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viernes, 22 de octubre de 2010

EN LA YEMA DEL GUSTO- Nuevo libro de Rully Falla Failoc- Próximo a presentarse en noviembre 2010

EN LA YEMA DEL GUSTO

(Libro de cuentos anecdóticos de Rully Falla Failoc)



La narrativa de Rully Falla Failoc es anecdótica, oral. Recoge los argumentos y temas de sus relatos, de las costumbres y las charadas pueblerinas, los hechos curiosos que motivan a sonrisa por la ingenuidad polisémica de dislates comunicacionales de sus personajes.

Hay en cada historia un referente inmediato de la tradición oral, un intento por demostrar que muchos veces el hecho comunicacional, entendido en un contexto diferente de donde se produce y aplicado a otras connotaciones, puede llevar a interpretaciones tergiversadas.

Sus historias mueven a risa por la ingenuidad de sus personajes, quizá en un intento por dar la nota alegre y festiva a los interlocutores y hacer del texto un repertorio para ser leído en noches donde la familia --tradición típica en la zona rural del norte del Perú- se concentra en torno a los abuelos o personas mayores para alegrar las noches con historias.

Nicolás Hidrogo Navarro



En la yema del gusto (2010), de Rully Falla Failoc, es un libro que recrea relatos festivos y espontáneos tomados directamente de sus fuentes orales y condimentados ora con picardía palmista, ora con tono de censura propio del gusto costumbrista, que no es tan ingenuo al fin y al cabo. Ya desde el título — que equivale a decir esto es lo que le gusta a la gente en atención, tal vez, a las preferencias de la cultura de masas — se anuncia el carácter popular del corpus ofrecido el cual está conformado por 18 relatos unidos por un vaso comunicante — el ser relatados en un corro de niños por el anciano Francisco Sinfuegos — y en los que prevalece el manejo del elemento jocoso basado, por ejemplo, en confusiones por homofonía como es el caso de El viaje del jiro donde de giro: dinero enviado a distancia y jiro: tipo de gallo, surge un equívoco de la cual, a la postre, el hijo solicitante recibirá un gallo y no el dinero ansiado.

Gilbert Delgado Fernández
Maestros Constructores de Textos
(MACOTEX)





PRESENTACIÓN



Algunas veces llevado por el deseo de encontrar alegría, que siempre se torna escurridiza como una gota de agua entre los dedos, concurrí a los lugares donde suelen ir las personas que buscan remendar heridas, envolver las penas y preocupaciones en velos de sonrisas, para diluir nostalgias profundas; de pronto, no faltó alguien que con gran humor nos contó un cuentecito de don Kapringa Rojas, que nos hizo saltar de alegría, las carcajadas brotaron cual si fueran serpentinas arrojadas en una fiesta de carnaval; luego en casa, después del consabido reposo, y cuando asomaba en el cerebro la reflexión; pude darme cuenta, que los cuentos de don Kapringa, desperdigados en el habla del pueblo, eran una manera de comunicación y de mantener en ristre la alegría en fiestas, celebraciones familiares y amicales. El sabor, la picardía y el salero popular son puestos por la ficción de los contadores; pero después de todo, estas creaciones de la literatura oral son recreadas y transmitidas, por aquellos contadores de cuentos espontáneos que surgen en toda reunión festiva.



Los cuentos de don Kapringa Rojas, son brevísimos relatos orales, contados generalmente por un personaje locuaz y hábil contador de cuentos, a la usanza de un juglar que se ha ganado la simpatía del pueblo. El personaje principal o protagonista es Julio Pingo, o puede ser otro salido de la ficción de cualquier contador; pero que siempre son atribuidos al mismo personaje muy popular en el Pueblo. Kapringa Rojas, es el clásico hombre que teje y desteje acciones, intrigas, más de las veces con ese sabor agradable de las ficciones populares, ora poniendo dosis de picardía, ora inocencia y suave humor que endulza y contagia alegrías; pero siempre terminan en una ingenua jocosidad.



Las narraciones permanecen frescas en la memoria de aquellos contadores, que en las bellas y religiosas ciudades norteñas, se convierten en la gracia y la alegría de toda reunión. Estos breves cuentos, transmitidos por contadores especializados, son narrados como chistes; pero por el fondo y la estructura literaria es un típico cuento oral.



Un cuento de don Kapringa Rojas, con el sabor criollo que tiene su trama, es como dar en la YEMA DEL GUSTO del auditorio, porque es agradable como el mamey, exquisito como la palta y jugoso como dulce mango. Leámoslas con agrado y con aderezo personal degustémoslas hasta pescar alegrías. Ahora haga Ud. el papel de acompañante e inicie el recorrido no por sendas abruptas, sino por las laderas suaves y tranquilas, Ud. póngale gusto, que el sabor lo pone el cuento.





