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domingo, 25 de julio de 2010

PERFIL DE POETA: Ángeles endemoniados

PERFIL DE POETA: Ángeles endemoniados


Por: Nicolás Hidrogo Navarro

(hacedor1968@hotmail.com)



Con fervor poético a

Marcoantonio Paredes

trashumante y patético,

romántico caminante.

La denominación de poeta (vate, bardo, aeda, rapsoda, juglar) no es ni un título académico, nobiliario ni un cartón que universidad alguna te lo pueda conceder ni mucho menos es algo que se pueda comprar, transferir o heredar: o eres o no, o naciste con el efecto mágico de encandilar y jugar con las palabras o eres sólo un ramplón que fuerzas al verbo a decir lo que no eres o no sientes. La poesía no está hecha para ser comprendida, sino sentida, vivenciada. Si la poesía fuera como la prosa, con argumento, personajes, mensaje, escenario, exposición-nudo-desenlace, habría perdido su propia identidad: sería un muñeco verbal disfrazado de espantapájaros.



En la historia de la literatura siempre la atractiva denominación de “poeta” ha sino sinónimo de vida azarosa, desgraciada y desquiciada y aún cuando esté incomprendida y no aceptada como un oficio académico, serio, orgánico y coherente, sino síntoma de estulticia, desfachatez, ebriedad, nimiedad, cursilería, ociosidad, vano oficio, pérdida de tiempo, tonterías románticas y chifladez obsoleta y desfasada, el apelativo sigue atrayendo a muchos. Las historias y leyendas que se tejen en torno a este designio de sacerdote, santón o iluminado de la palabra, ha cautivado a no pocos jóvenes que ven bajo el empoderamiento autonominativo, una manera de reconocimiento social y se han atrevido a autopublicarse y autodenominarse poetas, a veces con el auspicio o auxilio de amigos o instituciones, pero en su gran mayoría de veces, con el transcurrir del tiempo y el flaco favor del aplauso y comentario de la gente, abortan y desertan. Un poeta nace y muere con la marca de la poesía en el alma: no hay jubilaciones ni deserciones, pueden haber sequías y silencios involuntarios y significativos, pero la poesía y poeta siguen allí indeleblemente marcado aún después de la muerte. Eres poeta dentro y fuera de tu habitación, a la hora del desayuno, a la hora del hola y el adiós, a la hora que vas y vienes por la calle, eres poeta mientras duermes, te bañas y bostezas, mientras agonizas y vez la propia película de tu vida, mientras te vas convirtiendo en polvo enamorado y olvidado en algún triste cajón allá donde todo es silencio y quietud.



El que tiene el verbo tiene al mundo del amor, lectores y admiradores a sus pies, las palabras ingresan calladito por el oído y por los ojos, pero paradójicamente el poeta no debe ser feliz, el día que lo sea dejará de escribir; el poeta no debe tener en demasía, el día que la riqueza llegue a sus pies, ese día habrá nacido una nueva persona feliz, pero acabará de morir el alma de un poeta.



No eres poeta porque escribas, publiques, leas, recites, declames o difundas versos: eres poeta porque estás marcado con el virus del estigma azul, del sino y la fatalidad, por tu ambivalencia, por tus demonios posesos que te obligan a escribir cual demiúrgico en trance, por tu incomprensibilidad de antítesis y por esa manía irrefrenable de perpetuar lo que otros no pueden escribir, de encontrar la frase nova que, estando en el ambiente, los demás no la saben ni oler ni decir. Eres poeta porque el tiempo, las palabras y la naturaleza chúcara te eligieron para escribir su mapa filogenético. Eres poeta porque acunas a la tarde, le prendes fuego a la noche, haces dormir a la luna en su propio manto lévano. Eres poeta porque tienes tu propio filón adjetival inacabable que cual estrellas están a la vista de todos, pero solo están a tu acceso para hacer con ellas el efecto estético de la nostalgia y la vida misma. Eres poeta así tengas tu rostro horrísono, tus cuitas interminables y lleves la marca indeleble de la incomprensión, la rareza, extravagancia y la conflictuación: son las palabras y cómo estén hilvanadas, en ese tejido extraño, cabalístico, disrupto, indescifrable, inasible, incoherente, caótico y místico de ese océano verbal del pensamiento humano.



El versificador escribe con palabras llanas y cotidianas; el poeta, con signos transemióticos. El versificador cuenta desventuras y narratea su historia personal; el poeta, holísticamente cuenta, vaticina la historia universal con el oráculo cáustico de sus versos. Un versificar fuerza su inventiva y produce un ruido estertor; en un poeta, el poema fluye como magma musical, eufónico y se queda petrificado desde la primera vez en la psiquis de la gente. El versificador quiere cantar y le sale discordancias; el poeta, lanza su estruendo de metáforas que cual concierto de cámara, descuadra la sintaxis, la semántica y la lógica mental hasta producir una efectante conmoción. El versificador recibe aplausos fatuos y de compromiso y monedas de compasión: el poeta, obtiene una mirada de asombro y reverencial, se gana el don y sólo con su otear hipnotiza y subyuga a los demás. Un versificador quiere agradar sólo al oído; un poeta, al alma.

Eres poeta porque naciste y decidiste vivir de otra manera, encerrado en la catatónica y esquizofrénica cárcel de los versos, el destino infausto y te quedaste varado entre el silencio tímido de la luna y la frágil mirada de la tarde poblada de tu ausencia.



"Entré a la literatura como un rayo; saldré de ella como un trueno"- Maupassant

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