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jueves, 30 de junio de 2011

LA VIDA Y LA MUERTE QUE ENGENDRAN LAS CARTAS DE AMOR- Por Marcoantonio Paredes

LA VIDA Y LA MUERTE QUE ENGENDRAN LAS CARTAS DE AMOR


Por : Marcoantonio Paredes



Diego: Nada comparable a tus manos ni nada igual al oro-verde de tus ojos. Mi cuerpo se llena de ti por días y días. Eres el espejo de la noche. La luz violeta del relámpago. La humedad de la tierra. El hueco de tus axilas es mi refugio. Toda mi alegría es sentir brotar la vida de tu fuente-flor que la mía guarda para llenar todos los caminos de mis nervios que son los tuyos. Frida.



Diego Rivera y Frida Kahlo protagonizaron unas de las relaciones más tormentosas que conoce la historia del arte. Pero, ni la diferencia de edad, la belleza de ella y fealdad de él o sus infidelidades, impidieron que se generara entre los dos un amor profundo y voraz que duraría toda su existencia, hasta que ella se fuera. Pero es justamente ese amor lo que los sostenía en este mundo, pero lo que también conllevó a su decaimiento y muerte. Entre ellos hubo una abundante correspondencia...

El amor tiene, ancestralmente, un medio propio, exclusivo, característico, de expresarse, hay otros, pero nada más excelso y personal para el buen decir del amor que las Cartas. Ahora cuasi dejado de lado por los amantes. Lo he comprobado en estos últimos días. Sólo algunos románticos y rebeldes espíritus escriben aún cartas de amor. A pesar de que eso signifique enfrentarse a un algún sector que cree que las elocuciones epistolares son una cursilería.

Las cartas de amor engendran vida y muerte. Se sabe que muchas han motivado a la excelsa exaltación de la existencia como si se sintiera el primer aliento de vida. Como si el alma con las letras se fuera posando lentamente hasta crear la animación humana a través de las lagrimas de los ojos del amante. Pero también ha generado expiración física. Las letras hechas palabras, las palabras hechas frases y las frases cartas, agotan la respiración de la voluntad de existir y se prefiere muchas veces el postrero aliento a que una vana existencia sin el amor.

Pero a veces también las cartas de amor engendran la muerte en la vida y la vida en la muerte. Quien acaso no se sentiría transportado, fuera de este mundo, el infierno si quiere, si pudiéramos leer algunas líneas sublimes recayendo sobre el profundo lago de nuestros destinos a veces inciertos. Y acaso esas palabras de amor no nos darían la certeza de que debemos morir en ellas por ella o por él. Otras veces ya muertos, andando sin desandar nada, ausentes de esto y de todo, una carta de amor nos podría insuflar, cual dios creador de la vida, del aire vital, volviéndose esa carta, las expresiones en ella, sostén de nuestro ser.

Las cartas de amor engendran vida y muerte. Eso es un hecho. Y la seguirán engendrando mientras exista cielo, estrellas, sol, luna, mar, tierra, flores, comparables a las mujeres. O, poderes, potestades, vientos, huracanes, cardos, comparados a los hombres.

Sin importar el tenor de las cartas esta engendrarán por siempre gestos de vida y hálitos de muerte. Como por ejemplo lo que le escribe Napoleón a Josefina, cuando esta no le escribía: “No le amo, en absoluto; por el contrario, le detesto, usted es una sin importancia, desgarbada, tonta Cenicienta. Usted nunca me escribe; usted no ama a su propio marido; usted sabe qué placeres sus las letras le dan, pero ¡aún así usted no le ha escrito seis líneas, informales, a las corridas!”