EL CONTADOR DE CUENTOS



Una tarde de otoño, cuando las hojas del jacarandá y la ponciona de la plaza principal de Pueblo Escondido, comenzaron a botar su hojas para evitar la pérdida de agua por la proximidad de la estación estival, don Francisco Sinfuegos, descansaba bajo el árbol que comenzaba a desnudarse, por su condición de especie caducifolia, algunas hojas le cayeron en la cabeza y otras resbalaron por su frente ancha y morena, donde aún, algunos cabellos negros y ensortijados se resistían a dejar aquella otrora poblada cabellera. Bajo el vetusto árbol, recordaba los años joviales de encuentros amicales, algunos niños jugueteando corrían cerca del abuelo, y aquel hombre, inmutable, sumergido, tal vez en ese mundo fantasmagórico que crea sueños e ilusiones, no se percataba de la algarabía y saltarinas risas de los niños, entre los cuales estaba uno de sus nietos. De pronto, dejando hermosas fantasías, retomó a la realidad y al ver a los pequeños saltando y riendo, los llamó y les dijo:



Vengan hijos, siéntense a mi alrededor, les contaré unos hermosos y alegres cuentecitos, para que gocen como deben hacerlo todos los niños. Sí abuelo, inquirió su nieto y se sentó a su lado. El abuelo amoroso lo acarició, pensó un instante, como quien fuerza la memoria, para que las ideas broten, y luego las palabras, meticulosamente bien pronunciadas por el narrador, las oraciones construidas con esmero, utilizando una sintaxis apropiada comenzaron a fluir, don Francisco dijo entonces entusiasmado: Ahora si escuchen y alisten alegrías. Los niños formaron un grupito compacto junto al abuelo quien inició la narración. Aquí la primera dijo:



Alisten oídos y paciencia

Pónganse cómodos y atentos

Saquen todos los contentos

Siembren risas en la conciencia





EL VIAJE DEL JIRO



Cuando los hijos se van, no sólo nos llenan de nostalgia el corazón, sino que la distancia con sus ansias, su sal y su amargura, nos impregnan de agridulces recuerdos la vida. Uno de los hijos de nuestro protagonista, don Julio Pingo, recibió una urgente llamada telefónica desde la capital del Perú, Lima la ciudad de los reyes o también “Lima la horrible” como la llamara el escritor Augusto Salazar Bondy. La madre que meditaba en el hijo ausente, ni bien escuchó el sonido del teléfono, corrió desesperada y con ansiedad cogió el fono:

- ¡Aló mamá! ¿Cómo estás hijo?. Respondió gemebunda la madre.

- Si, escucha bien mamá; dile a mi papá que no deje de enviarme el giro, lo necesito urgente.



Don Julio, sin inmutarse, absorto leía el periódico deportivo, cuando su esposa le comunicó el mensaje.

- Dice nuestro hijo, que no dejes de enviarle el giro.

- ¿El Jiro?, ¿Y para qué lo quiere? Bueno mujer, mañana mismo lo tendrá, respondió displicente sin valorar el contenido de la comunicación.



Al otro día por la tarde cuando su esposa salió a visitar a sus familiares, Don Julio, tomó con mucha seriedad las cosas, entró al corral, donde los gallos y gallinas en tremendos alborotos intranquilizaban todo el ambiente. El gallo Jiro, en esos instantes batió las alas y un estentóreo quiquiriquí lanzó en demostración de bravura y bizarría. No era para menos, porque en las grandes contiendas, con gran valor y destreza había dejado en el ruedo tendidos en dolorosa agonía a todo rival que le pusieron, por eso don Julio tenía un especial cariño, que rayaba en exageración, pues el agua que le daba de beber era hervida, y de alimento no era el maíz híbrido, según él, por duro y podía afectarle el proceso digestivo, le proporcionaba pan remojado y leche de tarro, trozos de hígado frito. Cada dos días le ponía el termómetro bajo las alas por medida de precaución, también el Jiro recibía fuertes chapuzones en el verano.



Don Julio Pingo, cuando lo vio que había subido sobre una gallina se conmovió hasta lo más profundo, lo cogió amorosamente, lo acarició, como si quisiera transmitirle toda la nostalgia que lo embargaba y dijo: Menos mal, me dejarás varias crías, estoy seguro que uno será como su padre, peleador y de buena patada, vuelo ágil y sobre todo valiente. Sintió una gran pena, tanto que gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas y balbució: ¿Cómo no tener pena, si lo he criado desde que nació? Recordó que para que no muriera de frío, lo cargaba en el bolsillo del saco, porque su madre, la gallina loca, asustada voló y calló en una lata con agua hirviendo, que esa alegre mañana serviría para pelar el cerdo que iba a ser sacrificado por el cumpleaños de su esposa. Gimoteando, lo amarró y exclamó:



Pobre Jiro, te irás a Lima, pero que puedo hacer amigo mío, perdóname, si mi hijo te ha pedido con urgencia, así es la vida, como no pidió el Ajiseco que más pierde que gana, pobre Jiro, pasará mucho tiempo para que lo olvide. En una caja de cartón lo colocó delicadamente y salió casi corriendo a la oficina de transportes; y luego al pobre gallo lo metieron en la bodega como cualquier cosa, sin respetar su estirpe y su gloria, entre chivos, pavos, patos; aún así, en el momento que el ómnibus inició el largo viaje lanzó por última vez su estentóreo quiquiriquí. Don Julio Pingo lo escuchó y tuvo ganas de hacer detener el ómnibus y llevar a casa su hermoso ejemplar, aquel gladiador de muchos combates y de los tantos gritos de triunfos y aplausos que arrancaron a los galleros de la zona, sintió inmensas ganas de llorar; pero el carro en minutos desapareció en la Panamericana.



