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viernes, 21 de mayo de 2010

NO SE PUEDE SER ESCRITOR NI LECTOR EN EL AULA

NO SE PUEDE SER ESCRITOR NI LECTOR EN EL AULA

Por: Nicolás Hidrogo Navarro

Dinos cuánto producto estético han producido, comprendido y recreado tus alumnos, y te diremos cuan exitoso ha resultado el Área de Comunicación Integral. Los 20 en Secundaria o los AD-20 en Primaria, pueden ser tan engañosos que allí se pueden ocultar el memorismo tradicional o tu incapacidad de innovación o tu miedo a no desaprobar a nadie para mantenerte en el trabajo y evitarte problemas con tu Director o los padres de familia.
Tal pareciera que hablar de literatura sea una cosa y pedagogía otra: ya no existe cierta imbricación entre ambas. No necesariamente en el Perú un profesor de Lengua y Literatura está vinculado en el ejercicio proyectivo y creativo, he allí el fracaso de los intentos de elevar e implantar la creatividad en el sistema por decretos, declaratorias de emergencia. Los profesores de literatura le están sacando la vuelta al sistema, como que se hacen que enseñan gramática y algo de historia literaria, con sus libritos anquilosados y con su recién estrenado lenguaje pedagógico, siguen haciendo lo que antaño. Pregona, exigen y piden lo que ellos no dan ni muestran con el ejemplo: productos estéticos. Justificados y pretextados en sus “escasos sueldos”, no compran diarios, ni libros ni se capacitan cuando ya están nombrados. El síndrome de inmunidad laboral se apodera de ellos y se aprenden de memoria las clases, cansados de repetir los mismos temas por años, ni siquiera hace falta volver a imprimir las mismas separatas que se repiten de generación en generación hasta el final del año académico amén.
Los perfiles y exigencias de admisión no sólo se han estandarizado, sino que se ha flexibilizado hasta la masificación. Igual da seleccionar a un docente para la especialidad de Matemática que para Lengua y Literatura. No hace falta ni vocación ni aptitud, se aprende a ser profesor en el camino o cuando ya estás en ejercicio. El fracaso escolar no sólo se justifica por la desatención del Estado, sino también por la falta de idoneidad y vocación docente. Cualquiera es profesor, la famosa frase “métete aunque sea de profe, allí se consigue chamba si o sí, en el monte es más facilito, allí hay menos competencia y exigencia y casi nadie te controla, allí a cualquier alumno se puede engañar si te equivocas”, ha desprestigiado la carrera, apostolado de otrora, cualquier persona o profesional se puede convertir por arte de magia con su libro en la mano y el dictado de paporreta, en profesor o de Lenguaje, Matemática, Religión, Química, Biología, o lo que te dieran, en algún lugar alejado de la urbe. Ya basta de echarle la culpa al otra del fracaso educativo: aquí falta una autocrítica y una remodelación del perfil de la carrera formativa.
Preguntas fundamentales como ¿Están nuestros profesores de Lengua y Literatura preparados aptitudinal, vocacional, creativa y metodológicamente para formar alumnos creativos, analíticos, críticos y reflexivos? ¿Saben nuestros docentes de Comunicación Integral el fin supremo de la educación y lo articularán conociendo el fin de su propia área formativa? ¿Entienden y sustentan argumentativamente nuestros docentes de Lenguaje el para qué de los contenidos gramaticales y la teoría de la comunicación? ¿Entienden y sustentan argumentativamente nuestros docentes de Literatura el para qué de la enseñanza bio-bliográfica de las corrientes, escuelas y movimientos literarios? ¿Tienen nuestros docentes sus propias propuestas de análisis literario o sólo siguen aplicando las famosas y archiconocidas fichas del español Fernando Lázaro Carreter, se hace más de 40 años vigentes inalterables en el sistema educativo peruano? ¿Si se aplicará un test de creatividad a los docentes de la especialidad de Lengua y Literatura, saldrán aprobados? ¿Podrá enseñar creatividad y a ser creativito, alguien que no lo sea? ¿Los profesores de Lengua y Literatura, debiendo, serán los que más leen y asisten a eventos de capacitación por iniciativa propia? ¿No estarán estafándonos y siendo los verdaderos culpables del fracaso de la comprensión lectora, la creatividad y el razonamiento verbal? O le cargamos el muertito sólo al Estado.
El que exista o existiera un Mario Vargas Llosa, Julio Ramón Ribeyro, Javier Heraud, Alfredo Bryce Echenique, Ciro Alegría, José María Arguedas, Vallejo, Martín Adán o Abraham Valdelomar, ellos no se hicieron creadores por este sistema educativo imperante, sino porque se salieron de él. Buscaron y gestaron su espíritu creador fuera de las aulas, como diría el propio Bryce, me hice escritor en el cafetín de San Marcos, porque las clases eran tan aburridas que servían para adormecerlo a uno. O el propio Vargas Llosa que se escapaba de clases e iba a las barracas en el Leoncio Prado para leer a Los tres mosquetros y escribir sus propias novelitas que vendía entre sus amigos. Es imposible crear en el aula, se necesita libertad, y allí sólo hay imposición, cuadriculación teórica, apresuramiento y desgrabación paporretera, para decir lo mismo en el examen, que hizo escribir el profesor en clases.
Habrá que redefinir los roles y los filtros de acceso a la carrera de Lengua y Literatura, replantear la currícula formativa y metodológicamente generar nuevas estrategias de desescolarizar el sistema de enseñanza e invertir el triángulo pedagógico: primero partimos por la creatividad (libertad y expontaneismo liberador), seguimos con la reflexión (mímesis y valoración del acto y producto creado) y finalmente readecuamos las teorías interpretativas, hermenéuticas a nuestros perfiles profesionales y los tipos de inteligencia que muestren los alumnos. Sólo un cambio revolucionario y no meras recetitas caseras o decretos a control remoto o exigencias por condicionamientos, presión y sermón, hará que nuestros alumnos lean comprensivamente y se animen a recrear y ficcionar su propio universo de sentimientos, experiencias y emociones.

