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jueves, 16 de diciembre de 2010

EL CUENTO DE LAS MIL PALABRAS 2010- DE LA REVISTA CARETAS- PRIMER Y SEGUNDO LUGAR

EL CUENTO DE LAS MIL PALABRAS 2010 PRIMER LUGAR

LA CAÍDA DE SATURNO O EL DÍA DE LA MUERTE Y DE LA RISA

Camilo Torres
Muy a mi pesar me crié con mi padre. Cuando me enteré de que mi madre había decidido, por fin, separarse de él mi alegría fue inmensa. No sabía, sin embargo, qué lugar había de corresponderme en la repartición de bienes.

–No te llevarás esa licuadora –amenazó mi padre acercando suavemente la mano derecha al cinto, donde, invisible, cargaba la navaja.

–Te dejo al chico –respondió mi madre velozmente–. Ya es grande y puede trabajar.

En efecto, tenía diez años. Al día siguiente el mínimo departamento de jirón Ilo que ocupábamos amaneció sin mi madre y mis hermanas, a las que no volví a ver, y mi padre me alquiló al dueño de una tienda de abarrotes. Allí descubrí por qué, en su libro de economía para quinto año de secundaria, Alberto Rubio Fatoccioli define el trabajo como “sufrimiento”. Mi día libre era el domingo, ocasión que mi padre aprovechaba para impartir la educación que juzgaba necesaria: “Tu madre es una puta”, “El triunfo de la revolución mundial fue determinado desde que la materia se puso en movimiento”. Una bofetada me enseñó precozmente los beneficios del silencio, así que prestaba atención reconcentrada a sus filípicas y asentía cada tres minutos.

Mi padre tenía un auto. Era una mole de color carne, creo que un Dodge del cincuenta y tantos, que marchaba con lentitud geológica y demandaba un gran esfuerzo para encender. El esfuerzo lo ponía yo, que empujaba esa roca de Sísifo hasta que podía andar sola. Para su funcionamiento se requería varias panoplias de llaves, desarmadores, alicates, martillos, alambiques e instrumentos que nunca he vuelto a ver en mis muchos viajes. Esas innumerables herramientas llenaban parte de nuestro departamento y colmaban la descomunal maletera del auto, toda embadurnada de grasa de mecánico y cuyas profundidades finales jamás llegué a alcanzar. Dentro cabía un mundo entero, inagotable, brutal y, repito, lleno de grasa. No parecía, como Tlön, regido por una inteligencia angélica, sino más bien presidido por un comité de puercos.

Mi padre amaba su auto. Lo conducía con la espalda rígida y la mirada vigilante. Cuando íbamos en él por la Vía Expresa no había auto que no nos sobrepasara y creo que alguna vez un policía lo detuvo por defecto de velocidad. Los policías, los cancerberos del estado burgués, eran su odio favorito. Una vez enfermé y me llevó a un hospital de indigentes; como la reparación del hijo tomaba lo suyo mi padre protestó por la demora. Un policía, sin duda acostumbrado a intimidar, quiso tranquilizarlo con un par de carajos. Realmente fue cosa de ver la cara que puso el uniformado cuando se vio embestido por un hombre lobo que lo tumbó en el suelo y le regaló a todo dar hasta que tres de sus compañeros (dos fueron insuficientes) lo liberaron, pobre infeliz. Tres días más tarde la ley dejó suelto al subversivo y esa noche el dolor no me dejó dormir. No me refiero a un dolor moral, sino al que mi progenitor decidió que me correspondía como causa primera del incidente.

Las noches eran la mejor parte del día. Cada mañana, famélico, pensaba en el suicidio. De lunes a sábado mi padre me arrancaba del sueño para trabajar; los domingos, para que lo ayude con su Dodge. Ese leviatán requería mantenimiento y desde temprano yo empujaba, pedaleaba, sostenía piezas y recogía herramientas mientras mi padre se entregaba a una oscura alquimia bajo la panza del monstruo o se zambullía en el motor. La grasa de la maletera lo contaminaba todo y aparecía adonde fuéramos, pues la llevábamos con nosotros.