Al siguiente día, cuando almorzaba meditabundo, se escuchó con insistencia el teléfono, su esposa corrió para atender la llamada, era su querido hijo, que molesto reclamaba:

- Mamá, que ha pasado, les he pedido que me envíen urgente el giro para pagar mis estudios y me salen mandando un gallo.



La madre se disculpó por el mal entendido de su esposo, colgó, y sin más preámbulo le grito: ¡Tonto! Nuestro hijo te ha pedido que le envíes dinero y no un gallo. Dios mío, dijo don Julio Pingo, no me hubiera deshecho de tan bello animal.

Los niños celebraron con risas altisonantes la hermosa narración, don Francisco, inspirado lanzó un verso para continuar la serie de narraciones, que su memoria iba desmadejando:



No hay primera sin segunda,

ni tercera dijo la Facunda,

ahí voy reclamó doña Altemira,

si no te gusta calla y suspira.





MARCA INRI



Don Julio Pingo, trabajaba de director en un centro educativo y decidió tomar sus vacaciones, para esto tuvo que hacer el inventario de bienes y enseres del colegio, y entregarlos al profesor, a quien le encargaba la dirección durante su ausencia.



Desde tempranas horas de la mañana, comenzó la tediosa actividad: 30 carpetas en buen estado, a excepción de 10 que les falta el respaldo, una docena de sillas de pino oregón, faltándoles alguna de ellas una o dos patas, un escritorio de director, con varias fotografías de la familia del jefe bajo el vidrio de protección.



Bájame el reloj de cuarzo, ordenó don Julio, pusieron una silla sobre otras para poderlo bajar. Luego dirigió una profunda mirada al Cristo de bronce que estaba colgado en la parte céntrica del aula, se persignó varias veces y ordenó:

- Bájame el Cristo marca INRI.



El profesor disimuladamente soltó una sonrisa.



El cuento como si hubiera estado a flor de labios, tocó el corazón de los niños, y como quien desenvuelve chocolates, afloraron dulces las palabras.



Don Francisco, tomó aliento, caviló y dijo:



No hay como la alegría,

buen potaje de noche y día,

es manjar que cura el alma,

y nos deja descansar con calma.



Ahí van muchachos varios cuentecitos.







ALMUERZO EN LA CALLE



Don Julio Pingo, llegó muy contento a casa, silbaba y tarareaba hermosas canciones de su época, el vals “Cholo soy” lo ponía al borde de las lágrimas; pero en esta ocasión, entró con la alegría bailándole en una sonrisa tan perceptible a lo lejos, suficiente para mostrar su blanca dentadura postiza.



Amor, le dijo a su esposa, estampándole un sonoro beso en la mejilla, el sueldito ha venido gordito gracias al aniversario patrio. La esposa feliz propuso: Entonces, hoy almorzaremos en la calle. Ni una palabra más, tú lo has dicho, confirmó el profesor la proposición tan halagüeña.



La esposa aprovechó para darse un refrescante baño, pensando en el exquisito almuerzo fuera de casa; pero don Julio para abundar en halagos a su querida esposa, sacó una mesa chica, dos sillas, y las arregló en la vereda frente a la calle, luego la esperó que terminara de pintarrajearse y dijo entusiasmado: Ya todo está listo, lo que tienes que hacer es sencillamente servir los exquisitos potajes de tus hábiles manos.



La mujer deteniendo sus impulsos preguntó: ¿No quedamos que íbamos a almorzar en la calle? El, impávido respondió: Claro mujer, por eso he sacado la mesa y las sillas a la vereda. Ella comprendiendo a su marido retuvo las mil palabras que pugnaban por salir de su boca.









ESTA MEJORCITA



Casi media hora estuvo don Julio, formando cola en el Banco de la Nación, hasta que al fin llegó a la ventanilla donde debería de hacer el pago planeado, dinero que con mucho celo había guardado para cumplir con uno de sus tantos compromisos.



El recibidor al verlo frente a la ventanilla, sin indagarle la clase de pago que iba a realizar, le preguntó:



- ¿Señor y su RUC?



Don Julio, muy amable respondió:

- Mi hijita está mejorcita, anoche tuvo fiebre; pero ha amanecido tranquilita.



El empleado le devolvió la amabilidad con una sonrisa.