Lambayeque, enero 07 de 2006
Nicolás Hidrogo Navarro
Coordinador General Conglomerado Cultural –Lambayeque-Perú




A) Marhie Linares (Gen. 2000)

En Tar´daimah hay un lenguaje a nivel de prosa poética. Es la historia de dos hermanos Paulo y Marcelo y el secreto descubrimiento del afán de iniciado por el escribir. La locura de de Paulo y la ayuda suicida cómplice del hermano generan un clima trágico. De extraño trance y desenlace, la propuesta temática pretende ser una apología dulce y casi eutanásica del suicidio o la muerte piadosa. La complicidad juega un rol importante en esta historia. Aún cuando el desenlace es trágico, para uno de los hermanos, no deja de tener cierta sublimidad el acto final que semeja una historia romántica que llama al suicidio y a la compasión. Hay en el cuento un intento por generar un clímax conmovedor que subyugue el misterio y el sino adverso de los posesos creadores, del iluminado profético. Se conjuga mucho con la historia dramatizada que se adivina el final y nos queda así una sensación de que el esfuerzo de la iluminación y revelaciones concluyen con la propia vida del mozuelo.


B) Marcoantonio Paredes (Gen. 2000)
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En De donde vienen los dioses, se pretende enlazar una conexión con la historia anterior. Sin embargo, las diferencias semánticas y el estilo del escribir le dan una particularidad a esta historia. Hay una clara intención de caracterizar a un personaje que busca en la simplicidad de las cosas la verdadera explicación del ser dios. Y ese dios, es un dios creativo, alguien que encerrado en su propia soledad y silencio deambula contrito por al vida, oteando las cosas, con un recuerdo lejano del hermano ausente ya hace mucho tiempo. La clara intención desmitificadora de los dioses, por seres de carne y hueso que pueden estar deambulando por las calles, constituye el núcleo principal. Marcoantonio pretende construir una imagen, un retrato del artista que mística y misteriosamente vive una vida desarraigada de la comprensión oficial, pero vinculada a la sociedad de donde procede: un dios es un ser tan común que sólo necesita proponérselo para ser lo que otros lo ven ajeno y distante de su propia frecuencia y dimensión.


