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martes, 21 de diciembre de 2010

POR AMOR A LOS LIBROS - Por Nicolás Hidrogo Navarro

POR AMOR A LOS LIBROS




Por Nicolás Hidrogo Navarro

Los libros son casi como seres humanos: tienen un alma, un espíritu implícito, su cuerpo son las hojas, su cara la carátula y sus ojos el título de la obra. Tienen un inicio y un final, como la existencia de una persona. Producen emociones distintas en cada uno de los lectores, tal como nuestra personalidad genera en el contexto social: a uno gustamos, a otros no. Los libros tienen un habla, recesiva, que se activa al contacto de los ojos lectores. Los libros tienen un cinematógrafo, que pasa películas de historias que se van semióticamente edificando en nuestra mente.



La crisis de lectura y lectores (lo social) le afecta a los nuevos creadores (lo referencial) y viceversa. Porque cuando utilizamos a la literatura como plataforma de disquisiciones y paranoias personales y no tal como desde hace cinco mil años se concibió la escritura: ser un arte de solaz, de embellecimiento perfecto de los actos emotivos y volitivos y de construcción de ficciones para paliar el estresante mundanismo del hombre, entonces creemos validar que la literatura es concebir cualquier cosa sin ningún fundamento estético ni racional.

Los libros son esa suerte de montaña ignota, lleno de misterios, de mundos ficcionales que están allí inermes y sólo funcionan o desencadenan emociones cuando alguien los toca, los toma por asalto de principio a fin. Son esa suerte mística de habladores, a lo “Carta canta”, curiosa y aleccionadora tradición de don Ricardo Palma, que contienen experiencias que enriquecen la nuestra. Sin los libros, las historias de la literatura oral se hubieran distorsionado tanto que sería una suerte de confusionitis de Babel. Los libros tienes la cualidad de contener las historias como una fotografía daguerrotípica, tal cual fueron concebidos en su época.

Desde la antigüedad y hasta muy entrada la Edad Media, los libros eran un tesoro de exclusividad de unos cuántos potentados. Gutenberg fue el gran masificador y abaratador de los libros.

Una cosa increíble, en la Edad Media los famosos libros de caballería que muchos de ellos se refieren en la celebérrima quema manchega de “El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha” y en el célebre libro de Aníbal Ponce “Educación y lucha de clases”, se refiere que el precio de un libro estaba asociado a semovientes: Un libro como el “Amadis de Gaula” o “Tirant lo Blanch” tenía el costo de veinte bueyes o 60 carneros merinos o catorce caballos árabes, enorme e imposible precio a pagar si contextualizamos lo que cuesta hoy esos semovientes, ¡toda una fortuna, gusto y orgullo de tenencia para un señor feudal!

No sé si por el precio actual de un libro –a precio de un cuarto de pollo a la brasa-, nos quejamos, sea el pretexto justificado para decir que por ello no leemos. Las justificaciones o pretextos para no leer no van por el precio económico o factor tiempo como se suele achacar, son de índole formativo, habitual, necesidad sentida, motivación adquirida, contexto inapropiado, indiferente cultura por los libros, ausencia de ejemplo familiar, inadecuados métodos y estrategias áulicas, insensibilidad, carencia de un sustento actual y futuro de para qué sirve y nos conviene leer, ausencia de programas y estrategias de promoción de la lecturas desde las mismas bibliotecas escolares y desde el aula, motor y acelerador que tiene el control remoto de generar lecturas y lectores.

Leer debe ser un hábito no una imposición ni un martirio y suplicio escolástico. Leer debe ser una razón agradable de enriquecimiento del espíritu, un ensanchamiento de nuestro universo experiencial y léxico. La lectura tiene que posesionarse con ternura, pasión, con un descubrimiento y gusto del lector, renuente al inicio, debe ser un contagio benigno donde al lector no se le diga qué leer sino que él lo busque por sí mismo, debe ser un vicio solitario que no se retire jamás del hábito humano. La lectura debe dejar de ser un mero ejercicio del sistema educativo en todos los niveles –escolar, laboral, social, familiar-, tiene que trasvasar las especialidades y los post estudios formativos. La lectura no sólo le debe competer a los profesores de Lengua y Literatura, a los críticos literarios, a los historiógrafos de la literatura, a los poetas, narradores, ensayistas –tal como parece que viene funcionando actualmente- la lectura le debe competer a todos sin excepciones y desde los cinco años hasta la tumba.



Los buenos libros sobreviven a los autores, los perennizan, hacen que su esfuerzo creador y elucubrador y sus nombres sigan repitiéndose y generando nuevas emociones en lectores y épocas distintas. Es por los libros impresos que muchos autores no comprendidos ni leídos con devoción en su época, pueden en la posteridad ser sujetos de culto por el estudio y valoración de sus obras.