ENVUÉLVAMELO ENCENDIDO



A la hora del crepúsculo vespertino don Julio Pingo, salió corriendo a la ferretería, porque el foco de la luz de su habitación, por efectos de una ráfaga de aire frío se quebró. Llegó apurado a la tienda comercial y pidió: rápido señora, le dijo a la vendedora, necesito un foco de los mejores.



La aludida le preguntó: ¿Don Julio de 50 ó de 100?. El interrogado como si las palabras las hubiera tenido a flor de labio, respondió:



Déme de 100 señora; pero envuélvamelo encendido, porque mi mujer es bien desconfiada y es capaz se regresarme para que lo cambie.

La vendedora lo miró de reojo sorprendida y envolvió la mercancía.





LA LLAVE



Eran las 10 de la mañana, de aquel domingo planeado para ir con unos amigos a “tirar un ciento de canitas al aire” en la famosa picantería “El Maracuyá”; pero hasta esa hora no regresaba su señora, por cierto era muy conversadora, y seguro que estaría en plena parla con sus familiares, y la hora no le importaba en absoluto.



Don Julio Pingo, molesto por la tardanza de su esposa refunfuñaba, y de vez en cuando soltaba una frase altisonante, con tono y sabor a chicherío, extrañas palabras, imposible de encontrar en un diccionario enciclopédico de la Real Academia de la Lengua Castellana.



Los amigos en la esquina de la calle, aburridos por la espera, lo silbaron, y don Julio presionado por ellos y con el propósito de no perder cita tan importante, decidió dejarle por escrito a su señora un mensaje. Con letra clara escribió:



Mujer. ¿Acaso te has ido a contar granos de arena? Me cansé de esperarte, y al frente donde mi tía te dejo la llave de la casa.

Colocó el papelito en el centro de la mesa, cerró la puerta y fue a encargar la llave donde su familiar.





DIRECTOR APURADO



Tenía que llegar temprano a casa, porque de acuerdo a sus planes un familiar muy querido, debería de estar llegando antes de la una de la tarde, y era dable y educado, que él como anfitrión tenía que estar presente para recibirlo con la amabilidad del caso, y de inmediato brindarle unos vasitos de cerveza y de la motupana, cuya fama de buena y sabrosa pasaba los límites nacionales.



A las doce con minutos, comenzó a arreglar las cosas de la oficina donde era director, en el colegio rural, salió casi en estampida a la carretera para tomar el microbús, que en esos instantes asomaba en la Panamericana. El vehículo se detuvo y don Julio Pingo, subió de un solo tranco. Viajaba apurado, cuando uno de sus alumnos que estaba sentado, demostrando respeto y consideración al director, lo invitó a ocupar su lugar poniéndose de pie.

- Profe, siéntese - dijo el alumno con amabilidad.

Don Julio respetuoso le respondió:

- Gracias hijo, estoy apurado, continúa nomás.



El alumno lo miro anonadado.

¡Ah muchachitos! ¿Les gustó las ocurrencias de don Julio, ¡Claro abuelo! Celebraron los niños. ¿Han visto cruzar una hermosa golondrina? La tarde se hizo tarde y el sol arropándose en los anaranjados celajes se iba al encuentro de las estrellas y dijo: Se va a dormir para mañana salir más radiante, entonces nosotros también nos vamos, otro día seguiremos contándoles otros cuentos de don Kapringa Rojas.



Que viva la paz y la alegría

Que viva la verdad a porfía

Que viva mi lindo pueblo

Que de tonto no tiene un pelo



Después de unos días don Francisco Sinfuegos, se reunió con los pequeños en el atrio de la iglesia local y con el sabor de cuemto en las palabras dijo:



Cada gallo canta en su corral,

Si canta claro es de buen metal,

Pues su raza corre el mal

Es la voz del alma matinal



Aquí va una con ají y pimienta,

Con risa y hojas de menta

Con sabor a puro pueblo,

Con voz de este gran abuelo.





LA GRABADORA



Don Julio Pingo, cumpliendo la promesa de enviar unos datos a su compadre a la ciudad de Lima, marcó el teléfono: 01-244260, escuchó luego una melodiosa música en el fono y en segundos la suave voz de una dama, grabada en el aparato receptor envió su respuesta.

- Nadie se encuentra en casa, puede dejar su mensaje. Don Julio emocionado inquirió:

- Gracias señorita, es Ud. muy amable, saludos para su papá y su mamá que no tengo el gusto de conocerlos; pero dígale a mi compadre que mañana lo vuelvo a llamar.



Colgó satisfecho y balbució:

- La señorita que me contestó debe ser simpática y bella, que bonita voz.



Se sentó y degustó un poco de ilusiones.





LA PRIMOGÉNITA



Con mucha anticipación la familia se había preparado, para celebrar el quinceañero de su primera hija, criatura hermosa que bien se merecía una fiesta elegante, donde la homenajeada estuviera rodeada de todas las amigas de su generación; por supuesto, que también era la ocasión, para que los padres mostraran su nivel social en la comunidad de Pueblo Escondido.