I CUENTO LEIDO
Tar´daimah
Por: Marhie Linares

Las horas abrieron un cielo cargado de miedo a la noche, la lluvia a chaparrones destrozaba el silencio en el bosque y en su cerebro crepitaban fuertemente las gotas de la intriga. “No tengo miedo, lo haré” – pensó Marcelo; frente a él, la cueva de Paulo, que por tres días había contemplado adrenalínicamente a lo lejos y se decía así mismo “cobarde” cada vez que su miedo lo frustraba todo. Lo más cerca que había estado fue cuando sus dedos se deslizaron sobre la roca que cubría a medias la entrada, luego oyó a la lechuza y escapó como las veces cuando Paulo lo sorprendía abriendo sus cajones.
“Esta vez voy a hacerlo, al diablo...” – dijo, pero terminadas sus palabras sintió pavor y se mordió la lengua. Se acordó que no debía mencionar a Satanás... “¡Blasfemo!” parecían acusarlo los árboles. Una combinación sulfúrica de secreto respeto, curiosidad y morbidez lo heló hasta la médula de los huesos, la piel se le puso como carne de gallina, y parecía tener un tambor debajo de la camisa en vez de corazón, el aire le entraba por la nariz y la boca y la mirada se le fue hacia todos lados... No sería demasiado tarde para arrepentirse y empezó a rezar el Padre Nuestro acercándose despacito a la puerta de la cueva. Cuando hubo terminado de rezar empezó otra vez mientras sus dedos se pasearon sobre la roca. Apoyó un lado de su cabeza en ella y, en el negro interior de la cueva aún parecía cantar el fantasma de su hermano.
“Te extraño mucho Paulo” – dijo y se agarró de la roca de la entrada como si se abrazara al cuerpo de su hermano mayor y lloró por su muerte inexplicable cuando su cuerpo fue encontrado una mañana en posición de cúbito dorsal, tendido, formando una cruz, al pie de un árbol de sicomoro del bosque. Tenía 23 años y enormes tormentos espirituales al morir. Nunca había sido un católico ejemplar ni se había interesado en cuestiones religiosas, su vida transcurría entre la Facultad de Ingeniería y las presentaciones locales de su banda de rock; sin embargo a los 19 años empezó a tener lo que él llamó “Revelaciones”. Un día despertó, luego de un sueño muy profundo y prolongado de 13 horas, con una palabra sollozándole en la mente. Se puso de frente al espejo, abrió la boca mecánicamente y repitió la fonética de la palabra que sonaba a lamentación.
La palabra había congestionado su cerebro hasta hacerlo estallar de dolor, no le funcionaron ni las aspirinas, al quinto día escribió algo en un cuaderno seguro de que era la escritura correcta de la mortificante palabra. Ingresó “Anyiel” a un buscador de Internet y con sorpresa vio la fecha del reporte de un bombardeo en una escuela católica del poblado de Anyiel Abial, en Nairobi, tres días después de que el vocablo se manifestase en su mente.
- “Se oye como si lloraran los gatos” – le comentó a Marcelo, que por entonces tenía sólo once años.
- “Calla sonso, seguro estás en drogas”
A partir de ese entonces empezaron a lloverle vocablos extraños a su lengua y solía pronunciarlos en el transcurso del día, a veces llenaba una hoja de su cuaderno con la escritura automática de algo que se repetía en su interior tan pronto despertaba de un letargo que a veces duraba 15 horas. Paulo pronto empezó a cambiar, se recluía en su habitación por días, en ayunos severos con solo galletas de salvado y agua. Entraba con un cuaderno en blanco y al cabo de una semana salía con el mismo cuaderno casi terminado y luego lo metía en un cajón.
Marcelo solía ingresar a hurtadillas y fisgonear las cosas de su hermano, encontraba los cuadernos escritos en los ayunos pero no entendía nada de lo que estaba escrito, sólo conocía una palabra “Yeshua” que es el nombre de Jesús en hebreo antiguo, por lo que dedujo que todo estaba redactado en aquella lengua; pero se preguntaba cómo su hermano conocía el hebreo e incluso otras lenguas semíticas occidentales y meridionales; también encontró una vieja edición de la Biblia, rarezas relacionadas con las religiones, lo esotérico y los idiomas.
Al principio, en sus predicciones, Paulo sólo escuchaba palabras aisladas pero con el tiempo, luego de dos años fue capaz de describir eventos completos, incluso los soñaba; pero a cambio de todas estas cosas que eran demasiado fuertes para su carne, su salud se minó. Durante sus sesiones de Sueño Profundo o como él llamaba en hebreo “Tar´daimah”, entraba en crisis: llorando, gritando, dando manotazos y patadas, balbuceaba cosas ininteligibles y nadie podía sacarlo de ese estado, menos sujetarlo porque despertaba lleno de furia, encolerizado por no haber concluido la experiencia. No siempre esos eventos eran tan dramáticos, habían días en que dormía tranquilo, reía y conversaba en ese otro mundo en el que estaba. Al despertar, se agitaba y a veces en histeria, otras veces muy concentrado repetía “Ha´kimaini” (resucítame).
Eran frecuentes en Paulo los dolores de cabeza, las fiebres, las enfermedades una tras otra, cada afección se presentaba intensa para luego desaparecer en unos días como si nada hubiese pasado. Lucía desgarbado, los rasgos demacrados, a veces su mirada se perdía en la esquina de cualquier habitación y su mente se extraviaba por varios segundos. Meses después dejó la Facultad, salía y daba prolongadas caminatas adentrándose en el bosque, Marcelo lo espiaba a cierta distancia escondiéndose entre las matas, su hermano entraba a una cueva y en su rincón de purgatorio recordaba las canciones de la banda, a la cual también había dejado, y se enfurecía con los demonios que lo atormentaban. Luego de insultarlos, callaba; se persignaba, miraba al cielo y decía “Tuyo”. No volvía a cantar. Se tranquilizaba. Parecía una persona casi normal recostada en la entrada de la cueva.
Un día se paró y se fue hasta donde estaba escondido Marcelo; asustado, pretendió escapar, pero Paulo lo calmó y le dijo:
- No te vayas, por favor. Ayúdame a buscar una piedra para la entrada de la cueva.
- ¿Te vas a meter dentro?
- Ahora no – luego de acariciar el rostro de su hermano y mirarlo dulcemente a los ojos continuó – Vamos, hermanito te das cuentas de todo, sabes que estoy en las últimas.
Marcelo no quería aceptarlo, pero había visto demasiadas cosas raras en su hermano y había hablado tantas veces con él que no dudó que fueran ciertas sus palabras y que estaba cercano el día de su muerte.
Paulo lo abrazó y besó su frente luego añadió:
- Me estoy muriendo. Ayúdame con esto. Taparemos la entrada a la mitad y no regresaré vivo a esta cueva. ¿Sabes qué es este lugar?
- Tu refugio – contestó asustado Marcelo.
- Más o menos. Este es un lugar sagrado para mí, aquí he vencido en la soledad de la naturaleza a mis demonios. Esta es mi tumba... Quiero que me prometas una cosa, dime que lo cumplirás, sólo en ti puedo confiar, prométeme que no me vas a fallar.
- Te lo prometo, dime qué es lo que quieres.
- Cuando muera, trae mi cuerpo hasta aquí y cubre con la roca toda la entrada. Sepúltame en esta tumba como en los tiempos de Jesús. ¿Me lo prometes?
Marcelo temía por la salud física y mental de su hermano, y en nombre del amor fraterno aceptó aquellas palabras con terror. Una roca a unos metros de ahí era la perfecta puerta a un más allá donde se cancelaban los sufrimientos de su hermano y él prefería verlo de ese modo, a concebir que fuese la última locura de Paulo.

