida.












Aún





El frío tardío azota mis olas

murió el verano en tu cielo

sin tu aroma llega el triste invierno



El viento me trae tu sonrisa

tu sonrisa ¡ah! tu recuerdo

el recuerdo de tus luceros

que iluminan mis tristes noches



Quito mi alma al temor

para decir al viento que te quiero

que te quiero sin esperanza



Llega el invierno y yo extraño el verano

porque traía tu piel a mis aguas

las estrellas te guiaban a mi norte

y ahora se han ido, te han perdido



La luna invisible me manda sus lágrimas

las lágrimas ¡ah! consuelo

consuelo que no llega a mi corazón

porque aún miro tu cielo



¡No quiero la luz de tu recuerdo!

quiero la luz de tu presencia

de tus ojos verdaderos



El tambor de mi pecho te llama

la melodía de mi respiración te busca

la brisa de mi aliento quiere traerte

¡Imposible! Ya no es verano, no hay luna



No hay luna y yo extraño tu rostro

el viento es fuerte y no cesa el recuerdo

el mundo gira sin morir mi norte

y yo aún, eterno, miro tu cielo.





CUENTOS







Estrella final





L

a noche se mostraba estrellada y sin luna, las calles del pueblo estaban alegremente iluminadas, muchas ventanas de casas estaban adornadas y se escuchaban voces y risas; el pueblo estaba a punto de recibir la navidad.

Alguien caminaba a paso lento por una calle angosta y larga, cabizbajo y solo el joven panadero se dirigía a su casa. Conforme avanzaba se contagiaba de a pocos de la alegría que transmitían desde sus casas las gentes del pueblo, sonreía al escuchar las palabras alegres de los niños, al sentir su júbilo por la noche buena que ya venía. Alzó la mirada al cielo y vio pasar una estrella fugaz. «¡Ser feliz!», fue el deseo que pidió.

Sin casi darse cuenta llegó a su casa. Y entonces se apoderó de él una tristeza grande, pues en casa nadie lo esperaba. Josué vivía solo en una pequeña morada un poco alejada del pueblo, no tenía a nadie, siempre estuvo solo. Pensaba que quizá lo habían abandonado de pequeño. Lo que sí sabía con seguridad es que hasta donde él recordaba siempre había trabajado. Ahora a sus veinte años, él trabajaba en una panadería con el dueño de ésta y le habían dado una pequeña casa a la que él sólo llegaba a dormir pues en el resto del día gustaba de ir al campo para oír el cantar de los pájaros y gozar de tranquilidad y paz. Él estaba enamorado de las cosas lindas que existían. Trataba siempre de encontrar algo bello y refugiar ahí su soledad.

Aquella noche en que faltaban pocos minutos para recibir la navidad, llegó a su casa y estuvo triste pues deseaba tener a alguien a quien decirle: «Feliz navidad, te quiero mucho». Decidió salir, irse pronto a cualquier lugar, salió de su casa y caminó con rumbo al campo. Aún caminaba cuando escuchó las campanadas que recibían la navidad y lloró, apresuró el paso y corrió, corrió lo más que pudo hasta que ya cansado cayó al suelo a orilla de un río. Josué deseaba alejarse lo más posible del pueblo y lo había conseguido. Se sentó mirando el oscuro horizonte y oyendo el correr de aquel río. Estuvo largo rato ahí, solo y triste. De pronto alzó la mirada al cielo y contempló las lindas estrellas, sonrió lanzando un triste suspiro.

En el cielo las estrellas más encendidas parecían juntarse formando una gran luz blanca que empezaba a descender, Josué observó con asombro aquello que estaba pasado, aquello que descendía como dirigiéndose hacia él, más cerca la luz crecía y mostraba en el centro una vertical luz roja. Por fin la luz descendió y se había ubicado justo al extremo contrario de donde se encontraba él. Josué estaba anonadado pues la vertical luz roja no era otra cosa que una mujer rodeada por una gran luz resplandeciente.

–¡Que hermosa criatura! –dijo Josué con voz entre cortada y quiso moverse pero no pudo.

Aquella hermosa mujer vestida de rojo caminaba de un lado a otro cantando con una dulce voz. En su canto decía:

He venido por ti

porque te amo,

ya no estarás solo jamás…

Él sentía una mezcla de felicidad y miedo, sonreía mientras una lágrima caliente resbalaba por una de sus mejillas.

De pronto el vestido ella empezó a agitarse junto con sus cabellos, como si un fuerte viento soplara en su entorno. Ven…ven…decía al tiempo que se elevaba lentamente. Josué intentó moverse pero no pudo; no obstante algo lo perturbó aún más: de la tierra salía una luz gris y brillante. Aquella luz hizo descender a la mujer y la cubrió totalmente. Ella lloraba y dirigiéndose a Josué le rogaba: Ayúdame…ayúdame, yo te amo. Pero Josué no podía moverse parecía que su cuerpo estaba pegado al suelo, además su voz se apagó al querer gritar. Esa extraña nube hundía a la hermosa mujer que lloraba y luchaba por liberarse y ascender, pero era inútil; la tierra poco a poco se la tragaba. Josué también luchaba por moverse y al no obtener resultado se sentía inservible y fracasado, quería ayudarla pero no podía. Cuando su amada ya había desaparecido por completo recién allí recobró el movimiento, dio un grito desesperado y se lanzó al río para llegar al otro extremo. Llegó al fin y gritando decía:

–¡No! ¡No! ¡No te la lleves, ella es para mí y me ama, me ama a mí… no te la lleves, no…!

Gritaba y golpeaba al suelo como un loco y trataba de cavar con sus manos pues quería encontrarla. Siguió así, gritando y cavando con desesperación haciendo sangrar sus dedos mientras su corazón latía más fuerte y se aceleraba. Hasta que sintió una punzada fuerte como si fuera traspasado por un cuchillo. Josué por el dolor se cogió fuertemente con la mano derecha el lado izquierdo de su pecho, dio un profundo quejido y cayó de bruces al suelo.

Al amanecer, cuando el sol contemplaba horizontalmente al pueblo, un anciano campesino que pasaba por allí en su burro vio el cuerpo de un hombre tendido boca abajo, con la mano derecha en el pecho y la otra en un hoyo. Era Josué, que yacía muerto.





Hasta el fin





E

l cielo estaba nublado, era una noche triste, el reloj de la iglesia daba nueve campanadas; a esta hora sólo algunas personas paseaban por las calles principales de Muchán. A dos cuadras y media de la placita, se ubicaba una casa construida con ladrillo. Éste era el hogar de don Juan, amable anciano de sesenta años. Hace días que estaba muy enfermo. Esta noche se encontraba solo en su cama abrigado con una frazada, muchos recuerdos venían a su mente, recuerdos de sus años mozos, recuerdos que le traen alegría y nostalgia.

–¿Hay alguien en casa? –se oye una voz de mujer llamando a la puerta.

–Adelante está sin cerrojo –se oyen los pasos acercándose al cuarto del viejo.

–Hola Juan ¿Cómo te sientes?

–¿María? ¿María Luz? ¿En verdad eres tú?

–Sí Juan, he venido a verte.

María Luz había sido la novia del viejo hace muchos años, siempre paseaban juntos por las calles de Muchán. Era tan común verlos juntos que parecían tórtolos enamorados en medio de la plaza. Pero cierto día, Juan se embriagó en compañía de unos amigos como nunca antes lo había hecho y como producto de la borrachera entró en una casa que no era la suya he hizo destrozos. A consecuencia de esto lo detuvieron y obligaron a prestar servicio militar. Después de dos años de servicio en la sierra Juan regresó a Muchán; pero una gran decepción apagó su alegría: María Luz, la mujer que amaba, se había comprometido hace tres meses y había dejado el pueblo.

Ahora ella estaba ahí, se había enterado por medio de una prima sobre la enfermedad de Juan.

