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jueves, 3 de junio de 2010

La poesía sullanera RICARDO SANTIAGO MUSSE: ENTRE EL SINCRETISMO METAFÍSICO Y LA METAPOESÍA

La poesía sullanera: RICARDO SANTIAGO MUSSE: ENTRE EL SINCRETISMO METAFÍSICO Y LA METAPOESÍA



Por Nicolás Hidrogo Navarro



¿Qué puede estar pasando por un poeta a la hora de elucubrar un poema y al momento de empezar a refundirlo con pulimientos de reacomodos sintácticos y semánticos? ¿Está allí sólo su voz poética calculada y pergeñada con fines eminentemente estéticos o todas sus noias, sus emociones momentáneas, sus frustraciones, sus aspiraciones, su dogma y fe, sus creencias y rechazos, su efímera alegría o sus nostalgias melancólicas sin fin, su afán farolero de impresionar con un lenguaje caótico asintáctico o su simple fluir sin mucha pirotecnia verbal?

La poesía como acto consustancial al lenguaje y al sonido onomatopéyico, es un eco reflejo del designio figurativo de las cosas. Todas las cosas tienen sus formas de representación icónicas, semántica y la poética, en esta última descansa la única posibilidad que en el mundo, -habiendo desaparecido su gramática, su diccionario y sus símbolos grafemáticos-, sobreviva hologramáticamente, por la propia clonación del imaginario de las palabras de generación en generación y la representación figurada de las cosas.

En esa dimensión de fusión sincrética y metafísica se encuentra la poesía de Ricardo Musse. Una poesía que usa “el atavismo lingüístico” como eje gravitacional para corporeizar su voz insular. Con un enfoque metapoético, la propuesta estética de Musse intenta exorcizar y redimir el significado de la poesía entre la física fonológica del lenguaje, el factum tropológico, el simbolismo connotativo, la imagen alegórica y el pasado arqueológico mismo del verbo sígnico que permite designar al mundo y sus cosas de manera figurativa. Con alusiones por algún momento paganas y por otras con alegorías cristianas, Musse sabe que las posibilidades del lenguaje poético son ilimitadas –a diferencia del estándar- y que el signo lírico mismo es producto de un destino común histórico y que procede de una fragua sagrada impenetrable para cualquier mortal. Con un perfil canoro, lenguaje de mago, espíritu de ruinas tártaras, insuflación versicular y reminiscencias de una mímesis transaccional, tachonado de melancolías abruptas y tristezas claras, La Voz insular, de Ricardo Musse se abre abrupta como una parvada de palomas agrestes y chúcaras capaces de subvertir el lenguaje de sí mismo y la comprensión del imaginario colectivo de sus lectores.

Por algún momento hechicero de la palabra, en otros un santón evocador de sibilinos parajes, emociones solitarias y penas olímpicas; en otros instantes, un alquimista reestructurador de la sintaxis; y, epifonémicamente, como un fiel cordero cristiano, Musse eleva la palabra a la categoría de una materia insustancial cargada de poder evocador y se define como un fiel cancerbero de la poesía.



Lambayeque, diciembre 24 de 2009



“Si hundes largo tiempo tu mirada en el abismo,

el abismo acaba por penetrar en ti”.

Federico Nietzche

(Más allá del Bien y del Mal)





El que canta canciones al corazón afligido…

Proverbio 25, 20.

Traducir el silencio es pretender hacer música donde

ya no existen ni la garganta ni el oído humanos.

Blanca Varela.

Nuestras voces anidarán en mis canciones.

César Gutiérrez Alva.





Dedicatoria:



Al propiciador de estas atávicas palabras en el postrero corazón de los hombres y al demiurgo Cosme Saavedra Apón.





Las canciones con sus profundas heridas,

lastimándonos muy profundamente, sintiéndonos lacerados

por su armoniosa melancolía: De esas contritas melodías de un bebe

apropiáselas en el viento,

trasladándolas hacia la soledad insondable de los abismos,

donde insepultas y desgarras, irredentas y desfallecientes,

habitan todas las voces las otras, las que se apropiaron los siglos

de todos los hombres.