El internamiento en alguna institución mental significaría el último paso de su familia para tratar el estado de Paulo, pero los eventos posteriores se sucedieron uno más crónico que el otro y en cualquier momento tomarían esa decisión.
Ya casi no hablaba, sólo se dedicaba a sus intensas sesiones de Tar´daimah, entrando en un sueño profundo incluso éste podía durar un par de minutos o lo hacía con los ojos abiertos, con el pensamiento perdido en algún habitáculo desconocido.
Un domingo, su madre regresó a casa después de la misa y encontró a Paulo en una crisis catatónica en medio de la sala; en posición de adoración, de rodillas, la cabeza ligeramente inclinada, la mirada en éxtasis, la boca ligeramente abierta y las palmas juntas sobre su pecho. Otro día lo vieron caminando en trance en la mitad de la carretera, como si fuese un zombie, sin importarle los automóviles o los camiones que iban y venían a gran velocidad. Una tarde de marzo estaba de pie, como petrificado, haciendo una cruz en el jardín de su casa y los vecinos se apostaron en rededor burlándose o compadeciéndose de aquel “demente”.
El suceso del jardín puso en boca de su padre el consentimiento para internarlo en el centro mental de la ciudad, lo que no fue fácil ante la agresividad del paciente, al que sujetaron con el camisón de fuerza y lo acorralaron con el pinchazo tranquilizador. Dos semanas después Paulo se escapó, cavando con sus manos un hoyo debajo de la reja; corrió más de un kilómetro en dirección al bosque.
A medianoche, unos golpecitos en la ventana despertaron a Marcelo de su cama, creyó ver el rostro de su hermano y su mano en gesto de despedida; se levantó inmediatamente y abrió la ventana. Nadie... Afuera, tan sólo el chillido de una lechuza que levantó vuelo hacia el bosque abrió cicatrices en el corazón de Marcelo e invadido de miedo se sintió clavado al madero de la tragedia.
Tres días después de aquella muerte al pie del árbol de sicomoro, según el informe de la necropsia, producto de un paro cardíaco; Marcelo había profanado la tumba y llevó del cementerio, envuelto en sábanas como un fardo hasta la entrada de la cueva, el cadáver de su hermano. Había parado de llover, ya casi amanecía y Marcelo cargó el cuerpo de su hermano hasta la boca de la cueva, lo introdujo en el interior y antes de dejarlo ahí para siempre, destapó su rostro enflaquecido y lo acarició con ternura, besándolo en la muerte de su faz; luego lo cubrió y antes de marcharse, apretó su cuerpo al suyo en un último abrazo, como la metáfora de la fusión de la vida con la muerte; y, en un acto desesperado zarandeó un par de veces el cadáver, pero fue inútil, nadie podía regresarlo de aquella última y fatal sesión de Tar´daimah.