–Bueno pues ya me ves aquí estoy –dijo Juan– bebiendo de a pocos el trago amargo de la muerte…pero no tengo miedo, al contrario, por fin saldré de esta soledad.

El viejo no había vuelto a enamorarse y nunca se casó; en su corazón sólo existía el recuerdo de María Luz.

–No digas eso, tú siempre has sido fuerte; te recuperarás

–¿Y para qué? Si hace ya muchos años que perdí las ganas de vivir, desde tu ausencia –dijo el viejo.

–Creo que será mejor que me vaya.

–¡No! Por favor no te vayas, disculpa si te incomodo con mis palabras…pero dime tú ¿Acaso nunca volviste a pensar en mí?

–Claro que sí, yo nunca te olvidé; pero no quiero hablar de eso. Ahora debo irme –dijo María Luz.

Dos lágrimas bajaron por las mejillas del viejo y en ese preciso momento un fuerte dolor le oprimió el pecho.

–¿Qué te sucede Juan? –preguntó María Luz desesperada.

–No es nada, no es nada; pero quédate, quédate por favor mi amor. Si voy a morir quiero tenerte en mis ojos, con tu calor a mi lado

María Luz al escuchar esto, cogió de las manos a Juan y lloró; lloró también.

–Siempre fuiste mi chiquita linda, te llevaré en mi corazón a donde vaya –María Luz lo abrazó y después de darle un beso en los labios; Juan murió.





Un sueño





D

e repente, al alzar la mirada me vi rodeado de una inmensa arboleda; era un lindo bosque que además tenía una laguna con agua cristalina en cuya orilla crecían lindas flores coloridas. Yo al principio me vi solo, tenía un cuaderno amarillo en la mano; lo abrí para ver qué escritos contenía y pude leer un título que decía: Un sueño. Cuando estaba a punto de leer el resto del contenido escuché unas voces, entonces volví a alzar la mirada y eran mis compañeros de aula, que habían llegado a ese lugar junto conmigo. Estaban todos, chicos y chicas, por eso que al principio me pareció extraño verlos allí. Ellos estaban dispersos por aquel lugar, en grupos o parejas, riendo o conversando. Uno de mis compañeros estaba solo, era Frank; estaba sentado en una piedra con la mirada fija en un libro de matemática «¡Qué aburrido!», pensé; pero bueno, a Frank esas cosas le agradan.

Después mi mirada se concentró en aquella laguna. Mis ojos nunca habían visto tantas flores bellas alrededor de una laguna bella también; pero luego encontré un detalle que hacía a aquel lugar aún más hermoso, era una flor con ojos marrones claros, era Paola, una de mis compañeras. Se veía muy hermosa y su hermosura se confundía con la de las flores. Quise acercarme a ella pero no pude; estaba nervioso. De pronto uno de mis compañeros se me acercó, era Ángel.

–¡Oye! ¿Qué miras? –me preguntó– Anda, ven con nosotros –él sabía lo que sentía por Paola y por eso le dije:

–Mira hacia allá, mira que linda es Paola, sabes… quisiera acercarme, pero no me atrevo.

–La verdad –me dijo– sí se ve guapa… tú estás enamorado de ella, pero ella no lo sabe porque tú nunca se lo has dicho. Pues ahora anda y díselo. Desahoga eso que sientes en el pecho –después de decirme esto, Ángel se fue con un semblante serio, pero lo que me dijo era verdad; él tenía razón.

Yo no sabía qué hacer al principio, después decidí acercarme a aquella laguna. Me quedé en un extremo y empecé a coger unas flores que emitían un agradable aroma, pasó por mi mente acercarme a ella y darle esas flores, pero no me atreví; entonces no hice más que agachar la cabeza y arrojar las flores al agua. De pronto resulté sentado a la sombra de una inmenso árbol, pero sentí que alguien me acompañaba y pude darme cuenta que quien estaba a mi lado era Paola, estaba a mi lado mirándome dulcemente.

–Hace mucho que te veo solo –me dijo–. Haber dime ¿Qué te pasa?

Yo estaba asombrado, sentía una mezcla de felicidad y nervios; mis manos temblaban, era tan fantástico tenerla a mi lado, que mi voz tembló al hablarle.

–Ya no puedo callar más… estoy enamorado de ti.

Ella me miró fijamente a los ojos, yo no dejaba de temblar, acercamos nuestros rostros lentamente y sentí un beso tan suave como no había sentido jamás. Estaba tan feliz, que deseaba que ese momento no se acabara; pero inesperadamente escuché una voz que decía:

–¡Despierta Miguel! Son las siete ya –era mi madre, que me despertaba para ir a clases, pues todo lo sucedido, sólo había sido un sueño.





Utopía





L

eí alguna vez que: “Algunos hombres somos como los perros, que necesitamos de un amo para poder vivir”. También a mí me tocó comprobar que es cierto.

Yo crecí al lado de mi tío, éramos los peones de un gran señor que tenía una chacra inmensa en Muchán. A pesar de que trabajábamos de seis a seis, todo era bien. Por las noches todos los peones y sirvientas cantábamos y bailábamos alegremente al compás de la guitarra de mi tío. Él siempre me decía: «Muchacho, si quieres ser tratado bien, bajemos la cabeza y a trabajar».

Cierto día, mi tío recordaba sus amores y aventuras juveniles; y yo, creí ser momento oportuno para hablarle de Paloma. Pero él, reaccionó como era natural.

–¿Qué estas diciendo muchacho? ¿Acaso te refieres a la señorita Paloma? ¿La novia del joven Marcos? ¿Acaso quieres que te maten a palos?

Él hablaba con razón, Paloma era la novia de Marcos, el hijo del patrón. Marcos era soberbio pero además era un cobarde; en cambio Paloma era amable, nunca trataba ni gritaba mal a los demás y era muy bonita, sus ojitos marrones claros me tenían loco. Era tan hermoso verla en la orilla de la laguna, que siempre pensaba en ella. Pero yo era un simple peón.

Mi tío no dejaba de regañarme y de pronto ellos pasaron por allí, eran Paloma y Marcos.

–Buenos días jóvenes –saludó mi tío con reverencia, mientras yo concentraba mi mirada en los lindos ojos de Paloma– ¡Eh muchacho! Saluda a los patrones –replicó mi tío.

–Déjelo viejo, algún ratón le habrá comido la lengua –dijo Marcos en forma de burla, luego se dirigió hacia mí y ordenó–. ¡Acércate! Ve al pie de la laguna, corta unas flores y tráelas para mi novia.

–No quiero flores –dijo Paloma–, mejor vamos a otro lugar.

–¡Claro que no! ¡He pedido flores, y flores traerán!

Yo, sin decir nada, fui y corté las flores más lindas y luego se las llevé y entregué a Paloma. Ella me miró con sus hermosos ojitos. «Gracias», me dijo.

–No tienes porqué agradecerle, es su deber.

Al llegar la noche noté que mi tío se mostraba molesto conmigo. Esa noche no cantamos y nos acostamos temprano. En sueños pude ver a Paloma, mirándome con sus hermosos ojitos.

A la mañana siguiente, no dejaba de pensar en ella cuando de pronto logré divisarla cerca de la huerta.

–¡Voy a verla!

–¡No muchacho! ¿Acaso estás loco? –objetó mi tío.

Pero yo quería ir y para convencer a mi tío, le dije:

–Es la novia del joven Marcos, quizá se le ofrezca algo; ya regreso

Dejé a mi tío y fui corriendo hacia ella como si me esperara. «Buenos días señorita Paloma».

–Buenos días... tú trabajas aquí ¿Cuál es tu nombre?

–Soy José María, el sobrino de don Leopoldo… ¿Qué hace aquí tan solita?

–Espero a Marcos, él vendrá a recogerme.

Yo sonreí y con un toque de picardía le dije:

–Cómo es posible eso Palomita, si yo tuviera una novia tan bella como usted, nunca la haría esperar y siempre la enamoraría con palabras de poeta.