El elegido padrino, era el médico, amigo y compadre de don Julio Pingo, escogido por los esposos con mucho cuidado, además le encargaron la presentación social de la bella jovencita en plena fiesta. Para aquel agitado día, la casa fue remozada totalmente, las paredes se adornaron con flores y cuadros novedosos; todos los preparativos fueron cumplidos meticulosamente por varias personas que se entregaron horas enteras a prepararlo todo: licores exóticos, exquisitas comidas, caros vestidos y la música cuidadosamente seleccionada por amigas de entera confianza, para que la “fiesta rosa” sea recordada como una de las mejores.



Los invitados llegaban con sus vestidos de gala y fueron tomando sus respectivos asientos, el patio en poco tiempo estuvo colmado de personas que esperaban con ansiedad la aparición de la graciosa chiquilla. Don Julio Pingo en un vaivén alocador, levantaba la mano para saludar a conocidos y amigos; el médico, amigo y padrino sólo esperaba a la ahijada para cumplir con la ceremonia. De pronto una música suave invadió el recinto, todos se pusieron de pie y como una hermosa mariposa que emerge de un rosal, apareció la hija engreída de don Julio, los asistentes aplaudieron y el padrino se adelantó para recibirla tomándola del brazo. El animador de la fiesta pidió aplausos y luego invitó al padrino para que hiciera la presentación de la joven dama. El médico, cogió el micrófono y dijo:

- Señores y señoras, dignos invitados, es para mí un honor presentarles a todos Uds. a la primogénita de mi compadre Julio Pingo.



El aludido que estaba junto a unos amigos atento a la ceremonia, corrió y le dijo al padrino en el oído:

- Compadre, no se llama primogénita, su nombre es Ruth, tan rápido se olvidó.



El médico impávido continuó poniéndole énfasis a sus palabras.





DE LA ALIANZA MANO



Ligero se alistó don Julio Pingo, para viajar a Chiclayo, en esta ciudad tenía que hacer varias gestiones; el desayuno fue muy breve y apenas pudo darse unas miradas en el espejo, que reflejó su rostro moreno, sus ojos negros, cabellos ensortijados, la alegría le brotaba a torrentes y la expresaba en un agudo silbo de un característico vals de sus mejores tiempos, y hechóse andar apurado rumbo al paradero de los vehículos que van a Chiclayo.



Tomó asiento al lado de un jovencito, que absorto leía un libro de Biología. El ómnibus comenzó el viaje por la Panamericana y el cobrador inicio su actividad con los pasajeros; cuando le tocó exigir el pago al viajero donde estaba don Julio Pingo.

- ¡Pasajes! - inquirió muy serio.



El joven sacó unas monedas y dijo:

- Medio, universitario.



Don Julio escuchó al estudiante y estimulado por la oportunidad de pagar medio pasaje, saco unos soles, pagó y dijo:

- ¡De la Alianza mano, por mi madrecita!.



El joven universitario no pudo contener la risa, disimuló y una carcajada se ahogó en su garganta.





AFUL



Con la celeridad del caso se levantó don Julio Pingo, se lavó y entró al cuarto donde dormía su hijo. Dos fuertes gritos despertaron al joven que no quería dejar las calientitas sábanas. El desayuno sólo fue tomado a la ligera y en el menor tiempo posible llegaron al paradero para emprender viaje a la ciudad de Chiclayo.



Aquel día había sido planificado con mucha anticipación, porque no era para menos, pues su hijo había terminado sus estudios secundarios y viajaban exclusivamente para inscribirlo en una academia pre-universitaria, para que postulara a la universidad local. Llegados a la “Cuidad de la Amistad”, con un folder lleno de papeles iniciaron el recorrido por diferentes calles de la urbe comercial.



La academia AFUL, tenía fama de buena y el hijo lleno de entusiasmo llevó a su padre a esta institución para que lo inscribiera, cuando llegaron, leyeron el gran letrero que se exhibía en el frontis, el mismo que decía con letras grandes y llamativas: Academia Pre-Universitaria AFUL.



Don Julio Pingo, lo miró con fastidio, leyó y dijo:

- ¡Vamos hijo a otra, ésta ya está a full, más es lo que hemos caminado!



El joven aspirante a universitario exclamó: No papá, así se llama la academia. Luego entraron en busca de una vacante.



Al salir el protagonista, orgulloso dijo:



Yo soy don Julio Pingo,

y penas de amor no tingo,

pues por eso me respingo

y feliz regreso de donde vingo.



Soy hombre de pelo en pecho

De palabra, fe y bien derecho

A la mujer le prodigo respeto

Abundante cariño y gran afecto





¿PENSIONISTA YO?



Desde temprano don Julio Pingo se alistó para ir al Banco de la Nación, necesitaba cobrar su pensión de jubilado sin dificultades. Como era natural y costumbre, todos los meses en sus bolsillos sólo se guardaban nostalgias, algunos sueños y sobre todo grandes frustraciones, porque el pequeño sueldo, apenas podía soportar un par de semanas, meticulosamente administrado.