II CUENTO LEÍDO

De donde vienen los dioses
Por: Marcoantonio Paredes*
“Amo a los hombres que sueñan con imposible”
Johann Wolfgan Goethe
Transfigurado: ¡Qué tal culo! ¡Si es enorme! Ella pasa la esquina pero sus enormes nalgas tardan en desaparecer. Marcelo sólo miraba el suelo concentrado en algo, como si contara la piedritas minúsculas de la vereda, mientras sentía como Antonio se solazaba mirando de ese modo a la joven mujer. Para Marcelo pareciera que el tiempo existía en el aire de la nada, allí siempre estaba mirando. A veces cogía cosas del aire que nadie podía ver, pero que él apaciblemente tomaba en sus manos y luego las echaba al viento de la quietud etérea. Decía también y siempre, que las rosas iban a perder el color de su perfume y que su miel sería, un día triste, oscuro, tanto como el sol del mediodía, de ese infausto día en que todo cambiaría. Para todos era extraño lo que decía. Casi nunca podía tener conversaciones comunes, siempre terminaba diciendo eso, lo de las rosas. O también decía que una noche las cruces volarían e hincarían los cielos, abriéndolos, conectando el mundo de los sueños con este mundo y que se alzarían por los aires las almas de todos. Cuentan, yo no lo conocí siempre, que desde los veinticinco años empezó a decir que no moriría que desaparecería a la edad de los cuarenta años para evitar las cuestionamientos de la gente, de porque su rostro no cambiaba y envejecía. Un buen tiempo, muchos atinaban solo a callar, ya no reían como antes, por cuestión de respeto con su locura, decían. Pero la suspicacia cundía: la muerte de Paulo lo selló emocionalmente de por vida, de alma. Cuentan cosas singulares de eso. Sucesos algo increíbles. Como decir que saco el cuerpo de su hermano de la tumba y que arrastrándolo lo llevó hacia una cueva, como poseído por una fuerza maléfica o bienhechora, nadie sabe, nadie confirma, pues eso hacía ya mucho tiempo, cuando tenía catorce años.