Al escuchar esto, ella me miró dulcemente y sonrió, pero luego llegó Marcos en su caballo.

–¡Tú, infeliz! –me gritó– ¿Qué haces aquí? Y tú Paloma ¿Qué haces hablando con este peón?

–Yo lo llamé para preguntarle por ti –me defendió ella–. No tienes porqué hablarle así –él la subió en su caballo y sin dejar de mirarme molesto, se la llevó.

Ya en horas de la tarde la volví a ver, estaba en el mismo lugar que antes, pero no me animaba a ir por lo que había pasado durante la mañana; luego escuché que alguien me llamaba en alta voz, entonces noté que era ella. Yo sin pensarlo dos veces fui al instante.

–¿Qué desea señorita? –pregunté.

–Quiero pedirte una disculpa por lo que pasó esta mañana.

–Usted no tiene porqué linda palomita, además no estoy acostumbrado a que me pidan disculpas; menos aún los patrones.

–Yo no soy tu patrona –replicó– y no quiero serlo, sólo soy Paloma. ¿Me harías un favor?

–Claro que sí –le dije.

–En este manzano he visto un fruto maduro, quisiera que me lo consigas.

En ese instante trepé al árbol y le bajé la manzana más roja que había.

–Muchas gracias –me dijo–, pero mira, estás sudando, toma esto –me estaba entregando su pañuelo–; te puedes quedar con él. Ahora debo irme, ayúdame a subir al caballo, por favor.

Yo no sé que hice mal, pero al tratar de subir, resbaló y cayó sobre mí. Sentí que el tiempo se detuvo en ese instante y que sólo existíamos en el mundo ella y yo. Mis labios temblando se juntaron a los de ella y sentí la gloria alcanzar porque ella no me rechazó; aunque luego se levantó, montó el caballo y se fue nerviosa y presurosa.

Por temor a ser regañado, no conté nada a mi tío. Se llegó la noche y yo sólo deseaba que amaneciera pronto para volverla a ver. Llegó el nuevo día y yo trabajaba pero a la vez pensaba en ella, alzaba la mirada para buscarla pero en toda la mañana no la encontré. Por fin en la tarde la pude ver junto a la hermosa laguna que había en la chacra. Llegué hacia ella y no me dijo nada, entonces noté en sus ojos tristeza y lágrimas; yo le ofrecí el mismo pañuelo que ella me había obsequiado, un beso y nos abrazamos muy fuerte. Pero desgraciadamente pasó lo peor, su novio nos descubrió y aunque enseguida se fue, luego regresó con unos peones que me cogieron, me amarraron y me encerraron en una jaula como animal salvaje, mientras que a Paloma, Marcos se la llevaba a la fuerza.

Por la noche me amarraron a un palo y me golpearon con un látigo, luego me volvieron a enjaular para embarcarme aquí, en este tren que se dirige a una hacienda más al norte pues he sido vendido por el hijo del patrón. Antes de partir mi tío me dijo entre lágrimas que a Paloma la iban a enviar muy lejos para que se olvidara de mí. No sé si ella consiga hacerlo, pero lo que sí sé es que yo acompañado de éste, su pañuelo lindo como ella, nunca la olvidaré.





Ensueño eterno





A

las ocho de la noche me despedí de Joel, a quién había ido a visitar al pueblo vecino para contarle lo que me sucedía y recibir un consejo de mi buen amigo.

–Es una hermosa joven –le había dicho– de ojos marrones claros que me toma de la mano y corre sonriente; y yo soy feliz. Pero en lo real no la conozco, nunca la he visto, sólo en mis sueños que se han hecho más seguidos y la verdad es que no quiero dejar de soñar con ella.

Él me dijo que tiempo atrás creyó que le pasaba lo mismo pero que al no prestarles atención poco a poco habían desaparecido; él estaba seguro que en mi caso esos sueños constantes se debían al deseo inhibido de encontrar a la mujer que describía en mis historias.

–¡Además! –dijo– No puedes aferrarte con esa intensidad a un sueño, porque si desaparece vas a sufrir.

Al despedirme de él me sentía un poco aliviado; aunque no dejaba de pensar en mi ensueño. Los sueños de Joel se habían repetido sólo unas días; pero yo ya llevaba muchísimas noches encontrándome con ella en los míos. Cogí camino hacia el paradero para embarcarme de regreso a mi pueblo y tratando, sin verdad y sin efecto, de no pensar en mis sueños pues quería que desaparecieran.

Cuando llegué al paradero habían muchas personas esperando movilidad, pero los carros pasaban llenos. Estuve allí largo rato hasta que por fin un ómnibus pequeño se detuvo. Estaba casi lleno pero muchos nos quisimos embarcar a como diera lugar. Entonces fue en ese instante, cuando estaba a punto de subir, que aprecié unos ojos preciosos, unos ojos marrones claros que había visto antes, ¡Era ella!, la mujer de mis sueños… que bajaba de aquel ómnibus.

Ya no pude ni quise embarcarme. Apartados a un lado ella y yo nos mirábamos fijamente, sentía una alegría inmensa de tenerla frente a mí, entonces la abracé y ella me correspondió.

–Te he estado buscando –le dije.

–…Yo también –.contestó.

Luego de cierto silencio me dijo llamarse Linda, que siempre me había soñado y que todos los días había tratado de encontrarme. Todo era asombroso. No sólo era ella en apariencia, sino que también me había estado buscando. Yo le conté que me había pasado lo mismo, que mi relación con ella venía desde hace varios meses atrás y que estaba enamorado. Después me tomó de la mano y se mostraba tierna y feliz.

–Acompáñame –me dijo–, quiero mostrarte un lugar muy especial.

Entonces llegamos a un pequeño prado rodeado de árboles y arbustos en el que tomados de la mano corrimos bajo la luz de la luna. Los ojitos de ella brillaban con dulzura y amor; yo estaba feliz.

Largo rato estuvimos así: corriendo, abrazándonos y sonriendo. Nos conocíamos de siempre. Nos amábamos. Ya cansados y agitados nos tiramos al pasto observando la hermosa luna llena. Pero luego ella se levantó rápidamente, diciendo con grata sonrisa:

–¡Trata de encontrarme! –y se ocultó entre unos arbustos.

–¡Te encontraré! –decía yo– Y te besaré cuando lo haga… ¡Prepárate que ahí voy! –y jugaba haciendo como que no la encontraba, buscando en uno y otro lado.

De repente escuché un grito de dolor desesperado que me asustó, corrí hacia Linda y la encontré tendida en el pasto.

–¿Qué te sucede amor? –pregunté sollozando a su lado.

–¡Una serpiente!... una serpiente me mordió –contestó con profundo dolor, señalándome su pierna derecha lastimada. Yo lloraba y no sabía qué hacer, busqué con la mirada a la serpiente maldita pero no la encontré. El cuerpo de Linda temblaba y sus ojos decaían.

–No me dejes –le decía–. Ahora que te encontré, no me dejes

–Yo no quiero morir –contestó–, no quiero

Yo la aferraba a mi pecho con desesperación, gritando que no se me fuera; mas luego sentí que su cuerpo perdía fuerza y en aquel momento me dijo:

–Nunca me olvides… te amo.

–¡¡¡no!!! –grité, aferrándola a mí con más fuerza, pero ella, acababa de morir.

Yo lloraba desesperado y me golpeaba arrancándome los cabellos, entonces lleno de rabia y dolor busqué algo con qué hacerme más daño y encontré una astilla muy larga, delgada y dura; luego me acerqué a mi amada, besé sus labios y coloqué de punta la astilla en el lado izquierdo de mi pecho. Empujé con todas mis fuerzas y la astilla lastimó mi corazón, quedando yo tendido al lado de mi amada.

Pero luego todo cambió, sentía que me elevaba rodeado de auras celestes y nubes blancas y advertí que llegaba al cielo, porque encontré a Linda, quien me tomó de mi mano derecha para dirigirnos juntos hasta la eterna felicidad.