Un día el saurio bufó, tembló y se desplomó para siempre. Desde entonces permaneció inmóvil en la cuadra vecina, ocupando un espacio que mi padre se adjudicó por decisión autónoma. Pero la higiene ritual de los domingos no cesó por ello: continuamos pasándole franelas y palpando sus formas y temperaturas, aunque jamás conseguimos una respuesta. Yo tenía ya trece años y era claro que no sobreviviría muchos más cuando, una mañana de invierno, tuve una epifanía.

Ese domingo empezó con presagios luminosos. Un vecino invisible puso un cuarteto de Beethoven, red de voces que pugnan por someterse mutuamente y que al final se resuelven en una armonía que las supera a todas y sin embargo nace de ellas. Vi dos pájaros acariciarse. Vi una estrella impasible en la madrugada. Luego del té ralo y los dos panes callados mi padre y yo partimos a cumplir el ritual de los domingos. Me indicó que me pusiera ropa sucia para ese trabajo, pero no encontré nada más sucio que lo que llevaba puesto. En la calle algunos jóvenes ebrios, extenuados y coléricos terminaban la noche del sábado. Caminamos una cuadra cargando fierros y maderas, una galonera con gasolina, trapos sucios para limpiar a la bestia. La vereda desierta se interrumpía por la masa de algún auto estacionado, pero en el lugar usurpado por mi padre fluía libremente. Su alarido despertó a uno o dos borrachos y sacó de su casa a un par de vecinas curiosas, pero no le arrancó a la vereda la confesión de lo sucedido. Quién se llevó la bestia jamás se supo. Nadie vio nada. Nadie oyó nada. Sus restos terminaron sin duda en los babélicos remates de Tacora y yo, que a los trece años aceptara haber nacido solo para morir, vi al todopoderoso revolcarse en el cieno de su propia cólera, morderse, babear y romper sus manos contra el cemento. Solo lo detuvo el sonido limpio y claro de una carcajada.

–Olvídalo, viejo, te jodieron.

Blandió un fierro enorme para partirme el cráneo pero ya estaba fuera de su alcance. Desde el jirón Ilo hasta la Colmena hay pocas cuadras. Confundí a mi perseguidor en el mercado de la Aurora y en la Plaza Castilla me trepé a un microbús lleno de herrumbre que se dirigía al Callao. Allí, había oído decir, hay un puerto y el mar. (Escribe: Camilo Torres)

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A Abdón Padilla, suicida (1970-1982)



EL CUENTO DE LAS 1000 PALABRAS 2010 SEGUNDO PREMIO
SÁBADO INTERMINABLE

Lucio Vargas
Lo que pasa es que nadie sabía exactamente lo que había pasado con la mujer del policía una vez que se había terminado la pollada, o era cuestión que todos decían que se había ido con uno de los primos Arroyo, pero no sabían exactamente con cuál de los que estaban en la pollada del sábado interminable en el recuerdo de cada uno de los Arroyo.