Marcelo era delgado, con cara de extraño ángel, entre infernal y celestial. Ya tenía treinta y nueve años. Sus ojos caídos grácilmente hacia los lados de su faz acanelada decían de sus continuos estados ensoñativos, de sus enteros días postrado al lado de un sicómoro, con los ojos abiertos en extraño trance. Cuando le preguntaban que hacía, como saliendo feliz de algún sueño profundo, volvía para contar que había estado donde los ríos manan leche, donde las montañas son transparentes como las lágrimas del enamorado y todos los horizontes son posibles ver de cualquier sitio, donde las aves andan a pie con los hombres y las bestias del suelo osan volar tocando el cielo para ver las estrellas nocturnas en plenos soles de mediodía, porque había dos soles decía en ese lugar de alegrías. Y se extendía en una historia de la cual te extasiabas y te quedabas escuchándolo hasta que la terminara, como un cuento. Marcelo llevaba unos viejos anteojos que no quería cambiar, que llevaba casi colgando de su nariz aguileña. Su sonrisa, clara, ligera, con un rictus plácido, podía endulzar hasta el alma más dura. A diferencia de su hermano Paulo, el no tenía los sueños febriles y esos espantosos despertares, decía que había descubierto el secreto para eliminar aquellos demonios que asaltaban el interior de su hermano. Un día se atrevió a decir a alguien que conversaba con él y podía verlo siempre, y triste comprobó que hacían mofa de eso. Pero a Marcelo no le importaba, el siempre sonreía, decía que tenía a una bellísima dama al lado que lo hacía sonreír, que cualquier asalto del mal en su ser, esta bella dama lo eliminaba.

Marcelo cumpliría cuarenta años el veinticinco de diciembre. Muy pocos, con mucha reserva por las burlas, habían tomado en serio eso de desaparecer a los cuarenta, y esperaban ansiosos el momento, no porque desearan que se fuera, sino que tantas veces lo había dicho que muchos decían: que si el desaparecería iría a ese mundo de que tanto habla. O también decían: si el se va ese mundo es mejor, su alma no es de aquí. Y otras tantas cosas, que se habían formado en el inconsciente de la gente de tanto oír lo que decía.

Por donde caminaba Marcelo, las luces de las ventanas, distraían sus ojos y hacían brillar sus nonatas lágrimas, contaba que se parecían a las luces del cielo de las noches de ese mundo donde acudía en sueños, donde se elevaba y podía extasiarse con la navidad siempre. Por que la navidad era del alma, del ser y los pesebres no se armaban temporalmente en algún rincón de las casas, los pesebres se construían eternamente en el corazón de los espíritus. Donde los reyes magos y sus regalos, eran las virtudes que respirabas a través de tus poros. Marcelo decía que lo que más le entristecía era no poder llevarse a todo el mundo para allá, a donde iba, donde estaba Paulo y podía charlar cómodamente con Beethoven, Goethe, Dante, Sócrates, Roger Bacon, Víctor Hugo y otras almas que tendieron el camino para los demás.

Eran las once y cuarenta y cinco de la noche del veinticuatro de diciembre. Las calles ya casi estaban desiertas y el silencio asaltaba la urbe. Sólo se podían oír apacibles cancioncillas que salían de las luces rutilantes. Marcelo miraba finalmente la avenida y una sonrisa, de las suyas, hizo un último intento por cambiar las cosas y la voz del silencio, nuevamente le dijo: “no puedes Marcelo”. Y entonces se encaminó hacia su cuarto y mientras eso, los árboles se inclinaban ante él en clara despedida. Marcelo se encerró en su recinto que había sido su mundo interior por años, cuando todos se abrazaban precisamente por navidad.

Yo soy Antonio. Marcelo desapareció esa noche. Lo fui a ver aquella vez. Y detrás de una palmada, como si intentara romper el espacio, un sonar de música celestial se oyó tras la puerta, que iba a tocar, pero que abrí súbitamente al oír todo eso. Pude alcanzar a ver como mi amigo, mi entrañable amigo, desaparecía entre esa apertura luminosa y me sonría con ese rictus inconfundible, apacible, de alma limpia y se iba para el siempre de siempre, y pude sentir su mensaje, y la verdad de todo y poder escribir de donde vienen los dioses, aunque no me crean ahora a mí. Y yo cambié.

*Líder Fundador de “Sociedad de la guadaña”

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