Junto al mar





E

l querer disfrutar de un ambiente agradable me trajo a esta playa. Estaba paseando de un lugar a otro, por la orilla del mar. Eran más o menos la una de la tarde cuando de repente me pareció ver a cierta distancia a la mujer de la cual yo estaba enamorado. Me acerqué un poco más y sí, era ella, Elisa. Se encontraba de pie mirando profundamente al inmenso mar.

¿Qué hacía allí? Quizá estaba esperando a su enamorado que se había ido a comprar o a bañarse en el mar o quizá esperándolo porque aún no llegaba a la cita. El punto es que no me atrevía a acercarme. Me saludaría amablemente, pues así era ella: amable; pero después llegaría su enamorado y yo pasaría a segundo plano o simplemente se despediría de mí. Pero pasó el tiempo y seguía allí sola con la mirada fija en el horizonte del mar; ya no dudé más y me le acerqué.

Ella al verme lo primero que hizo fue abrazarme muy fuerte; en aquel momento pude darme cuenta que una gran tristeza la acompañaba.

–¿Qué te sucede? –le pregunté– ¿Por qué esta tristeza en ti?

–Ay Pablo, amigo mío, no es nada, no te preocupes. Pero si quieres ayudarme en algo, te pido que me acompañes a caminar. Quiero despejarme un poco.

La acompañé. Caminábamos en silencio. Quería preguntarle cuál era el motivo de su tristeza pero no me animaba, luego mi objetivo se trazó en hacerla sentir alegre y, lo que sea que le haya pasado, olvidara su pena. Y lo logré, pude hacer que riera. Era tan hermoso verla reír y mucho mejor si su alegría era a mi lado. Seguíamos caminando. Ella ya no estaba triste, entonces empecé a sentir una fuerza que me empujaba a confesarle mis sentimientos; quizá ella ya los sabía, pero yo nunca le había expresado con palabras lo que sentía por ella.

–Sabes… yo siempre he estado enamorado de ti –le dije. Ella al escuchar esto se alejó y quiso irse de mi lado, pero la detuve–. No es necesario que huyas, olvida lo que te dije, pero no te alejes de mí por favor.

Ella sin mirarme a la cara me dijo:

–Yo sabía eso desde hace mucho… pero pensé que después de tanto tiempo ya no sentías lo mismo.

Se quedó en silencio y yo la contemplaba. Luego levantó la mirada, nos miramos fijamente a los ojos, nos acercamos y después de un beso intenso… todo cambió. La felicidad se había apoderado de todo mi ser y no me importó ya el motivó por el que había estado triste, si en ese momento todo estaba bien. Estuvimos juntos todo lo que quedó del día. Abrazados caminábamos por la orilla de este lindo mar.

Ya por la noche, cuando nos disponíamos a regresar a nuestras casas, tuvimos que tomar carros diferentes, pues la escasa movilidad no nos permitió regresar juntos. Todo estaba bien, ella por un lado y yo por otro, pero yo estaba feliz; ella ya era mi enamorada, ya todo estaba bien.

Iban ya treinta minutos de viaje, cuando de pronto el carro en el que iba yo se detuvo y me di cuenta que el motivo por el que se detenía era por un accidente que había pasado con otros dos coches. Todos los pasajeros bajamos y noté algo que hizo un nudo en mi garganta: uno de los carros accidentados era en el que había subido Elisa. Lo que hice fue correr hacia aquel carro y así de costado como estaba, entrar en él y buscar a Elisa. Después de algunos segundos la encontré; pero ella, la mujer que amaba, estaba muerta. Me acerqué y la abracé fuerte, muy fuerte, sufriendo y llorando por el amor que me había dejado, preguntando a dios el porqué me la había quitado.

Unos policías me apartaron de ella y se la llevaron junto con otras personas que habían padecido en el accidente y yo, yo sólo caminé y caminé toda la noche, y hoy mi amanecer a sido aquí en esta playa donde nació nuestro amor, el cielo está muy celeste y trato de buscarla allí, en el cielo; porque ella ya no está a mi lado y yo estoy aquí solo junto al mar, yo ahora ya no tengo sueños, ya no tengo ilusión. Ahora yo sufro y lloro porque se me ido su amor.



Un amor así





E

l día amaneció muy bello, como un sol brillante y alegre. Los pajarillos cantaban a lo lejos y los habitantes del pueblo parecían sentir tal alegría. A las siete de mañana Jesús recién despertaba y hubiera seguido durmiendo de no ser por los continuos avisos de su abuela.

–¡Jesús! despierta hombre, no seas holgazán; tienes que ir a dejar el desayuno a tu abuelo –así era como la abuela despertaba continuamente a Jesús, quién se acostaba a dormir muy tarde, a causa de leer un libro de poemas que días atrás se había encontrado.

Jesús era un muchacho de veinte años, romántico y enamorado; gustaba mucho de las cosas bellas y a veces andaba como distraído pensando en quién sabe qué. Cierto día, camino a la granja de su abuelo llevándole el desayuno, escuchó cantar a unos pájaros y cerró los ojos para escuchar el canto con más placer. Sin darse cuenta de que seguía caminando cayó a una acequia y arruinó todo el desayuno del abuelo; por cierto que tuvo luego que soportar los gritos y regaños de éste y de su abuela también. Desde entonces le consiguieron un caballo para más seguridad. El caballo era blanco, grande y robusto, tenía unas rayas negras en las ancas y el cuello: Jesús lo llamó Tigre.

Aquel día de lindo amanecer, la abuela quitó el libro de poemas al muchacho para que éste no perdiera tiempo y llegara pronto a la granja con el desayuno del abuelo.

Por la tarde Jesús y su abuelo regresaron de la granja, al llegar a casa Jesús notó algo que le llamó la atención: una familia llegaba a vivir cerca de ahí; pero lo que más le impresionó fue una linda muchacha que parecía ser la hija de familia. Jesús seguía mirándola, entonces su abuelo le dio un golpecillo en la cabeza:

–¡Eh muchacho! Reacciona que pareces zonzo. Pasa y da agua a los caballos y pasto también.

Jesús después de almorzar salió de su casa. Quería volver a ver a la hermosa muchacha. En la calle se hacían comentarios sobre la llegada de los nuevos vecinos, decían que era una familia que venía de un lugar donde se sembraba gran cantidad de caña de azúcar y que mantenían costumbres que en el pueblo ya no se practicaban. La casa de los nuevos vecinos permanecía a puerta cerrada hasta que luego de unas horas se abrió y salió a posarse en la puerta aquella muchacha. Jesús quedó boquiabierto, ella de verdad era hermosa. La muchacha miró de un lado a otro como queriendo conocer la calle, entonces se encontró con la mirada de Jesús, éste movió la cabeza como reaccionando, y decidió acercarse; ella al verlo aproximarse quiso entrar en su casa pero él le habló:

–Buenas tardes señorita

Ella le contestó hurañamente:

–Buenas tardes… hasta luego

–No. Un momento por favor ¿Al menos podría darme su nombre una señorita tan bella?

–Julia –respondió nerviosa

–Mucho gusto mi nombre es Jesús, para servirle

–Bueno joven discúlpeme, debo entrar sino…

–¿Sino qué? ¿Acaso no te permiten hablar con nadie? Y dime Jesús porque joven no es mi nombre.

El semblante de ella cambió y quiso sonreír, pero alguien llamó dentro: ¡Julia!

–Discúlpeme joven…digo Jesús, pero es mi madre, tengo que entrar.

Julia entró en su casa y cerró la puerta sin hacer ruido, pensaba en que nunca le había gustado tanto hablar con un muchacho; bueno la verdad es que muy pocas veces había hablado con un muchacho. Por otro lado, Jesús se sentía feliz. Entró en su casa diciendo:

–Ya la encontré, la encontré y es linda, sus ojitos son marrones claros; ella es muy bonita –los abuelos lo miraban y sonreían. Jesús parecía loco dando vueltas y cantando de contento.