Cuando llegó al Banco, por equivocación no se puso en la fila de los jubilados, los que esperaban con ansiedad para cobrar. Don Julio se dirigió a la otra fila de usuarios, que iban a pagar el servicio de agua, teléfono y otros menesteres. El conserje con el propósito de informarle lo correcto le preguntó:

- ¿Ud. es pensionista?



Don Julio sorprendido según él, por la pregunta tonta, impertinente e impulsado por su razonamiento rápido, respondió:



- ¿Pensionista yo?. Sépalo Ud. señor, que yo como en mi casa, para que necesito una pensión, mi esposa cocina muy rico.



Sus colegas dibujaban en su boca una disimulada hilaridad.





CONOCIENDO LA CAPITAL



Don Francisco, el contador de cuentos, contentísimo por estar rodeado de varios niños, que atentos escuchaban sus amenos relatos, le puso énfasis a sus palabras y dijo: Muchachos, ¿Conocen Lima?, ¿No conocen verdad? Es una ciudad grandota, llena de carros, humo y gentes de todos los lados del Perú que pueblan hasta la punta de los cerros. Mis pequeños, inquirió el inusual narrador, una vez venía de Lima y al mirar por la ventanilla del ómnibus, Dios mío, mi corazón latió aceleradamente, porque parecía que estábamos viajando entre millones de estrellas, como si fuera una nave que surca los espacios infinitos, viajábamos velozmente. Era la ciudad de Lima, con sus luces fantásticas, sus cerros habitados cual si fueran hormigueros gigantescos; pero mejor no hablemos de eso, dijo, les contaré que don Julio, hombre pueblerino, motupano panza verde, de viejo cuño y ancestro, bebedor de chicha de jora, viajó a Lima, porque sus hijos que vivían en esa cuidad, querían tenerlo unos días para que conozca la capital; porque en ese entonces, quien no conocía Lima, era como no conocer el Perú.



Don Julio después de los paseos y visitas a los centros turísticos y haber rezado en la catedral, porque según sus creencias, las oraciones vertidas en la iglesia mayor, tenían la virtud de llegar más rápido al cielo y sacar del purgatorio o del infierno a cualquier alma pecadora, después de tomarse una fotografía en la Plaza San Martín y a la hora del almuerzo rodeado de toda la familia, contaba las impresiones profundas que le habían causado conocer la capital del Perú. Con seriedad de hombre experimentado dijo:

Todo puede ser Lima, sus avenidas grandes y bonitas, sus monumentos, el palacio de gobierno, la estatua del libertador, todo eso es muy hermoso; pero por si acaso muchachos, les advierto seriamente, que si yo muero aquí en la capital, por favor no quiero que me entierren en esta tierra que no es mía, así sea en el cementerio más bonito, no lo vayan a hacer muchachos, y saben por qué, sencillamente porque nunca me acostumbraría, ustedes saben que uno es de pueblo chico y tranquilo, y en esta ciudad hay mucho ruido.



Los niños celebraron la ocurrencia con mucha alegría y don Francisco satisfecho de su narración, les obsequió caramelos. Los pequeños agradecidos abrazaron al abuelo contador de cuentos. De pronto, Koté el amigo madrugador y amansador de sombras y tragos, que también había sido atraído por las hermosas narraciones dijo:



Bendito sea el buen abuelo

Que sabe contar cuentos bonitos,

Con su gracia son ricos bocaditos

Todos tienen sabor a caramelo



El abuelo alagado por el verso se animó a continuar sus relatos y muy entusiasmado dijo: Ahí van otros cuentecitos; pero eso si, tienen que ser muy obedientes y estudiosos, amen a sus padres y a su pueblo, amen también la naturaleza porque es nuestra hermosa casa. El ocasional narrador lanzó un profundo suspiro, luego inició el cuento.





EXITOSO SEPELIO



A la población de Pueblo Escondido, le causó un gran revuelo, la muerte súbita de don Gregorio Tiquilihuanca, hombre muy querido por el pueblo, por su méritos personales: probada bondad, honestidad inquebrantable a prueba de toda tentación, honradez impecable incapaz de mellarse por aquellas propuestas maliciosas que rompen la mano y llenan los bolsillos, tan común en estos días en autoridades que pregonan moralidad.



El pueblo entero lagrimeó por el deceso inesperado, tanto que las actividades comerciales se restringieron, lo tenderos identificados con el dolor social por la pérdida irreparable, atendían a media puerta, otros alcanzaban las mercancías por la ventana. Las santulonas del pueblo prometieron rezar más rosarios en nombre del difunto, y a la hora del sepelio llorar a todo pulmón, para que el pueblo sienta la partida de don Gregorio a otra vida, y sobre todo para que los ángeles lo reciban con todos los honores y lo conduzcan en séquito celestial al lado del padre eterno.