O las incondicionales expresiones de Alicia Urrutia, sobrina de Matilde Urrutia esposa hasta siempre de Pablo Neruda, cuando le dice: “Pablo amor que seas feliz. Todas las horas del día y de la noche estés donde estés y con quien sea seas sé feliz, te recordare, pensare en ti alma mía... Tu Alicia que te Ama”

O la carta desinhibida de George Sand (Aurora Dupin) dirigida a su amor profuso, Chopin, cuando le dice: “No nos veremos todos los días, no poseeremos todos los días el fuego sagrado, pero habrá días hermosos y llamas sagradas. He conocido diversas clases de amor: amor de artista, amor de mujer, amor de hermana, amor de religiosa, amor de poeta. ¿Qué podría añadir?. No soy inconstante...”

Y lo que él músico romántico, enfermizo amante, escribe en su diario sobre ella: “...La he vuelto a ver tres veces. Me miraba fijamente a los ojos mientras yo tocaba; era música un poco triste, leyendas del Danubio, y mi corazón bailaba con ella, y esos ojos en mis ojos, ojos sombríos, ojos singulares, ¿qué decían? Se apoyaba en el piano y sus miradas hechas besos me inundaban. Había flores alrededor. Mi corazón estaba preso. La he vuelto a ver después dos veces. Ella me ama...”

Que me pueden decir de éste fragmento años antes de la revolución francesa que Voltaire le escribiera a Olimpia, su amor: “Estoy preso aquí en nombre del rey; pueden tomar mi vida pero no el amor que siento por ti. Si, mi amante adorable, te veré esta noche, así tenga que poner mi cabeza en un atascadero para hacerlo”

Y este tierno mensaje de Edgar Allan Poe a su amada Hellen Whitman cuando dice: “...He apretado tu carta una y otra vez contra mis labios, dulcísima Helen, bañado en lágrimas de alegría, o de una "divina desesperación..."

Y el silvestre mensaje de Juan Rulfo a Clara Aparicio”... Desde que te conozco, hay un eco en cada rama que repite tu nombre... Lo han aprendido ya el árbol y la tarde... Y el viento lo ha llevado hasta los montes y lo ha puesto en las espigas de los trigales. Y lo murmura el río... Clara: Hoy he sembrado un hueso de durazno en tu nombre...”

Y un presidente Norteamérica, Wilson, cuando le dice a su amada Edith: “...Eres más maravillosa y encantadora ante mis ojos que nunca antes; y mi orgullo y alegría y gratitud de que me ames con un amor tan perfecto están más allá de toda la expresión, excepto en algún gran poema que no puedo escribir. Tu Woodrow”.

Y esta otra carta del enfermizo Kafka a Milena Jesenska: "...¿De dónde habrá surgido la idea de que las personas pueden comunicarse mediante cartas? Uno puede pensar en una persona distante y puede tocar a una persona cercana; todo lo demás queda más allá de las fuerzas humanas. Escribir cartas, sin embargo, significa desnudarse ante los fantasmas, que las esperan con avidez. Los besos por escrito no llegan a su destino, se los beben por el camino los fantasmas...”.

O esta otra atrevida y erótica carta de James Joyce, el escritor del Ulises, a su esposa Nora, después de haberse prometido escribirse de ese modo cuando partió de viaje, le escribe: “...Mi dulce y traviesa pajarita cogedora. Aquí está otro billete para comprar lindos calzones o medias o ligas. Compra calzones de puta, amor, y asegúrate de rociarles las piernas con algún agradable aroma y también de mancharlas un poquito atrás... No escribas otra cosa. Deja a cada oración llenarse de sucias e impúdicas palabras y sonidos. Son lo que más amo oír y ver en el papel, porque las más sucias son las más hermosas...” Y lo que continua es realmente no leíble en un auditorio. Pues era cosa de ellos de la pareja.

Y quien no ha oído del amor de toda la vida de Simón Bolívar, Manuelita Sanz, quien era casada, a quien le dice: “...Mi bella y buena Manuela: Cada momento estoy pensando en ti y en el destino que te ha tocado. Yo veo que nada en el mundo puede unirnos bajo los auspicios de la inocencia y el honor... “ Y la respuesta que no se hace esperar de Manuelita: “... ”... Señor: Estoy muy boba y enferma. Cuán cierto es que las grandes ausencias matan el amor; y aumentan las grandes pasiones...”