–¿Qué te pasa? ¿A quién encontraste? ¿Quién es bonita? –preguntaron los abuelos sonrientes.

–Ya les contaré, ahora voy a mi cuarto a leer un poco.

Así pasaron los días, Jesús y Julia estaban enamorados, uno del otro; aunque sólo se conformaban con mirarse o hablar en cortos momentos cuando ella salía a comprar el pan. Para Jesús era suficiente porque la amaba; pero Julia sabía que eso no podía ser a pesar de que ella también lo amaba, pues sus padres jamás aceptarían esa relación ya que éstos la habían comprometido en matrimonio desde pequeña con un hombre de su tierra. Hasta ahora Julia no había dicho nada sobre esto a Jesús por no herirlo, pero días después su prometido llegó al pueblo.

Jesús al llegar del campo con su abuelo vio un caballo robusto de color marrón que estaba junto a la casa de Julia, preguntó a su abuela si sabía quién había llegado y ella le contestó que era un muchacho colorado y bien vestido que llegaba desde la tierra de donde eran los vecinos. Jesús no entendió esto y decidió esperar hasta la tarde para encontrarse con Julia cuando saliera a comprar el pan. Pero cuando la encontró, ella lo primero que hizo fue abrazarlo y llorar diciéndole:

-Jesús yo te amo, te juro, yo te amo…pero esto, lo tuyo y lo mío; no puede ser.

Jesús no comprendía porqué Julia le decía todo eso, pero sentía que sus palabras le arrancaban el alma. De repente, un grito agresivo de hombre se escuchó:

–¡Julia! ¿Qué es esto!

Era el prometido de Julia que por la demora de ésta, había salido a su encuentro. Julia soltó a Jesús y siguió llorando.

–¿Quién es él? –preguntó Jesús a Julia.

–¡Su futuro marido! –se adelantó a contestar el prometido– ¿Y tú? ¿Quién eres infeliz?

Jesús se molestó y se lanzó contra él.

–¡No! –gritó Julia– déjame Jesús, lo nuestro no puede ser.

–Entonces, ¿no me amas?

–Mis padres me comprometieron en matrimonio desde niña con el hombre que ves aquí. Yo debo obedecer.

Jesús con los ojos húmedos, lleno de rabia y dolor corrió a su casa, ensilló su caballo y dijo a sus abuelos que se iba a la casa del campo, que allá se quedaría a vivir. Cogió algunas cosas, entre ellas su libro de poemas y se fue.

Mientras tanto el novio de Julia había enterado a los padres de ésta sobre lo sucedido y sugirió que la boda fuera en dos días. Los padres aceptaron.



El día de la boda llegó, todo el pueblo lo comentaba. El abuelo, al llegar a la granja, encontró a Jesús nervioso y desesperado; éste ya sabía lo de la boda, porque su abuelo el día anterior lo había puesto al tanto.

–Ven abuelo –dijo Jesús–, siéntate a mi lado, quiero hablar contigo de hombre a hombre,

–¡Vaya! Haber pues hijo, te escucho.

–La muchacha que hoy se casa en el pueblo es la mujer que amo.

Jesús narró a su abuelo todo lo que había sucedido entre Julia y él desde que la conoció hasta el día en que abandonó el pueblo. Después de escucharlo, el abuelo le dio una palmada en la espalda y le dijo:

–Pero qué haces aquí plantado como árbol; corre, arréglate un poco y ve por ella. Si los dos se quieren como dices, ve y tráela contigo. Yo y tu abuela nos encargaremos de arreglar el resto.

Al escuchar esto, Jesús sintió un arrebato y esperanza inmensos. Después de engalanarse, montó presuroso su caballo y fue en busca de su amada. Tigre corría como el viento, parecía sentir la emoción de su amo.

En tanto, Julia llegaba a la iglesia en una carreta adornada, tirada por caballos. Ella lucía llorosa pero hermosa a la vez. Su padre la cogió del brazo para ayudarla a bajar. En la puerta de la iglesia la esperaban el novio y otros familiares, Julia se acercaba a paso lento, se preguntaba porqué tenía que casarse con alguien al que apenas conocía y al que no quería. Tenía 19 años, estaba viviendo a comienzos del siglo XX y desde que ella recordaba había visto a muchas mujeres casarse sin amor, tan solo porque sus padres ya habían decidido su futuro desde niñas. De pronto algo interrumpió su reflexión, un grito se escuchó:

–¡Julia! –era Jesús.

Todos voltearon a mirar hacia la dirección del grito y Julia al ver a Jesús corrió hacia él. Éste la subió en su caballo y se la llevó diciendo en voz fuerte:

–Nada se puede hacer contra el verdadero amor, compréndalo, nada.

–¡Julia, no! –gritó su madre y su padre intentó seguirlos en la carreta en la que había llegado la novia, pero el novio lo detuvo diciéndole:

–No hay nada que hacer, él tiene razón: Nada se puede hacer contra un amor así… nada.



Los ojos





E

staba yo, cierto día, perdido en una lugar extraño, un lugar maravilloso y lejano. Frente a mí eran árboles, flores, pajarillos cantando y la melodía de un riachuelo cuyas aguas acariciaban las piedras; un paisaje hermoso. Tras de mí había una montaña inmensa que rompía el cielo, cuya cima no podía ver.

Un pajarillo pecho amarillo vino a posarse en mi mano y cantaba; su canto era hermoso. Levanté el brazo y el pajarillo con dirección a la cima de aquella montaña voló, lo seguí con la mirada hasta que se perdió; entonces escuché una voz: «Ven…sube…ven», decía. Mi cuerpo se estremeció tanto que decidí alejarme de aquel lugar. Fue entonces que un fresco viento me envolvió y aparecieron frente a mí unos ojos. Eran unos ojos bellos como luceros en el cielo o como perlas en el mar. Esos me encantaron y se iban elevando por el cerro, tentándome.

-Ven a mi lado…ven –seguía diciendo una dulce voz femenina que provocaba pasión. Sin pensarlo más puse manos y pies en el cerro y comencé a subir. Estaba ilusionado, trepar era tan fácil que me sentía el hombre más ágil del mundo y ascendía, alzaba la mirada y los ojos seguían frente a mí, elevándose conforme yo subía.

El viento se hacia cada vez más fuerte, comenzaba a sentir cansancio y me detuve. Luego, en un abrir y cerrar de ojos, todo se calmó y reino el silencio; yo sentí miedo de estar allí. Entonces escuche:

-Ayúdeme…ayúdeme joven por favor –era una triste y agotada voz, levante un poco el rostro y vi a un anciano sentado en una roca, ansioso por bajar de donde estaba. Me acerqué un poco y vacilé en lo que debía hacer, pues deseaba ayudar al anciano pero algo fuerte me tentaba a seguir subiendo.

-No puedo solo, ayúdame por favor –seguía diciendo el viejo que no dudé más y haciéndolo subir a mi espalda me preparé a bajar.

-Muchas gracias- me dijo-. Elegiste ayudarme, tu esencia ha vencido.

-Dígame señor –le hablé cuando habíamos descendido ya algunos metros– ¿Qué hacia usted en medio de esta montaña?– y al no obtener respuesta sentí aligerada mi carga ya que el viejo había desaparecido.

El silencio se apodero de mí, pues estaba asombrado, pero al levantar el rostro hacia arriba volvió el encanto y me dispuse a seguir. Los vientos soplaban fuerte y yo me cansaba, pero en el alma deseaba llegar a la cima en donde sentía que la dueña de esos ojos lindos me esperaba. Llegar al final de la montaña se había convertido en todo para mí, que al encontrar a la dama de los ojos bellos y dulce voz podría al fin ser feliz. Entonces me apresuré hasta que por poco caigo de allí. Iba a dejarme vencer pero me sentí ayudado y pude seguir. Escuché claramente: «Sigue, ven… ya lo logras, ven». Era esa dulce voz que oía muy, muy cerca, entonces cual gato montés comencé a trepar más y más aprisa hasta que mi corazón no pudo más. Sin fuerzas y sin aliento me dejé caer. En mi inconsciencia me sentí volar, volar muy suave y lento, ahí vi los ojos, aquellos ojos lindos que me hicieron subir la montaña. Mi vuelo parecía eterno y los ojos seguían ahí mirándome, mirándome con amor y ternura.