Don Julio Pingo, condolido hasta los huesos ordenó a su esposa que alistara el terno azul, ¡cómo si tuviera otros!, cuando era el único vestido que lo había exhibido en todos los sepelios que había asistido, era el mismo, que lo lucía con bastante religiosidad para semana santa en la procesión de Cristo Yacente, que de tanto lavar y planchar, al contacto de los rayos del sol en los ocasos naranjados tomaba un brío tornasol. Las campanas perezosas y melancólicas llamaron al sepelio y el templo se colmó de amigos del famoso difunto, cuando don Julio entró luciendo con orgullo su único terno, en el saco un pañuelito blanco asomaba sus narices en el bolsillo superior, avanzó hacia el féretro, cuando la misa estaba en el ofertorio y la campanilla melosa y persistente agitada por el manguillo penetraba en los oídos con su tintineo alocador, se tiró al piso de rodillas y todos los asistentes hicieron lo mismo.



Terminado el ritual religioso y el cortejo mortuorio enrumbó al cementerio, en medio de un mar de banderolas, pancartas, ramos de flores, ofrendas de todos los tamaños y formas. El tumulto avanzaba lentamente, en una esquina detuvieron al ataúd y una señora desgañitándose gritó: ¡Gregorio Tiquilihuanca presente!, la multitud al unísono repitió la misma expresión; de pronto, docenas de cohetes rompieron el silencio y la banda de músicos tocó el Himno Nacional, las santulonas quemaron grandes cantidades de incienso, palo santo y otras yerbas aromáticas, de los balcones se lanzaron sacos completos de pétalos de rosas; de pronto un acompañante se paró frente del féretro y sacó de una jaula varias palomas blancas y dos garzas del mismo color y dijo: Amigo mío ellas guiarán tu alma a la mansión de los justos y por nada del mundo te perderás en el camino.



En el cementerio el llanto fue general, copioso y abundante, tanto que se escuchó en todo el pueblo. De retorno don Julio no dejaba de lagrimear y su esposa al verlo gimotear se lanzó al cuello de su marido haciéndolo ir de espaldas sobre una botija repleta de chicha que se esparció en el piso, don Julio Pingo, aún lloriqueando cogió un vaso y lo llenó, bebió de la fermentada bebida y dijo esto me cura un poco las penas, luego su esposa le preguntó: ¿Cómo estuvo el sepelio? limpiándose las lágrimas exclamó el interpelado: Mujer el sepelio ha sido todo un éxito, todos sus amigos acompañaron a don Gregorio.



NIÑO TRAVIESO



La mañana de invierno estaba llena de nubosidad y aún el rubicundo astro no filtraba sus calientitos rayos para dar ánimo y salir a gozar de una agradable tertulia. Don Julio Pingo se había quedado al cuidado de su nieto, niño de cuatro años y con una gran actividad lúdica, capaz de escabullirse a la calle cuando menos pensaba el abuelo cuidador. El infante en el menor descuido mientras su protector se encandilaba en recuerdos y de vez en cuando dormitaba animado por el frío matinal, salió silenciosamente a la calle con su hermosa pelota recién compradita. La calle en un instante se convirtió en una canchita de fútbol porque todos los amigos de Ramiro, que así se llamaba el niño, como atraídos por aquel juego encantador varios de los pequeños comenzaron a disputar un reñido partido.



La calle reventó en gritos, algarabías exaltaban los ánimos de los chiquitines que corrían tras la pelota de fútbol. Los goles eran celebrados con aplausos y gritos capaces de quebrar cualquier paciencia. Don Julio Pingo, seguía disfrutando de la dulzura del sueño, alimentado por la mañana opaca y llena de neblina, cuando de pronto un fuerte pelotazo, que le calló en la cara de súbito lo despertó, echando de menos a su nieto; como si hubiera sido movido por un resorte corrió hacia la calle y gritó: ¡Ramiroo!. El niño temeroso se acercó a su abuelo y dijo: ¿Qué quieres papá?, don Julio, colérico gritó: ¡Pasa muchacho malcriado vaya matarte un carro y vengas llorando!















LOS BIZCOCHOS DE DON JULIO



Don Julio al son del viene y van

Prefirió los ricos bizcochos al pan

Ahora es como un gordo supermán

Que se bambolea como el sacristán



Don Julio Pingo, con la cara de apurado, cogió el maletín tan regordete como su dueño, luego como de costumbre tomó de la alacena dos grandes y ricos bizcochos, los olió y les dio un par de pellizcos y los probó, los introdujo en sus largos bolsillos; como estaba tan apurado, apenas se pasó el peine en la desgreñada caballera donde ya asomaban las canas y unas pampitas, era señal que se estaba quedando calvo, unas cuantas gotas de desodorante se aplicó en las axilas, miró el reloj y a la pasada se observó en el espejo, unas arrugas bien pronunciadas surcaban su rostro y dijo: Estas son las penas que me han abierto grandes heridas y ni las risas, ni los encantos de tanta belleza las han curado, suspiró, volvió a mirar el reloj, eran las doce del medio día.