II



Decías que la distancia se apropiará del silencio,

que el viento de nuestra atávica melancolía la dispersaría en una continua

e infinita lejanía

Intangible siempre la recóndita herida en el alma

y seguiría siendo arrastrada totalmente ya fuera de nuestro alcance,

entonces la ausencia más profunda y menos remota es la que más cercana

se encuentra del corazón,

y que impulsados por la nostalgia los latidos dejarían oírse;

no obstante, el destierro definitivo de nuestras voces irredentas.



III



El corazón lastimado y mi voz desfalleciente

con sus postreras canciones,

Esta guitarra hiriéndonos (melodías lacerantes) desangrándose

y desgarrándonos,

Sumiéndose en los definitivos abismos estos latidos agonizantes,

Estertores con su música funesta,

Entonces este último esfuerzo:

Dejando en el viento los intangibles vestigios de la muerte.



IV



La melancolía se dispersa silenciosamente dentro

del corazón:

Los latidos más profundos pronunciándolos todavía

sobre el viento de los abismos.



V

¡Cantemos en voz altas!

(que alegrías entonen enérgicamente sus

tristes estrofas)

postreros silencios que estas palabras depositan en el abisal

corazón de los hombres

(que el viento sostenga levemente sus intangibles nostalgias)

vociferando su confinada soledad desde las hondas entrañas

de la tierra

(que estas piedras conserven sus ancestrales voces):

De ese común abismo emergiendo la melancólicas canciones

del mundo.



VI



¡Oh Voz Insular, cuánta soledad arrastrada

hacia nuestros abismos!,

muchas son las angustias que atesora nuestro corazón,

recónditas y dolorosas son nuestras tribulaciones,

¿A quién clamar entonces confinados dentro de esta música milenaria

sino a tu quebrantada orfandad?:

Escucha los irredentos quejidos de nuestro silencio

El eco afligido de nuestras silentes elegías

la triste resonancia de los latidos

en suma las voces de todos los siglos para pronunciar ahora

(aunque el viento enmudezca luego atávicamente las palabras)

cuán dolorosas son las insulares soledades de todos los hombres.



VII



Desde una remota lejanía,

donde sólo es estruendosa tu ermitaña melancolía,

omnipotente sin embargo emerges con el corazón estremecido

(nuestros latidos se enmudecen ante tu portentosa soledad)

con el atávico ensimismamiento de tu silencio nos poblaste,

aunque insulares, pronunciándonos y además dentro de nosotros

(por eso desde este común abismo sólo salen palabras)

tu omnipresente Voz Insular que nos suscita todavía

(porque aún es esta nostalgia la alegría más antigua)

Atesorar en nuestros corazones tus tristes melodías, Poesía.





VIII



Qué se cobija dentro de nuestros corazones:

El eco de la soledad y su silente resonancia en nuestros abismos,

palabras escindidas del espíritu vibratorio del viento,

o simplemente latidos agonizantes, durante los siglos

que nos quedan, vociferando dentro de los inefables vacios

del silencio.





IX



La noche es tan inmensa que se cierne sobre nosotros (profundizados dentro de las entrañas de la tierra) una abisal y más intrincada oscuridad dentro del alma (solo en el corazón y desde los abismos la profundidad del silencio). El espíritu de las alegrías se desgarra en las honduras más insondables de la atávica melancolía heredada de nuestros ancestros confinados en la memoria de estas inmemoriales piedras laceradas por nuestras estentóreas voces que sobre el viento milenario se dispersan para adherirse profundamente en sus corazones profundamente en sus corazones hacia las postreras canciones de nuestros descendientes.



X

En aquellos tiempos remotos

(donde inmovibles y oscuras, en nuestros primordiales abismos,

ya las piedras sostenían la derruida alma de las melodías)

que debíamos procurarnos, para morar en medio de esa oscuridad

inconmensurable.