-¡No caerás! –dijo la voz y de pronto sentí mi cuerpo detenerse y ser abrazado por una aura suave y perfumada que lentamente me llevó a la cima deseada.

Aún seguía inconsciente pero mi alma estaba feliz, entonces sentí algo dulce como miel en mis labios y desperté. Al abrir lentamente los ojos lo primero que vi fue un rostro hermoso, el rostro que era dueño de unos ojos claros, bellos; más bellos que la luna.

Mi cuerpo yacía sobre una suave y fresca hierba y ella estaba junto a mí sonriendo y mirándome.

-¡Gracias! –dijo mi hermosa amada– Gracias por venir hacía mí, eres muy bueno… te amo. Yo soy…

-Tú eres –le dije– el ser que siempre he esperado, gracias por traerme aquí, gracias por existir, no me iré de tu lado jamás.

Entonces ella me cogió de las manos para llevarme volando a un viaje, un viaje hacía las estrellas; para ser feliz a fin.







Tony y Payoly





H

abía pasado una semana desde que llegamos a vivir a ese pueblo joven. Éste estaba muy alejado del centro de la ciudad, que parecíamos estar en el último rincón del mundo. La nueva casita era humilde, chiquita pero linda. Se ubicaba en la última cuadra de la calle; calle que terminaba en unos arenales inmensos que parecían desiertos.

Mi hermano menor pronto se acostumbró a aquel lugar como todo niño juguetón, creo. Salía a jugar en los arenales haciendo huecos y matando lagartijas. Yo al principio no lo acompañaba, estaba un poco molesto por el cambio de casa; pero cuando lo acompañé no me imaginé que ese día íbamos a conocer a alguien.

Desde lo alto de los arenales se podía ver la iglesia y allá, chiquito pero muy chiquito, se veía también mi colegio, mi amado colegio al que ya no volvería, al menos no como alumno, pues ya era egresado.

–¡Hay que matarla! –gritó mi hermano– ¡La lagartija, hay que matarla que se corre!

Y comenzó a corretear. Y corrían y corrían, la pobre lagartija con la cola alzada le faltaban patas para escapar de su verdugo, ese hermano mío que con el palo en la mano se rindió de cansancio y cayó sentado. Después fui hacia él y lo encontré serio, apenado y con la mirada fija en un tipo que apedreaba a un perro callejero.

–¡Viejo malo! –le gritó mi hermanito.

Aquel hombre nos miró molesto y luego se fue.

–Vamos Juan, vamos ya…es hora de irnos –le dije a mi hermano.

–¿Y el perrito? Viene para acá ¿Podemos llevarlo?

–Claro que no –contesté–, es un perro sucio y ha de estar sarnoso. Vamos ya.

Se puso de pie con la carita triste y caminó. Al llegar a la puerta de la casa mi hermano volteó hacia atrás y exclamó:

–¡Mira nos sigue, el perrito nos sigue!

Se nos acercó sacando la lengua y meneando la cola. «Está con hambre, hay que darle comida ¿ya?»

Desde entonces Tony llegó a nuestra casa. Al principio sólo le dábamos de comer en la calle; pero pronto se ganó nuestro cariño y pudo entrar. Previo baño, por supuesto. Aunque eso costó mucho trabajo pues no estaba acostumbrado al aseo y tuvimos que amarrarle las patas para enjabonarlo y bañarlo bien, luego secarlo y meterlo en un canasto para que no se fuera a ensuciar de nuevo.

Tony era un perro chusco, de un año más o menos, color caramelo, sus orejas pequeñas, su hocico color negro al igual que sus ojos y de carácter bravo. Mucho gustaba de salir a la calle a corretear y pelear con sus compinches; a veces salía lastimado. Regresaba cojeando y llorando. Juan y yo lo curábamos con agua, jabón y alcohol, pobrecito, cuando lloraba me daba pena; pero ¡ay! perro testarudo nunca escarmentaba.

Mi mamá y Juan fueron cierto día a visitar a mis abuelitos a su granja en Muchán. Y al regresar, Juan entró corriendo. «¡Miguel, Miguel!, –me llamaba jubiloso– Mira, mira, una perrita, una perrita chiquita; una perrita bonita». La tomé en mis manos, era una cachorrita preciosa, me parecía estar cogiendo una esponjita muy suave. La alcé y la puse frente a mí, entonces vi algo que me agradó aún más. Eran sus ojos, unos ojos verdes llamativos y hermosos.

–¿La has traído de Muchán? –le pregunté a Juan.

–Sí, la Tintina parió el mes pasado seis perritos y yo he traído a esta para que acompañe a Tony…pero hay que ponerle un nombre, un nombre bonito.

Yo seguía mirándole los ojos y un nombre extravagante se me vino a la mente: «Payoly. Se llamará Payoly»

–¿Payoly? –preguntó Juan con extrañeza.

–Sí, Payoly…por sus ojos lindos se llamará Payoly

Luego la solté y empezó a caminar moviendo la cola y olfateando, creo que conociendo su nueva casa. Tony no estaba en la casa cuando llegó la perrita, pero tenía que llegar a la hora del almuerzo. Y así fue. Llegó corriendo, sacando la lengua que goteaba agua y meneando la cola, como siempre. Pero creo que lo que encontró no le gustó, pues Payoly se le acercaba y él retrocedía moviendo la cabeza con las orejas erizadas; estaba molesto. Payoly quería jugar con él, pero este perro tonto quizá pensaba que le habían quitado su lugar y cariño en la casa porque dio media vuelta y se fue. Así ocurrió el primer día de su encuentro y el segundo. Tony se mostraba bravo y huraño frente a la perrita Payoly. Pero poco a poco se fue amilanando; era demasiado grande para meterse con una cachorrita. ¡Hasta se hicieron amigos! Ahora jugaban juntos, comían juntos, molestaban juntos; en fin eran buenos amigos.

Juan iba siempre con ellos a jugar en la arena, salían poco después del almuerzo y regresaban como a las cuatro agitados y cansados. Cierto día, según contó él, mientras jugaban aparecieron dos perros grandes y con cara de pocos amigos; uno de ellos era tuerto y feo, y comenzó a acercarse a Payoly mientras el otro le buscaba pleito a Tony. El tuerto la miraba con cara de tonto y la olfateaba sádicamente, esto molestó a Tony porque olvidándose del otro se lanzó contra el tuerto, luego ya eran dos contra nuestro perro, pero Tony mostrando esa fiereza que aprenden los perros callejeros, se batió con los dos y los venció; aunque salió herido había cumplido con defender a nuestra perrita.

Pasaban los meses y ellos crecían, Tony acompañaba a Juan y a mí, y protegía a su compañera Payoly. Mi hermano decía que ellos eran novios.



A las seis de la mañana, el día empezaba a desperezarse: estiraba los brazos y bostezaba. Los últimos cantos de los gallos eran cubiertos por los ladridos y aullidos de los perros. Yo iba a la cocina a coger los baldes y salía a la calle para dirigirme a la pileta de la esquina. Desde luego no era el único que iba a formar cola para recoger agua. Muchas personas entre ancianos, adultos y jóvenes se acercaban a esperar su turno por el agua común de cada día. Tony y Payoly me acompañaban, me cuidaban los baldes mientras iba a dejar un viaje y regresaba por otro hasta llenar las tinajas de mi casa. Allí conversaba un poco con algunos señores de la cuadra, acerca de la escasez del agua o de los grandes arenales o de los chopes o de la asamblea para formar una comisión y pedir al consejo que instalaran la luz eléctrica, construyeran veredas y asfaltaran la calle; en fin varios puntos que procuraban la mejora del barrio.