Ligero abordó el microbús que lo llevaría a la comercial ciudad, donde el caos y el bullicio, los humos de las cocinas de las vendedoras ambulantes, lanzaban a la atmósfera sus humos contaminantes, los gritos y empellones de los comerciantes perturbaban el último rincón de la paciencia.



Don Julio Pingo, como un anónimo más, se metió en la jungla citadina, el maletín lleno de expedientes, era sujetado con fuerza, al pasar cerca de una vendedora de anticuchos, ésta le pasó cerca de las narices el potaje callejero, despertándole el voraz apetito de león enjaulado irresistible a su paladar, aún en contra de sus planes inmediatos se detuvo y media docena de este guiso, preparado con aceite reciclado con alto contenido de grasas saturadas, que elevaban la secreción de bilirrubina y colesterol, fueron engullidos como si se trataran de exquisitos chocolates; dos vasos repletos de refresco preparados sin el menor cuidado de higiene, empujaron los trozos de carne picante y a medio masticar a través de la tráquea y el esófago, para llegar al estómago donde finalmente sería degradado gracias a los jugos gástricos y el ácido clorhídrico.



Saciado su hambre tomó rumbo al mercado central, sin antes darle una probada a los agradables bizcochos que llevaba en los bolsillos, pero al llegar a una esquina, dos fornidos delincuentes interceptaron sus pasos, uno de ellos le colocó la punta de un filudo cullillo en el cuello y el otro gritó. ¡Dame la plata! Y en forma violenta le metió las manos en los bolsillos, sacándoles en décimas de segundos dos grandes bizcochos.



El hurtador al comprobar su equivocación, porque creía que la víctima era comerciante de Mórrope y llevaba mucho dinero, colérico lo agredió a puntapiés y a la vez le gritaba: ¡cholo morropano!, ojalá que otro día traigas bizcochos y verás que te vuelo los gemelos.



Que interesante, tómese la del estribo don Francisco, no vale terminar triste sino con alegría, no es bueno irse de lado, póngase el último relato, sí iniciamos la hermosa travesía con los cuentos de Don Kapringa Rojas, pues con ellos bajemos el telón y así la función ha terminado. Ni hablar amigo Koté Surinango, con este cierro el pico y venga un vaso de cerveza para curarme la garraspera.











OXIGENO



Don Julio Pingo, recibió la noticia del nacimiento de su nieto con gran algarabía y no sabía como expresarla; de pronto corrió a la tienda más cercana y compró varias docenas de cohetes y comenzó a encenderlos. Los vecinos alarmados por el incesante crepitar, asustados cerraron las puertas de sus viviendas, una gran humareda se expandió en la calle y los más conocidos llegaron con latas llenas de agua porque se imaginaron que se trataba de un incendio. De pronto salió bien vestido don Julio Pingo, con una inmensa alegría capaz de contagiar al más serio. Vecinos, dijo con indescriptible contento, estoy feliz porque ha nacido mi onceavo nieto y voy al hospital a conocerlo, y salió corriendo hacia el paradero de microbuses.



Cuando llegó al hospital corrió a la sala de partos y requiriendo la información pertinente preguntó: ¿Señorita mi hija como está? La enfermera le explicó: ¿Es la señora de Pueblo Escondido? Ella está bien; pero a su bebé le han puesto oxígeno.



¿Oxígeno? ¡Qué están locos! Si a mi nieto le iban a poner mi nombre. La enfermera no soportó la risa y le dijo: No se preocupe pronto se pondrá bien.



Que bonito final, hasta otra oportunidad mi amigo Koté Surinango, los cuentos han terminado. Hasta pronto don Francisco, Dios lo bendiga, muchas gracias por la amenidad de sus narraciones. La luna acompañada del lucero de la tarde, se escondieron entre los cerros.



FIN.





RULLY FALLA FAILOC





Escritor, reiteradas veces galardonado, goza de notables atributos en la narrativa y la poesía. Sobre todo en la novela. Su principal hontanar de inspiración es su amado terruño motupano. Le atrae el tema costumbrista y lugareño, pero dispone de atributos que le permite abordar facetas diversas de la problemática existencial. Su prosa es ágil, transparente, rica en vocablos de extracción popular. Entre sus obras publicadas figuran las novelas: El grito de los chalponpircas (1975) y Okay dijo el cholo (1978), publicó la lagartija y otros cuentos, en 1986, dentro del mismo género, Chiquitín.



Rully, es sin duda, nuestro mejor narrador actual en temas que reviven la infancia. Y sabe expresar con vigor el impacto de lo telúrico en el alma de nuestros pueblos.



“La Literatura Lambayecana”

Luís Rivas Rivas, Catedrático de la USAT.


Motupe, julio de 2009





"Entré a la literatura como un rayo; saldré de ella como un trueno"- Maupassant

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