Y esta frase concluyente en alguna de las muchas cartas de amor que Octavio Paz le escribió a Elena Garro: “...El mundo nace cuando dos se besan...” Me enterado que ahora esas cartas se están vendiendo cada una de ellas por mil dólares cada una.

Y la lúdica carta de Henry Miller a Brenda Venus cuando le dice: “...Me gustaría poder escribirte en ruso, en azteca , en armenio y en iraní. Porque eres ilimitada. Eres lo que los griegos llaman `nada en moderación`. Eres Mona, Anaïs, Lisa, tout le monde, todas combinadas. Fuego, aire, tierra, océano, cielo y estrellas...”



No voy a olvidar al exótico amor Wilde a Alfred: cuando le escribe: “...Querido muchacho mío: Tu soneto es completamente adorable y es una maravilla que esos labios de pétalo de rosa roja que tienes hayan sido creados no tanto para el canto musical como para la locura de besarse. Tu dorada y delgada alma deambula entre la pasión y la poesía... ... Con imperecedero amor, siempre tuyo Oscar”

Y por supuesto no voy a olvidar a nuestro sufriente peruanísimo César Moro cuando escribe: “...Antonio, te quiero con tu gran crueldad, porque apareces en medio de mi sueño y me levantas y como un dios, como un autentico dios, como el único y verdadero, con la injusticia de los dioses, todo negro dios nocturno, todo de obsidiana con tu cabeza de diamante, como un potro salvaje, con tus manos salvajes y tus pies de oro que sostienen tu cuerpo negro, me arrastras y me arrojas al mar de las torturas y de las suposiciones... ...Todo sexo y todo fuego, así eres. Todo hielo y todo sombra, así eres: hermoso demonio de la noche, tigre implacable de testículos de estrella, gran tigre negro de semen inagotable de nubes inundando el mundo...”

Y Marcel Proust cuando le dice a Madame Straus: “...Jueves, luego de dejarte.

Madame: Yo amo a las mujeres misteriosas, desde que tú eres una...”

Y ésta tímida y curiosa carta del poeta maldito, Charles Baudelaire a Madame Sabatier : “...Adiós, querida mujer. Beso tus manos como una muestra de total devoción. Todos los versos contenidos entre la página 84 y la página 105 son tuyos solamente...”

Y como olvidar a mi favorito en la música, Beethoven cuando le escribe a su "amada inmortal" : “...Incluso cuando estoy en cama mis pensamientos van a hacia ti, mi eternamente querida, ahora y entonces alegremente, después otra vez tristemente, esperando para saber si el Destino oirá nuestra plegaria, para hacer frente a la vida que debo vivir en conjunto contigo o nunca verte... ...Mantente tranquila, ámame, hoy, ayer. Qué nostalgia llena de lágrimas por ti, por ti, por ti, mi vida, mi todo. Todos los buenos deseos a ti. Oh, continúa amándome, nunca juzgues mal el corazón fiel de tu amado. Siempre tuyo Siempre mía. Siempre de ambos...”.

Y quien no recuerda las desconsoladas peripecias amatorias de Werther a Carlota, en la novela de Goethe, cuando resuelto morir le escribe: “...Es cosa resuelta, Carlota: quiero morir y te lo participo sin ninguna exaltación romántica, con la cabeza tranquila, el mismo día en que te veré por última vez.

Cuando leas estas líneas, mi adorada Carlota yacerán en la tumba los despojos del desgraciado que en los últimos instantes de su vida no encuentra placer más dulce que el placer de pensar en ti. He pasado una noche terrible: con todo, ha sido benéfica, porque ha fijado mi resolución. ¡Quiero morir!... ...Con esta resolución me acosté, con esta resolución, inquebrantable y firme como ayer, he despertado: ¡quiero morir! No es desesperación, es convencimiento: mi carrera está concluida, y me sacrifico por ti. Sí, Carlota, ¿por qué te lo he de ocultar? Es preciso que uno de los tres muera, y quiero ser yo. ¡Oh vida de mi vida! Más de una vez en mi alma desgarrada ha penetrado un horrible pensamiento: matar a tu marido..., a ti..., a mí. Sea yo, yo solo; así será...”