Un domingo en la mañana mi abuela llegó a visitarnos por un momento. Cuando Payoly se le acercó, mi abuelita le tocó la barriga y dijo que estaba preñada.

–¡Viva! –exclamó Juan lleno de alegría– Tony va a ser papá… ¿y dónde está?

–Salió a la calle –contestó mi mamá-hace como dos horas; ya ha de venir.

Ese día, que por la mañana fue alegre; en horas de la tarde se convertiría en triste, pues pasaban las horas y Tony no llegaba; pasó la hora del almuerzo y no llegó. Hasta que tocaron la puerta. Juan y yo fuimos rápidamente a abrir. Era un muchacho alto y flaco.

–¿Este perro es de aquí? –preguntó, mientras otro, más bajo y gordo, arrastraba de las patas traseras a Tony.

–Sí ¿Pero qué tiene? –preguntó lloroso, Juan.

–Allá abajo, en la otra cuadra, un carro lo ha chancao

Juan y yo lo cogimos, lo alzamos y lo pasamos a la casa, aún estaba vivo. Payoly se le acercó y lo miraba con pena, Tony apenas abría los ojos, se quejaba, por su boca salía sangre negra, entonces cerró los ojos. Payoly lo lamía, trataba de moverlo con sus patas y cabeza pero no respondía. Ya estaba muerto.

Después de ese día todo fue tristeza, la casa se llenó de pena. Juan despertaba llorando por las noches, mencionaba a Tony y corría a ver a Payoly, quien se encontraba ahí echadita, triste, con su carita en el suelo; extrañando a Tony también. Y yo, yo lloraba en silencio bajo las sábanas y por más que trataba de dormir el sueño no llegaba; pasaba horas pensando en ese compañero valiente y aguerrido que fue Tony. El gran Tony.

Días nuevos iban llegando y la barriga de Payoly crecía y crecía; ya ni jugaba como antes, desde que murió Tony siempre estaba triste, apenas comía y por las noches lloraba. Una noche no paraba de llorar, se quejaba, parecía que un gran dolor le carcomía por dentro; estuvo así dos noches seguidas y a la tercera cuando nos acercamos, vimos sus patitas traseras y su cola mojadas y con rasgos de sangre.

–Va a parir –dijo mi mamá–, pero está muy débil…pobrecita…está sufriendo mucho.

Payoly no paraba de quejarse, se estiraba y rasgaba con sus uñas la caja donde estaba. Fui a traer otra lámpara para ver y ayudarla mejor.

–¡Está saliendo uno! –exclamó Juan– Su cabecita está saliendo.

Yo trataba de calmarla y de hacer que no se estire, pero no paraba de quejarse; le dolía mucho. Al fin salió todo el cuerpecito del perrito y Payoly paró de llorar; sólo se quejaba.

–Mamita ¿Un solo perrito va a parir?

–Parece que sí Juanito…parece que uno nomás.

Luego Payoly hizo algo que nos hizo llorar a los tres, pues sacando fuerzas de madre buena, se apoyó en sus patas temblecas y dando vuelta comenzó a lamer a su cachorro, luego salió de la caja y desplomándose al suelo expiró.

Así se fue de nuestra vida esa pequeña pareja, nuestros amigos y compañeros que tantas alegrías nos dieron. A Payoly la colocamos en una caja de cartón y la sepultamos allá arriba, en lo alto de los arenales junto a Tony.

–¿Se han ido al cielo? ¿Están allá arriba con dios?

–Sí hermanito, se han ido al cielo…ahora están juntos.

Pero ellos nos habían dejado un pequeño consuelo: su cachorrito. Idéntico al papá pero con los ojos verdes de su mamá. Al principio fue difícil cuidarlo pues era tan chiquito, con los ojos aún cerrados, que no sabíamos cómo alimentarlo; pero con ingenio y mucho cariño logramos llegar al mes. Luego ya todo fue muy fácil. Ahora tanto mi mamá, Juan y yo lo cuidamos y queremos bien, porque él es el retoño de Tony y Payoly; grandes amigos que alimentaron nuestra existencia.







El hijo del Gavilán





J

osué se sobó los ojos y lo miraba de reojo, con la cabeza metida entre los hombros; su padre estaba serio, con la mirada fija en el frente, parecía no importarle nada excepto la carretera, llegar rápido a entregar la carga, que le pagaran pronto y regresar con la misma prisa con la que iba. Un silencio tímido se mostraba en la cabina de El gavilán.

Josué quería entablar conversación con su padre, pero no se le ocurría con qué empezar, de qué tema hablar. Hacía sólo una semana que lo había vuelto a ver. Dos meses había estado con sus abuelos en su chacra, ya que le gustaba mucho el campo; era estar en la gloria para él. Le gustaba montar a caballo y salía pasearse por la huerta de frutas. Últimamente no paraba hasta llegar a los sembríos de caña, en la chacra vecina. Se había hecho amigo de los cortadores, maquinistas y camioneros. «Mi papá también maneja camión», les decía «El camión se llama El gavilán, a mi papá también le dicen Gavilán». Cuando veía que estaban cargando los camiones, él amarraba a su caballo en un tronco y se subía a uno. Se sentaba al lado del chofer, lo acompañaba hasta la carretera panamericana y luego regresaba a la chacra en otro camión que ya volvía por más caña. A pesar de lo bien que lo pasaba Josué en el campo, siempre extrañaba su casa, a su mamá y a su papá. Recordaba que su mamá estaba embarazada y eso le empujaba a querer regresar ya.

Cuando regresó a su casa encontró a su mamá sola. En las últimas tres semanas había sido así todos los días, ya que su padre salía con carga hacia la sierra o hacia la selva o hacia la capital y no regresaba en cuatro o cinco días.

El lunes que Josué volvió a su casa se sintió mal y apenado, porque mientras él había estado pasándola bien, su madre estaba sola. El Gavilán regresó de la capital un día jueves. Josué al verlo entrar por la puerta, le pareció por un momento que aquel hombre fornido, trigueño, de cabellos oscuros y crespos; era un extraño. Su padre se le acercó, le tocó la cabeza y luego entró en el dormitorio donde estaba su esposa acostada en la cama tocándose la barriga, con un semblante que mostraba tristeza y resignación a la vez. Él entendía lo que ella sentía, pero qué podía hacer, ese era su trabajo y le gustaba. Gracias a dios no le habían hablado sobre nuevas cargas, bueno nada para los próximos cinco días.

Cinco días después, Josué vio salir a su padre después del almuerzo. A las seis de la tarde llegó el dueño del departamento donde vivían, a cobrar el mes de renta que ya se había cumplido.

–A la hora que llegue mi esposo, le llevará él mismo el dinero a su casa.

–Ya señora –contestó el dueño del inmueble–, allí lo espero. Ojalá no demore su esposo porque necesito el dinero.

Pero el Gavilán no llegó en lo que quedó del día, se apareció al día siguiente como a las tres de la madrugada y lo primero que hizo fue tirarse a su cama. Cuando despertó, el olor que desprendía y el aspecto mostraban una inmensa resaca como consecuencia de una gran borrachera del día anterior. Su esposa al verlo le reclamó fuertemente, haciéndole muchos reclamos, pues él no tenía ni traía una sola moneda en el bolsillo y el señor de la renta había vuelto a llegar, además ella estaba ya en el noveno mes y resultaba que no tenían dinero.

–¡Está bien! –exclamó él– Tienes razón, ya veré de dónde consigo el dinero; ya vuelvo.

En eso que estaba saliendo, sucedieron tres cosas casi a la vez: la señora perdió el conocimiento y cayó desmayada, el teléfono sonaba y la abuela de Josué llegaba a visitarlos.