Sin aquella ínsula, con las aguas murmurando muy levemente sus elegías, donde el viento debía surcar todas esas silentes profundidades

que distan muchas unas de otras pero de donde podemos todavía pronunciar

(ahora aun después de transcurridas muchas escrituras) tus primeras palabras:

Remota Voz Insular/ Hacedora y Bienamada Poesía…



XI



Que existía en los orígenes inmemoriales

del silencio:

El tiempo remotísimo de las sutiles elegías en la

inconmensurable y vacía extensión de la palabra

callada y ensimismada,

(en aquellas inmóviles y apacibles lejanías)

confinada dentro de sus propios abismos,

con el atávico lenguaje que una vez que

nombró,

fueron hechas, al instante, esas ignotas

realidades dentro de nuestros corazones.



XII



Tuvo que diseminarse hasta distancias infinitas

y nostálgicamente muy inaccesibles,

invisible dentro de la atávica oscuridad,

aunque sólo era primordial para engendrar el mundo

que tu Voz proceda de una abisal abertura provista de sutiles

cuerdas para que el viento la estremezca y suscite primero:

Ruidos guturales/ aciagos alaridos/ y luego la primera palabras

Emergida de aquella ancestral boca de orígenes para

después dentro de los insulares corazones cantar estas remotas y silenciosas elegías.



XIII



Tengo alrededor mío sólo vestigios sonoros,

piedras remotas que laceradas por el tiempo aún

conservan la memoria de la primera vibración del viento,

que se erigen, monolíticas, sobre despejadas profundidades

donde precisamente, sobrecogidos con los inciensos en el alma,

diseminados, aislándonos dentro de estas palabras sagradas que

(con estos rudimentarios címbalos y erosionados salterios)

te ofrecemos a ti que profundamente colmaste los inefables

silencios que, en su triste vastedad, se difuminaron insondables

por toda esta poesía.



XVI



Los santuarios erigidos (portentosos y sagrados para que retumbaran en nuestros oídos tus contundentes sentencias) sólo durante un tiempo pudieron resistir, porque nuestras voces se iban confinando irremediablemente hacia el silencio de las derruidas profundidades. Pero acudimos a tus designios (a pesar que tu voz ya no repercute, como antes, en nuestras primitivas escrituras) porque queremos saber qué valor les das ahora a nuestra balbuceantes palabra, a esta discordante manera de apilar distintas sonoridades en una sola frase (pero que difícil desasirse de esta milenaria costumbre de escucharte) y qué trascendencia le confieres al acendrado entramado de lo pronunciado hasta ahora. Por eso te construimos esta pequeña gruta, para que perentoriamente nos sigas hablando (porque el mutismo de los abismos se cierne, inevitablemente, también sobre los oráculos) aunque ya desde hace mucho perdieron vigencia tus melodías premonitorias que, sobre esta piedras, siguen atávicamente lacerándose, ¿o lo que realmente cuenta para trascender (¡Contéstame! Tú, que para todos tienes una respuesta) es esta profunda resonancia de la Voz Insular dentro de nuestros abisales corazones?



XV



A estas alturas, por sus inolvidables y atávicas canciones,

sólo quiero que dispongan estas elegías dentro del ritmo nostálgico

de sus corazones,

en sus postreros recuerdos la insular vastedad de la melodías primordiales,

estos latidos pronunciando el alma conmovida de nuestras remotas edades, entonces que más fonemas si ya me han trasuntado eternamente en el corazón de los mortales, hablándoles aunque desfallecientes, pero primigenios sobre lo más esencial de mis complacencias: Sobre el vestigio sonoro de los abismos.



XVI



No todo está estruendosamente desmoronado sobre nosotros. Indemne se conserva todavía, pero muy intrincado ese común abismo. Configuraciones rocosas extendiendo la memoria del viento (aunque estos túmulos sigan honrando los ruinosos silencios de nuestros muertos) que se impregna para perdurar atávicamente; conservándonos, nombrándonos y arrastrando nuestras voces que emergen (aunque desgarras y melancólicas/ primigenias y lejanamente irredentas) ahora, con diáfana sonoridad, reverentes y por las agonías inminentes de estas palabras postreramente intangibles.