Esto es una muestra de la sensibilidad exótica, erótica, singular, apasionada, amorosa y romántica de nuestros personajes históricos. Es mi deseo que estos párrafos influencien su espíritu enamorado y hoy mismo empiecen a escribir cartas. Y saben porque lo digo. Es que la verdad es que yo vivía en mi luna. Hace un par de semanas conocí una chica que me confió que se había enamorado, casado, madre de tres bebes, divorciado, enamorado nuevamente y mantenido una relación por más de dos años y me dijo que nunca había recibido una carta de amor. Y literalmente me dijo esto: “No sé lo que se siente leer una carta de amor”. Sinceramente eso martilló el espíritu de mi alma. Me conmovió terriblemente saber que nunca le habían escrito una carta de amor. Y le dije, pues que si nunca había recibido una carta de amor no habría vivido ni moriría de verdad nunca. Y me propuse solucionar el asunto. Pero en ese trajín me tomé el atrevimiento de entre mis amistades mujeres averiguar a cuantas les habían escrito cartas de amor y la sorpresa y mi conmoción fue mayor al saber que a gran parte de ellas, nunca les habían escrito cartas de amor. Es por eso que finalmente voy a leer una carta de amor, si lo me permiten y perdonan el atrevimiento, dedicada a todas las mujeres que nunca han sentido lo que es leer una carta de amor. A ellas esta epístola con mi más sincero afecto.

Amada y entrañable ausente mujer,

En algún recodo de tu corazón donde el amor no ha tocado con candorosas líneas la carta de un profundo enamorado deseando perennizar ese cúmulo de sentimientos hecho letras, hoy alcanzará el arrebato vehemente cual cordial emoción de una mujer enamorada.

Hoy, esta noche, sentirás que una silenciosa y embelesante canción tumbará tus ojos extasiados hacia esa alma que amas en lo ignoto de tu ser. Sonreirás por las expresiones que cual sol destellante iluminan el cariz tierno de tu semblante quedo. Y volverás a mirar por el cristal sensitivo de tus lágrimas la fragilidad del amor sin tu presencia. Y por fin entenderás que la melodía del amor es eterna a pesar que las canciones en letras o las cartas en papel no existan. Tú mujer ausente eres la inspiración para esta carta.

Sin importar el tiempo en el que tu cuerpo yace luciendo el suspiro de tu existencia te escribo esta carta para que, acaecida en el pistilo sensitivo de tu alma, la guardes cual cálida amante, enternecida con la caricia blanda del enamorado.

Y por donde tus pasos te lleven, oh mujer, yo estaré contigo solícito a tus deseos cual eco instantáneo ejecutando prístinas ondas en el mar profundo de tus designios logrando que ese rictus no nato se transmute en la sonrisa hermosa de tu beldad exótica.

Porque el amor que siento por ti no se abate nunca y al contrario, mujer ausente y amante, perdurará por siempre en el estadio insospechado de mi ser, como divinidad elocuente diciendo que mi amor es para ti y aunque el albor del sol se esfume el de mi corazón será tu lumbre y estrella.

Recuerda entonces, mujer ausente: yo te amo, aunque te desconozca. Yo estoy en ti, porque no me represento sólo soy la comedia de un mundo donde me he postrado al amor para personalizarlo y regalarte este cielo estrellado de alma en grafía y desfallezca cual última y feliz muerte por siempre en ti.



Subliminalmente suyo y cerca



Marcoantonio Paredes.

"Entré a la literatura como un rayo; saldré de ella como un trueno"- Maupassant

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