Recostaron a la mamá de Josué en la cama y luego el Gavilán contestó el teléfono, la llamada era para él, le avisaban que tenía una carga para llevar a la selva, a un lugar llamado Rodríguez de Mendoza. Cuando colgó el teléfono, su esposa estaba recobrando el conocimiento. Avisó lo que tenía que hacer, encargó a su madre el cuidado de María, les besó la frente y se disponía irse.

–¿Puedo ir contigo? –era Josué. Su padre no lo pensó mucho, lo miró a los ojos. «Vamos», le dijo.

Allí iban padre e hijo, hijo y padre. Josué veía algo distinto en él, algo que no tenían los otros choferes de camión que él había conocido: más serio, más concentrado; más fuerte. Josué lo miraba en silencio, pensando en cuánto no conocía a su padre, que en los doce años que él tenía, pocos eran los recuerdos a su lado y sólo tenía una fotografía de ellos juntos, una en donde él tenía cinco años, en el camión, él con las manos en el timón sentado en las rodillas de su progenitor. Josué vio sudor en la frente de su padre y al bajar un poco la mirada notó que tenía la camisa adherida al cuerpo empapada de sudor. Le miró el perfil derecho de la cara y el Gavilán seguía serio y concentrado. Quiso verlo a los ojos y por ello se puso de pie. Sus ojos parecían dos bolitas de cristal. ¡Ya no parecían ojos verdaderos! Sino esas bolitas que les ponen en la cavidad ocular a los animales disecados. Le pasó la mano frente al rostro y el Gavilán no parpadeó.

–¿Papá?

–Qué pasa hijo, dime.

–¿Estás bien?

–Claro hijo, prende la radio por favor.

Josué obedeció, pero entonces recordó algo. A su padre le decían Gavilán, según sus amigos, por su mirada aguda y escudriñadora; tenía buen ojo. Además cuando meditaba algo, no cerraba los ojos; al contrario, juntaba las cejas, miraba a punto fijo y de ese estado no salía hasta decir: «Lo logré, ya lo tengo». Pero hacía cinco años que el Gavilán había tenido un accidente, fue en uno de esos viajes en que regresaba de la capital. Él no venía manejando, ya que el camión no era El Gavilán pues lo había dejado en la capital para que le hicieran mantenimiento. Cuando faltaban sólo dos horas para llegar, él, que se había quedado dormido, sintió que su cuerpo se venía en picada y que su cabeza daba vueltas y más vueltas. El camión se había desbarrancado, el chofer muerto y él había quedado sin conciencia. Cuentan que a las veinte horas que recobró el conocimiento en el hospital, pidió a María que lo llevara a su casa y como ésta no obedeció; al siguiente día se escapó. Los doctores se enojaron mucho cuando se enteraron y dijeron que no se hacían responsables de lo que le pasara más adelante a ese señor.

–¿Qué le pasa a tus ojos, papá?

–¿Por qué preguntas eso?

–Contéstame, ¿Qué le pasa a tus ojos?

El Gavilán cerraba fuertemente los ojos y los abría, los cerraba y los abría; se los sobaba con el dorso de la mano pero nada. Habían pasado seis horas desde que empezaron a viajar y casi hora y media desde que esa nubosidad no se le apartaba de los ojos. No le decía nada a su hijo para no preocuparlo, pero éste ya lo había notado. Bajó un poco la velocidad.

–¡Detén el camión, papá!

–No hijo, no puedo hacerlo, tu madre no está bien, necesitamos llegar pronto para dejar esta carga y regresar con el dinero que lo necesitamos… ahora no podemos parar.

Josué al escuchar esto sintió que su ser enviaba lágrimas a mojar sus ojos, miró a su padre y pensó: «Eres el mejor padre y esposo de mundo».

–Te quiero papá

–Yo también hijo, yo también

Y al decir esto a ambos se les habían mojado las mejillas con lágrimas. Comenzaron a hablar. El Gavilán más conducía y se guiaba por instinto que por la poca visión que le quedaba. Pero al empezar a entrar en la yunga, las cosas se hacían aún más difíciles, sabía que se le venían los caminos más feos y peligrosos; esos que mostraban por un lado cerros y por el otro abismos.

–Come algo papá, acá hay plátanos y chicha morada

Y le dio en la boca, con cariño de hijo bueno. Y sonreían y sentían conocerse de siempre. «¡Yo puedo papá!».

–¿Qué? ¿Qué es lo que puedes?

–Yo puedo conducir el camión. Allá cuando estaba en la chacra de los abuelos, he visto conducir a muchos señores amigos míos.

–¡No hijo! Es peligroso.

–Mira, yo me siento en tu muslo, acá hay un cojín para elevarme más; yo seré tus ojos papá. Llegaremos pronto a la selva, déjame ayudarte por favor.

El Gavilán se quedó en silencio por un momento, miró a su hijo, luego miró hacia el frente y pensó que ese hijo que ahora estaba a su lado y del que sólo veía ya una sombra; se parecía mucho a él. «¡Así era yo!».

–¡Está bien! Hagámoslo.

Y así fue como padre e hijo se “fusionaron” y comprobaron eso de que la unión hace la fuerza. Josué manejaba el timón con toda soltura e indicaba a su padre qué pedales debía presionar y qué cambios debía hacer. Así iban cuando de repente Josué exclamó preocupado: «¡El peaje!». Estaban llegando al último peaje que faltaba para llegar a su destino.

–No te preocupes hijo, inclina la cabeza un poco más y cuando pasemos el rompe muelle, te bajas de mis piernas. Sólo avísame cuando debo bajar la velocidad.

Todo salió bien. Pasaron el peaje sin más problema y continuaron soltando una alegre carcajada. El Gavilán corría por la carretera, como conducido por el mejor camionero; con sus colores rojo y gris. Josué iba muy contento conduciendo y conversando con su padre. Miraba correr los ciervos por las faldas de los cerros y volar hermosas aves. Un ave que parecía diferente a las demás se acercó al camión y voló junto a la ventana. «Hola huerequeque, pajarito de mi tierra ¿qué haces por acá?... ve con mi madre, dile que ya estamos llegando, que la queremos mucho; que regresaremos pronto». Entonces el huerequeque con rumbo a la costa voló.

–¡Ya estamos llegando al pueblo, papá!

–Qué bueno, hijo. Al entrar sigue de frente cinco cuadras, en la sexta verás un gran portón; allí es donde dejaremos la carga… infórmame la hora por favor.

–La seis de la tarde.

–Vaya, el mismo tiempo que empleo yo.

Entonces llegaron. El portón estaba abierto de par en par y entraron. Un muchacho flaco, colorado y de pelo castaño entró en la oficina anunciando:

–¡El hijo del Gavilán! ¡El hijo del Gavilán!

El responsable de recibir la carga y su ayudante salieron pronto y al ver al muchacho frente al timón se quedaron boquiabiertos. Luego Josué y su padre explicaron todo.

El Gavilán fue ayudado por los hombres de allí y además elogiaron al muchacho por su audacia y valentía.

–Debemos llamar por teléfono –dijo el Gavilán– ¿Hay un teléfono por aquí?

–En la oficina –dijo el encargado.

Llamaron a su tierra. En su casa nadie estaba, entonces llamaron a una vecina. Ésta les informó que María estaba en el hospital, pues su hijo iba a nacer, pero que no se preocupara porque ella estaba bien y había sido gratamente ayudada. Al escuchar esto, se alegraron. Los presentes felicitaron al Gavilán y a Josué, pero éstos querían regresar pronto, aunque estaban ya más tranquilos. De regreso tomaron un ómnibus que salía a las siete de la noche. Cuando el ómnibus salía de ese pueblo, padre e hijo estaban juntos. Josué, a quien el sueño ya le estaba llegando, recostó la cabeza en el cuerpo de su padre, y éste le puso su brazo sobre el hombro, le rascaba la cabeza con las yemas de los dedos, luego parpadeó un par de veces y sintió que su vista estaba despertando de nuevo.





"Entré a la literatura como un rayo; saldré de ella como un trueno"- Maupassant

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