XVII



¡Qué estampido fue eso, Dios mío!:

A causa de su inmensa oscuridad al cielo se le ha desbordado

sus latidos,

donde las ruinosas piedras resplandecen para dejar pasar esta

instantánea luz hacia la ensimismada residencia de los ecos insulares,

suscitando, dentro de los atavismos verbales, estos irrefrenables impulsos por pronunciarlos dentro de tu inmanente corazón,

para que estas estruendosas melodías conmuevan, con su atronadora melancolía, nuestras solitarias escrituras.



XVIII



¡Prendan los cirios de todos los irredentos aposentos!

que iluminen las milenarias inscripciones de estas piedras,

que sus oscuras plegarias invoquen esa armonía perdida de nuestro

atribulado corazón,

Muchos ya han expirado despojados fatalmente de estas acústicas vestiduras, este abisal osario sólo amontona los desafinados estertores de los agonizantes que, incluso ya yertos sobre estos murmullos mortecinos, se resistieron a que resida dentro de sus contritas canciones tu ritmo consolador:

Por eso Adorada Voz Insular ten compasión de esta nuestra condición y derrama tus genuinas sonoridades sobre estos frágiles latidos que no desean morir sin esa remota y misteriosa armonía tuya…



XIX



Nosotros los elegidos por tu saliente omnipotencia,

te estamos en absoluto silencio escuchando,

en esta rumorosa noche de premoniciones,

nosotros los privilegiados oyentes de tus arcanas palabras,

los irredentos profanadores de tus inefables designios,

los lacerados por estas piedras que siguen depositándose dentro de nuestros clamorosos latidos,

los que durante los conmemorativos rituales del verbo primordial te entonan estas profundas alegrías:

nosotros los consagrados para oír por toda la eternidad el insular silencio de tus remotas escrituras.



XX



Necesitamos internarnos dentro de ti,

durante estos misteriosos rituales de la palabra

donde ya desde tiempos inmemoriales todo se ha consagrado

a la sobrecogedora consubstanciación de las almas,

estremecido el corazón dentro de las elegías trasmitidas por el oral atavismo de esa milenaria voz de la memoria,

pronunciándonos dentro de los ininteligibles signos depositados en los latidos eternamente fundidos a estos versos que resonarán dentro de las remotas sonoridades de tus salientes designios.



XXI



Aún se internan de estas palabras

prontas a desfallecer y silenciarse en el insular destino

del postrer lenguaje;

y que, surcando los abisales latidos, no extienden sus

etéreas a las

a lo largo de estas profundas y remotas escrituras;

remotando hacia los nostálgicos corazones

y emprender entonces, juntos el vuelo eterno a la primordial

consubstanciación de la palabra.



XXII



Estamos congregados delante de ti

(ustedes ni se imaginan qué ininteligibles resonancias

son invocadas)

para renovarte estas antiguas ofrendas que no son más que

los atávicos latidos que se convocaban antaño al solo golpe

de las insulares persecuciones del corazón,

legados por el primordial espíritu que tocamos todavía con nuestras

manos cadenciosas esta blancas superficies para procurar colmarlas con la omnipotencia de tus palabras.





XXIII



En aquellas piedras graben todas esta palabras y con sus lacerantes latidos conmuevan estas escrituras par que sean pronunciadas por este omnisciente oráculo y entonces las transcriban en el silencio de sus almas y sean leídas de manera postrera por sus remotos y petrificados (dentro de los insulares corazones) descendientes…



XXIV



Pero tan confinados y abatidos estamos que tan solo

queda contemplar este mundo con esta irredenta mirada

y ya no proferir palabras para no lacerarlas con estas retóricas

(hurguemos dentro de la garganta primordial los inefables fonemas)

que se emitan sólo para guardarse dentro de sus lóbregos pentagramas

pero sin pronunciar no obstante, con abismados vocablos tu remota Voz

(derramando sus abisales silencio sobre nuestras consagradas nostalgias) ahora ya con el viento cobijándose dentro de su omnipotente melancolía,

Por lo aún no escrito en toda su atávica plenitud en nuestros remotos corazones.