Lo cierto es que el policía había regresado de la selva en la mañana de ese mismo domingo, y había llegado y se había ido a su casa a ver a su mujer; e incluso los habían visto en el mercado tomando el desayuno con chicharrones y camote que mientras él se los comía por el hambre natural del viaje ella se lo tomaba por la resaca que debía de haber estado arrastrando por lo de la noche anterior, aunque dicen los que estuvieron en la pollada del sábado interminable que ella no había bebido alcohol y solo se había dedicado a bailar y fumar, como dicen que siempre la habían visto, pues no era mujer de tragos sino de cigarrillos y diversión, y sobre todo de llamar la atención por los movimientos al momento de bailar; porque era mujer de llamar la atención desde que llegó aquella mañana borrosa de abril del brazo del policía que era respetado por todos los del barrio porque se corrían rumores que nunca nadie le había pegado y que incluso alguna vez se había peleado con tres tipos y a los tres los había dejado en tan mal estado que ya nadie se atrevía siquiera a meterle la pata en algún partido de fulbito que se jugaban todos los domingos en la losa, como lo jugó ese Arroyo que tenía pinta de pelotero pero no había pasado de la losa deportiva del pueblo, y que lo había jugado al parecer por última vez porque de seguro que la pierna no le quedaría bien luego de lo que le hizo el policía delante de todos los que estaban jugando con él porque con el policía nadie se mete, tío, el policía era cosa seria desde que lo vieron en la reja de la losa, y la había abierto sin el permiso del que cobraba la entrada porque el muchacho sabía que ya no se podía meter en algo así teniendo en cuenta que ya se corría la voz de que el policía se había enterado que uno de los Arroyo se había ido con su mujer después de la pollada de aquel sábado interminable; y ya estaba dentro de la canchita y había cruzado la media cancha y le estaba tirando una patada en la pierna y el otro se estaba cayendo, y ya se paraba rápido, pero por las puras, porque el policía así le haya dado la oportunidad de tirarle cinco puñetes de seguro que igual lo iba a dejar como lo dejó, tendido, ensangrentado, y con la pierna rota, ante la mirada complaciente de los otros que a lo mucho decían ya tío, déjalo, ya está bueno, pero que no se atrevían a separarlos porque ya sabrían lo que sería meterse en los asuntos del policía, peor aun si el problema era de faldas y calzones adúlteros y que ya estaban oliendo a otro hombre, como cuando se lo contaron al policía cuando se fue a tomar unos tragos con algunos de sus amigos a eso de las dos de la tarde, porque para ese entonces todavía no sabía nada de lo que había pasado la noche anterior, e incluso se había paseado del brazo de la mujer adúltera por el mercado y había tomado el desayuno con ella sin saber que ya estaban murmurando a sus espaldas que la mujer se había ido con uno de los Arroyo después de la pollada de aquel sábado interminable, y que si había sido el que tenía pinta de pelotero pues no tenía la menor importancia para el policía, pues en ningún momento escucharon los presentes de aquella golpiza que el policía le haya preguntado si él había sido el que se había acostado con su mujer, como tampoco se lo preguntó a los otros dos que los había encontrado cortándola con un par de cervezas en la esquina de la china Julia sin tener la menor idea de que a uno de sus primos lo estaban masacrando en la canchita de fulbito a unas pocas cuadras de donde ellos estaban libando sin el menor remordimiento y guardando alguno de ellos quizá dentro de sí el orgullo de haberse acostado con la mujer del policía, ya que nadie había osado tal atrevimiento que ahora lo estaban pagando uno con la cabeza rota por el impacto de la botella llena y el otro recibiendo la peor golpiza de su vida por algo que quizá ninguno de ellos había hecho, aunque era sabido que al policía no le interesaba cuál de ellos había sido, porque desde que llegó le habían dicho que había sido uno de los Arroyo, y si no le habían dado un nombre pues era mejor asegurarse con los cuatro que habían ido a la pollada de ese sábado interminable, y no precisamente por tener que buscar a uno solo, sino porque desde un momento ya los cuatro lo habían traicionado por haber estado cortejando y bailando con su mujer que era la única que tenía la culpa de que los tres muchachos se estuvieran retorciendo de dolor, a falta del otro cuarto Arroyo del que no sabían en ese momento dónde estaba porque parecía el que menos posibilidades tenía de haberse acostado con la mujer del policía porque era el menor de todos y el que menos se iría a atrever a llevarse a una mujer de alguna pollada, peor si la mujer era casada y peor todavía si era la mujer del policía de mierda ese que los había reventado a tres de mis primos por culpa de la borrachera de aquel sábado interminable.




"Entré a la literatura como un rayo; saldré de ella como un trueno"- Maupassant


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