Un libro es quizá el inicio motivacional y partida fundacional de cualquier escritor que quiere socializar su obra y contar con el favor de la lectura de sus amigos y lectores en general. Con un libro empieza o termina la obra de un escritor. No hay escritor sin lectores, como no hay una comida preparada sin comensal. La escritura es la variable dependiente de la lectoría. Y los poetas y narradores, deben ser por antonomasia los más avezados y devoradores de libros. Nimio, disminuido, pobretón y silvestre, reducido léxico y monótono sintáctico, debe ser la obra de un autor que no quiere leer porque “no quiere contaminarse leyendo a otros y le basta su prehistórica intuición humana y creadora”.

Y así como no hay una lógica cierta de que debemos contabilizar y dar por lectores por tantos libros y títulos editados en un año en un país o región. Así como un libro no es equivalente a un lector, pues puede ser equivalente a un tenedor o dueño de libro que lee sólo la carátula o las primeras páginas y luego abandona y le sirve para decorar la biblioteca en su sala para hacer la finta de intelectual; de la misma manera en las bibliotecas escolares la estadística no puede ser equivalente a la consulta o sacada de libros a sala con el del lector completo del libro. Tanto en el sistema escolar como universitario, los textos solicitados para sala sólo son, predominantemente, de lectura indiciaria y fragmentada para un fin u objetivo específico, que luego puede ser devuelto, sino se encontró tal o cual punto de la tarea, sin ser leído ni siquiera capitular o subcapitularmente.



No importa la cantidad sino la fulgurante calidad. Para unos célebres autores como Homero, Lope de Vega, Dickens, Zola, Balzac o Salgari, no bastó un libro, su amplitud verbal y su oceanidad fabuladora los llevó a generar cientos de historias y poblar las páginas con retratos literarios de personajes disímiles, topografías distintas, escenarios tan inverosímiles, míticos, hiperrealistas, diáfanos, así como historias dispares. Los libros tienen eso: historias, personajes, mundos, vidas, conflictos, enredos, misterios, amores, pasiones, mensajes subliminales, trucos de datos escondidos, maledicencias, vilezas, canalladas, todos ellos como pasa en la vida real, como el autor desearía que pase. Indudablemente el autor está oculto allí en algún personaje, en alguna historia con su omnisciencia que él maneja, el autor inyecta y proyecta sus propias intenciones, sus angustias y sus frustraciones, sus propios deseos no cumplidos en la vida real, en cada historia consuma sus propias venganzas y prolonga su propia vida que le gustaría vivir.

En otros, más intensos que prolongados, les bastó pocos libros para dejar estampado su genialidad. Un Juan Rulfo, Joseph Joubert, Meyerstein, Erckmann-Chatrian, Matheson, entre otros que dejaron, producto de toda su vida, pocas páginas inolvidables. Es que en literatura la obra no se mide por la cantidad, sino por la pertinacia reduccionista que el autor procura, sacar toda la panca y quedarse con el choclo. Es verdad que la productividad nos admira y nos pone en el plano del estupor novelístítico de cómo un solo autor puede tener tanto material para llenar miles de páginas a lo Balzac y Salgari sin que repitan lo mismo y termine por construir rascacielos literarios. De allí que el “Cien años de Soledad” que conocemos y todos leemos tal como nos fue presentado en 1967 en unas 450 páginas, haya sido el producto de una esquilmación parrafal y refundición capitular en la corrección de estilo de la versión original de casi 1300 páginas, es un ejemplo que no todo lo que un escritor produce en bruto –y que él lo considera como todo consumado- sea publicable y trascendente.



Los libros impresos seguirán fascinando, a diferencia del libro electrónico moderno, porque tienen un cuerpo no virtual sino real, porque llevan un buen trozo de pulpa de árbol natural, porque los podemos ver, oler tu tinta fresca y su fibra vegetal perturbada por una tormenta bosquimana, lo podemos tocar libidinosamente y acariciar mansa y tiernamente como a una muchacha días antes de su menstruación y releer al instante y cuando se nos antoje aunque la energía eléctrica se vaya, porque sentimos su espiritualidad en nuestra biblioteca, porque nos invita a reconstruir toda esa tinta negra transformada en grafemas simbólicos, porque un libro impreso suele ser un acompañante perfecto en la soledad, en la tristeza y en la angustia y desaparecemos por varias horas en el limbo mismo de la historia y de las hojas gasta el final.



Postdata: Soy un fetichista librero. No puedo escribir una sola línea sino tengo a mi lado una ruma de libros. Jamás inicio un cuento o un artículo sino he leído por los menos unos tres libros. El día que se incendie mi biblioteca, ese día habré muerto junto con ellos.

"Entré a la literatura como un rayo; saldré de ella como un trueno"- Maupassant

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