XXV



Nos han derramado estas melodías

para consagrarnos, provistos de reverentes estribillos,

en la composición aunque, es obvio, sin la sonora resonancia tuya

de estas remotas epifanías y solemnes himnos cantando con los

nostálgicos corazones (profundamente hendidos los latidos)

que te invocan en cada elegíaca estrofa para recogerse algún día

(según los designios de tu insular voluntad) sobre tus consoladores abismos…





XXVI



Estos canticos que ofrecemos nacen de nuestras soledosas

profundidades, de ésas que tertulia perpetua de nuestros suplicantes corazones aún pronuncian aunque los remotos pentagramas, por le paso del tiempo, ya nos sean ilegibles las abisales tribulaciones de los latidos

y las inconmensurables tablaturas del viento;

arrastrando, sin embargo, hacia tus complacidos oídos (afligidas esta voces que repercuten todavía dentro de nuestras atávicas elegías)

con la milenaria nostalgia confinada dentro de estos abismos;

estas mortales y por lo tanto imperfectas palabras.





XXVII



Estoy muy, pero muy triste,

Esta quejumbrosa noche impone contritamente

a mi alma:

Los implacables resueltos de su melancolía,

los atribulados gemidos de su mortecino corazón,

los irredentos cantares de sus más oscurecidas nostalgias,

inaudibles palabras diseminadas por la inmensa soledad de

nuestros latidos;

pero qué palabras son entonces las que nos conmueven,

eternizándose, arrastrándonos compasivas, condoliéndose

por esta sollozantes elegías hacia una ¿intangible y eterna

y consoladora insularidad?...



XXVIII



Excelsa y Remota Voz Insular

apiádate de estos tus afligidos consagrados,

de tus lamentos y toda esta inmensa vacuidad

de palabras;

Excelsa y Aclamada Voz Insular

Compadécete de estas solemnes recitaciones que

Silenciosamente te ofrecemos,

dígnate a escribirnos en los pentagramas eternos

de tu alma;

Excelsa y Primigenia Voz Insular

Enaltece con tu ermitaña omnipotencia estos solitarios latidos,

que mi garganta proclame los versos más agradecidos

solo para mí

Excelsa y Alabada Voz Insular:

Y de tu bendita promesa no te olvides, la que tienes reservada

para los que entonan intensamente al mundo sus más vastas elegías;

Honrada seas por siempre mi Excelsa y Consolada Voz Insular,

que estas humildes letanías me hagan indigno merecedor algún día

de tu Plena y Misericordiosa Poesía.



XXIX



En ti esperaré,

aunque esta indecible tribulación silencie

nuestras trémulas escrituras:

Propiciatoria vastedad entristeciendo la silenciosa

Sonoridad de estas palabras;

sólo completamente solo insularmente abismado,

aunque estas piedras resuenen todavía dentro de

la atávica vos de nuestras almas;

no obstante, confiaré en Ti para que restaures estas

enmudecidas cuerdas con tu vibratoria omnipotencia.





XXX



El origen de nuestras ceremonias conmemora:

Todos sobrecogidos después atesorar la saliente

y primitiva eternidad que heredaremos ya dentro de la

oquedad definitiva

(postreros suspiros del alma y onomatopeyas surgiendo de

las bocas primordiales),

en torno nuestro las sombras resplandeciendo las partituras donde

Se registran las remotas elegías

y estos cánticos (ininteligibles y dispersándose a través de las abisales vibraciones)

que entonan con apasionada reverencia, ya en su último esfuerzo sonoro,

el atávico deseo de silenciarnos, Poesía, dentro de tus insulares abismos.

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